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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 1



Capítulo 1: En honor a Perrault


Sábado, 25 de septiembre de 2010.

Desperté de un pesado sueño al oír el retintín sobre el techo; un sonido que podía identificar a la perfección a esta altura del año. Palomas y gorriones se complotaban cada mañana de primavera para interrumpir mi sueño, picoteando hojitas y recolectando pelos de gato entre las hendiduras del techo de chapa, con el propósito de improvisar los nidos para el nacimiento de otras palomas y gorriones que probablemente interrumpirían mi sueño más adelante. ¡Debería salir a acosarlos con una gomera!

Me estiré todo lo que pude entre las sábanas, aún reticente a abrir los ojos. Incluso siendo tan temprano, el calor dentro de la improvisada morada era ya agobiante. Solté un exagerado suspiro y me senté sobre la cama, levantando mi larga cabellera oscura y sosteniéndola sobre mi cabeza para recibir el aire que supe nunca llegaría. El viejo ventilador de pie apostado en la esquina del cuarto no hacía más que ruido; si de climatizar el ambiente se trataba, fallaba espantosamente.

Me incorporé con pereza y observé el entorno. La cortina que separaba la habitación del living-comedor-cocina estaba ya translúcida por el paso del tiempo, y hasta podía ver el enorme culo de mi Nona paseándose frente al anafe mientras terminaba de atarse los ruleros. Dentro de la habitación, estaba la cama matrimonial que compartíamos (lo único que mi mamá dejó cuando se fue, sólo porque no podía costear los gastos de traslado). El pesado placard que acompañaba a mis nonos desde Entre Ríos tendría unos cincuenta años quizás, “vintage” dirían algunos, y era nuestra posesión más preciada.

Las piernas parecían pesarme una tonelada mientras trataba de sortear los diez pasos hasta la cocina.

—¡Buenos días, Su Señoría! ¡Mantantero liru lá!  —canturreó mi Nona, como cada mañana desde que tenía uso de razón.

—Hola, Nona —contesté, anestesiada por el sueño.

—¡Ay, mamita! ¿Por qué te levantaste tan temprano? Hoy es sábado, no es día de escuela. Podías quedarte un rato más.

—Los bicharracos estos… —acusador, mi dedo índice apuntó hacia el techo.

—¡Pucha, che! Ya voy a hablar con el Mario, a ver si puede ayudarme a poner ese liquidito que dicen que los espanta. Es como un veneno, me parece. Ya vamos a ver.

—No hay drama, Nona. Tienen derecho a la casa propia también —subí un pie a la silla y me saqué un pellejito del dedo chiquito—. ¿No te hacés unos mates? Me muero de ganas de tomar unos amargos y me salen horribles.

—¿Te salen horribles o no tenés ganas de cebar?

—Un poco y un poco —admití con una sonrisa.

Mi Nona esperaba por el característico silbido de la pava mientras me pasaba los últimos chismes del barrio. No me interesaba demasiado ponerme al día sobre esas cosas pero tampoco me importaba fingir para ella, me encantaba escucharla hablar.

Rosario Ayala, o la “Nona”, era la mujer más importante de mi vida. Cuando mi mamá decidió dejarme, apenas cumplí los cinco meses, mi abuela no dudó en armarse de coraje y hacerle frente a la vida conmigo a cuestas. Tenía cuarenta y ocho años en ese entonces, había enviudado tres años atrás, y trabajaba día y noche cociendo bolsillos a camisas durante doce horas diarias. Lo hacía todo por mí, y yo lo hacía todo por ella. Cuando cumplí los ocho años, le informé que quería dejar la escuela. Quería trabajar para ayudar con las cuentas, como otros chicos de mi edad. Mi Nona fue tajante: “tu trabajo es estudiar, estudiá”.

Y eso hice.

Terminé la primaria con las mejores notas en la escuela de mi barrio, Villa Soldati, y mis esfuerzos me consiguieron una beca en un coqueto colegio de Belgrano. Mi Nona no podía estar más feliz.

Para mí, fue una tortura.

Inocentemente, pensé que mi encanto personal alcanzaría para conquistar a mis nuevos compañeros. ¡Qué equivocada estaba! Apenas puse un pie en el colegio, los “chetos” de Belgrano me hicieron saber que no les caía en gracia que una “negrita” de Villa Soldati se paseara libremente por las instalaciones. Y peor todavía, los chicos de mi barrio no me bajaban de “aspirante a cheta”. 

Segregada por mis nuevos compañeros y rechazada por todos aquellos con los que había crecido, pasé todo mi primer año llorando por los rincones, sopesando la idea de empezar a bajar las notas para que me regresaran a mi vieja escuela. Mi Nona fue tajante, una vez más: “Que se vayan a la mierda, vos estudiá”.

Y, por supuesto, eso hice.

Estaba tan concentrada en superarme a mí misma, que comencé a parecer inmune a los constantes embates de mis compañeros, y hasta mis viejos amigos descubrieron que sus desprecios ya no me afectaban.

Sorprendentemente, cuando dejé de llorar, los “chetos” comenzaron a acercarse. A mitad de segundo año ya me invitaban a los cumples de quince. Ellos me enseñaban a escuchar a Rihanna y a Coldplay, mientras yo los introducía a las aventuras poéticas de El Sarna y La Banda del Lechuga. Las chicas jugaban a pintarme las uñas y yo les enseñaba a teñirse mechitas de colores con papel crepé.

Mi abuela finalmente accedió a que trabajara cuando empecé quinto año, para pagar mi viaje a Bariloche. Por supuesto que a pesar de las insufribles horas que pasé cuidando a Santiaguito, el hijo de la vecina del frente, no me alcanzó ni para la mitad del costo del viaje. No me desanimé. En lugar de eso, usé la plata para regalarnos a mi Nona y a mí un fin de semana en Mar del Plata. Ella no conocía el mar, y ver los hoyuelos profundizarse en su rechoncha cara cuando mojó los juanetes en el Océano Atlántico era una imagen que guardaría en mi corazón por siempre.

Apenas quedando unos meses para alcanzar la meta podía decir que, aunque con dificultades al inicio, tuve una etapa de secundaria de lo más satisfactoria. Y todo se lo debía a la mujer que me había empujado aún más allá de los que creía eran mis límites… la misma que estaba escupiendo al suelo los palitos de yerba que se colaban por la bombilla del mate.

—¡Nona! ¿Qué hacés? —la reprendí.

—¡Ay, nena! ¡Perdón, perdón! Siempre me olvido.

Mientras acomodaba el posa-pavas y el equipo de mate sobre la mesa, no pude evitar ver cuánto se había agravado su artritis. Los huesos de sus manos, antes fuertes y habilidosas, parecían estar anudándose sobre sí mismas. Alzó la pava para cebar un mate y noté que incluso el temblor estaba intensificándose. Acababa de cumplir los sesenta y seis años y ya parecía tener ochenta. Su paso se había relentecido con el paso del tiempo, su cuerpo era más corto, más ancho y más encorvado, todo a causa de las muchas horas de trabajo. Sus ojos, antes azules, eran cada vez más grisáceos.

—Esa cabecita, esa cabecita… ¿Qué estarás pensando? —chupó la bombilla y una gota de saliva resbaló por el borde. Nunca le diría en voz alta cuánto asco me daba eso.

—Nada. Ideas tuyas… —recibí el mate y reprimí mis pensamientos cuando mis labios se posaron sobre la bombilla—. ¿Cuándo tenés turno con el cardiólogo? Quiero ir con vos esta vez, vos me contás la mitad de lo que te dice. No le hacés caso y comés cualquier cosa.

—Ya estoy grande, mamita. Ningún médico me va a venir a decir que no puedo comer bolitas de fraile.

—Sí, una bolita de fraile no te va a hacer nada… Las tres que te comés todos los días son las que te tapan las arterias, Nona.

—Bueno, bueno. Desde mañana, empiezo a cuidarme —recibió el mate y dio el tema por concluido—. ¡Ah! Pará… ya sé que te va a sacar esa cara de culo. Esperame acá.

—¿Qué cara de culo? —ofendida por el comentario, me apoyé en el respaldar de la silla para seguirla con la mirada.

Arrastró los pies los diez pasos hasta el cuarto y revolvió bolsitas dentro de su lado del placard. Todo lo guardaba en bolsitas, ¡y amaba la naftalina! Cuando volvió a la cocina, tenía esa sonrisa con hoyuelos que indicaba que tramaba algo; traía una bolsita acomodada sobre el pecho como si fuera una criatura acunada con amor. Con la misma sonrisa, dejó la bolsita sobre la mesa y le dio unos golpecitos.

—Decime qué te parece —usó las manos sobre la mesa para darse apoyo y se dejó caer nuevamente sobre su silla.

—¿Qué es?

—Fijate —se cebó otro mate y esperó impaciente.

—¡Nona!! ¡¿Qué hiciste?! —sorprendida al ver las tres prendas (¡nuevas!), di un salto de la emoción.

—¡No es nada! Le pedí a mi patrona que me diera algunos vestiditos para que te probaras. Si te gusta alguno, te lo dejás.

—¡Pero, Nona! ¿Podemos? —tratando de mantener a raya mi entusiasmo, volví a sentarme.

—¡Sí!! La patrona me lo descuenta por semana y ni lo sentimos. Además, ¿no tenías que ir al Alto Palermo con tus amigas?

—Sí… Pero no hacía falta, puedo usar algo de lo que tengo. No pasa nada. No quiero que te pongas en gastos inútilmente, Nona.

—¿Para qué quiero la plata si no puedo comprarle algo lindo a mi nieta? Además… a ver —agarró los tres vestidos de algodón y probó la tela con dedos—. Mirá, ¡ni se nota que son de La Salada! Son de un algodón re lindo, che.

—¡Están buenísimos! —con una sonrisa que amenazaba con partirme la cara en dos, apoyé una rodilla sobre la silla y alcé los vestidos para verlos con más detenimiento.

—Dale… andá a probarte y te ayudo a elegir.

—Dale.

Acortando los diez pasos a solo cinco saltos de emoción, abracé los vestidos y me colé por la abertura de la cortina para entrar a la habitación. Me saqué la camiseta de River que usaba para dormir y la tiré sobre la cama. Por suerte, los tres vestidos eran de mi talle, ¡y los tres eran lindos! Era difícil decidirse. Uno era bastante corto, por lo que dejaba mis huesudas rodillas y mis largas piernas muy al descubierto. Fue el primero que descarté. El segundo era demasiado escotado, y careciendo casi por completo de lolas que obraran su magia con el atuendo, quedó descartado de plano. El tercero… era perfecto.

—¡Ese! —aplaudió mi abuela— Te queda pintado, m’hija.

—A ver…

Busqué el rincón del living-cocina-comedor en el que teníamos un espejo de cuerpo entero y evalué mi reflejo por un minuto. Mi boca, anormalmente grande en relación al resto de mi cara, tenía una de esas sonrisas que delataba mi alegría. Mis ojos castaños parecían más luminosos. Alcé nuevamente mi pelo oscuro para probarlo recogido, pero preferí dejarlo suelto; capaz que con alguna hebillita para sujetarlo un poco quedaría mejor. Solía pensar que el blanco no era mi color, pero a decir verdad, la simpleza del vestido requería de un color como ese. Se ajustaba a mis lánguidas curvas con delicadeza y le quedaba bien a mi piel morena.

—¿Y?

—Me encanta… —admití, algo avergonzada, mientras me acomodaba el pelo detrás de las orejas—. ¡Muchas gracias, Nona!! —me abracé a su cuello y le comí el cachete a besos— Pero, en serio… ya no gastes más.

—¡Uy! Entonces, ¡ahora sí que te vas a enojar! —y otra vez, esa sonrisa juguetona apareció en su cara. Palmeó mi antebrazo para indicarme que iba a levantarse y rastreó un paquetito cuadrado en el último cajón de la cocina, el que nunca tenía nada.

—¡¿Es alguna ocasión especial y me olvidé?!

—No te compré nada para tu cumpleaños… Abrí.

Dejó sobre mi mano un paquetito envuelto en papel plateado que brillaba como el mismísimo sol. El objeto era pesado y ni siquiera podía imaginarme cuál era el contenido, pero ya me estaba asustando. Mi Nona parecía más entusiasmada que yo, pero cuando las fabulosas letras doradas sobre la cajita hicieron su aparición, sentí que mi corazón daba un salto completo.

—Estuviste hablando de eso todo el año. Tardé en conseguirlo, pero te lo merecés.

Quería contestarle, pero todavía no lograba articular palabra. Apoyé toda la espalda sobre la silla y sostuve el paquete frente a mis ojos, indecisa.

—¿No lo vas a abrir? —preguntó confundida.

—No sé… —acaricié los bordes del paquete como si se tratara de un tesoro, tratando de mantenerme razonable frente a la situación, e inspiré profundo para poder hablar—. Comemos quince días con esto, Nona.

—La verdad, no me gusta comer perfume. Prefiero las bolitas de fraile —fue su locuaz contestación.

—¡Esto es mucho, Nona! —el perfume importado que había amado desde que me dieron una muestra gratis en el shopping, parecía la mismísima materialización del pecado entre mis dedos.

—¡Dale, mamita! Abrí, fijate si es el que querías.

Con las manos más temblorosas que nunca, deshice el plástico que recubría el envoltorio como si se tratara de una bomba a punto de estallar. Abrí la cajita y no pude evitar la sonrisa mientras retiraba el soñado frasquito.

—A ver, ponete un poquito en las muñecas.

Obedeciendo como una autómata, solté un suspiro del spray sobre mi pulso y la primavera entró en nuestra cocina.

—¡Ay, qué lindo! ¡Digno de una princesa como vos! —la Nona sonrió su sonrisa desprovista de dientes y le devolví el gesto con ojos aguados.

—Vení —tomé la mano de la mujer más importante de mi vida entre las mías y solté un poco del perfume sobre su piel— Digno de una reina como vos.

...



Descendí en mi parada, luego de la hora que se tomó el colectivo en llegar a destino, y caminé algunas cuadras hasta el shopping. Era un día precioso, soleado y caluroso.

El plan era celebrar el inicio de la primavera con un paseo por el shopping, hamburguesas y una peli en el cine. Mi plan personal era atenerme solo a dos ítems del plan general, paseo y hamburguesas. Después de los regalos con los que me había sorprendido la Nona, no podía permitirme una entrada al cine. Sostuve con fuerza la carterita que llevaba cruzada sobre el pecho, para evitar posibles hurtos, y caminé por Avenida Santa Fe sintiéndome como una princesa.

Una princesa…

Siempre me gustaron los cuentos de hadas, y por mucho que la vida se empeñara en mostrarme lo contrario, sabía que había un final feliz esperando por mí en algún lugar. Un lugar que, obviamente, no era mi Villa Soldati natal.

Jamás confesaría mis pensamientos en voz alta, a nadie, pero me sentía más cómoda en Alto Palermo que en La Salada. Me sentía una persona horrible solamente por pensar de esa forma, aunque no podía mentirme a mí misma. Mis amigos de la infancia tenían razón, ansiaba ser una “cheta” de Belgrano. Me encantaba que mis amigas me vieran como par, adoraba que las chicas de los cursos inferiores me admiraban, e incluso disfrutaba de la atención masculina que estaba comenzando a recibir. Ya podía imaginarme en mi próxima etapa, estudiando, creciendo profesionalmente. Con cada paso que daba, sentía que alzaba mi cabeza más y más por fuera de mi agujero.

—¡Ahí está! —escuché el inconfundible grito de Vicky, incluso por sobre el sonido del tráfico.

Su cabello rubio caía graciosamente justo por encima de sus hombros, enmarcando un rostro angelical. Era alta y curvilínea, la primera que se había atrevido a usar un corpiño de encaje. A su lado, Electra pisoteaba lo que seguramente sería un cigarrillo. Era la chica más llamativa de todo el colegio. Usaba un grueso flequillo cortado con precisión milimétrica y su cabello era fucsia (este mes). Le gustaba emular a las caricaturas japonesas, por lo que exageraba su maquillaje, vestía cortísimas faldas a cuadros y usaba medias hasta por encima de la rodilla.

—¡Por fin, nena!!! —Vicky entrelazó su brazo con el mío antes de estamparme un beso en la mejilla. Electra era de las que saludaba a la distancia, con una especie de cabezazo que temía le causara un aneurisma con el tiempo.

—¿Llegué muy tarde? Quedamos a las once y media —me defendí rápido.

—Son casi las doce, queridísima —ironizó Electra. Podía parecer hostil para muchos, pero a mí me resultaba interesante.

—Ay, perdón. No calculé el tiempo del cole…

—No pasa nada. Bueno, ¿por dónde empezamos? —Vicky siempre hacía parecer como si la decisión fuera democrática, pero nunca era así. Prácticamente, éramos arrastradas a su antojo por todo Alto Palermo. No me importaba, me gustaba pasar tiempo con ellas. Amaba escuchar cada pavada que salía de su boca, me destornillaba de la risa. Éramos solo un puñado de adolescentes disfrutando de un día cualquiera.

Las chicas terminaron por convencerme de ir al cine cuando enarbolaron un "dos por uno" que habían rescatado de la revista del cable. La película empezaba en unas horas, dándonos el tiempo suficiente para comer algo en McDonald antes de entrar. Las chicas pidieron sus combos especiales, yo me atuve a mi habitual cuarto de libra con queso, y luego nos arrojamos sobre la primera mesa que encontramos vacía. El shopping se llenaba los fines de semana.

—Chicas… —murmuró Electra, bajando la voz.

Inmediatamente, Vicky y yo alzamos la cabeza, sorprendidas no tanto por su actitud sospechosa como por su intento de interactuar como una adolescente normal.

—Hay un gil allá atrás que no te saca los ojos de encima —anunció sin mucho protocolo.

—¡¿En serio?! —Vicky dejó escapar una sonrisita antes de voltearse sin una pizca de disimulo.

—A vos no, boluda… A la “villera” —puntualizó con su habitual acidez.

—Que tierna —le sonreí sarcástica.

—Date vuelta, “Villa”. Te está mirando —insistió Electra.

—Electra, ¿me dijiste “boluda”? —cayó Vicky (tarde como siempre)— ¡Ay, chicas! ¡Está re bueno!! ¡Y tiene amigos!!

—No seas trola, ¿querés? —Electra le pellizcó el antebrazo.

—Bueno, ya está. No hay por qué ser tan asertiva con los calificativos —la reprendí, con la hamburguesa a medio camino de mi boca.

—¿Qué está diciendo esta? —interrogó Victoria.

—Vicky… comé tranquila que después te explico —le di una mordida a mi hamburguesa y disfruté del untuoso queso cheddar deslizando sobre mi lengua como una caricia—. Mmmm, ¡está riquísima!

—¿Te estás comiendo esa hamburguesa o te le estás insinuando al gil? —comentó Electra, provocando que me atragantara.

—¡Ay, Electra! ¡Qué personaje que sos! —Vicky soltó una exagerada risotada, quitándose el cabello del hombro antes de voltearse por segunda vez—. Sigue mirando —informó entre dientes—. ¿No vas a mirar?

—Vicky… —dejé la hamburguesa ceremoniosamente sobre la mesa y me volví a verla con una sonrisa—. Primero, me voy a comer mi hamburguesa antes de que se enfríe y se empiece a notar que ni siquiera es carne. Después, cuando nos estemos yendo, te prometo que voy a mirar. Si el chico está interesado, va a seguir ahí.

—¡Se te va a escapar por lenteja! —replicó Vicky.

Decidí dar por terminada la conversación y cuando levanté la vista de mi hamburguesa, descubrí a Electra con una especie de sonrisa en el rostro que la hacía ver más humana y menos animé. Alzó su mano y no dudé en “chocar los cinco” con ella. Rara o no, teníamos muchas cosas en común, como privilegiar una salida con amigas antes que el coqueteo con un desconocido.

La tensión se esfumó tan rápido como el último novio de Vicky. Charlamos de todo un poco y de nada en particular, mientras yo trataba de que olvidaran al gil detrás de nosotras. No un gil por definición, pero un gil por pensar que tenía una chance. No estaba interesada en ningún tipo de relación, por el momento.

—¡Che, las dos y media! Si queremos comprar algo para comer en el cine, mejor nos vamos —Vicky dio un salto que hizo que toda la mesa tambaleara y Electra alcanzó a frenar la Coca Cola antes de que terminara sobre mi vestido.

—Gracias —sonreí y ella respondió con otro cabezazo.

Crucé la carterita sobre mi pecho y sostuve la falda de mi vestido antes de ponerme de pie; siempre trataba de ser precavida y comportarme como una señorita (o mi Nona me mataba). Cuando alcé la vista, Electra y Vicky estaban mirando en la misma dirección.

Ay. El gil seguía ahí.

Sin darle tanta importancia al asunto, entrelacé mi brazo con el de Vicky y traté de mantener la vista al frente.

Traté… pero fallé.

Justo frente a nosotras, dos mesas más atrás de dónde habíamos almorzado, había un grupo compuesto por alrededor de cinco chicos… o capaz que eran treinta, no podía calcular racionalmente. No podía calcular nada racionalmente. No podía prestar atención a nada más que al chico sentado en la punta de la mesa, que estaba “definitivamente” mirándome. Y no era para nada disimulado.

Era, a falta de una palabra más apropiada, perfecto. Cabello castaño claro, ojos grises como nubes de tormenta e intensos como un relámpago, rasgos tan hermosos que hasta me daban ganas de llorar. Sus tentadores labios se curvaron en una sonrisa dirigida a ¡mí! y la porción más hormonal de mi cuerpo decidió responder con una lujuriosa humedad extendiéndose entre mis piernas. Había libros y apuntes desparramados sobre la mesa e inmediatamente los identifiqué como universitarios; razón de más para que me sintiera atraída. Aun así, seguía amarrada a mi propio propósito: nada de chicos. “Chicos” era “distracción” en mi diccionario personal.

Como si nada estuviera ocurriendo en realidad, respondí a su sonrisa de forma cordial y oculté mi revolución interior; tratando de sortear la situación con elegancia. Traducción: caminé como si no me temblaran las rodillas.

Por supuesto que no iba a salir airosa, no con la “soltura” de Vicky y su característica y escandalosa espontaneidad.

—¡Addddióssss!!!!!! ¡Vamos al cine, si quieren venir!! —dijo al pasar, contoneando las caderas y hasta dedicándole a la mesa un desvergonzado guiño de ojo.

—¡Victoria! —mastiqué entre dientes y, esta vez, fui yo quien le dio el pellizco en el brazo.

Sin girarme a ver la reacción del grupo, aunque sin poder ignorar los aplausos y vítores a la invitación de mi amiga, me solté de su brazo y seguí caminando derechito para el cine.

—¿Qué? ¡No me vas a decir que no está bueno!! ¡Está buenísimo!!

—¡SHH!! Vicky, basta.

—¡Dale! ¡No seas boluda! ¡No es para tanto, che! —intentó agarrar mi brazo, pero estaba tan furiosa que me la saqué de encima sin demasiado decoro.

—Dejala, Vicky… No seas pesada —le advirtió Electra. Me conocía muy bien. Estaba avergonzada y enojada, mala combinación, y se me habían ido las ganas de ver la peli.

—¡Bueno, che! Está bien, está bien… ¡Qué aburridas que son! —Vicky revoleó los ojos.

—¿Saben qué? Mejor… vayan ustedes. Yo voy a dar una vuelta más y vuelvo a casa —dije, temiendo que los chicos hubieran tomado la invitación en serio.

—¡No seas tremendista! —se quejó Electra.

—No, en serio. Todo bien, pero mejor me voy.

—Sos boluda, ¿eh? ¡Era un chiste! —se excusó Vicky.

—Está todo bien, Vicky. En serio —para enfatizar la intención de irme, le di un beso en la mejilla y le cabeceé a Electra.

—No te vayas enojada, ¡porfis!! —rogó Vicky, con las manos juntas.

—Dije que está todo bien. Nos vemos el lunes.

Volví a aferrarme a la carterita y caminé lo más tranquila que pude, sin mirar atrás, deteniéndome en algunas vidrieras como para pasar el tiempo. No quería volver a casa alterada, mi Nona me iba a atropellar a preguntas.

Nunca estuve más agradecida por estar en los últimos meses de secundaria, ya me estaba cansando de los exabruptos de Vicky. La adoraba, pero de verdad me estaba cansando. Sentía que en algún punto nos estábamos desfasando. ¡Obvio que me gustaban los chicos! Pero mi etapa “acalorada” había quedado allá por los quince. Me alcanzaba con uno que otro beso de Camilo, no quería nada con nadie.

Mientras mi cabeza hilaba casi sin obedecer a mi voluntad, terminé en la librería. Pensé que sería una buena idea buscar alguna historieta para Electra con la plata que me había ahorrado en el cine, una especie de agradecimiento por el apoyo.

Amaba las librerías. Podía pasarme horas examinando libros que nunca iba a poder comprar. El lugar destinado a las historietas estaba bastante cerca de la literatura infantil, aunque Electra insistiera en que no eran para niños. Curiosa, me detuve a hojear un enorme libro de tapa dura con la leyenda “Cuentos clásicos de todos los tiempos” en un brillante e intrincado diseño de letras doradas sobre un rugoso fondo borravino. Las ediciones de tapa dura eran mis favoritas; esa era una edición preciosa. Tenía todos mis cuentos favoritos allí… Cenicienta, Blancanieves, La Bella Durmiente… princesas con las que soñaba desde pequeña. Incluso los dibujos del interior resultaban hipnóticos. Un escalofrío me recorrió la espalda al ver al Lobo agazapado, listo para atacar a una desprevenida Caperucita Roja.

—Hay mucho más detrás de los cuentos infantiles de lo que la gente piensa.

Me sobresalté al escuchar una voz demasiado cerca de mi oído.

—Perdón, ¿te asusté?

Me giré a ver de quién se trataba y, para mi sorpresa, descubrí al chico del almuerzo. De pie a mi lado y con las manos cruzadas detrás de la espalda, estudiaba con curiosidad el libro que sostenía en mis manos. Sin poder desprenderme de su mirada, tragué despacio el exceso de saliva y me forcé a desatar el nudo que se había formado en mi garganta.

—No, no me asustaste… —respondí a destiempo.

Regresé la vista al libro y hojeé un poco más, acomodándome el pelo detrás de la oreja. Era mi tic favorito cuando estaba incómoda por algo. Y este chico me incomodaba.

—Te comentaba que los cuentos infantiles tienen mensajes ocultos, ¿lo sabías? —insistió en conversar, con una sonrisa que hizo que mis rodillas temblaran.

—No, no lo sabía —mentí, solo para mantenerlo hablando. Me sorprendí disfrutando del sonido de su voz y del aroma a café que desprendía su boca.

—Caperucita Roja, por ejemplo —sus dedos regresaron las mismas páginas que yo había adelantado, rozando mi mano en el proceso (un gesto no del todo casual), y se detuvo sobre la ilustración de Caperucita y el Lobo—. Era un cuento de transmisión oral, pero Charles Perrault tuvo el tino de publicarlo como propio en 1697. Era una época espantosa para ser niño, desaparecían todo el tiempo. El mensaje oculto no es tan oculto en realidad, ¿no es cierto?

No podía despegar la mirada del hipnótico movimiento de sus labios, y apenas podía soportar la arritmia en mi pecho.

—No hables con extraños —murmuré como una tonta.

—Tenés razón. Es un buen consejo… —sonrió antes de ofrecerme su mano—. Lisandro Echagüe.

Así nada más, consiguió sacarme una sonrisa. ¡Una sonrisa genuina y espontánea! Fue la forma más original en la que alguien se me había acercado jamás. Un poco más distendida, tomé la mano que me ofrecía tan caballerosamente.

—Lucrecia… Lucrecia Ayala.

—Un nombre poderoso.

—Lo odio.

—Me encanta —sonrió un poco más—. ¿Qué pasó con tus amigas? —preguntó mientras estudiaba los alrededores.

—Se fueron al cine.

—¿Y vos?

—No me gusta la película —mentí una vez más.

—Entonces... solamente con el propósito de honrar el sabio consejo de Perrault, ¿querés que tomemos un café?

Me sacó una segunda sonrisa en menos de cinco minutos. Mala, mala señal.

—Gracias, pero no puedo —decliné cortésmente.

Por supuesto que me hubiera encantado tomar un café con Lisandro, pero no era tonta. Estaba fuera de mis posibilidades. Las diferencias eran claras como el agua y resplandecían como luces rojas que alertaban que me alejara. La exquisita ropa que usaba, la perfecta cortesía de sus modos, sin mencionar la evidente diferencia de edad, eran detalles que mi parte racional no podía obviar bajo ninguna circunstancia. No podría pretender nada con alguien como él, y no sabía qué podía pretender él con alguien como yo.

—Tengo cosas que hacer, me estaba yendo —me excusé.

—Qué lástima —comentó, con una sonrisa que denotaba que podía ver detrás de mi pobre fachada de indiferencia.

—Chau.

—Chau.

Tratando de no girarme a verlo, para no tener que rogarle que me llevara a tomar ese café a pesar de mi negativa, sostuve mi carterita y caminé lentamente hacia la salida. Me sentía flotando en una nube. Aunque la interacción había sido breve y casual, la reproducía una y otra vez en mi cabeza mientras buscaba la salida del shopping. La sonrisa no quería abandonar mi rostro.

Quince minutos después, cuando al fin estuve en la calle, el sol me dio de lleno en la cara. Era un día precioso, de verdad.

—¡Lucrecia!

Me giré rápidamente cuando escuché mi nombre, usando la mano para cubrirme del sol. Sorpresivamente, Lisandro corría en mi dirección… con el libro en la mano.

—Te olvidaste esto —me entregó el pesado libro de cuentos con delicadeza y yo sentí que estaba empezando a híper ventilar.

—Pero… no lo pagué. ¿Te lo llevaste así no más?

—¿Ves policías corriendo detrás de mí?

—No —respondí automáticamente, cerciorándome con un rápido vistazo.

—Es un regalo.

—No... ¡No! ¿Por qué? —murmuré confundida.

—Porque quiero que lo tengas.

—Ay, Lisandro… Me ponés en un compromiso. No puedo aceptar esto. ¡Ni siquiera te acepté el café!

—No te estoy pidiendo que me retribuyas el regalo con nada. Quería que lo tuvieras, nada más.

—Pero…

—Nada de “peros”. Después me contás qué otros mensajes ocultos encontraste; es retribución suficiente para mí. Nos vemos pronto, Lucrecia.

Todavía en shock, lo vi alejarse de regreso al shopping, dejándome ahí parada, con el libro entre las manos y un millón de preguntas arremolinándose en mi cerebro; la primera de ellas: ¿cómo pude haber sido tan boluda de rechazar un inocente café con el Príncipe Azul? La segunda: ¿por qué no estoy corriendo detrás de él para pedirle el teléfono?

Estaba sopesando mis posibilidades cuando vi a mi colectivo unos semáforos atrás. Tenía que apurarme si quería alcanzarlo.

—¡Mierda! —apreté el libro sobre mi pecho y partí como alma que lleva el diablo, directo hacia la parada.

Una corrida y un casi infarto masivo después, estaba caminando hacia el final del vehículo, dónde un incómodo asiento esperaba por mí. Me dejé caer pesadamente, todavía un poco agitada por la corrida. Todavía un poco incrédula. ¿Aquello en verdad había sucedido?

Lisandro.

Otra involuntaria sonrisa se plantó en mi rostro mientras estudiaba el libro sobre mi regazo. No podía creer lo que había pasado. ¿Cómo alguien tan perfecto como él podía haber tenido un gesto tan desinteresado con alguien como yo? Acaricié la lujosa cubierta y abrí el libro con delicadeza.

La tercera sonrisa que Lisandro me sacaba en el día, aún sin estar presente, terminó por convertirse en una risotada histérica que provocó que varios de los ocupantes del colectivo me miraran como si estuviera loca. Y probablemente lo estaba.

Ahí, en la primera página, con una perfecta caligrafía, estaba mi verdadero regalo.

“¿Creés en el amor a primera vista? Espero tu mensaje… Lisandro (1557667548)”.


 







¿Cuántas veces soñaste con ser una princesa?




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