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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 10


Capítulo 10: El brillo y el ardor.



Viernes, 7 de noviembre de 2014.

Estacioné el auto frente al edificio y azoté la puerta como un demente. Decir que estaba furioso, era poco. Tenía que tratar de serenarme antes de entrar a su oficina, bajar un cambio… o tres.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarlo? —preguntó la morocha de recepción. ¡Era preciosa! Echagüe no dejaba de sorprenderme con sus niveles de obsesión, la secretaria del estudio era tan parecida a Lucrecia que hasta daba miedo.

—Echagüe me está esperando.

—Entonces, vos sos Mauro —sonrió—. Esperá un minuto, ya le aviso.

Me crucé de brazos y husmeé las fotos colgadas en la recepción. Distintas entregas de títulos, honores y toda la mierda esa. Rostros felices, miradas altaneras y ¡ni una! imagen de Lucrecia. ¿Ni una? ¿Ni un reconocimiento para la mujer que lo hacía todo posible? ¿“Lo más importante que tengo en la vida”? ¡Qué hipócrita!
—Adelante.

La morocha me acompañó hasta la oficina de Lisandro. Cuando entré, él hablaba por teléfono y me hizo una seña para que me sentara frente a su escritorio. Decliné. Prefería quedarme parado, lo que venía a decirle era bastante rapidito.

—¿No te sentás, Mauro? —preguntó después de cortar la llamada, con esa sonrisa de propaganda que me irritaba cada vez más.

—Estoy apurado. Tengo a los tipos de técnica esperando y dicen que no están autorizados para instalar las cámaras del interior de la casa.

—Así es —se reclinó en su silla y se cruzó de brazos—. ¿Y cuál es la duda?

—El acuerdo era que continuábamos con el trabajo si se aceptaban las modificaciones del sistema de seguridad. ¿Entendí mal?

—No, ese era el acuerdo.

—¿Entonces? —tenía que controlarme, ¡su arrogancia me estaba haciendo perder la paciencia!

—Entonces, no sé. Preguntale a Lucrecia, es ella quien no quiere las cámaras dentro de la casa —sonrió, ¡otra vez!, y yo quería saltarle a la yugular. Y después a su esposa. ¿Por qué carajo no quería las cámaras?— Ella dispone y yo obedezco. ¿Algo más?

—No.

—Bueno, andá nomás —se puso los lentes para seguir trabajando. Yo me propuse salir de la oficina antes de romper algo… como la mandíbula de Echagüe, por ejemplo—. ¿Mauro? —me detuvo.

—¿Señor? —dije con los puños apretados.

—La próxima vez que dejes a mi esposa ¡sola en casa con desconocidos! para venir a preguntarme otra pelotudez como esta, te echo a patadas en el culo, ¿está claro?

—Clarísimo —murmuré entre dientes.



Para cuando llegué a la casa, ya había puteado dentro del auto todo lo que necesitaba. Incluso me dolía la garganta. Gritarle toda esa sarta de insultos a Lucrecia no solo no correspondía, sino que no serviría de nada. Lo que sí era necesario, era aclarar algunos puntos con ella. Aunque mi permanencia en la asignación peligrara. Era imposible trabajar así.

Entré a la casa y despedí a la gente de técnica, disculpándome por haberlos hecho esperar inútilmente y hasta prometiéndoles un asado de compensación algún fin de semana. No era el primer caso en el que trabajábamos juntos, nos conocíamos desde mis comienzos.

Con el enano en el jardín, tenía la oportunidad perfecta para conversar con Lucrecia sin interrupciones. Alejo era su excusa favorita para evitarme. Como siempre, la encontré en la cocina, esta vez leyendo un libro.

—¿Tenés un minuto? —pregunté desde el umbral.

Levantó la mirada y dejó el libro a un lado. Era su “sí” silencioso. Me senté en la banqueta frente a ella y entrelacé los dedos sobre la mesa, pensando con cuidado cuál era la mejor forma de empezar la conversación.

—¿Qué hago acá? —opté por ser directo.

—¿A qué te referís?

—Eso, ¿qué crees que hago acá?

Quería tomarla por sorpresa, no darle tiempo para hilar una respuesta meditada; porque yo no quería una respuesta meditada, quería la verdad. Quería saber por qué se interponía en mi trabajo cuando se trataba de cuidar de ella. Pero, pese a un breve instante de desconcierto brillando en sus ojos, su carita de muñeca permaneció imperturbable. Ni una emoción surcaba su rostro.

—¿Qué hago acá? —repetí.

—Esa pregunta no es para mí, es para Lisandro —disparó.

—Precisamente... Pero cuando le pregunto a él, me dice que quien obstruye mi trabajo sos vos. Así que, ¿en qué quedamos? ¿Le pregunto a Alejo? —me arrepentí en el mismo instante, por la brusquedad de mi pregunta. ¡Pero me sentía tan frustrado!— ¿Por qué no querés las cámaras? —pregunté sin rodeos. Intenté apoyar la espalda en la banqueta, que por cierto no tenía respaldar, y casi me caigo de culo.

—¿Cuántos años tenés? —preguntó Lucrecia.

Me descolocó. Esta vez, fue ella quien me tomó por sorpresa.

—Veintisiete —respondí, permitiendo que tomara las riendas de la conversación. Sentía curiosidad por saber qué rumbo tomaría.

—Pareces más chico —comentó.

—Todos dicen lo mismo, ¿y a qué viene la pregunta?

—¿Aceptarías una observación de alguien mayor? —preguntó seria.

—¿De quién?

—De mí.

—Vos tenés veintitrés —le recordé.

—Me siento de sesenta. ¿Aceptarías la observación o no? —insistió con la misma seriedad.

—¿Te sentís de sesenta?

Respiró profundo, se acomodó en su banqueta y me miró directo a los ojos. Era otro "sí" silencioso.

—Mauro… —usó el mismo tono que empleaba cuando estaba a punto de retar a Alejo y me hizo sentir más o menos de la edad de su hijo. Había un brillo en ella que jamás había visto antes. Estaba encendida—. No me subestimes. Sí, sé qué hacés acá. Entiendo perfectamente la naturaleza de tu trabajo. Sé que tu deber es nuestra seguridad y confío en tu criterio. Si vos creés que es estrictamente necesario poner cámaras dentro de mi casa, hacelo.

—Gracias, Lucrecia. En…

—Todavía no terminé —me frenó en seco. No estaba encendida, ¡ardía!

Su voz era firme, decidida, y aun así no perdía la ternura. Ahora entendía por qué Alejo le hacía caso sin chistar, te hacía sentir tan chiquitito cuando hablaba así que prácticamente quería esconderme debajo de la mesa y taparme los oídos. La intensidad de su mirada me anticipó que no me gustaría nada lo que estaba a punto de escuchar.

—Esta es mi observación, tomala o dejala… No somos un trabajito de seguridad que podés solucionar cableando toda mi casa, somos personas. Yo soy una persona y mi hijo es una persona. Hace unas semanas entraron a mi casa y se robaron mucho más que plata, fue un ataque a mi intimidad. Si ponés esas cámaras, vas a estar haciendo exactamente lo mismo. Vas a atacar mi intimidad.

Ay. Eso dolió. Me puso a la altura de un delincuente.

—Los tipos se pasearon por el pasillo, Lucrecia. ¿En serio me estás pidiendo que lo deje descubierto? Ya sé que son personas, no me creas tan insensible. Tu seguridad y la de Alejo son mi prioridad, no los puedo dejar descubiertos. Es mi trabajo —traté de hacerla entender que no era un ataque, era una medida de protección; pero el intento por dominar la situación se había vuelto en mi contra. Me sentía como un pollito mojado.

—Sos inteligente. Estoy segura de que vas a encontrar una alternativa menos invasiva. Confío en vos —tomó el libro y se levantó de la banqueta.

¿Eso era todo? ¿Me iba a dejar así? Yo estaba inmóvil, aplastado por el peso de sus palabras, incapaz de salir de mi asombro. Lucrecia era implacable (otro ítem para agregar a la enorme lista de cosas que me gustaban de ella). Dos frases y me dio vuelta.

—Lucrecia… —la detuve— No te subestimo.

—Todo aclarado, entonces —asintió, con otra de esas dulces sonrisas—. ¿Me permitís otra observación?

—Me da un poco de miedo la verdad, pero dale —le confesé.

—No necesitás las cámaras. Con que estés acá, ya me siento más segura —me puso una mano en el hombro.

Ella brillaba, y era yo el que ardía.



Me dediqué toda la tarde a desmigajar la conversación, una y otra vez, de atrás para adelante y del derecho al revés. No, no la subestimaría. Y no, no haría nada que la hiciera sentir invadida. Por supuesto que había alternativas, siempre las había. Se podía recurrir a reforzar la seguridad exterior de ser necesario; o incluso podría sentarme todo el día a sus pies como un pastor alemán obediente, no me molestaría en lo más mínimo. Pero no era eso lo que daba vueltas en mi cabeza… era esa forma tan particular que tenía Lucrecia de hablar. Te daba en el medio del estómago con sus palabritas dulces y te dejaba de rodillas.

Yo todavía no me recuperaba del golpe… su golpe que era una caricia, irónicamente. “Con que estés acá, ya me siento más segura”.

Después de haber aclarado el asunto, según sus propias palabras, parecía más relajada. Más ella. De hecho, teníamos como cinco mil grados de temperatura afuera, pero pensó que era buena idea plantar unas papas de dalia. ¿Qué era eso? No tenía idea. Pero me senté en la galería, cerca de la pileta, y la observé.

Era increíble lo que uno descubría con solo mirar. Nunca entendí el rastro de tierra negra cerca de su nariz el día que nos conocimos, hasta ese momento. Un mechón de su pelo insistía en caer sobre su cara, y cada vez que se lo sacaba, el borde del guante de jardín le tocaba la mejilla. Nunca había conocido a una mujer como ella, tan dulce y tan impactante al mismo tiempo; naturalmente, no hacía esfuerzo alguno. Tenía un pantalón gris que parecía más viejo que mi abuela, con un agujero en la rodilla, pero que colgaba de su cadera de tal forma que podía ver esos dos perfectos hoyuelos adornando su coxis. Era la primera vez que la veía usar una remerita sin mangas, resultaba fascinante el movimiento de su hombro mientras hacía el agujero con la palita. Y, ¡que Dios me perdone!, pero estaba sin corpiño, así que estaba invadiendo su intimidad sin poder evitarlo.

—Mauro, ¿me hacés un favor? —dijo cubriéndose del sol con la mano.

—Obvio.

—¿Querés poner la pava?

—Dale...

Los cinco mil grados de temperatura no eran nada comparado con lo que ella me provocaba. Me estaba volviendo loco, ¡y ni siquiera lo estaba intentando!

—No dejes que se hierva —entró a la cocina y se sacó los guantes. ¿Qué se hierva qué? ¿El agua o yo? Quería mantener la vista en su carita de muñeca, lo juro por Dios, pero sus pezones me hablaban. ¡Me hablaban!!— Mauro, ¿estás bien?

—Sí... —alcé la mirada justo a tiempo, espero— ¿Por?

—Porque la que estuvo bajo el sol fui yo, pero parece que el sofocón lo tenés vos.

—Para nada, debe ser idea tuya. ¿Amargos? —pregunté tragando muy lento el exceso de saliva… ¡Silencio, pezones!!!

—Dale.

Agarró los guantes y desapareció hacia la despensa (gracias a Dios), seguramente a dejar todo en perfecto orden, como tanto le gustaba. Mientras tanto, traté de acordarme los consejos de mi vieja para cebar un buen mate. Lucrecia volvió al ratito y me ayudó a llevar las cosas hasta la isla. Verla tan… ella, era un privilegio al que no estaba tan acostumbrado.

—Mi abuela cebaba unos mates increíbles —dijo cuando nos sentamos.

—Es la segunda vez que la nombrás —recordé de inmediato.

—Sí… —murmuró con nostalgia—. Creo que no hay día que no la nombre, o la piense —sus ojos estaban sobre la mesa y dibujaba círculos invisibles con un dedo—. Hasta que me casé, siempre fuimos ella y yo.

—¿Vivías con ella?

—Desde los cinco meses. Mi mamá… no pudo, supongo. Nunca supe qué fue lo que pasó; mi abuela prefería no hablar de eso. Y yo tampoco indagaba demasiado.

—Nunca lo hubiera imaginado —dije, sorprendido por una confesión tan íntima—. Sos tan buena madre… pensé que eso se aprendía del ejemplo, pero parece que viene incorporado —le cebé un mate—. Decime si está muy caliente.

—Hago lo que puedo —sonrió— ¿Y vos?

Su pregunta era lo suficientemente amplia como para que contestara lo que quisiera. Esta no era una lucha por dominar la conversación, era la posibilidad de conocernos. Y quería que me conociera.

—Yo… —¿por dónde empezar?— Nací y crecí en Almagro, con mis viejos y mi hermano mayor. Diego, mi hermano, se separó hace unos años. Tengo dos sobrinos, Clara de trece y Maxi de cuatro.

—¿Todavía vivís con tus viejos? —me sacó el termo, aunque estaba cebando yo. ¿Quién lo diría? También tenía su veta controladora.

—No. Tengo un departamento en Avenida Corrientes, a media cuadra del Obelisco. La convivencia con mis viejos era un poco complicada. La verdad… no tengo la mejor de las relaciones con mi viejo —admití.

Cebó un mate y me lo pasó en silencio. Estaba aprendiendo a escuchar sus silencios. Este no era su habitual silencio de “no me jodas”, era más como “no tenés que seguir hablando, si no querés”. Era increíble cuánto decía sin emitir palabra. Y todavía más increíble, yo quería seguir hablando. Quería contarle todo.

—Fui un hijo difícil —recuperé el mate y se lo cebé yo, respirando hondo antes de seguir—. De pendejo era terrible. Mi vieja me apañaba en todo y me sentía impune. Siempre me salía con la mía —sonreí y ella me acompañó—. Al principio, eran travesuras, cosas de chicos. Pero después, me volví incontrolable.

—Vos, ¿sin control? Eso es difícil de imaginar —comentó asombrada. Si supiera cuánto tenía que controlarme cerca de ella, no estaría tan sorprendida.

—Cuando cumplí los trece ya me habían echado de dos escuelas, para que te des una idea.

—Ah… ¡incontrolable, en serio!

—Más que incontrolable —miraba para atrás y no podía evitar el sabor amargo de esa época—. Me atacó la rebeldía adolescente con todo. Encima, mi viejo era “cana”. Imaginate. No toleraba a un hijo que no le hiciera caso, aunque no hubo cinto que me hiciera reflexionar. Después de la última expulsión, mi viejo se hartó y mi mamá no pudo apañarme más.

—¿Se hartó? —preguntó, con una nota de enojo en el tono de voz.

—Estaba en todo su derecho. Ya no me podía controlar y lo sabía —aclaré—. Mi hermano me sacó de la casa para que le diera un respiro. Lo estaba volviendo loco. Si mis viejos no pudieron conmigo, te imaginarás como le fue a mi hermano.

—¿Mal?

—Peor. Mal es poco. Diego era un pendejo de veinte años, recién casado y con un bebé en camino, no se le podía pedir tanto, y menos lidiar con alguien como yo. Todavía me acuerdo las peleas que tenía con Cecilia por mi culpa.

—“Culpa” es una palabra muy grande, ¿no te parece? Eras un adolescente. A veces, uno hace cosas tontas a esa edad —todavía no sabía ni la mitad de la historia y ya me estaba defendiendo. Me moría por abrazarla.

—Culpa es la palabra perfecta, te lo aseguro —agarré el termo y cebé un mate. ¿A quién le tocaba?—. Después de una semana de vivir con él, ya no iba más a la escuela; me pasaba todo el día en la calle. Diego no me podía controlar. “Vos no sos mi viejo”, le decía todo el tiempo. Una cosa llevó a la otra y terminé con la gente equivocada.
 
—¿Qué pasó? —ahora sí estaba indagando, y no la culpaba.

—Esto no es algo que vayas a leer en mi currículum —admití con amargura—. Me pescaron a los quince con cocaína, la estaba vendiendo.

—Ay —el mate se detuvo a medio camino de su boca por la sorpresa.

—No la probé, te lo juro. Nunca probaría esa porquería… fue una boludez de pendejo, quería hacerme el piola y me salió el tiro por la culata. Era menor, así que no pasó de una advertencia y un susto. Pero pasar una noche en cana no es algo que te olvidás así no más.

—Imagino que no —me devolvió el mate, un poco pálida.

—Ese fue mi “click”. Volví a la casa de Diego con la cola entre las patas, terminé la secundaria y quise seguir los pasos de mi viejo.

—Creí que lo de ustedes era privado —comentó confundida—. ¿Sos policía?

—No, no —le aclaré rápido—. No hubo cargos por lo de la posesión y venta, pero no dejaba de ser un antecedente. Me rebotaron apenas presenté los papeles. Diego me contactó con un amigo de mi viejo; un policía retirado que estaba empezando con su negocio de seguridad privada, Pablo Gómez. Me conocía de pibe y bueno… confió en que podía hacer algo. Enterró mis antecedentes en el fondo de un cajón, me enseñó todo lo que sé y acá estoy. ¿Quién está cebando? Ya me perdí. —Pregunté después de aclararme la garganta.

Lucrecia detuvo el mate con una media sonrisa y sostuvo mi mano por unos segundos antes de soltarla. Me estaba dando consuelo.

—Dejá, sigo yo —para cuando soltó mi mano, mis dudas se habían disipado. Esto no era una calentura. Quería sostener su mano hasta que se me acalambrara, como si fuera un adolescente inexperto y sonrojado—. Creo que todos cometemos nuestros errores. La diferencia es que algunos se pueden remediar, otros no... Yo pasé dos años enteros sin hablarle a mi Nona —la voz le temblaba y el brillo se acumulaba en sus ojos castaños. Quería rodear toda la isla y abrazarla, pero no lo hice. Deslicé mi mano sobre la mesa y dejé mis dedos cerca de los suyos; si me necesitaba, ahí estaba—. Cuando me dijeron que se estaba muriendo, fui a verla. Quería decirle muchas cosas pero llegué tarde, no alcancé a despedirme.

Sus dedos apenas rozaron los míos, pero se sentía como si nos estuviéramos dando ese abrazo. La sentía cerca. Y la quería más cerca.

—¿Qué querías decirle? —me animé a preguntar, a riesgo de estar cruzando los límites.

—Que la perdonaba —susurró.

El sonido de la llave girando en la puerta de entrada nos interrumpió y el hechizo entre nosotros se deshizo. Alejó su mano de la mía y se levantó rápido.

—Deben ser Luciano y Alejo.

—Lucrecia —la detuve antes de que se fuera—, gracias por los mates.

—La próxima cebo yo. Los tuyos son intomables —sonrió.
¿
La “próxima”? Ya no podía esperar.



Había comenzado el día terriblemente furioso, virando a frustrado, mutando a sorprendido, avanzando hacia la plenitud completa cuando conversamos, y finalizando en un inapropiado e inesperado ataque de celos.

Juro por mi bien más preciado que no tenía intenciones de espiar, ¡qué se me caiga, si miento! Ya era cerca de la medianoche cuando terminaba de redactar el informe para Gómez, sentado en el sofá de la casa de huéspedes. Todo era silencio dentro y fuera de la casa, así que cuando escuché que alguien arrastraba la puerta vidriada que daba al patio, tuve que asomarme a la ventana. ¡Tenía que hacerlo! Era mi trabajo. Cualquier movimiento extraño, sobre todo fuera de horario, era digno de atención.

Dejé la computadora encendida sobre la mesita y me asomé por la ventana. Las luces de la pileta estaban encendidas y Lucrecia caminaba alrededor con un libro en la mano, totalmente absorta en la lectura. ¡Cómo si no fuera casi medianoche! Pero no fue el horario lo que me molestó. Fue que usara una camiseta de River que claramente no era de ella, ¡porque le quedaba enorme!

Los celos clavaron sus garras en mi estómago y me doblegaron. Totalmente fuera de mí, apagué la computadora y me fui a dormir.

Lucrecia brillaba, y yo ardía... porque ella brillaba para otro.






"A primera vista, sentí la energía del sol radiante. Vi la vida en tus ojos" (Rihanna - Diamonds)







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