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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 11



Capítulo 11: Cucaracha.



Domingo, 9 de noviembre de 2014.

La mesa estaba lista en el comedor principal, perfectamente arreglada para recibir a la familia. La carne reposaba los últimos minutos en el horno. Camila y yo terminábamos con las ensaladas, mientras Luciano y Alejo dibujaban con tiza al borde de la pileta. Se oían las risotadas hasta adentro. No sabía quién se divertía más, si mi cuñado o mi hijo. Elena, Santiago y Lisandro, por su parte, estaban encerrados en el estudio desde temprano. No se daban un respiro ni siquiera los domingos.

—¿Qué tal el guardaespaldas? —la pregunta de Camila me tomó por sorpresa, y si no estuviera tan acostumbrada a fingir mis estados de ánimo, probablemente me hubiera sobresaltado.

—Bien, supongo —respondí, tan aséptica como siempre.

—Debe ser un poco raro tenerlo revoloteando todo el día por acá, ¿no? ¿No te incomoda? —dijo curiosa, probando la ensalada. Sus ojos verdes buscaron mi siempre esquiva mirada.

—Al principio, sí —admití, llevándome las ensaladas hasta la mesa—. Ahora ya casi ni me doy cuenta de que está en la casa —mentí, descaradamente.

Eran apenas las doce y media y ya había mirado el reloj una veintena de veces, como si eso hiciera que las agujas se movieran más rápido. Para mi desgracia, lo único que conseguía era ponerme más y más ansiosa con cada minuto que avanzaba. No me atrevería a confesárselo ni siquiera a mi almohada, pero Mauro se había convertido en una especie de amuleto contra los exabruptos de Lisandro. Al parecer, mi marido también se sentía obligado a mantener la fachada si lo sabía en casa.

Pero era domingo. Y faltaban demasiadas horas para que Mauro regresara. Secretamente, cruzaba los dedos y rogaba que decidiera aparecer más temprano.

—¡Chicos, a comer! —les avisé a Luciano y a Alejo. No sé cuál de los dos hizo el puchero más adorable— Camila, ¿podés subir a la oficina a avisarles que ya está listo? Yo busco el vino.

Camila asintió con una sonrisa y yo suspiré de alivio. Era espantoso usarla como escudo, pero había visto los humores caldeados un poco más temprano y prefería no ofrecerme tan voluntariamente como blanco de Lisandro. Se mostraba más contenido con otras mujeres.

Regresaba a la mesa con el vino en la mano, cuando los cuatro descendieron la escalera. La sonrisa de Santiago creció al verme, tan agradable como siempre. Elena y Lisandro seguían cuchicheando un poco más atrás.

—¿Cómo estás, primor? —mi suegro se acercó a saludarme y se hizo cargo de abrir el vino.

—Luciano, ¿le lavás las manos a Alejo, por favor? —le pedí, aprovechando que tenía a mi hijo montado en su espalda y tirando de sus rulos como si fueran las clinas de los ponys que tanto le gustaban.

—¡A la orden, mi general! —corrieron hasta la cocina entre risas.

Todos se ubicaron en sus lugares. Lisandro en la cabecera de la mesa, flanqueado por la siempre imperturbable Reina Madre; que por cierto, ya ni siquiera se dignaba a bajar de su pedestal para saludar a la plebeya que era su nuera. No me miraba, ni me hablaba; y yo lo prefería así, al menos las dos habíamos dejado de fingir que nos soportábamos. Luego de años de haber intentado convencer a Lisandro de que yo no estaba a su altura, finalmente había desistido. Elena parecía no comprender que era precisamente mi condición de inferioridad lo que hacía que Lisandro insistiera en que yo permaneciera su lado. Mi inferioridad era mi principal atractivo.

Me senté en la otra punta de la mesa, con Alejo a mi diestra y mi cuñado a la izquierda. Camila, un poco más al medio, en territorio neutral. Era como si la mesa estuviera dividida en dos. Me gustaba mucho más mi lado de la mesa.

Con el paso de los años, había logrado comprender por qué Luciano y Lisandro habían resultado tan distintos, tan opuestos en todos los aspectos. Luciano era dulce y espontáneo, mientras Lisandro era extremadamente inflexible y doblemente recto. Ser la “oveja negra” de la familia, como lo había catalogado alguna vez Lisandro, había hecho que Luciano se viera libre de las presiones que imponía portar su apellido. Se permitía todo, y lo adoraba por eso. Su valentía me provocaba admiración.

Ni siquiera estaba prestando atención a lo que conversaban del otro lado. Me limité a arremangar a Alejo para que no se ensuciara y le corté la carne meticulosamente.

—Comé todo… si no, no hay helado —le aclaré por adelantado.

—Está fabuloso, Luli. Como siempre —Luciano engulló un trozo de carne que casi le parte la cara en dos, como si no hubiera comido en toda su vida.

—Me alegra que te guste —me toqué la comisura de los labios y alcé las cejas, para indicarle que tenía que usar la servilleta. Me revoleó los ojos, por supuesto—. ¿Te gusta, mi amor? —acomodé uno de los bucles rebeldes de Alejo y asintió enérgicamente, con la boca llena. Cuando levanté la mirada, los ojos de Lisandro estaban clavados en mí desde el lado opuesto de la mesa.

—Hay unos juegos nuevos en la plaza… podría llevar a Alejo después de comer, ¿no? —sugirió Luciano, recuperando mi atención.

—Mejor otro día, Lucho. Tiene que dormir la siesta —acaricié su antebrazo, agradecida por la propuesta, pero ni loca le permitiría que se llevara a mi hijo. Eso me dejaba sola con el padre.

—¿Qué mierda le pusiste a la ensalada? —Lisandro alzó la voz del otro lado de la mesa y el sonido de los cubiertos sobre los platos se detuvo repentinamente. Igual que mi respiración— Está espantosa. ¿Me querés intoxicar?

Tragué despacio e identifiqué la ensalada que Camila había preparado a un lado de su plato. Ella me miró por un segundo y bajó la mirada, avergonzada. No había prestado atención, su pregunta sobre Mauro me había distraído y no vi qué le puso.

—¿Le pusiste vinagre? —insistió ante mi silencio, mientras cada uno de los presentes esperaba por mi respuesta; incluido Alejo, que dejó de masticar. Era como estar en plena escena sin saber mis líneas, y el público esperaba atento.

—Perdón —solté en un susurro—, puede ser. No me di cuenta.

—En esta casa no usamos esa porquería, querida. ¿Cuántas veces te lo tengo que repetir? Ya no estás en  el mugrero del que te saqué.

¡DESGRACIADO!! 

Eso y una piña en el medio de la cara era exactamente lo mismo. Probablemente, esto fuera peor, porque la piña me la daba en la privacidad de nuestro cálido hogar y no frente a toda la familia.

Elena continuó comiendo como si nada hubiera sucedido, mientras Santiago le daba un trago largo al vino. Alejo retorció la servilleta entre sus manitos, como si comprendiera la humillación que acababa de sufrir su mamá. Camila bajó la cabeza todavía más y Luciano se puso colorado como un tomate… y no era por vergüenza. Apretó los puños y los dientes, arrojando la servilleta con tanta fuerza que sus cubiertos provocaron un tintineo sobre el plato. Se levantó de la silla y descargó un potente puño sobre la mesa, haciendo que todo se tambaleara. Apenas logré sostener el vino antes de que cayera.

—Camila, nos vamos —anunció, estirando una mano hacia su novia—. Perdoname, Luli. Pero ya no lo aguanto más.

—¿Te atrevés a faltarme el respeto en mi casa? ¡Sentate ahí! —gritó Lisandro, todavía más furioso.

Alejo comenzó a llorar, confundido y asustado por lo que estaba sucediendo, y me apresuré a alzarlo en mis brazos para cubrir su cabecita con una mano.

—Shhh…. Mi amor. No pasa nada —susurré en su oído, llevándolo a la cocina.

—¡¿Respeto?! ¡¿En serio?! ¡Sos un sorete! ¡¿Justo vos me hablás de respeto?! —escuché gritar a Luciano— ¡Me tenés cansado! ¡Todos me tienen cansado! ¡¿No les da vergüenza?! ¡¿Van a dejar que la siga tratando así?!

El quilombo de platos y cubiertos, seguido de forcejeos, fue todo lo que necesité escuchar para huir con Alejo en brazos directamente hacia la cochera. Al menos bajo tierra, podría tratar de distraerlo de alguna manera. Encendí la luz, sin dejar de sostenerlo entre mis brazos, mientras su cuerpito se convulsionaba por el llanto.

—Mi amor… —caminé con él hasta el fondo de la cochera, detrás del auto— ¿Cómo era esa canción que aprendiste en el jardín?

—No… —hipó entre sollozos, rompiéndome el corazón— no me acuerdo.

—Sí, sí te acordás —me senté junto a la pared y lo acomodé entre mis piernas, protegiéndolo con un abrazo y escuchando cómo el auto de Luciano rugía su partida desde la calle—. ¿Cómo era?

Oímos dos portazos más y Alejo empezó a temblar. Yo también.

—Cuuucaracha, ¿tú qué tienes? Siete faldas media luna ¡Es mentira, cucaracha! Tienes solamente una… —canté, tragándome las lágrimas.

—Ja, ja, ja… jo, jo, jo… tienes solamente una… —cantó Alejo, entre suspiros.

—¿Viste que te acordás? —acomodé sus rulos a un lado y besé su oído— ¿Cómo seguía?

—“Chuuuucaracha”, ¿tú qué tienes? Un anillo circonita ¡Es mentira, “chucaracha”! Tu cabeza que es durita —cantó con más entusiasmo.

—Ja, ja, ja… jo, jo, jo… tu cabeza que es durita… —completé aterrada.

Eso esperaba. Que esta cabeza fuera dura, porque Lisandro estaba a punto de intentar rompérsela a la pobre cucaracha.



Se fue cerca de las nueve de la noche; llorando a moco tendido, obviamente. Si Dios era lo suficientemente compasivo conmigo, haría que su secretaria le ofreciera un lugar en su cama, como tantas otras noches. Aproveché para consolar a Alejo y darle un baño, quería levarlo a la cama temprano y dar por concluido el día lo antes posible. Le canté cuánta canción se me cruzó por la mente, acariciándole los rulos, hasta que por fin conseguí que se durmiera.

Me dolía el pelo.

Las personas creen que el pelo no duele, pero seguramente si fueran arrastrados del cabello por toda la escalera y el pasillo opinarían lo contrario. ¿Y Mauro se preguntaba por qué no quería las cámaras dentro de la casa? ¡Lo único que me faltaba! Que el mundo me viera de rodillas en el pasillo, limpiando mi propia orina después de haber sido pateada como un perro.

Recogí el desastre del living con los dientes apretados, respirando con dificultad. Cuando todo estuvo tan impecable como siempre, tiré la vajilla rota en una bolsa de residuos y arrastré los pies hasta afuera. Abrí el contenedor en lo que demandó un esfuerzo titánico y me deshice de la evidencia de otro típico domingo en familia.

Agotada y dolorida, tratando de recuperar el aliento luego del esfuerzo, me agaché y tanteé con mis manos hasta dar con la seguridad del cordón. Cerré los ojos ante la punzada de dolor en mis costillas y me valí del apoyo del contenedor de basura para poder sostenerme.

Me permití un suspiro de alivio, agradecida por la quietud del final del día. Levanté la cabeza del frío pavimento y observé las estrellas, abrazando mis rodillas para mantenerme más erguida. Era una noche de verdad preciosa. Las estrellas presumían su brillo diamantino en un cielo perfectamente negro. No hacía ni frío ni calor… o quizás era mi cuerpo el que ya no podía sentir nada más.

Apoyé el mentón sobre las rodillas justo cuando un auto desconocido se detenía frente a mi casa.

Mauro.

Lo seguí con la mirada, mientras se bajaba del asiento del acompañante con su bolso al hombro, con una sonrisa tan luminosa que opacaba incluso a las estrellas. Me hice todavía más chiquita, esperando que no me descubriera agazapada junto al contenedor de basura como la cucaracha que era. Una punzada de dolor (aunque no físico) me asaltó al ver cómo se agachaba junto al asiento del conductor para besar efusivamente a la colorada detrás del volante.

Era una chica linda.

—Cuuucaracha, ¿tú qué tienes? Siete globos de color… es mentira, cucaracha… ni burbujas de jabón… ja, ja, ja… jo, jo, jo… ni burbujas de jabón —canté en silencio.






"No te acerques demasiado, está oscuro adentro. Es dónde se esconden mis demonios" (Imagine Dragons - Demons)







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