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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 12




Capítulo 12: Marcas en la piel.



Lunes, 10 de noviembre de 2014.

Hacía tanto calor ese día que preferí obviar la corbata. Nada tenía que ver el hecho de que Romi me hubiera dejado tremenda mordida en el cuello como recuerdo del fin de semana. O que quisiera que Lucrecia la viera después de haberse pavoneado en el patio con esa remera que no era suya. Nada que ver. Preferí obviar la corbata porque hacía mucho calor.

Atravesé el patio cerca de las nueve, sonriendo al ver la evidencia del domingo familiar al borde de la pileta. Alejo y Luciano habían estado bastante ocupados dibujando con tiza. Me preguntaba por qué Lucrecia no había corrido a limpiar todavía, no era algo propio de ella dejar las obras de arte de su hijo adornando el piso durante tanto tiempo.

Estaba completamente decidido a cambiar mi actitud con Lucrecia.

Iba a concentrarme en el trabajo y punto. Nada de mirarla de forma inapropiada, olfatear su perfume por toda la casa o rogar que me regalara unos minutos de su compañía entre mate y mate. Tenía que dejar de exponerme de esa manera. Con Romina me bastaba; era una compañía agradable y, aunque detestara tomar mate, estaba tan libre como yo.

Deslicé la puerta vidriada y me sorprendió el silencio. Observé mi reloj, solo por si acaso, pero comprobé que eran casi las nueve. ¿Por qué no se escuchaba a Alejo parloteando como un loro? Un poco inquieto, apreté el paso y me asomé a la cocina.

—¡Hola, Maurooooo! —gritó con alegría, ya con la mano levantada para que “chocáramos lo cinco”.

—¿Cómo va, enano? —aliviado, le ofrecí mi mano.

Observé a Lucrecia de reojos, sentada en la banqueta junto a Alejo, guardando la vianda en su mochila del jardín.

—Hola —saludé, sentándome frente a ella—. ¿Qué tal el fin de semana?

—Muy bien —asintió, con una suave sonrisa en los labios. Esos labios tan tentadores. Seguramente, tan dulces como ella.

¡Maldije mi endeble voluntad! Bastó verla dos segundos a los ojos para que mi plan de cambiar de actitud se viniera abajo como una estructura de naipes. Nervioso, tiré del cuello de mi camisa, esperando que no viera la espantosa marca en mi piel. ¡Qué boludo!

—¿Dibujaste al lado de la pileta, enano? —estiré uno de sus bucles y cuando lo solté regresó a su posición original como un resorte.

—Sí, con el tío Lucho… Pero después papá tiró todo y canté la “chucarachita” con mamá —contestó sonriente.

—La cucarachita, mi amor —Lucrecia lo corrigió rápidamente, levantándose de su banqueta—. Vamos a lavarte las manos, que ya te pasan a buscar.

Me quedé de piedra. Lucrecia nunca jamás le lavaba las manos en el baño de arriba, siempre usaba la bacha de la cocina. ¿A quién quería engañar? Se llevó a Alejo para que no soltara la lengua. Pero ya era demasiado tarde.

"Papá tiró todo".

Ya había escuchado a Lisandro gritarle a Lucrecia una vez y se lo dejé pasar, pero "papá tiró todo" implicaba algo totalmente distinto. Me levanté de la banqueta tan rápido que casi la tiro a la mierda. Atravesé el living como un poseso y subí los peldaños de la escalera de dos en dos, directo hacia el pasillo. Obviamente, me encontré con la puerta de la pieza de Alejo convenientemente cerrada. Como si eso pudiera detenerme.

—Lucrecia —golpeé la puerta con mis nudillos, esperando por su respuesta del otro lado.

—¡Ya vamos! —contestó rápido.

Me alejé de la puerta, apretando los puños con tanta fuerza que creí que se me abrirían los nudillos. Si Echagüe le había puesto un solo dedo encima a cualquiera de los dos, le iba a cortar la mano y después se la iba a hacer tragar. Literal.

El corazón me golpeaba el pecho cuando la puerta se abrió. Lucrecia apenas me miró un segundo, cargando a Alejo en sus brazos, y cuando abrí la boca para enfrentarla…

—No quiero hacer esperar a Alicia —dijo con voz temblorosa—. Está en la puerta.

Cerré la boca, sintiendo que estaba clavado al piso mientras la veía bajar la escalera.

—Chau... —con una sonrisa sobre el hombro de su mamá, Alejo agitó una mano para despedirse.

Durante siete años en Seguridad del Plata, de la mano de Gómez, había custodiado a veintidós personas, colaborado con doce casos de otros custodios, incluso había recibido dos balazos en un enfrentamiento a mano armada. Nunca, en todos esos años y en todos esos trabajos, me había sentido tan asustado como en ese momento.

Escuché el bocinazo de Alicia y me descongelé, apresurándome a bajar las escaleras. Cuando llegué al living, la puerta de entrada estaba abierta. Tan sonriente como siempre, Lucrecia alzaba la mano para despedir a Alejo desde la vereda. La escaneé con la mirada en busca de pistas, como si fuera un pedazo de evidencia bajo examen. Después de todo, mi trabajo era cuidar de ella, aunque la amenaza fuera su marido. ¡Por Dios, quería matarlo!

Sus ojos permanecían fijos en la calle. La sonrisa que adornaba su boca segundos atrás se desvaneció y se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. Estaba nerviosa. Seguí las delicadas líneas de sus brazos en busca de algún tipo de marca que delatara a Lisandro, pero no había nada a la vista. Cruzó los brazos sobre el pecho y regresó a la casa.

—Lucrecia —traté de llamar su atención, pero pasó a mi lado y me ignoró por completo, dispuesta a subir la escalera. Me mordí la lengua para no ponerme a gritar como un loco y me decidí a enfrentarla—. Necesito saber si pasó algo. Es mi trabajo.

Se frenó en el primer peldaño de la escalera y se volvió tan rápido que por poco choca conmigo. Se detuvo cerca, tanto que juro que podía saborearla en mi boca. Vainilla y coco.

—Alejo no sabe lo que dice. No pasó nada. Y hablando de tu trabajo… ¿Cuál es tu horario de entrada los domingos, Mauro? —preguntó con firmeza, y nada de dulzura esta vez. Estaba que echaba fuego. Entorné la mirada, confundido. Ella sabía perfectamente cuál era mi horario. Solo por si acaso…

—Veintidós horas —respondí con un hilo de voz. Nunca la había tenido tan cerca.

—Exacto —se alejó igual de rápido, caminando nuevamente hacia la escalera, dándome una perfecta panorámica de su espalda—. Ayer llegaste a las diez y diez. Que no se vuelta a repetir —dijo mientras subía—. Y ponete una corbata, tenés una marca horrible en el cuello. Es desagradable.

Ay.



Lucrecia me evitó como a la peste durante todo el día; lo cual hizo mucho más sencillo que retomara mi plan inicial de concentrarme solo en el trabajo.

Cuando mi informante estrella llegó del jardín, me concentré en escuchar cada palabra que salía de su boca con la mayor atención posible, pero no hubo nuevas referencias a “papá tiró todo”. Tuve ganas de preguntarle directamente a qué se refería, pero Alejo tenía tres años, no se sentía correcto someterlo a un interrogatorio.

No había nada en la rutina diaria que indicara que algo había sucedido. Todo estaba en perfecto orden. No había signos de lucha en la casa, ni marcas en el cuerpo de la supuesta víctima. Entre madre e hijo la interacción era la misma de siempre. Lo único raro, era la actitud de Lucrecia hacia mí.

Estaba enojada.

En mi trabajo, era necesario contemplar todas las posibilidades, no solo una. Quizás mis sospechas no fueran del todo acertadas. Cruzaba los dedos por que fuera así.

Había otras opciones.

Opción uno. Lucrecia tenía razón y Alejo no sabía lo que decía. Lo cual me parecía bastante improbable, porque era tan inteligente que en ocasiones me ponía en vergüenza. Además, Lucrecia huyó cuando Alejo soltó la lengua. Eso refutaba la teoría.

Opción dos. Lisandro, efectivamente, había tirado todo. ¿Pero qué significaba eso a los ojos de un nene de tres años? Quizás se había tropezado con la mesa y todo voló a la mierda. ¿Qué se yo? Podría ser.

Opción tres (mi favorita). La reacción de huida de Lucrecia nada tenía que ver con la declaración de Alejo, sino con la visión de la marca en mi cuello cuando me acomodé la camisa. ¿Se entiende por qué es mi favorita? Después de todo, ella misma había dicho lo desagradable que le parecía, y su hostilidad era hacia mí. ¿Celos? ¡Sería fantástico!

Opción cuatro. Bueno… la peor. Que mis sospechas fueran las correctas. En cuyo caso, iba a terminar pudriéndome en la cárcel por asesinato, con premeditación y alevosía.

Todas las opciones permanecieron abiertas en mi cerebro, a la espera de una confirmación que solo llegaría al regreso de Echagüe a la casa. Así que, cuando escuché que se abría la puerta de la cochera cerca de las diez de la noche, encendí un cigarrillo junto a la pileta y clavé la mirada hacia el interior de la casa. Desde ahí, tenía perfecta visual del living y una parcialidad bastante amplia de la cocina.

Podía ver a Lucrecia terminando de preparar la cena.

Me tensé por completo cuando lo vi entrar. Esta vez, iba a espiar a consciencia. Dejó el saco sobre una de las banquetas y se arremangó la camisa, diciéndole quién sabe qué cosa. Lucrecia continuaba con los últimos detalles de la cena pero levantó la cabeza para hacerle saber que lo estaba escuchando. Tan complaciente como siempre. Una geisha. Lisandro se acercó y le apartó el pelo del hombro, besando su cuello. No había nada en la expresión de Lucrecia que indicara que se sentía incómoda con su cercanía, todo lo contrario, él acarició el borde de su boca y sus labios se entreabrieron para recibir su pulgar. Fue tan sensual que...

Suficiente prueba para mí. Ya no podía seguir viendo eso.

Aplasté el pucho en el pasto y regresé a la casa de huéspedes. Al día siguiente usaría la puta corbata y, si tenía suerte, se me reventaría el cerebro durante el transcurso de la noche… así podría sacarme la idea de que fuera mi pulgar y no el de Echagüe el que entrara en su boca.







"Sé mi chica... cuidaré de ti" (The Fray - Look after you)





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