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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 13

Capítulo 13: Los hombres de mi vida.



Martes, 11 de noviembre de 2014.

Cuando la alarma se disparó a las siete de la mañana, ya estaba despierta. De hecho, no había pegado un ojo. A mi lado, Lisandro dormía como un muerto, con el brazo colgando a un lado de la cama. Los diecisiete grados de frío polar del split me erizaron la piel de camino al baño, esquivé de milagro la pata del sillón que siempre me llevaba por delante. Abrí la puerta del baño lo más despacio posible, para evitar despertarlo, y por poco quedo ciega al encender la luz. ¡Todo era tan blanco ahí adentro!

Era una mañana cualquiera. Excepto que no era una mañana cualquiera.

La seda del camisón no me acariciaba la piel, me provocaba ardor. Con sumo cuidado, tiré de la prenda para pasarla sobre mi cabeza. Quise llorar cuando me vi al espejo. Las consecuencias del domingo familiar eran más notorias esta mañana. Dos enormes parches, en un degradé de violetas, azules y negros, cubría la porción derecha de mi torso, sobre mis costillas. Uno de ellos, exhibía un raspón entre rojo y bordó que ya comenzaba a cicatrizar.

Me sentía avergonzada.

Me sentía avergonzada de haber permitido que me tocara después de eso. De haber dejado que marcara mi cuerpo de una forma totalmente diferente… con caricias en lugar de golpes, con susurros en lugar de gritos. Hacía meses que no teníamos sexo. Y lo dejé, lo dejé tocarme. ¡Qué estúpida!

Sentía asco.

El sabor amargo de la vergüenza subió por mi garganta sin previo aviso, sacudiendo mi cuerpo con una arcada que me derrumbó al piso. A duras penas, logré orientar mi cabeza para vomitar en el inodoro. Me aparté el pelo de la cara, todavía abrazada al inodoro, y estiré la mano para poder tirar la cadena.

Me sentía avergonzada.

Me sentía avergonzada de haber dejado que me arrastrara el deseo. Deseo de que fueran otras manos y no las de mi marido las que recorrieran mi cuerpo. Anhelo de que fueran otros labios los que susurraran en mi oído. Me sentía avergonzada de mi orgasmo. Me sentía avergonzada de haber recurrido a cerrar los ojos para fingir que, al menos por unos segundos, no era la esposa cobarde y sometida que gemía entre los brazos de un marido ruin. Me sentía avergonzada de haber sucumbido a la fantasía de ser una colorada ardiente y esplendorosa entre los brazos de un hombre que (¡Dios se apiade de mí!) estaba durmiendo en la casa de huéspedes en ese preciso momento.



Con Alejo en el jardín y Lisandro en el estudio, creí que evadir a Mauro sería una tarea complicada. Pero me equivoqué. La forma en que me esquivó durante toda la mañana, me facilitó muchísimo el asunto.

Estaba enojado. Supongo que mi desatinada mención sobre la mordida en su cuello lo había incomodado. ¿Y cómo no? Si había sido un ataque imprevisto y fuera de lugar de mi parte. Lo que hiciera en su tiempo libre, y con quien lo hiciera, no era asunto mío.

Como sea… se puso una corbata, gracias a Dios.

Esperó a que pasaran a buscar a Alejo y murmuró un “hola” entre dientes al entrar a la cocina, se preparó un café en absoluto silencio y salió taza en mano en dirección al patio. Lo hizo a propósito. Para que supiera que estaba enojado conmigo. Podría haberse preparado el café en la seguridad de la casa de huéspedes, pero prefirió torturarme con su silencio implacable.

Apuñalé por error a algunas de las zanahorias de la huerta al cosecharlas. Estaba enojada. Enojada porque Mauro estaba enojado. Enojado conmigo. Lo veía pasearse de un lado al otro, al fondo de la propiedad, con el teléfono al oído y el entrecejo contraído, hablando sin parar. ¿Quién sabe con quién hablaba? Pero deseé que fuera con la colorada; que su enojo fuera dirigido a ella y no a mí.

Cuando cortó la comunicación, regresé mi atención a las zanahorias.

—Tenemos que hablar —anunció serio, de pie frente a la huerta.

—Estoy ocupada —contesté sin despegar la vista del suelo—. Más tarde.

—No —replicó con dureza.

Sorprendida por su intempestiva negativa, alcé la mirada.

—Son las once. En un ratito vuelve Alejo. Que sea ahora —se metió una mano en el bolsillo, tratando de parecer indiferente, pero su mandíbula estaba tan trabada que temí que se rompiera los dientes—. Te espero en la cocina —sin más, se dio media vuelta y caminó hacia adentro.

—Lo que me faltaba… —clavé el cuchillo en la tierra con bastante más fuerza de la necesaria y me arranqué los guantes de las manos. Me temblaba el pulso de la bronca.

Me anudé un rodete al entrar a la casa, para no recurrir a ponerme un mechón detrás de la oreja compulsivamente cada medio microsegundo. ¿Qué se supone que iba a contestar si me preguntaba por lo que se le había escapado a Alejo?

No había mate esperando por mí cuando llegué a la cocina, por supuesto que no. No era una charla cordial y amena. Estaba enojado. Me senté en la banqueta, frente a él, y apreté los puños en mi regazo.

Mauro metió la mano en el bolsillo de su saco y extrajo un aparatito que me erizó los pelos de la nuca.

—Ni se te ocurra —solté repentinamente, observando el grabador como si fuera una ofensa.

—Se me ocurre. Es mi trabajo —se dignó a regalarme media centésima de segundo del café cargado de sus ojos antes de apartar la mirada y retomar su postura de “odio tu sola presencia”. Se acomodó la corbata, a propósito por supuesto, y presionó el botón ante mi completo desconcierto. ¡Quería sacarlo a patadas de mi casa!— Son las… —consultó su reloj— once y cinco, del 11 de noviembre de 2014. Se encuentra conmigo la Sra. Lucrecia Echagüe. Va a relatar lo sucedido la madrugada del 14 de octubre pasado. Desde el principio… Vamos a empezar por el lunes 13 de octubre, por favor —deslizó un poco más hacia mí el funesto aparato ese y entrelazó los dedos sobre la mesa, esta vez, con los ojos clavados en mí.

Estaba reestableciendo los límites. Perfecto. Si de alzar murallas se trataba, a mi juego me llamaron.

—Claro —me enderecé en la banqueta y me preparé para contarle todo con lujo de detalle—. Me levanté a las siete de mañana. Bajé a la cocina y le preparé el desayuno a mi marido. Un café, solo, y dos tostadas con miel… flojitas las tostadas, no le gustan tan crujientes. Lisandro bajó a las ocho menos cinco y le dije: “que tengas buen día, mi amor”. Su secretaria lo pasó a buscar para ir al estudio. Desperté a Alejo a las ocho y veinte. Le di un baño, le preparé una chocolatada y dos tostadas con dulce de leche y queso untable… más queso que dulce de leche; necesita el calcio. Cuando terminó de desayunar, le guardé un paquetito de Merengadas en la mochila, porque era lunes. Los lunes le tocan galletitas en la vianda. Alicia llegó a buscar a Alejo para llevarlo al jardín a las nueve y cuarto, se retrasó por el tráfico. Lo despedí en la vereda y volví a entrar a la casa. Cerca de las diez, puse una muda de ropa en el lavarropas y subí a limpiar la oficina de Lisandro. Pulí la estatuita del Don Quijote, esa que tiene en el segundo estante de la biblioteca. Después leí un capítulo de “Crónicas de una muerte anunciada” al costado de la pileta. No me gustó, así que lo devolví a la biblioteca y fui a colgar la ropa. A las once, empecé con el almuerzo. Milanesas con papas fritas… el plato preferido de Alejo. Luciano lo trajo a las doce y cuarto, como todos los días, y comimos los tres. Lavé los platos, organicé la cocina, y a la una y media lo llevé a dormir la siesta. Le canté dos canciones, “Manuelita” y “La Reina Batata”. Aproveché la siesta para planchar la ropa que ya se había secado. Lo desperté a las cuatro (si no, no me duerme a la noche) y después lo puse a dibujar en la mesa del comedor. A las nueve, le preparé a Alejo una sopa y lo acosté a las diez. Bajé las escaleras a las diez y cuarto y Lisandro ya había llegado. Dijo que ya había cenado. Le serví una copa de vino blanco, se la tomó, y después subimos a dormir. Creo que eso es básicamente todo —me crucé de brazos.

—¿Con quién cenó el Sr. Echagüe? —preguntó, entornando la mirada.

Ay.

—No le pregunté —me aclaré la garganta. Lo cual era cierto. No le pregunté porque sabía de antemano con quién iba a cenar.

—¿No te generó curiosidad saber con quién cenaría tu marido un viernes a la noche?

Ay, ay.

—No —me enterré una uña en el codo—. Tiene cenas de trabajo constantemente, no le pregunto sobre cada paso que da.

—Ya veo… —descruzó los dedos y su mirada se volvió un poco más compasiva. Apenitas— ¿Qué pasó después?

Ay, ay, ay. 

—Tres hombres entraron a la pieza, me encerraron a mí y a Alejo en el baño de arriba y se llevaron a Lisandro —respondí tan segura como pude.

—¿A qué hora fue eso?

—La verdad, no tuve tiempo de chequear mi reloj —sonreí sarcástica. Entornó la mirada, claramente molesto—. Una y media… o dos. No estoy segura.

—¿Alguna idea de cómo pueden haber entrado? —endureció el gesto— ¿Escuchaste algún ruido extraño?
—No. Me desperté y estaban ahí —mentí. Sin titubear, afortunadamente.

—¿Cómo eran?

—Estaba oscuro, no vi nada —respondí automáticamente.

—¿Estaban armados?

—Sabés que sí —me crucé de brazos, incómoda.

—¿Fueron violentos? —disparó.

—¿A qué le llamás “violentos”? —esta vez, invertí el interrogatorio.

—¿A qué le llamás “violento” vos?

Re contra ay.     

—No. No fueron violentos. Me informaron que si hacía ruido, gritaba o intentaba escapar, me volaban la cabeza. Pero no. Fueron muy correctos.

Su mandíbula se ajustó incluso más, tomó el grabador y lo acercó a su boca.

—Fueron violentos — dijo, sin dejar de mirarme. Dejó nuevamente el aparato en su lugar, entre nosotros— ¿Y Alejo?

—Duerme como un tronco, no se enteró de nada —desvié la mirada un segundo.

—¿Y vos? —su pregunta me sorprendió.

—¿Yo?… ya te dije. Me encerraron en el baño. No sé nada más —descrucé los brazos y apreté las manos en el asiento de la banqueta, tratando de contener las ganas de levantarme de ahí y correr a esconderme en la pieza como si tuviera cinco años.

—¿Estabas asustada? —apoyó los codos en la mesa y se adelantó un poco.

—¿Y a vos qué te parece?

—A mí no me parece nada. Por eso te pregunto.

Volví a cruzarme de brazos, mordiéndome el labio inferior y mirando la mesa como si fuera la cosa más interesante sobre la faz del planeta. Prefería mirar cualquier cosa que no fuera su cruda mirada. Estaba siendo demasiado incisivo… Y sí, estaba aterrada esa noche. Pero nada tenían que ver los “desconocidos” en mi habitación.

Después de unos dolorosos segundos de insoportable silencio, escuché el “clic” del botón del grabador y solté un suspiro de alivio.

—Suficiente por hoy.

Apenas soltó las palabras, me levanté de la banqueta sin dirigirle la mirada y subí las escaleras al trote.



Estaba sentada sobre la tapa del inodoro, en la seguridad de mi baño, mirando a la nada misma. Masticaba mis cutículas compulsivamente mientras trataba de asimilar la idea de que, por alguna extraña razón, a los hombres les agradaba lastimarme. Quizás despedía algún tipo de hormona rara que aún no se había descubierto, algo que ellos podían oler y decir: “le peguemos a esta. Nos va a hacer sentir más machitos”.

Los hombres de mi vida me lastimaban. Algunos por omisión, otros por acción, y uno porque estaba enojado. Los hombres de mi vida… Mi papá no quiso saber nada de mí, mi abuelo se murió incluso antes de conocerme, mi marido me cagaba a palos a la primera de cambio, mi cuñado provocaba que mi marido me cagara a palos a la primera de cambio, y el empleado de mi marido me lastimaba con su enojo. ¡¿Y desde cuándo contaba al empleado de mi marido entre los hombres de mi vida?!

Me salvé de un posible ataque de pánico al pensar en Alejo. Él era mi excepción. Alejo… ¡Alejo! Había estado encerrada por tanto tiempo que ni siquiera pensé en que tenía que preparar el almuerzo. Me levanté del inodoro como si tuviera un resorte y al salir a la pieza le di con todo a la pata del sillón.

—¡Auch! —mastiqué entre dientes, sobándome la rodilla.

Cojeé un poco por el pasillo y me asomé desde las escaleras, para comprobar que Mauro y sus dagas oculares no estuvieran esperando por mí en el living. En ese preciso instante, la llave giró en la puerta de entrada.

—¡Mirá, ma! ¡Me trajo el Nono! —gritó Alejo, tirando de la mano de Santiago.

—¿Cómo estás, primor? —sonrió mi suegro.

Estaba equivocada. Santiago era otra excepción. Bajé los escalones de dos en dos y corrí a colgarme de su cuello.

—No me sueltes —le pedí, aferrando su saco con mis puños.

—Nunca —pasó las manos por mi espalda.

Como no había preparado el almuerzo, Santiago llamó a su restaurante preferido y pidió que nos trajeran la comida a casa. Era sorpresivo que se hubiera presentado así; entre semana solía estar ocupadísimo. Trabajaba sin parar. No era tarea sencilla su labor en el Ministerio.

Me sorprendió por segunda vez cuando apagó su teléfono durante el almuerzo; se dedicó solo a escuchar con atención las anécdotas preescolares de su nieto, sonriendo de tanto en tanto por alguna pavada que decía Alejo.

Era un buen hombre, a pesar de todo. Desde su designación en el Ministerio había visto sus ojeras pronunciarse cada vez más. Las líneas de preocupación que surcaban su frente también se ahondaron. Seguía siendo tan amable y cariñoso como siempre, me impresionó desde la primera vez que lo vi, pero parecía que sus hombros caían un poco más últimamente. Su espalda estaba soportando más presiones de las que podía manejar. Y yo sabía perfectamente cuáles eran esas presiones.

Me ayudó a recoger la mesa luego del almuerzo y hasta secó los platos, y cuando se ofreció a acompañar a Alejo hasta que se durmiera, me di cuenta de que todavía no quería irse. Le agradecí el gesto con una sonrisa y lo esperé en el living.

Mauro no estaba a la vista. Seguía enojado. Y seguía evitándome. 

—¿Se durmió? —pregunté al ver a Santiago descendiendo la escalera.

—Como un angelito —respondió con una sonrisa—. ¿Eso es para mí? —señaló el café en la mesita ratona.

—Batido, como te gusta.

—Gracias, Luli —se desprendió el saco del impecable traje gris y se sentó, apoyando un tobillo sobre la rodilla. Quise reír al ver la blancura extrema de la porción de pantorrilla que dejaban ver sus medias oscuras. Parecía que esas piernas no habían visto la luz del sol por largo tiempo—. Está riquísimo. Nadie lo prepara como vos.

—Me alegra que te guste —me saqué las chatitas y subí los pies al sillón.

—¿Cómo estás, primor? —preguntó, apoyando la taza en el platito casi sin hacer ruido. Eso era lo único en lo que él y Lisandro se parecían.

—Contenta de que hayas venido a verme —apoyé el brazo sobre el respaldar del sillón y descansé el mentón en mi muñeca. Desvié la mirada hacia el patio, para asegurarme que Mauro no estuviera dando vueltas por ahí, y volví a mirar a mi suegro—. Mauro me hizo preguntas sobre el día del robo —dije bajando la voz.

Santiago se tomó el último sorbo de café y despegó la espalda del sillón, mirando sobre su hombro para cerciorarse que estuviéramos solos.

—Por supuesto que sí —dijo mirándome a los ojos—. ¿Qué quería saber?

—Nada que ver con las preguntas de la Federal… —me deslicé por el sillón, para estar un poco más cerca—. Quería saber de los tipos. Detalles de cómo habían actuado. Si sabía cómo habían entrado, cómo se habían comportado, si habían sido violentos, esas cosas… Nada muy específico.

—Lo suyo es la seguridad —señaló Santiago—. Dudo mucho que se incline a hacer averiguaciones más sustanciales, debe estar más interesado en la dinámica del golpe. Necesita saber cómo entraron. No te preguntó sobre el contenido de la caja de seguridad, ¿no?

—No le di oportunidad —me mordí el labio inferior—, le dije que me encerraron y que no sabía nada más. Ni siquiera surgió el tema de lo que había pasado en la oficina.

—No tiene por qué interesarle lo que pasó en la oficina. Las órdenes de Gómez son bien claritas. Se ocupa de vos y de Alejo, nada más —puntualizó Santiago—. Le dije a Lisandro que no era buena idea, pero es terco como una mula. Se apresuró a traerlo porque se asustó… Cuando la Federal le ofreció la custodia, prefirió escudarse contratando su propia seguridad. De todas maneras, no salió del todo mal. Es mejor tener a un privado que a un Federal en la casa —suspiró, agotado—. Lo único que espero es que este muchacho no empiece a especular demasiado… porque si no, vamos a tener un problema.

Tragué despacio.

—Otra cosa… Quiero que te cuides, Luli. Que estés atenta. Lisandro está más explosivo que nunca y comete errores cuando se pone así —extendió una mano que no dudé en tomar—. Como el domingo. Perdoname, primor. Debería haberlo frenado.

Sonreí con un dejo de amargura y acaricié el dorso de su mano con el pulgar. Al menos, se sentía apenado por lo que había pasado. Pero los dos sabíamos que Lisandro era imposible de frenar. Santiago entendía muy bien mi posición. Tenía su propio “Lisandro” en casa, solo que el suyo se llamaba “Elena”.

—No te preocupes, Santiago —apreté sus dedos—. Voy a estar más atenta.

Tres golpecitos sobre la puerta vidriada nos alertaron de que no estábamos solos. Le solté la mano al ver a Mauro afuera.

—Hablando de Roma —murmuró Santiago, poniéndose de pie—. Entrá, por favor —indicó con una mano.

Mauro y sus dagas oculares entraron a la casa y estrechó la mano de mi suegro.

—Así que, vos sos Mauro —sonrió Santiago, sin soltar su mano.

—Un placer, Sr. Echagüe.

—Ya había escuchado de vos. Trabajaste con dos Senadores. Rodríguez y… ¿cómo se llamaba el otro? —entrecerró los ojos.

—Disculpe, pero no revelo ese tipo de información.

Buena respuesta. Santiago sonrió y me dirigió una mirada complacida. Uff. Ojalá que eso lo convenciera de que no íbamos a “tener un problema” con Mauro.

—Me parece muy bien. Sentate un ratito, Mauro. Hablemos —señaló un espacio en el sillón y me tensé inmediatamente. Para ser franca, después del interrogatorio de esa mañana no tenía muchas ganas de compartir el espacio con él.

—Voy a preparar más café —me calcé las chatitas y huí hacia la cocina como un ratoncito asustado.

Era mucho más fácil usar la cafetera pero preferí tomarme unos minutos más y hacerlo a la antigua. Batir meticulosa y enérgicamente el café no solo me calmaba los nervios, sino que me proporcionaba unos deliciosos minutos de soledad en la seguridad de mi cocina.

Estaba acomodando todas las cositas en la bandeja con precisión milimétrica, cuando de repente, se escuchó tan tremenda risotada de mi suegro que casi tiro los pocillos por el aire. ¡Hacia muchísimo que no lo escuchaba reírse así! Curiosa por el rumbo que estaba tomando la conversación, me apresuré a terminar con todo.

—Se confiaron —decía Mauro cuando llegué al living, con esa sonrisa de la que me había privado durante todo el día. Ni siquiera me miró, por cierto.

—¡31 partidos invictos, Mauro! —Santiago se adelantó en el sillón, efusivo—. Desde 1922 que no igualábamos ese record.

Ah, fútbol. Por supuesto que sí. Un tema seguro e inofensivo.

—¡Mis felicitaciones! Pero dejaron escapar dos puntos importantísimos. Insisto… Se confiaron, Santiago. Los presionaron arriba desde el principio —Mauro se levantó y me recibió la bandeja, cosa que me sorprendió, porque pensé que no me estaba prestando atención. Me senté en el sillón y escuché atentamente.

—No tanto, ¿eh? La primera situación clara fue de Boyé, te recuerdo. Colosal cabezazo —dijo Santiago, defendiendo el honor del River de sus amores.

—No se premian las buenas jugadas. Si fuera así, tendría que haber ganado Vélez… los pelotearon todo el partido.

—No coincido, para nada —no pude evitar la interrupción y, por fin,  Mauro me miró—. Fue un partido muy luchado. Jugaron fuerte los dos. De hecho, Trucco sacó siete amarillas en el primer tiempo, ¿qué más prueba que esa? River sintió la falta de Vangioni y Pisculichi. Estamos peleando dos campeonatos importantísimos, en algún momento se iba a sentir el desgaste. Con tremendas ausencias, fue mucha responsabilidad para Sánchez y Mora… y encima, Teo se tuvo que retrasar varios metros para generar juego —dije mientras endulzaba mi café con dos cucharadas de azúcar—. En el segundo tiempo se acomodaron bastante, estuvieron más parejos. Es cierto que Pratto estuvo a un pelito del gol después de eludir a Barovero, pero Mercado está siempre atento, la sacó justo en la línea. ¡Casi me da un infarto! Y después Sánchez con ese exquisito tiro al arco… Lástima que terminara en las manos del arquero. Estaba para cualquiera, creo —dejé la cucharita a un lado de la taza y le di un sorbo al café—. Por lo menos, seguimos peleando la punta. Ya es mucho más de lo que pueden decir otros.

Cuando alcé la mirada, la mandíbula de Mauro colgaba ya cerca del piso y Santiago sonreía, claramente complacido de que eligiera complotarme con él. ¿Y cómo no? Si yo también era fanática del Millonario.

—¿Qué? ¿No están de acuerdo? —pregunté, sin comprender la cara de desconcierto de Mauro. ¿Ahora qué había dicho?








"El amor que necesitas está justo frente a ti" (Lenny Kravitz - I'll be waiting)









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