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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 14

Capítulo 14: Un ranking.



Miércoles, 12 de noviembre de 2014.

Lo intenté. ¡Juro por Dios que lo intenté!

Intenté poner distancia. Mantenerme en mi papel. Casi me quiebro a mitad del interrogatorio. Estuve a medio segundo de cruzar por encima de la isla de la cocina y abrazarla hasta dejarla sin aliento. Saber que alguien se había atrevido a amenazarla de esa forma hacía que la sangre me hirviera. ¿Pero qué hice? Nada. Me quedé ahí como una estatua, viendo cómo se irritaba más y más con cada pregunta que le hacía. Di por concluido el circo antes de lo planeado porque ya no aguantaba más; verla tan afectada, me estaba afectando a mí también.

Tuve que recurrir a esconderme como una rata durante buena parte del día; me sentía fatal. La espiaba de vez en cuando, para cerciorarme que todo estuviera en orden, pero no podía enfrentarla, no después de lo que la había hecho pasar esa mañana.

En fin, lo intenté. Traté de poner distancia nuevamente. Me puse la corbata y todo.

Cometía un error tras otro. Estaba confundido, no pensaba con claridad. Me estaba comportando como un adolescente hormonal. Ella es la responsable, trataba de consolarme a mí mismo. ¿Cómo podía ser tan irresistible?

Hasta tenía un ranking de los momentos más eróticos de Lucrecia. Me estaba transformando en un ser patético. El ranking se iba modificando, por supuesto. Creí que “pulgar en la boca” conservaría el primer puesto indefinidamente.

Eso, hasta que Lucrecia se atrevió a hablar durante el café con Santiago.

“Pulgar en la boca” descendió hasta el fondo, siendo reemplazado por “te hago una crónica deportiva con vocecita de ángel”. ¡Haceme lo que quieras!

La camiseta era suya, ¡por supuesto! ¿Por qué no se me ocurrió? ¡Me quería morir! Tanto celo irracional por nada. Tacita en mano, y con esa dulzura que la caracterizaba, desplegó una sabiduría futbolística que pondría de rodillas a más de uno; a mí en primer lugar, que terminé de elevarla al altar como mi Diosa Personal y me declaré devoto hasta la muerte. ¿Hay algo más sensual que una chica que sabe de fútbol? Tuve que darme tres duchas heladas. ¡Tres!! Y prefería no recordar lo que hice en la privacidad del baño. Todavía conservaba algo de dignidad… Muy poquita. Prácticamente nada.

Así que esa mañana, me resigné a quedar bajo el designio de mi Diosa, sin chistar. Si quería castigarme por mi actitud parca del día anterior, estaba en todo su derecho, y yo lo tenía más que merecido. Resistirme era una blasfemia.

Deslicé la puerta vidriada exactamente a las nueve menos cinco y un efusivo Alejo, con rulos rebotando para todos lados, salió a mi encuentro.

—¡Mauroooo! —gritó.

Me apresuré a ofrecerle mi mano, como siempre, pero me extendió los brazos. Era la primera vez que lo hacía. Tras un segundo de sorpresa, lo alcé. Tenía sobrinos, no era algo que no hubiera hecho antes.

—Hola, enano —como si su pedido de “upa” no me hubiera conmovido lo suficiente, me estampó un beso en la mejilla que hizo que me temblaran las rodillas.

—¿Me llevás al jardín? —preguntó con una caidita de ojos. Imposible resistirse, tenía los ojos de su mamá.

—Perdón, Mauro —Lucrecia emergió de la cocina, un poco sorprendida de ver a Alejo en mis brazos, pero recomponiéndose rápido—. Alicia se rompió la rodilla, anoche. Se cayó en el lavadero.

—Uy —fingí que me lamentaba por la pobre Alicia, pero a decir verdad, estaba eufórico de poder ayudar a Lucrecia. Expiar mis pecados, por así decirlo.

—¿Vos me harías el favor de llevar a Alejo? —preguntó, tan dulce como siempre.

—Claro.

Soltó un suspiro de alivio y dejé al enano nuevamente sobre sus pies, siguiéndolos hasta la cocina. Lucrecia abrió la mochila para asegurarse que todo estuviera adentro, como si no lo hubiera chequeado unas dos o tres veces ya (siempre lo hacía), y la colgó en los hombros de Alejo.

—Portate bien —dijo antes de darle un beso en la mejilla.

La seguí hasta la cochera, sin decir una palabra, y la observé mientras buscaba la llave del auto en el llavero.

—No se te va a ocurrir chocar, que Lisandro me mata —extendí mi mano con una revoleada de ojos por su desconfianza, y dejó caer la llave sobre mi palma—. Muchas gracias. Dame dos segundos que te anoto la dirección y vuelvo.

—¿Para qué quiero la dirección? —la detuve, abriendo la puerta del asiento trasero para que Alejo subiera.

—¿Sabés dónde es? —dijo, sosteniéndose del marco de la puerta.

—Por supuesto. Pero eso no importa, vos vas a guiar —le dije, como la obviedad que era.

—Yo no voy —protestó, un poco asustada incluso.

—Entonces, no va nadie. Soy tu guardaespaldas. Si te dejo sola, al que va a matar Lisandro es a mí.

—¡Nooo!!! ¡Maaaaaa!!! —Alejo empezó a pucherear y, aunque me dio un poco de pena, le agradecí el teatro. Lucrecia giró la cabeza para ocultar su rostro, probablemente para que no la viera maldecir en silencio, y después se volvió hacia nosotros. Caminó derechito hasta la puerta del asiento trasero.

—Sentate, Alejo. Así te abrocho el cinturón —lo ayudó a subir y metió medio cuerpo dentro del auto.

Sí. Claro que lo hice. ¡La miré directo ahí! ¡Tenía un pantalón clarito, por Dios Santo! ¡Y sabía de fútbol!! Me metí rápido en el auto, para que no descubrieran que íbamos a ir con un pasajero de más.



Estuve tentado de estrellar el auto en el primer árbol que se me atravesara en el camino. De verdad. Creí que escuchar a Lucrecia y a Alejo cantar era una tortura lo suficientemente efectiva; pero escuchar a Lucrecia y a Alejo cantar, acompañados además por el CD de Topa que sonaba en el estéreo del auto, era simplemente aterrador. Jamás volvería a ser el mismo después de eso. ¡Esos dos no tenían oído!

No la miré cuando se bajó para acompañar al enano hasta la puerta; no es que no tuviera ganas, pero no había tiempo. Tenía que apagar el estéreo y enterrar ese diabólico CD en el fondo de la guantera, dónde nadie pudiera encontrarlo jamás; no podía dejar que siguiera arruinando vidas de esa forma.

Cuando el auto estuvo tan silencioso como un sepulcro, volví a respirar tranquilo. En la puerta del jardín, Lucrecia estaba siendo asaltada por un par de madres que no dejaban de gesticular como maniáticas. No había que conocerla demasiado para notar cuán incómoda estaba. No le gustaba la gente. De hecho, Santiago había sido la primera persona externa a su círculo directo con quien la había visto mantener una conversación. Y ni siquiera era tan externo.

Con cara de susto, se cruzó de brazos y regresó al auto casi al trote. Me desilusioné un poco cuanto se subió en el asiento trasero, pero por lo menos íbamos en el mismo vehículo. Ya era algo.

—¿Todo bien? —pregunté, mirándola por el espejo retrovisor.

—Sacame de acá, por favor —murmuró, saludando con la mano a una de las lunáticas de la vereda.

—Un placer.



El camino a casa no tendría que llevarnos más de quince minutos, pero confieso que llevaba el auto a unos lamentables cincuenta kilómetros por hora solamente para tardar un poco más en llegar. Estábamos en un espacio tan reducido que su perfume a vainilla y coco estaba envolviéndome como una nube. Capaz que podría manejar hasta… Tierra del Fuego, por ejemplo. Ella iba con los ojos cerrados y la ventanilla abierta, así que probablemente no lo notaría. El viento la estaba despeinando. Y nunca había visto a una mujer tan hermosa.

Abrió los ojos de repente y me descubrió mirándola. Regresé la vista al frente.

—¿Por qué tan pensativa? —pregunté, solamente por decir algo.

—Estaba pensando en Alicia —contestó, viendo por la ventana—. Pobre.

—Sí… qué mala pata.

Fue un segundo. Un microsegundo. Pero su boca dibujó una sonrisa.

—¡Te vi! —la acusé, esta vez buscando deliberadamente que me mirara. Su sonrisa se ensanchó un poco más—  ¿Te estás riendo de Alicia? ¿No te da vergüenza?

—Me estoy riendo de vos —aclaró—. De tu bipolaridad, en realidad.

—¿Mi qué?

—Nada, no me hagas caso.

—No, decime —insistí. Me miró un segundo y regresó la vista al paisaje.

—Ayer estabas enojado y hoy hacés chistes.

La puta madre.

—¿Qué? ¿Alicia y su mala pata te parecen un chiste? —la evadí.

—Entonces, sí estabas enojado —era imposible. No se le escapaba una. La ventaja de la gente callada es que sabe escuchar—. Perdón, me desubiqué. No tendría que haber comentado nada sobre… —se señaló el cuello, sabiendo que la estaba mirando.

—No era por eso —aclaré rápido—. Y sí. Estaba enojado, y nervioso. Mala combinación… —esta vez, sí me miró—. Tenía que poner distancia, Lucrecia. Era necesario. Pero no estaba enojado con vos. Gómez me apuró al teléfono para que no dilatara más nuestra conversación pendiente y, contrariamente a lo que seguramente estás pensando de mí, torturarte a preguntas no fue un trámite fácil para mí. Sabía que te iba a incomodar.

Me sostuvo la mirada, sopesando mis palabras, pero no comentó nada al respecto. Era más reservada que el diario íntimo de mi sobrina.

—¿No deberías estar mirando al frente? —me sugirió unos segundos después, con una ceja alzada.

—¿Por qué? ¿Tenés miedo de que choquemos? —sonreí— ¿Querés manejar vos?

—Tendría que aprender primero, o chocaríamos seguro —apoyó el codo en la ventanilla y el mentón sobre su antebrazo. A veces, tenía gestos que la hacían ver mucho más chica de lo que era. Como una nenita. Era muy dulce… ¿Qué había dicho?

—¿No manejás? —dije, sorprendido.

—No —acompañó la negativa con su cabeza.

—¿Por?

—No sé —alzó los hombros—. Nunca aprendí. No se dio, supongo.

¿“No se dio”? ¿Qué tipo de respuesta era esa? Regresé la vista al frente y aceleré. Todavía era temprano. Alejo no saldría del jardín hasta dentro de dos horas más.

—Mauro, te estás desviando —señaló confundida.

—No. Vamos bien.

—Es para el otro lado —se reacomodó en el asiento—. ¿Dónde vas?

—"Vamos". A un lugar tranquilo.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! —preguntó, claramente alarmada.

—Porque te voy a enseñar a manejar y no creo que quieras que arranquemos con un paseo por Panamericana.

—No… no, no, no. No, ni loca —se cruzó de brazos y me clavó la mirada—. Tengo cosas que hacer.

—No tengas miedo, es una pavada —traté de animarla.

—No, Mauro. No es una pavada —entornó la mirada, molesta. Me gustaba enojada. Me gustaba en cualquier estado, en realidad.

—¿Y si algún día tenés una emergencia? ¿Si le pasa algo a Alejo y no tenés a nadie que te lleve? —sabía que usar la carta de la madre responsable la iba a hacer aflojar— Tenés que aprender, Lucrecia. Es una necesidad.



Aproveché sus minutos de duda para fumarme un pucho al costado del auto. No pensaba volver a entrar hasta que por lo menos se sentara detrás del volante.

—Se hace tarde —apoyé las manos sobre la ventanilla y me agaché a verla. La noté nerviosa, o más nerviosa de lo habitual. Tenía la vista al frente y los puños cerrados, como si estuviera a punto de encajarme una trompada—. Si no querés, nos vamos y listo. No hay problema.

No me contestó, pero se arrastró por el asiento y salió del otro lado. Por lo menos, salió. Ya era un avance.

El viento era un poco más molesto en esta zona, y cuando amenazó con despeinarla de nuevo, enredó su pelo tan hábilmente como siempre. “Nuca al descubierto” también estaba en mi ranking. Cada vez que se recogía el pelo, dejaba a la vista un lunar oscuro en la base de su nuca. No era algo erótico en sí mismo, pero lo era para mí.

Le dimos toda la vuelta al auto para intercambiar asientos. Estaba tan nerviosa que hasta me daba ternura. Me subí y esperé pacientemente a que por fin se decidiera. Cuando se sentó, parecía incluso más nerviosa.

—Mirá dónde estamos, Lucrecia —le pedí. Confundida por mi pedido, me miró con esos ojos grandes y redondos, como los de una muñeca—. Mirá —repetí. Miró hacia adelante, hacia atrás, otro poco hacia los costados. Hasta me miró a mí.

—¿Qué ves? —pregunté.

—Nada —contestó con un hilo de voz.

—Exacto —el camino estaba desierto, eso era lo que necesitaba que viera—. No hay nada. No es físicamente posible que choquemos con nada… Además, no vas a correr hoy. Con que aprendas a salir, es más que suficiente.

—Entonces, ¿no me convierto en Lewis Hamilton hoy? —hizo una mueca de frustración.

Parpadeé, con la garganta hecha un nudo. Si llegaba a hacer una sola (¡una sola!) referencia deportiva más, la pasaba al asiento de atrás y hacía un desastre. Ya no aguantaba más.

—No, hoy no —me aclaré la garganta—. Dale, manejá.

—Pero no sé —dijo, casi ofendida.

—Manejar no es solamente encender el motor, Lucrecia. Manejá —me acomodé en mi asiento y esperé, atento a cada uno de sus movimientos.

Inspiró profundo y dejó escapar el aire muy despacio. Alzó la mirada hacia el espejo superior y sí… por poco aplaudo cuando lo acomodó para ver mejor. ¡Tiene un diez, alumna! Con un poco más de confianza, ajustó el espejo retrovisor también. Enderezó la espalda sobre el asiento y sus manos se aferraron al volante con tanta suavidad que me dieron ganas de llorar, sobre todo cuando su alianza despidió un destello al encontrarse con el sol. ¡Alianza de mierda! ¡Tenía que arruinar un momento tan perfecto, ¿no?!
Estiró las piernas y entrecerró los ojos. Obviamente, estaba incómoda para llegar a los pedales. Era alta, pero yo era más alto, tenía que reposicionar el asiento. Se mordió el labio inferior e hizo la peor cosa que se le podría ocurrir… empujó las caderas hacia adelante, tratando de mover el asiento. Mi Diosa no tenía ni una pizca de piedad por su fervoroso devoto, porque cuando el asiento no se movió, repitió el movimiento un par de veces. Hubiera sido sensato decirle que no conseguiría nada haciendo eso, pero estaba muy ocupado imaginándola moverse así sobre mi…

—¿Qué pasa? —murmuró, claramente frustrada.

¡Gracias por la interrupción!

—Es tu auto, Lucrecia. Exploralo —sugerí con tranquilidad.

—Pensé que me ibas a enseñar —dijo con una mueca de fastidio—. Enseñame.

Aclaración importantísima: ella me lo pidió. Y ya quedó suficientemente claro que resistirla era una blasfemia. Así que, me acerqué y metí la mano entre sus piernas… para alcanzar la palanca de reposicionamiento debajo de su asiento, por supuesto. Tiré de ella y la adelanté.

—¿Así está bien?

—Mucho mejor. Gracias —sonrió, con esa pizca de ironía que me encantaba. Se dispuso a hacer girar la llave y la detuve.

—Pará un poquito. Siempre asegurate que la caja no esté en cambio y que no esté puesto el freno de mano.

Lo comprobó tan concentrada como si estuviera por pilotear un transbordador espacial.

—Perfecto. Ahora, encendelo —dije. Hizo girar la llave y el motor cobró vida—. El pedal a tu izquierda es el embrague, a tu derecha el acelerador, y el del medio es el freno. Un pie en el embrague y el otro en el acelerador —la instruí y ella siguió las indicaciones al pie de la letra. Parecía más cómoda siguiendo instrucciones precisas que teniendo que arreglárselas sola—. Vas a mantener apretado el embrague cuando pongas el cambio. Después, levantás el pie del embrague mientras presionás un poco el acelerador… Despacito.

Inspiró profundo una vez más y siguió todas las indicaciones tal cual. Le costó un poco meter la primera marcha en la caja, pero finalmente lo consiguió.

—Esperá —la detuve cuando escuché la queja del embrague ante su presión.

—¿Qué? ¿Qué hice? —preguntó asustada.

—Nada. Vas perfecto —aseguré—. Pero quiero que sepas que no lo vas a poder sacar. El auto va a saltar, a corcovear, y después se va a parar. A todos nos pasa la primera vez, así que no te asustes. Se trata de práctica, no es fácil coordinar los pedales.

—Dijiste que era una pavada —reclamó.

—Bueno… te mentí —me acomodé en el asiento—. Ahora sí. Cuando vos quieras.

Un poco más nerviosa que segundos atrás, pero también más atenta, repitió todo con sumo cuidado. Aprendía rápido. Obviamente, el auto empezó a tironear. Pero después…

—Estoy manejando —dijo mientras el auto empezaba a avanzar sin problemas, con una sonrisa tan hermosa que iluminó más que el sol.

—¿Viste? Era una pavada.

La dejé practicar un rato más. Se molestó cuando el auto se paró en un par de ocasiones, pero no se frustró. A todos nos pasaba al principio, esa anticipación la tranquilizó. ¿Quién lo hubiera dicho? Era un buen profesor de manejo, y que ella fuera una alumna aplicada también ayudaba. Cuando llegó la hora de ir a buscar a Alejo, intercambiamos asientos una vez más y Lucrecia aceptó bajar de su altar para sentarse junto a su humilde servidor.

—El cinturón —le recordé.

—¿Por? ¿Vas a correr, Hamilton?

—¿Y a vos qué te parece? —agarré el volante con fuerza, con una sonrisa petulante, preparado para salir derrapando de ahí como si estuviéramos en una película de acción. Sí. Quería presumir, ¿estaba mal? Estaba a punto de girar la llave, cuando…

—Esperá un poquito —me detuvo con esa sonrisa irónica que me desarmaba y la miré confundido. Para mi completa vergüenza, agarró la palanca del freno de mano con firmeza y la destrabó—. Siempre asegurate que la caja no esté en cambio y que el freno de mano no esté puesto.

¡¿Podía ser más estúpido?! Adiós a mi intento de presumir. Encogiendo los hombros a lo pollito mojado, ajusté los espejitos y salí tan despacio como si fuera una abuelita de ochenta años con el carnet vencido.

(Por cierto, “mano en palanca de freno” fue el último ingreso al ranking).







"Perdamos tiempo persiguiendo autos..." (Snow Patrol - Chasing cars)





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