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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 15

Capítulo 15: Espejitos de colores.




Sábado, 15 de noviembre de 2014.

Cuando la alarma se disparó a las siete de la mañana, ya estaba despierta, con una sonrisa privada adornándome la boca. Lisandro dormía como un muerto, con un brazo colgando del borde de la cama, así que no me preocupé por que fuera a despertarse. Me levanté y agradecí los encantadores diecisiete grados de temperatura del split que me acompañaron de camino al baño; hasta sorteé con gracia la pata del sillón que siempre me llevaba por delante.

Cuando me senté en el inodoro, la sonrisa todavía no se me borraba. Tampoco los moretones de las costillas, pero bueno… Algo es algo, ¿no?

Estaba contenta porque era sábado por la mañana, uno de mis momentos favoritos de la semana. Aunque, a decir verdad, había tenido unos cuantos buenos momentos entre semana. Dejé corriendo el agua de la ducha y aproveché para lavarme los dientes.

—¡Manuelita, vivía en Pehuajó! —canté con entusiasmo, mientras me pasaba la esponja con el aceite de coco— ¡Pero un día... se marchó!!!!

—¿Qué es todo este escándalo? –Lisandro se asomó, todavía un poco dormido.

—Perdón, mi amor. ¿Te desperté? —detuve el recorrido de la esponja.

—No… —bostezó y se rascó la cabeza—. Ya estaba despierto. Pero bajá un poquito el volumen, por favor.

Se dio media vuelta y vi su figura borrosa detrás de la mampara de la ducha, deteniéndose frente al inodoro. Inmediatamente, su potente chorro matutino cayó al interior tan glorioso como una cascada, una cascada caliente y ambarina. Lisandro era el único hombre al que había escuchado orinar. La idea me resultó tan divertida que se me escapó la risa.

—¿Ahora qué pasa? —preguntó confundido, asomándose con el cepillo de dientes en la boca.

—Nada —me alcé de hombros—, estaba pensando en que sos el único hombre al que escuché hacer pis. Me pareció algo lindo.

Lisandro levantó una ceja, como si lo mío fuera producto de la locura, y quizás fuera así. Pero me sentía bastante positiva esta mañana. Veía cosas lindas en todo y en todos, incluso en el jodido de mi marido. Regresó a terminar con lo suyo y yo seguí con mi ducha, tarareando en voz baja.

—¿Hay lugar para uno más?

—Claro —asentí.

Lo invité, por supuesto. Desnudo y mojado en la ducha, aún conmigo, Lisandro era tan inofensivo como un cachorrito recién nacido. No había nada sexual en ese encuentro, nada de lo que tuviera que preocuparme o arrepentirme, nada que me provocara un vómito de vergüenza después.

Con el paso de los años, el sexo se había vuelto esporádico entre nosotros; por no decir, nulo. Él tenía sexo, claro… pero con su secretaria. A mí no me molestaba su “canita al aire”, siempre y cuando me dejara tranquila a mí. Obviamente, si notaba algo extraño en su proceder me comportaba como cualquier esposa común y corriente: ¡indignadísima! Una cosa era que la secretaria le calentara la cama, pero otra muy distinta era que sus descuidos me hicieran quedar como una cornuda frente a todos. En general, se cuidaban bastante. Gracias a Dios. A veces, me daban ganas de llamar a Sofía para agradecerle por los momentos en que me lo sacaba de encima. Otras veces, me daba miedo de que también la maltratara y sentía pena por ella. Sentía pena por las dos.

—Esta cosa de coco me va a quedar pegada todo el día, ¿no? —preguntó, ya completamente despierto. Me gustaba mucho más cuando estaba durmiendo, como un muerto.

—¿No te gusta? —dije mientras me echaba un poco de champú en las manos.

—No es muy masculino que digamos —me hizo una mueca y yo sonreí.

—Agachate un poquito, que no llego —le pedí. Le lavé el pelo como una madre haría con su hijo, mientras le canturreaba alguna canción infantil.

No me pasó desapercibida su mirada sobre los moretones en mis costillas. Era una mirada de pena, de vergüenza. Después de enjuagarlo bajo la lluvia, sus labios en mi frente y sus brazos aferrándose a mi cuerpo oficiaron de disculpas. No habíamos pronunciado palabra sobre lo que había pasado el domingo anterior, como si de esa forma pudiéramos fingir que todo estaba bien.

—¿Ya te dije que te amo? —preguntó con sus manos en mis mejillas.

—Hoy no —respondí, nostálgica.

—Una imprudencia de mi parte, linda —me dio un beso suave, de esos que te hacen temblar las rodillas—. Te amo.

—Yo también —mentí, mirándolo directamente a los ojos.



Lisandro parecía de mejor humor después de haberle dado un baño. Se parecía a Alejo en eso, quedaban hechos una seda después de pasar por el agua. Era un alivio que se parecieran en tan poco. A veces, uno podría pensar que la herencia está en la sangre, que los modos de alguna forma se transmiten vía ADN, pero no. A pesar de ser dos gotas de agua por fuera, eran tan distintos como el día y la noche. Me gustaba pensar que Alejo tenía mucho más de mí que sólo el color de los ojos.

Me puse una remerita sin mangas, solamente para probar suerte. Lisandro me recorrió de punta a punta con la mirada, pero no parecía querer asesinarme, así que lo recompensé con tremendo desayuno en la cocina. Era un sábado excepcional.

Me apoyé en la mesada mientras lo veía sentado en la banqueta, tomando su café y hojeando el diario con suma concentración. Los lentes le descansaban sobre el puente de la nariz, con más aumento que años atrás, y las primeras patas de gallo asomaban a los bordes de sus ojos. Seguía siendo tan hermoso que quitaba el aliento. Pero con el paso del tiempo se había vuelto más y más serio, menos encantador que el joven que se me acercó esa tarde en Alto Palermo. Los treinta y dos años no le vinieron solos… le vinieron con más preocupación, más inseguridad, más enojo. Me gustaría haber podido regresar el tiempo atrás, descubrir el momento exacto en que todo comenzó a ir cuesta abajo. Quizás poder hacer algo que lo revirtiera todo.

Como si presintiera mi observación, levantó la mirada de su lectura.

—¿Qué te pasa? —preguntó, dejando la taza sobre el platito sin hacer ruido.

—Nada… —contesté, restándole importancia al asunto—. Tenés olor a coco, se siente hasta acá.

Se quedó helado por unos segundos. Entornó la mirada, cerrando el diario y alejándolo sobre la isla de la cocina. Tragué despacio.

—¿Qué dijiste?

—Nada —respondí de inmediato.

Se levantó de la banqueta, caminando lento y amenazador hacia mí. Yo me despegué de la mesada, lista para correr, mientras él me perforaba con su implacable mirada de tormenta.

—¿Te estás riendo de mí? —susurró sigiloso.

—Por supuesto que no —me alejé de la mesada, haciéndome la distraída mientras comenzaba a rodear la isla de la cocina… ya sin poder ocultar la sonrisa.

—¡Vení para acá!

Huí despavorida hacia el living, ahogando la carcajada con un grito, mientras Lisandro regresaba por unos segundos a ser el hombre del que me había enamorado alguna vez. Aunque fueran solo flashes, los disfrutaba. Lo dejé alcanzarme en menos de un minuto y sus manos se aferraron a mi cintura, levantándome casi medio metro del suelo antes que sus dedos me atacaran a cosquillas.

—¿Qué dijiste? ¿A ver, linda? ¿Te animás a repetirlo? —prosiguió con su tortura sin piedad, mientras yo me retorcía entre sus brazos.

—¡No! ¡Basta! ¡Pará!! —traté de alejarlo, pero su abrazo era una presa de la que era imposible zafarse, por más que pateara para todos lados. ¡Y no podía parar de gritar!— ¡Lisandro, pará!

La puerta corrediza se abrió de un segundo a otro y Mauro se materializó en el living. Excesivamente alerta. Amenazador, incluso. La risa se me esfumó de la cara al ver su expresión, y la mano convenientemente oculta en su espalda provocó que un escalofrío me recorriera la columna de punta a punta. Sabía lo que escondía en su cinturón.

La presión de Lisandro sobre mi cintura cedió, mientras trataba de recuperar el aliento y me dejaba nuevamente sobre el suelo.

—Perdón —murmuró Mauro, cayendo en la cuenta de su fallida interpretación de los hechos. Me evaluó con la mirada antes de regresarla a Lisandro—. Escuché gritos —dijo a modo de explicación.

—Relajate, Mauro. Es sábado —Lisandro sonrió antes de pasar un brazo sobre mis hombros.



Abusando del buen humor de mi marido, había optado por usar un vestido. La ocasión lo ameritaba. Era un simple vestido azul, ceñido en la parte superior (no tanto) y caía como una campana apenas por debajo de las rodillas. Los breteles eran tan delgados que prácticamente me sentía desnuda. Había sido una mala idea, estaba incómoda y nerviosa. Usé mi pelo para cubrir mis hombros y le di un sorbito a mi copa, admirando el cuadro con detenimiento. Era enorme. Tuve que dar unos pasitos hacia atrás para poder verlo en todo su esplendor. Un lirio entre fucsias y rojos dominaba el centro de la escena y, justo en el centro, una gota de rocío resplandecía en la imagen. Los colores iban tornándose más pálidos hacia los laterales hasta apagarse en un rosa casi blanco.

—¿Te gusta? —preguntó Luciano, de pie a mi lado.

—Me encanta —respondí de inmediato—. Es mi favorito.

Tenía los rulos atados en una cola desprolija detrás de su cabeza, en un esfuerzo por parecer más presentable. El intento se acompañaba con un elegante pantalón negro y una camisa gris, arremangada hasta los codos por supuesto. Era Luciano en su versión más pulcra.

—También es uno de mis favoritos, hasta en eso coincidimos —golpeó su hombro con el mío, tan inquieto como siempre—. Se llama “El orgasmo de Camila”.

El trago de vino se me fue por el lado equivocado y me ahogué. Bruscamente. Luciano me dio unas palmadas en la espalda que resonaron por toda la galería y casi todos los presentes se dieron vuelta para ver cuál era el alboroto. Mi cara estaba más fucsia que el cuadro.

—¡Luli! ¡Pará! No te me vas a morir en plena muestra…. —Luciano me sacó la copa de la mano y se la terminó, mientras yo trataba de recuperarme.

—Vos sos consciente de que tu sobrino está dando vueltas por acá, ¿no? –le recordé, todavía con la voz ronca—. No se te va a ocurrir decirle eso. No quiero tener que explicarle el significado de esa palabra.

—¿Cuál? ¡¿Orgasmo?! —alzó la voz un par de tonos más.

—Luciano… basta.

—Ufa —después de un puchero y una revoleada de ojos, entrelazó su brazo con el mío y continuamos el recorrido por la galería.

Lisandro había rechazado de plano la idea de ir a la primera muestra en solitario de su único hermano; todavía estaba furioso por su último “desacuerdo”. Pero Elena insistió en que Alejo y yo lo acompañáramos, y una orden de la matriarca de la familia tenía que ser obedecida sin cuestionamiento. Afortunadamente para mí, porque no quería perdérmelo por nada.

Mientras caminábamos, Luciano me comentaba detalles de sus obras. Siempre parecía tan relajado con todo, casi desinteresado, pero cuando hablaba de su trabajo le brillaban los ojos. Era un apasionado de su arte, de la vida en sí misma. Había descubierto desde pequeño su forma de “decir” a través de la pintura y, aunque hubieran intentado reprimirlo, decidió no “callar” ante su deseo. Lo admiraba profundamente.

—Estoy muy orgullosa de vos. Creo que no te lo dije nunca, pero es así —confesé con una sonrisa.

—Gracias, Luli —se acercó a besar mi mejilla—. Sos la primera que me dice algo así… No tenés idea de lo que significa para mí. Te adoro, de verdad.

—Yo también. De verdad —entrelazamos manos y salimos hacia un patio interno, menos concurrido que el interior de la galería.

Nos sentamos en uno de los bancos y Luciano sacó un cigarrillo del bolsillo de sus pantalones. Estaba tan arrugado que daba pena, pero lo alisó con sus largos dedos y finalmente lo encendió. Reclinado sobre el banco, pasó un brazo detrás de mis hombros y no dudé en apoyarme sobre él.

El sol comenzaba a ocultarse a esa hora de la tarde, tornando todo de un delicioso naranja. Las primeras estrellas titilaban, los pájaros retornaban a sus nidos y mi hijo tiraba de la mano de Mauro dentro de la galería (lo había arrastrado así toda la tarde).

—¿Cómo están las cosas con Lisandro? —el tono habitualmente despreocupado de mi cuñado adquirió una nota de oscuridad ante la mención de su hermano.

—Bien —estiré mis dedos y Luciano me pasó su cigarrillo—. Tenés que tratar de no explotar como el otro domingo, Lucho. No tiene sentido.

—¿Qué decís? ¿Cómo no va a tener sentido? —dijo, molesto— ¡Me revuelve las tripas cuando te trata así! Alguien debería plantarle un patadón en los dientes, por hijo de puta.

—Preferiría que no fueras vos —le di una larga pitada al cigarrillo y se lo devolví—. Es tu hermano.

—Desgraciadamente —murmuró.

—No digas eso. Lo conocés, Lucho… Provoca, eso es lo que hace. No te prendas —le aconsejé. Esa era mi estrategia.

—No te entiendo, Luli. De verdad. No puedo entender cómo seguís con él. Yo no hubiera aguantado ni medio segundo —soltó un suspiro que lo desinfló—. No merecés que te trate así.

—No –acordé—, por eso no me prendo. Quiero que las cosas estén bien, para Alejo y para mí. Para los tres. No te olvides que es el padre de tu sobrino.

—¿Y? —se reacomodó en el asiento, para mirarme de frente— ¿Cuál es el drama? Hay muchas parejas con hijos que se separan.

—¿Y qué te hace pensar que me quiero separar? —entorné la mirada. Esa ni siquiera era una posibilidad que se me cruzara por la cabeza. Ni una que me librara de Lisandro.

—¿Qué me hace pensar eso? No sé… ¿el sentido común? —sugirió, con una ceja alzada— ¿Me vas a decir que no se te ocurrió?

—No me quiero separar —aclaré, más para mí que para él. No quería sembrarme falsas esperanzas—. Dejarías de ser mi cuñado y eso sería terrible.

—A mí no me vas a perder nunca, me vas a tener que bancar para siempre —proclamó solemne—. Te considero más hermana que a Lisandro, de hecho. Tenemos más cosas en común. ¡Somos más copados! —alzó un puño y le revoleé los ojos antes de chocarlo.

—Sí… Vos estás “copado”. Tendrías que ir dejando el vino por esta noche, me parece que se te está subiendo a los rulos —me reacomodé en su hombro y miré hacia el cielo, ya más azulado.

—Capaz que sí —susurró, apoyando la cabeza junto a la mía—. Che, Luli…

—¿Qué? —pregunté relajada.

—¿Sabías que Mauro te mira el culo?

—¡Callate la boca!! ¡¿Qué decís?! —totalmente indignada, le codeé las costillas con fuerza.






"Donde hay una llama, alguien está destinado a salir quemado..." (Pink - Try)




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