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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 16

Capítulo 16: Terceros en discordia.



Domingo, 16 de noviembre de 2014.

Mi mano buscó su pelo, esperándolo suave y ligero, pero me sorprendió con algún producto pegajoso que terminó por enredarlo en mis dedos. ¡Un asco! Tratando de ignorar la incomodidad que me generó ese detalle, mi boca regresó a la suya, esperando entrar en sintonía con la situación… pero no. La mezcla de alcohol y lápiz labial me provocó náuseas. Cuando intenté alejarme, sus uñas se enterraron en la parte baja de mi espalda y sus piernas se enredaron con las mías.

Por favor, no me falles ahora… rogaba internamente.

Mis manos tocaron el encaje de su corpiño. Encaje... ¡Me gustaba el encaje! Sí, podría funcionar. Un poco más entusiasmado, rodeé sus pechos en busca de calidez y suavidad. ¡Mala idea! Las prótesis que se veían tan bien en el escote de su vestido horas atrás, eran extrañas al tacto. ¡Siempre habían sido así! ¡¿Por qué me provocaban tanta aversión ahora?!

Esta vez, sí me alejé.

—Pará un poquito, Romi —rogué cuando sus dedos trataron de desabrochar mi cinturón. Si la dejaba avanzar más, se iba a dar cuenta de que no había nada para ella ahí.

—¿Qué pasa?

—Aguantá un cachito —recuperando mi cinturón de sus garras, huí en dirección al baño.

Cerré la puerta tan rápido como pude y dejé la canilla abierta, solamente por hacer algo. Cuando me vi al espejo, por poco vomito. El rastro de su labial me había dejado la cara como un payaso; uno de película de terror. Me lavé la cara unas tres veces, deshaciéndome del maquillaje y de la sensación de asco.

Bajé la tapa del inodoro y me senté, mirando apenas de reojos al traidor oculto entre mis piernas.

—¿Dónde estás cuando te necesito? —reclamé en voz baja— Te aparecés en los momentos menos indicados y ¡¿me fallás justo ahora?!

Rastreé un pucho en el bolsillo de mis jeans y lo encendí, dilatando el momento de regresar a la habitación, con la esperanza de que Romi se durmiera. Era una chica hermosa, no había dudas de eso; calentaba hasta a los hielos del polo. Pero Romi no era el problema. El problema era yo.

—Mauro —escuché su voz del otro lado de la puerta y mis esperanzas de que se durmiera se vinieron abajo, igual que… bueno, el traidor—. ¿Estás bien? ¿Qué te pasa?

—Voy —resignado, cerré la canilla y salí.

Romi me miró confundida, con esa cascada de pelo colorado cayendo sobre su hombro y esos hermosos ojos verdes brillando bajo la tenue luz del pasillo.

—¿Qué te pasa? —preguntó, reacomodando el bretel de su vestido.

—Sos re linda, ¿sabías? —aparté el pelo de su hombro y acaricié su cuello.

—¿Vamos a coger o no? —dijo, entrecerrando los ojos y cruzando los brazos sobre el plástico de sus tetas.

—Perdoname, Romi —susurré avergonzado.

—¡¿Me estás jodiendo?! —dijo furiosa— ¿Tenés idea de lo que sale un taxi hasta acá?

—No te preocupes, que yo…

—¡Ni se te ocurra! ¿Por qué me tomás? ¿Una trola? ¡Morite, pelotudo!!

Se dio media vuelta y voló a la habitación, gritando su bronca todo el camino. Me limité a seguirla, tan silencioso como una tumba. Se tambaleó un poco al lado de la cama mientras se ponía los zapatos y se acomodó el vestido a los tirones.

—¡No me llames nunca más! ¿Escuchaste? —dijo, aplastando un dedo en mi pecho.

—Yo nunca te llamo. Sos vos la que… —solté sin pensar, frenándome a mitad de la frase. Pero ya era tarde.

Sus ojos chispearon y su mano terminó abofeteando toda mi mejilla izquierda y parte de mi nariz.

—¡Sos un hijo de puta! —me gritó en la cara. Salió del departamento y azotó la puerta tan fuerte que hasta las paredes temblaron.



Después de la piña de Romi, logré dormir unas deliciosas ocho horas de corrido. No le di demasiadas vueltas al asunto, el golpe me dolía más que la posibilidad de no verla más. De hecho, si decidía no regresar, me hacía un favor.

Diego se prendió al timbre pasado el mediodía; y si no hubiera traído comida, probablemente lo hubiera echado a patadas para seguir durmiendo.

Tan solo un mes atrás, el domingo era mi día predilecto. No había horarios, ni ocupaciones, podía usar mi tiempo como quisiera y con quien quisiera. Ahora, era una tortura. Daría cualquier cosa por suprimirlo del calendario.

Desplomados en el sillón de mi departamento, Diego y yo vimos la seguidilla de partidos del domingo. Aunque yo estaba feliz con la goleada de San Lorenzo a Belgrano del día anterior, pensaba en la puteada silenciosa de Lucrecia por el empate de River con Olimpo. En realidad, pensaba en Lucrecia. Punto. ¿Para qué mentirme?

—Te toca ir a poner la pava… —informó Diego, sin despegar los ojos de la tele.

—No tengo ganas —apoyé la cabeza en un almohadón.

—Che, ¿por qué tan bajón vos? —preguntó, apenas girando la cabeza para verme.

—Ideas tuyas. Estoy bien —desestimé su apreciación sin siquiera mirarlo—. ¿Y a vos? ¿Qué te pasa?

—¿No es obvio? Este domingo le tocan los chicos a Ceci… tengo un embole terrible. Y vos no ayudás.

—¡Muchas gracias! —dije con una mueca— Perdón por aburrirte.

—Y bueno… ¿qué querés? Es la verdad. Estuviste ahí sentado como una momia toda la tarde —se quejó.

—¿Qué soy? ¿Tu payaso? Te cuento un chiste, si querés.

—¿Por qué mejor no me contás cómo van las cosas con la morocha? —dijo con una sonrisa.

—¿Qué morocha? —volví la vista a la tele, en un pobrísimo intento por hacerme el boludo.

—Dale… no te hagas el boludo —¡ja! Ahora hasta me leía la mente.

—Las cosas van como tienen que ir, Diego. Es mi trabajo —contesté escuetamente.

—Me imagino —se cruzó de brazos y agarró otro almohadón para acomodarse.

Como si ver la seguidilla de partidos no fuera suficiente, también mirábamos los comentarios sobre la fecha. No sé quién de los dos era más patético. Él estaba bajoneado porque no podía estar con su familia y  yo porque no podía estar con la familia de otro tipo. Aclaración: yo era el más patético de los dos.

—Es linda… —retomó después de unos minutos—. La morocha, digo.

—Es preciosa —corregí de inmediato, casi sin pensar.

—¿Piola? —volvió a girarse, interesado.

—Lamentablemente, sí —asentí.

—Qué cagada —suspiró.

—Sí. Y es una dulzura… Nunca conocí a una chica así, te dan ganas de ponerla en la mesita de luz y mirarla todo el día —agregué, con una sonrisa que no pude evitar.

—No me digas.

—Sí te digo… Es preciosa, súper piola y terriblemente dulce. Lo peor que me podría pasar, en resumen —me crucé de brazos.

—Uy.

—Sí, uy.

—Estás hasta las manos, ¿no? —señaló, sin ocultar su preocupación.

—No sé —admití—. Todavía estoy tratando de encontrarle algún defecto, la verdad. Pero es perfecta.

—Bueno, es casada. Eso cuenta como defecto, ¿no?

Le clavé la mirada; esa sería contestación suficiente. No tenía que recordarme que Lucrecia era casada, lo tenía más que presente.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó.

—Nada —me alcé de hombros, estirándome para alcanzar un pucho—. Mi trabajo, supongo. Tampoco es como si me fuera a dar cabida, no es su estilo.

—¿Y si te la diera? —me miró a los ojos— Cabida, digo.

—La tomaría, Diego. No lo dudaría un segundo —confesé. Le di una pitada al pucho y fingí que mi atención estaba en la repetición del gol de Funes Mori.



La casa de Belgrano estaba tan silenciosa y oscura como cualquier domingo a las diez. Empujé la reja negra, dispuesto a atravesar el patio en dirección a la casa de huéspedes, pero me detuve a medio camino. Lucrecia estaba sentada en un escalón de la galería, enredando un mechón de pelo en su dedo mientras leía un libro con tanta concentración que ni siquiera me había escuchado entrar.

—¿Seguís intentando? —pregunté después de espiar la cubierta. “Crónica de una muerte anunciada”.

Me miró con esos ojos de muñeca y sonrió. Mi domingo cambió solamente con verla. Diego tenía razón, estaba hasta las manos.

—Creo que me voy a quedar en el intento —contestó, no del todo convencida—. Es lo menos que puedo hacer, seguir intentando. No quiero ofender a García Márquez.

—Está muerto. No creo que le moleste —señalé con una mueca.

Dejó el libro a un lado y abrazó sus rodillas, con la mirada en la pileta. Se estaba poniendo cómoda. Al parecer, mi Diosa me iba a dar unos minutos de su compañía antes de ir a dormir. No podía estar más agradecido, mi fin de semana había sido una verdadera porquería sin ella.

Saqué un cigarrillo del bolsillo de mis jeans y lo encendí, mirando hacia la pileta como si hubiera algo interesante ahí, tratando de fingir que mi atención no estaba totalmente absorta en el ritmo plácido de su respiración.

—¿Qué tal el fin de semana? ¿Todo tranquilo? —pregunté, solamente por el placer de escucharla hablar.

—Lo mismo de siempre —inspiró profundo y dejó escapar el aire muy despacio—. ¿El tuyo? —soltó de repente, ruborizándose en el mismo instante— Qué desubicada… No me tengo que meter en tu vida privada —dijo, casi para sí misma. Regresó la vista al frente y aproveché para sonreír. ¿Le interesaba mi fin de semana? ¿Y mi vida privada? Me estaba empezando a gustar el rumbo de la conversación.

—Un embole —contesté con sinceridad. Quería que supiera que no tenía problemas en compartir mi vida privada con ella—. Lo pasé encerrado en mi departamento con el insufrible de mi hermano. Miramos partidos todo el día.

—¿A tu novia no le molesta que veas partidos todo el día?

El humo del cigarrillo se fue por el lado incorrecto y terminé ahogándome. ¿Novia? ¿Qué novia? Lucrecia volvió a mirarme, con ojos desencajados, nuevamente incómoda.

—Ay, perdón. Me tomé dos copas de vino, me suelta la lengua —susurró a modo de ¿disculpas? ¿Estaba “alegre”?— Mejor me voy.

—Pará —puse una mano en su antebrazo, curioso por su extraña pregunta—. ¿Qué novia? Yo no tengo novia.

—¿Ah, no? —frunció el entrecejo, aparentemente confundida.

—¿De dónde sacaste eso?

—Yo… lo supuse —tragó despacio, evadiéndome—. No me hagas caso.

Se levantó del escalón y la observé escabullirse hacia el interior de la casa, literalmente, dejándome sentado ahí como un idiota. ¿Lo suponía? ¿Qué era lo que le hacía suponer que tenía novia?

Confundido, regresé la vista a la pileta.

—A ver… —escuché su voz a mis espaldas, sorprendido de verla regresar apenas segundos después—. No entiendo —se detuvo frente a mí, obviamente molesta por algo—. ¿Cómo lo hacen?

—¿Hacer qué? ¿Quiénes?

—Ustedes. Los “hombres” —gesticuló las comillas—. ¿Cómo hacen para tener intimidad con una persona sin que se les mueva un pelo? ¿Cómo hacen eso?

Tragué despacio. El cigarrillo se consumía entre mis dedos y los segundos avanzaban agónicamente silenciosos. ¿Qué mierda estaba pasando?

—¿Cómo lo hacen? —insistió.

—No entiendo qué es lo que me estás preguntando, Lucrecia —era como si estuviéramos hablando idiomas diferentes. Para mi completa sorpresa, extendió su mano, sin una palabra— ¿Qué?

—¿Me das una pitada, por favor?

Sí. Definitivamente, estaba “alegre”. O completamente en pedo. Tenía los ojos brillosos y las mejillas un poco arreboladas. Le ofrecí mi cigarrillo sin despegar mis ojos de los suyos. Le dio una profunda calada y dejó que el humo se escapara lentamente entre sus labios. No podía esperar a que me lo devolviera… su boca había tocado ese cigarrillo.

—Gracias —lo presionó entre sus dedos y lo recibí como el tesoro que era—. Lisandro llevó a Sofía a un partido de polo. Ayer. Todavía no vuelve.

Sofía. La secretaria. La doble de riesgo de Lucrecia. El muy hijo de puta se paseaba con la amante como un trofeo cuando el premio más grande de su vida estaba en casa ahogando la vergüenza con dos copas de vino… capaz que algunas más. ¡No se la merecía! En lo absoluto.

—No entiendo cómo lo hacen —puso todo su cabello a un lado y comenzó a trenzarlo—. Separar sexo y amor. No me entra en la cabeza —me clavó la mirada, a la espera de una respuesta.

¿Qué responder a eso? Podría darle una respuesta sencilla, una verdad existencial. Sexo y amor eran categorías diferentes. Pero, ¿quería darle esa respuesta? Prácticamente, exoneraba de culpa a Lisandro. No me convenía. Pero el brillo en sus ojos seguía esperando por una respuesta, por un consuelo, y no quería verla sufrir por nada. Ni siquiera por el imbécil con el que se había casado.

—Si no te quisiera, ya te habría dejado —le di una última pitada al pucho y lo aplasté en el suelo. Percibí un dejo de vainilla en mi lengua, era como probar el mismísimo cielo.

Creí que esa respuesta le agradaría, pero algo en su expresión me decía que no estaba para nada aliviada. Inspiró una vez más.

—¿Qué? —pregunté.

—Tengo una bronca terrible —dijo con la mirada clavada en el suelo, sentándose en el escalón.

—¿Por qué no lo hablás con él?

—¿Con Lisandro? —ahogó una sonrisa; claramente irónica— Es Sofía quien me preocupa. Se está perdiendo los mejores años de su vida. Si realmente es como decís, si es tan fácil separar sexo y amor, es posible que esté perdiendo el tiempo. Pensé… bueno, pensé que con el tiempo, después de compartir tanto… no sé. No me hagas caso.

Esa mujer no dejaba de sorprenderme. Estaba loca, borracha, o las dos cosas. ¿Estaba preocupada por la amante de su marido?

—Lucrecia… Sofía es una mujer adulta, tiene que asumir las consecuencias de sus decisiones. Lisandro es un hombre casado con una mujer maravillosa. Sofía no es competencia para vos. Nadie lo es.

—Esto no es una competencia —comentó incomoda—. ¿Y si Sofía se enamora? ¿Qué pasa con ella?

—Que se la banque, Lucrecia. No le des más vueltas —insistí.

—¿Así nada más? —entrecerró los ojos— ¿Qué harías si la colorada se enamorara de vos? ¿La descartarías como si no fuera nada? ¿Solamente porque sos “hombre”? ¿Porque podés separar sexo y amor?

Si hubiera una mosca dando vueltas por ahí, hubiera aprovechado la sorpresa en mi expresión para explorar mi boca. “¿La colorada?” Romi. ¡Romi! ¡Lucrecia me había visto con Romi! ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Tragame tierra!

—Son todos iguales —sentenció, desilusionada.

—Es una amiga —dije repentinamente, sintiéndome como si tuviera que excusarme, como si la hubiera engañado y ella me hubiera descubierto. ¡Sintiéndome como un idiota!

—¿Besás a todas tus amigas así? —apenas la pregunta abandonó sus labios, se tapó la boca con una mano— No me contestes.

No. No podía contestarle, ni siquiera haciendo el intento. No podía salir de mi sorpresa. En menos de una milésima de segundo, mi cerebro se remontó a unas semanas atrás. El enojo de Lucrecia por la mordida en mi cuello, el reclamo por mi tardanza; todo cobró sentido. De alguna forma, me había visto bajar del auto de Romi. Me quería morir. Son todos iguales, había dicho. Me metió en la bolsa de los “hijos de puta que se acuestan con mujeres solo por diversión”. Corrijo: yo solito me había metido ahí. Peor todavía, me metí en la misma bolsa que su marido. Nada de lo que dijera me iba a librar de ese rótulo.

—Tenés razón —confesé, con un hilo de voz. Ella me miró sobre su hombro—. Somos todos iguales. Pero ustedes, no.

—¿A qué te referís?

—Siempre hay una que marca la diferencia.

—No entiendo.

—Siempre hay una mujer que marca la diferencia, para cada uno de nosotros. Aunque no lo creas, sos “esa” mujer para Lisandro. Sin dudas. La forma en que te mira… es como si no existiera nada más en el mundo para él.

Cerró los ojos y apretó sus rodillas todavía más. Parecía una bolita. No comprendí la desazón de su expresión. ¿No era eso lo que quería escuchar? De un segundo al siguiente, se desenroscó y se levantó del escalón.

—Que descanses, Mauro —sin mirarme, caminó nuevamente hacia el interior de la casa.

—Vos también —la observé alejarse, atónito.

Aunque no quisiera creerlo, ella era “esa” mujer. Y no solo para Lisandro. Para mí también.







"Tú y yo, hicimos una promesa. Para bien o para mal..." (Sam Smith - I'm not the only one)





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