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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 17

Capítulo 17: Un diablo que no pacta.
 



Lunes, 17 de noviembre de 2014.

Estaba perdida. No había esperanzas para mí. Si Mauro estaba en lo cierto, Lisandro jamás se enamoraría de Sofía. Jamás me dejaría por voluntad propia.

—Hijo de puta —murmuré en la soledad de nuestra habitación.

Eran casi las ocho de la mañana. ¿Es que no pensaba volver a casa antes de ir a trabajar? ¿No pensaba bañarse? ¿Cambiarse de ropa? ¿Ni siquiera se dignaría a sacarse de encima la hediondez de un fin de semana de sexo con su secretaria? ¡Ya estaba harta! El partido de polo había sido la gota que rebalsó el vaso. La mostró en público, frente a media oficina. ¿Por qué se empeñaba en humillarme así?

Todavía tenía guardada en mi celular la foto que me había mandado un “desconocido”. Un desconocido que no podía ser otro que Sofía. La pobre insistía en hacerme saber que tenía un amorío con mi esposo. ¡Como si me importara! Pero estaba decidida a usar ese as bajo la manga a mi favor. Iba a enfrentar a Lisandro. Con Mauro en la casa, me sentía segura. Sabía que Lisandro no me iba a poner un dedo encima sabiendo que él estaba a apenas unos metros.

Con la cara colorada y las mejillas bañadas en llanto (a lo Andrea del Boca), bajé las escaleras y me senté en una banqueta de la cocina con el celular presionado en un puño; mis ojos fijos en la puerta de la cochera, a la espera de Lisandro.

No tardó en escucharse el roce del portón eléctrico al levantarse. El diablo estaba en casa. Era hora de negociar la parte que me tocaba por entregarle mi alma. Segundos después, la puerta lateral se abrió y Lisandro encendió la luz. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, se quedó estático.

—Linda, ¿cómo estás? —preguntó, tragando despacio. Dejó las llaves sobre la isla de la cocina y se acercó hacia mí.

—¡Ni se te ocurra! —lo detuve en seco, llorando a borbotones. Apenas si podía hablar— ¿Qué “cómo estoy”? ¿En serio? —me puse una mano en el pecho— ¿Dónde estabas? ¿Por qué no contestabas el teléfono?

—Perdón, mi amor. Tenés razón en estar enojada. No me di cuenta, me distraje… estaba con unos quilombos de laburo.

—¡No me mientas más! —grité.

—No levantes la voz —endureció la mirada—. Alejo está durmiendo.

—¿Y qué? ¿No querés que se entere? ¿No querés que se entere que te estás cogiendo a Sofía? —me levanté de la silla, pero Lisandro apretó mi brazo con una mano poderosa.

—Callate la boca o te corto la lengua, te lo juro.

—¿La llevaste al polo? —contraataqué.

—¿Qué? Vos estás loca, nena —me soltó de inmediato, obviamente sorprendido por mi jugada—. ¿De dónde sacaste eso? Ya te dije que estuve con quilombos de laburo. Dormí en la oficina. Y por supuesto que vi a Sofía. Es mi secretaria, trabaja conmigo. ¿Qué esperabas?

Libre de la presión de su mano, tomé el celular y desbloqueé la pantalla.

—¿Así es como trabajás? —levanté el aparato justo frente a sus ojos. La imagen era clarísima. Él y Sofía sentados en pleno palco, riéndose de quién sabe qué cosa. Parecían bastante cariñosos.

—Dame eso —me quitó el teléfono—. ¿Quién te mando esto? ¿Quién tiene tu número?

—No sé —respondí sin titubear, cruzándome de brazos—. Tampoco me importa. ¿Qué vamos a hacer, Lisandro?

—No quiero que recibas cosas de números desconocidos, ¿me entendiste?

—No cambies de tema. ¿Qué vamos a hacer?

—¿Qué querés decir?

—¿Te vas vos o me voy yo?

—¡¿Qué?! —abrió los ojos tan grandes que parecía que iban a estallar.

—No puedo vivir más así. Ya no sé qué hacer. Trato… te juro que trato. Pero ya no sé qué hacer. Si la querés a ella…

—¿Qué decís? —antes que pudiera terminar de hablar, me abrazó con tanta fuerza que por poco me deja sin respiración— Ni siquiera se te ocurra pensar en dejarme, porque me muero —murmuró sobre mi cuello—. No sé por qué te mandaron eso, pero no es nada. Te lo juro. Cortamos el trabajo un ratito nada más; estaban todos, toda la oficina. Te lo juro, no pasó nada.

—Me estás mintiendo —apoyé las manos en su pecho y lo separé de mi cuerpo—. ¿Tan mala esposa soy? ¿Tan poco me querés? —reclamé, mirándolo directo a los ojos— Te aguanto todo, más de lo que cualquier mujer aguantaría. ¿Es esto lo que merezco? ¿En serio?

—No pienses boludeces. Sabés que te amo más que a nada —presionó una mano en mi cabeza y la apoyó sobre su pecho. El perfume barato de Sofía por poco me hace vomitar.

—Estuviste con ella, Lisandro. No me mientas —me alejé con rudeza—. Te podrías haber bañado, por lo menos —me removí de sus brazos, dispuesta a huir hacia la habitación.

—Vení para acá... —me siguió por las escaleras, listo para comenzar con las habituales excusas—. Dale, no me hagas esto —su mano se enroscó en mi antebrazo.

—Lisandro, basta.

—Nada de "basta"... Ahora me vas a escuchar.

—¡No! Vos me vas a escuchar a mí –demandé, harta de todo—. Quiero que me digas la verdad.

El sol ya estaba en su máximo esplendor afuera y el gris de sus ojos parecía más claro, más luminoso a causa de las lágrimas que ya amenazaban con brotar. La imagen era lamentable, igual que siempre. Pero ya no me conmovía esa actuación; la conocía de memoria.

—No significó nada —confesó en voz baja.

—Sos una basura —retiré sus manos de mi cuerpo y caminé hacia la habitación. Cuando estaba a punto de cerrar, interpuso su cuerpo—. Salí.

—No fue nada. Sabés que te amo a vos —persistía. Él empujaba de un lado y yo del otro. Sabía que esa era una batalla perdida. Cuando se trataba de fuerza, él siempre ganaba.

Solté la puerta y Lisandro trastabilló al entrar.

—Estoy cansada —me senté en la cama—. Esto es injusto, Lisandro. Vos sos injusto… —accedí a mirarlo— Vivo para vos y para Alejo, me paso el día encerrada acá adentro y vos… ¿te paseas por todo Buenos Aires con Sofía? ¿Cómo me hacés una cosa así?

—No es así y lo sabés. ¡Vos no seas injusta! Cambiaste… Vos sabés que cambiaste. ¿Cuándo fue la última vez que me acariciaste? ¿Eh? ¡Decime! ¡Seguro que ni te acordás! Sos fría, Lucrecia —me atravesó con la mirada—. Sofía es el doble de mujer que vos. Vos sos una pacata.

—Basta —hice un intento por levantarme de la cama pero Lisandro me lo impidió.

—¿Querías la verdad? Ahora me vas a escuchar. No me acaricias, ¡ni siquiera me mirás!

—¡Y vos me lastimás! —lo acusé, en voz alta esta vez.

—¡Vos me lastimás a mí! ¡No me querés! —me zamarreó con fuerza— Me mentiste. Me juraste que nunca me ibas a dejar y ya no me querés. ¿Te creés que no me doy cuenta? Me odiás, Lucrecia. ¡Me odiás! Todo el mundo recibe tu afecto, menos yo… que te amo más que a nada. ¡Te estás burlando de mí! —sus ojos se inyectaron de furia, aún más— ¿Me creés boludo? Estás haciendo un mundo de nada a propósito, porque querés que me vaya. ¿Te creés que no me doy cuenta?... Vos te querés coger a mi hermano.

¡¿QUÉ?!

—¡¿Qué?! ¡¿Qué estás diciendo, Lisandro?! ¡Estás loco!

—¡Vos me estás volviendo loco! ¡No te atrevas a negarme nada!

—¿Cómo te atrevés a acusarme de una cosa así? Estás dando vueltas las cosas. ¡Sos vos el que me está engañando! Lo que decís es una locura... ¿Te estás escuchando?

—Luciano está caliente con vos —sus dedos se enterraron en mis brazos aún con más fuerza.

—¡Eso es mentira! Te estás imaginando cosas. ¡Es tu hermano!

—Te abraza, te toca, y vos lo dejás. Lo alentás, ¿no te das cuenta? —tiró del frente de mi remera y me hizo chocar con su cuerpo—. No estoy ciego, nena. ¡No juegues conmigo!

—Lisandro, por favor —traté de zafarme, pero volvió a tironear— ¡Delirás! ¡De la peor manera! Estás equivocado...

—Ese domingo… Le acariciaste el brazo. Te vi —ni siquiera estaba escuchándome, no tenía oportunidad de ganar esta contienda—. Estás caliente con él.

Estaba tan sorprendida por el giro de la situación, que no podía reaccionar. Lisandro me empujó sobre la cama y reboté sobre ella con violencia. Cuando le dio una vuelta de llave a la puerta, me deslicé sobre el cubrecama, tratando de protegerme de alguna manera.

—¿Qué haces? —tragué el nudo en mi garganta al verlo desabrocharse el cinturón— ¿Qué estás haciendo?

La vena en su frente iba a estallar, definitivamente. Todo su rostro estaba contorsionado por la ira. Se arrodilló sobre la cama y envolvió mi tobillo con su garra, arrastrándome hacia él.

—¿Qué hacés, Lisandro?

—Te voy a dar la oportunidad de que demuestres que me querés a mí —se metió una mano en los pantalones.

—No… —traté de liberar mi pie, pero no me soltaba.

—Shh, calladita. Que el nene está durmiendo.

—Lisandro, pará. Así no —le pedí, tan firme como me permitió el temblor de la voz.

—¿Qué pasa? ¿Acaso me mentís? —tiró de mis caderas, dejándome sobre mis rodillas y presionando mi cabeza sobre la cama con una mano pesada— Demostrame que no hay nadie que te caliente más que yo.

Desabrochó mis jeans y tiró de la prenda. Estaba completamente a su merced. No gritaría, no lloraría, no emitiría sonido alguno, no con mi hijo en la habitación contigua. Y Lisandro lo sabía. Cuando rasgó mi tanga, la tela me quemó la piel. Traté de cerrar mis piernas al sentirlo adentrarse unos centímetros, pero era inútil. Otra batalla perdida.

¡Otra batalla perdida!

Sentía el sonido de su cuerpo chocando contra el mío mientras me penetraba, con tal violencia que parecía que me iba a partir en dos. Su mano seguía presionada sobre mi cabeza, manteniéndome de cara sobre la cama; el roce del acolchado me estaba lastimando, pero no emití un sonido. Mis oídos trataban de espiar fuera de la habitación, por sobre sus gemidos. Rogaba que Alejo no se despertara.

—¿Así está bien? ¿Te gusta? —sus uñas se enterraron en mis caderas y apreté el acolchado entre mis puños— Decime. Decime que te gusta, linda.

—Sí… —me mordí la lengua al decirlo, pero quería que terminara. Que terminara de una vez.

—Decime que me amás. Que me amás solamente a mí —dijo, pegando su boca a mi oído—. Decime. Te quiero escuchar.

—Te amo solamente a vos –recité como una autómata.

—¿Solamente a mí?

—Solamente a vos —era mi boca la que hablaba, mi corazón y mi mente ya estaban fuera de mi cuerpo. Pronto terminaría.

Luego de lo que pareció una eternidad, lo sentí estremecerse, derrumbarse sobre mí. Mis rodillas cedieron y también la presión de su mano sobre mi cara, permitiéndome respirar un poco mejor. Quise vomitar cuando besó mi mejilla; apreté los ojos y me tragué las ganas de gritarle cuánto lo odiaba. Retiró unos mechones de pelo que habían caído en mi frente y siguió acariciando mi mejilla con su nariz.

—Nos pertenecemos, Lucrecia. Nada nos va a separar... —susurró a mi oído— Nadie nos va a separar. ¿Escuchas?

Asentí con mi cabeza. No confiaba en mi propia voz. No se podía pactar con el diablo, no había tregua en el infierno. Me quemaría hasta el final de mis días. No había ases bajo la manga, ni posibilidad alguna.

—Si te llego a escuchar nombrar a Luciano una vez más… una sola vez… —besó mi frente— Te reviento, Lucrecia. ¿Entendés lo que te estoy diciendo?

—Sí.

—Bien.

Retiró su asqueroso pene de mi cuerpo y dejé escapar un suspiro de alivio cuando la presión de su cuerpo sobre el mío cedió. Aun de cara sobre el acolchado, lo escuché meterse a la ducha. Después de todo, sí se iba a dar un baño antes del trabajo.



Apenas podía sostenerme en pie, me dolía cada centímetro del cuerpo, ni siquiera el agua caliente de la ducha lograba relajar el entumecimiento de mis músculos. Vertí el jabón líquido en mi mano y la metí entre mis piernas, cerrando los ojos y apretando los dientes para no ponerme a gritar. Quería quitar todo rastro de lo ocurrido, pero ardía. Ardía mucho. Cuando abrí los ojos, alcancé a ver la estela rosada escurriéndose por el desagüe.

Sangre.

Estiré la mano fuera de la ducha y tanteé mi neceser de cosméticos, hasta dar con un pequeño espejo de mano. Abrí las piernas y orienté el espejo.

—Ay, no.

Me sequé tan delicadamente como pude y coloqué dos protectores diarios en mi ropa interior. Ponerme los jeans resultó una tarea de lo más dificultosa; agacharme para calzar mis chatitas, otro tanto. Me armé de coraje antes de descender las escaleras e intenté caminar lo más erguida posible.
Lisandro y Mauro conversaban en la cocina.

—Buenos días, linda —sonrió Lisandro, fresco como una lechuga, listo para ir a la oficina.

—Buenos días —rocé sus labios con un beso y miré a Mauro de reojos—. Buenos días.

—Buenos días —su entrecejo estaba contraído. Un gesto de preocupación que ya estaba acostumbrada a ver en su semblante—. Son las nueve y media. ¿Alejo no va al jardín?

—Nos quedamos dormimos —contestó Lisandro antes de darle un sorbo a su café.

No había forma de que me sentara en la banqueta, así que me recargué sobre la mesada y esperé a que el agua se calentara. Necesitaba tomar un té, mi estómago estaba tan revuelto que era preciso ingerir algo para asentarlo.

—Ya me voy —anunció Lisandro, acercándose a besar mi mejilla—. Que Alejo duerma un rato más, ¿sí? Que aproveche el faltazo.

—Ok.

—Nos vemos más tarde, linda. No me esperes a cenar —guiñó un ojo desde la puerta de la cochera—. Nos vemos, Mauro.

—Adiós.

Me preparé el té en absoluto silencio, sintiendo cómo la mirada de Mauro me quemaba la nuca.

—Lucrecia, ¿estás bien?

Por supuesto. Por supuesto que se iba a dar cuenta de que algo me pasaba. Ese era su trabajo, asegurarse de que yo estuviera bien. Entonces, ¿dónde había estado media hora antes? ¡Cuando de verdad lo necesitaba!

—No. No estoy bien —contesté. Le di un sorbo al té y decidí echarle otra cucharada de azúcar. Necesitaba la glucosa extra. Lo escuché levantarse de la banqueta y centré la mirada en el oscuro brebaje dentro de mi taza.

—¿Qué pasó? —preguntó, de pie a mi lado.

—Dormí toda cruzada. Me duele todo —accedí a mirarlo—. Fue el vino de anoche, me plancha. Pero me tomo un analgésico y en unas horas se me pasa —agregué, para sonar más convincente. Andrea del Boca debería venir a aprender técnicas de actuación conmigo.

—Entonces, mejor suspendemos las clases de manejo.

—Me parece bien.

El día transcurrió tan lentamente como mi esforzado andar. Para las dos de la tarde, ya me había cambiado el protector cuatro veces. No dejaba de sangrar, lo cual me preocupaba bastante. Tenía que hacer algo al respecto. Aprovechando que Mauro entretenía a Alejo, me encerré en el baño de la habitación y llamé a su celular.

—¿Hola? —contestó de inmediato.

—Buenas tardes, Dr. Amaya. Soy Lucrecia Echagüe.

—¡Querida! ¿Cómo estás?

—Estoy… digamos que con un problemita.



Me di otra ducha y decidí pasar de los jeans, ya no los aguantaba. Me puse un vestidito simple, y quince minutos después, bajé las escaleras como si nada sucediera. Alejo y Mauro armaban un rompecabezas en el suelo de la sala.

—Mauro, ¿te podés quedar un ratito con Alejo? —pregunté, revolviendo mi cartera para cerciorarme de tener el carnet de mi obra social.

—¿Dónde vas?

—Tengo turno con el médico. Voy sola —aclaré, solo por si acaso.

—No, no, no —Alejo negó con su cabeza, con el ceño fruncido y los brazos cruzados—. Sola no. Con Mauro —el aludido sonrió y alzó la mano; Alejo le chocó los cinco con entusiasmo.

—Sos un enano muy, muy inteligente— le revolvió los rulos.

—Voy al ginecólogo, Mauro. Sola. Es un lugar súper seguro, lleno de mujeres. Ningún peligro. De hecho, sobreviví sin problemas todas las veces que fui.

—Es mi trabajo, Lucrecia. En serio... No me lo hagas tan difícil, ¿puede ser? Los hombres nos quedamos en el auto.

Obviamente, no se quedaron en el auto. No después del escándalo que hizo Alejo, que quería venir a como diera lugar. No tenía energías suficientes para contener la efusividad de mi hijo, así que me rendí sin pelear demasiado.

La sala de espera estaba repleta de gente. Adolescentes incómodas, embarazadas fastidiosas, uno que otro marido aburrido.

—Esperen acá —le indiqué a Mauro. Los dejé a un costado de la atestada sala de espera y caminé hacia la recepción.

—Buenas tardes, Sra. Echagüe. ¿Cómo está? —saludó Pamela, tan cordial como siempre.

—Todo bien, Pame.

—No la tengo agendada para hoy —revisó la pantalla de su computadora.

—No, estoy sin turno. Hablé con el doctor hace un rato. Me dijo que te avisara cuando llegara.

—Ah, ok. Ahora le digo.

—Gracias.

Le extendí el carnet de mi obra social y busqué a los chicos con la mirada. Alejo ya conversaba animadamente con una de las adolescentes, todo un mini galán. Mauro estaba apoyado en la pared, vigilando a Alejo. Una sonrisa asomaba en su boca, y algo en esa expresión me incomodó. Me molestó que lo mirara de ese modo… como debería mirarlo Lisandro.

—Ya la recibe —la voz de Pame me sustrajo de mis pensamientos.

—Gracias.

No alcancé a alejarme del escritorio, cuando el doctor se asomó desde su consultorio.

—Lucrecia, adelante —murmuró por lo bajo, para evitar la hostilidad del resto de los pacientes. Francamente, me importaba muy poco lo que pensaran. Quería solucionar mi situación cuando antes, volver a casa y encerrarme en mi infierno personal sin tener que dar explicaciones a nadie.

Lucas Amaya había sido mi ginecólogo desde el embarazo de Alejo. No lo cambiaría por nada. Era un anciano adorable, petizo y rechonchito, con un poblado bigote gris y algunas pelusas blancas cubriendo su calva. Era uno de los profesionales más respetados en su área; de esos médicos que ya no abundaban.

—Gracias por recibirme tan rápido, Lucas. Lamento los inconvenientes.

—No es problema, querida. Sentate, por favor.

—¿Es necesario? —pregunté, sosteniéndome del respaldar de la silla— ¿Sentarme?

—Querida mía… ¿tan mal está?

—Fue un accidente —no pude mirarlo a la cara, preferí mantener los ojos en el cuadro a sus espaldas.

—Vamos a ver. Pasá por acá.

Cuando al fin logré acomodarme en la camilla, el doctor descansó los lentes en su nariz y acercó la lámpara de pie. Sentí ardor cuando apoyó sus dedos, explorando la herida, pero traté de relajarme observando el recorrido de la telaraña que pendía de la lámpara del techo. Aun así, el temblor en mis piernas era incontrolable. Sus dedos abandonaron la zona y lo sentí alzar mi vestido, descubriendo mis caderas.

—Vas a necesitar puntos —sentenció unos minutos después—. Muy poquitos, se reabsorben solos en unos días.

Gracias a las maravillas de la anestesia local y a la mano experta del doctor, apenas sentí unos leves tironcitos. En menos de diez minutos, el asunto estaba solucionado. Con la zona aún adormecida, fue mucho más sencillo vestirme y calzarme las sandalias altas. Cuando emergí de detrás del biombo, el doctor llenaba mi historia clínica.

—Sentate, querida —me indicó el lugar frente a su escritorio, sin dejar de escribir. Firmó con unos extraños jeroglíficos y selló con una mano temblorosa. Era increíble que aún lograra suturar con semejante temblequeo. Guardó la historia clínica en su lugar y regresó a sentarse en su sillón—. Dijiste que fue un accidente. ¿Cómo es que sucede un accidente así?

No era posible mentirle, por lo que preferí guardar silencio.

—Los arañazos en tus caderas, ¿forman parte del accidente?

—Es la primera vez que nos pasa algo así —alcé la cabeza, asqueada de estar defendiendo a un hombre que no se lo merecía.

—Lucrecia, eso no es un accidente.

—Fue un accidente, en serio. Supongo que… se entusiasmó de más. Yo tampoco me di cuenta. Lo noté mientras me duchaba.

—Querida… —entrelazó los dedos sobre el escritorio—. No importa si es tu marido; si un hombre te fuerza a hacer algo que no querés, eso se llama “abuso”, acá y en la China. Tu cuerpo es tuyo, de nadie más —dijo con extrema seriedad—. Esos desgarros suelen suceder cuando los músculos de la vagina se cierran. Es una respuesta automática, la mayoría de las veces se da cuando el cuerpo se siente amenazado.

—Fue un accidente —insistí, ocultando el temblor en mi voz.

—No intento convencerte de nada. Solamente él y vos saben lo que sucedió entre esas cuatro paredes.



Las canciones infantiles nunca me habían sonado tan espantosas, y junto al insistente canturreo de Alejo por sobre la pista, me resultaban insoportables. Tenía la cabeza casi tan revuelta como el estómago. Pensar en la palabra con la que Lucas había calificado el “accidente”, me provocaba náuseas. Bajé el vidrio y apoyé el codo en la ventanilla, buscando que la brisa me despejara las ideas.

—¿Dónde vamos? —pregunté, ya que era obvio que no estábamos yendo a casa.

—Le prometí un helado al enano —contestó Mauro.

—¿Qué?

—¡Helado, helado, helado! —empezó a entonar Alejo.

—¿Por qué no me preguntaste? —cuestioné.

—No sé… se lo prometí. Tenemos la tarde libre —dijo con simpleza, encogiéndose de hombros. Al escuchar la impertinencia de su respuesta, sentí un escalofrío recorriendo mi espalda de punta a punta.

—¡Helado, helado, helado!! —continuaba Alejo.

—¿Ah, sí? ¿Tenemos la tarde libre? —entrecerré los ojos— ¿En serio?

—Disculpame, Lucrecia. No creí que hubiera problemas —contestó nervioso.

—¡Helado, helado, helado!!!!!!!

—¡Basta, Alejo! ¡Por Dios! —grité, girándome sobre mi hombro.

Se quedaron mudos. Los dos. Yo, otro tanto. Nunca le gritaba a mi hijo. ¡Jamás! De repente, sentí un líquido amargo inundando mi boca.

—Frená —regresé la vista al frente y apoyé las manos sobre el asiento.

—Lucrecia…

—¡Frená el auto!

Clavó los frenos sin previo aviso y me saqué el cinturón de seguridad a los tirones. Abrí la puerta y la azoté al bajar. No sabía dónde estaba, o dónde iba, pero empecé a caminar. Necesitaba alejarme. Mis sandalias resonaron en la vereda mientras la caminata se convertía en un trote sin destino.

—¡Lucrecia! —lo escuchaba gritar a mis espaldas, pero lo quería lejos. Quería a todos lejos— Lucrecia… —el calor de su mano en mi brazo me quemó.

—No me toques —retiré mi brazo y Mauro me observó con esos ojos tan oscuros como café cargado, más desconcertados que nunca. Alejo colgaba de su brazo.

—¿Qué pasa? —se acercó un par de pasos, los mismos que yo retrocedí— Estás pálida como un papel. ¿Qué te pasa?

—No me hables.

—Mami… —lloriqueó Alejo.

—Vamos a volver al auto. Vamos a casa —pidió Mauro, bajando la voz.

—¿A “casa”? ¿Quién te creés que sos? —dije, enfurecida— ¿Quién te creés que sos para manejarme la vida? Para disponer de mi hijo. ¡De mis tiempos!

—Lucrecia, por favor. Calmate. Lo hablamos cuando lleguemos a tu casa.

—Dejá de manejarme la vida —me estaba muriendo de calor, de frío, temblaba, transpiraba. Enredé mi pelo en un rodete y lo anudé en mi cabeza—. Dejame tranquila.

Continué caminando… o intenté hacerlo, porque su mano volvió a sujetar mi muñeca.

—Esperá.

—¡Basta! —grité en plena vereda, fuera de mis cabales— ¡Me tenés harta! ¡Dejame en paz! ¡Dejame en paz, Lisandro!

Alejo lloraba a moco tendido, Mauro me miraba como la loca en la que me había convertido, y yo… ¿Lisandro? ¿Le había dicho “Lisandro”?

De un momento a otro, sentí el líquido amargo brotar una vez más, y ya no pude contenerlo. Me incliné sobre la pared y vomité mi almuerzo.



Cuando abrí los ojos, sentí la calidez de Alejo abrazado a mi pecho, chorreando saliva sobre mi brazo. Estábamos acostados en el sofá. El sofá de la sala. En nuestra casa. Mis sandalias reposaban a un lado del sofá y la tele estaba prendida. Suspiré aliviada, abrazando a mi hijo y besando la mata de rulos sobre su cabeza.

No era un misterio cómo había llegado hasta allí.

Mis ojos lo buscaron por la sala, pero no estaba. Estaba en el patio. Paseándose frente a la pileta, marcando un surco mientras un cigarrillo se consumía entre sus dedos. La corbata había desaparecido, el saco también. La camisa que llevaba arremangada hasta los codos dejaba ver una buena porción de sus antebrazos. Como si hubiera presentido mi descarada mirada, detuvo sus pasos y espió hacia adentro de la casa. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, supe que en algún momento desde que entró a mi casa por primera vez hasta que me socorrió esa tarde en pleno ataque de histeria, se había convertido en la persona más cercana que tenía. Sin Luciano como apoyo, sin poder confiar plenamente en Santiago, Mauro era el único con el que de verdad podía contar en esa casa.

Mi situación era precaria.

Me incorporé del sofá y acomodé un almohadón debajo de la cabeza de Alejo. Dormía como un tronco. No sé cómo lo hice, pero me armé de valor y me puse de pie, lista para enfrentar las consecuencias de mi arrebato de locura.

Mauro no me sacaba los ojos de encima mientras salía al patio, como si esperara que volviera a estallar de un momento a otro. En un intento por demostrarle que ya había recobrado la cordura, la que momentáneamente había perdido, me senté sobre los escalones.

Entre cauto y asustado, se sentó a mi lado, igual que la noche anterior.

—Voy a hablar con Gómez —murmuró, con los ojos fijos en algún punto invisible frente a él—. Tiene que haber alguien libre, seguramente. En menos de veinticuatro horas van a encontrar quién me reemplace.

—Está bien —asentí.

—Es lo mejor —agregó—. No quiero incomodarte más.

—¿Qué?

—Que no quiero incomodarte más —sus ojos se clavaron en el suelo. Estaba evadiéndome adrede—. No quiero que sientas que me estoy metiendo en tu vida. No es así.

—Ya sé. Todo lo que dije hace un rato… no sé qué me pasó, no tengo excusas. Derrapé, supongo. No sé qué otra cosa decir más que “perdón” —inspiré profundo, terriblemente avergonzada por mi comportamiento. Sentía que estaba llegando a mi límite, pero Mauro no tenía la culpa—. Entiendo que quieras irte. Soy yo la que te incomodo.

—No... no estás entendiendo. Esto no se trata de querer irme o querer quedarme. Se trata de vos. Es obvio que no soportás mi presencia; te sentís incómoda desde el día uno. Es mejor que me vaya, no quiero que te sientas así.

Esta vez, fui yo quien lo evadí, observando a un gorrión descender raudamente sobre la superficie de la pileta, recolectando algún bichito como merienda.

—No… —me levanté del escalón.

—¿No? —preguntó.

—No —repetí—. Y sí.

—¿No o sí? No entiendo. No te entiendo, Lucrecia.

—Las dos cosas. No, no me parece buena idea que te vayas. No creo que eso solucione nada —le pedí, sintiéndome más patética que nunca—. Creo que sería una complicación. No quiero tener que acostumbrarme a otra persona; le caes bien a Alejo —me paseé frente al escalón, pensando en cómo decir lo que seguía—. Y sí, a veces me hacés sentir incómoda.

Me crucé de brazos, un poco más tranquila luego de hacerle saber lo que pensaba. Mauro se quedó mudo.

—¿Qué? —murmuré.

—Nada… Estoy tratando de entenderte. Me estás diciendo que te pongo incómoda —juro que sus ojos chispearon—. No entiendo por qué —se levantó del escalón y se detuvo unos pasos de mí. Sí. Definitivamente, me incomodaba.

—Es... Lo que pasa es que me molesta que tomes decisiones que no te corresponden —le sostuve la mirada con firmeza, aunque el corazón me latiera descontroladamente—. Yo decido sobre Alejo. Yo soy la madre.

—¿Me estás cargando?

—Para nada. Lisandro y yo tomamos las decisiones. Vos no. ¿Soy clara?

—¿De qué decisiones me estás hablando? —entornó la mirada.

—Le prometiste algo sin consultarlo conmigo.

—¿En serio? ¿Todo esto es por un helado? —estaba demasiado cerca. Prácticamente podía saborear sus palabras en mi boca— Estaba haciendo tremendo quilombo con las revistas de la sala de espera; le prometí que si se quedaba quietito hasta que salieras, lo iba a llevar a tomar un helado. ¿Es tan grave? ¿Qué se supone que debería haber hecho? ¿Irrumpir en el consultorio para preguntar si me autorizabas? Era una decisión simple, Lucrecia. Un helado, nada más. No es como si lo estuviera inscribiendo en la universidad.

—Me incomoda que esté tan apegado a vos. No quiero que se confunda.

—No entiendo a qué te referís.

—No quiero que Alejo se confunda, ¿qué es lo que no entendés de eso? —inspiré profundo. No sabía cómo continuar con mi argumento—. Te vas a ir, Mauro. Ni hoy, ni mañana. Pero va a pasar, pronto… me incomoda que se encariñe tanto con vos.

—Alejo entiende por qué estoy acá. Cuando me vaya, se va a olvidar rapidísimo de mí. No te preocupes —se cruzó de brazos—. No soy un témpano de hielo. Paso seis días a la semana con él. Me encariñé, ¿qué querés que te diga? No me voy a disculpar por eso.

—No nos estamos entendiendo. Esta conversación no nos está llevando a nada —mastiqué entre dientes.

—Disiento. Yo diría que nos está llevando a mucho. Aclaremos las cosas de una vez... Alejo no está confundido —replicó—. La confundida sos vos.

—¿Yo?

—Sí, vos. Me hacés reclamos a mí, cuando se los querés hacer a tu marido —contestó implacable, perforándome con sus ojos café—. Te jode que te meta los cuernos y el que recibe el reclamo soy yo. Te rompe las pelotas que te maneje la vida y el berrinche me lo hacés a mí… Estás confundida. Yo no soy tu marido. Si no podés hablar con él, lo lamento mucho, pero es la última vez que me aguanto un espectáculo como el de hoy. ¿Soy claro?

—¿Qué decís? —pregunté, impactada.

—Ya te lo dije, no soy un témpano de hielo. Si me atacás, me voy a defender; así funcionan las cosas. No me ataques.

—¿Atacarte? ¡Yo no te ataco! —acorté la distancia una vez más.

—¿Ah, no? Mirate. Te parás frente a mí como si me quisieras aplastar. Pero no te equivoques, no soy tu trapo de piso. Bajate del pony, querida. Mi jefe se llama Pablo Gómez, le respondo a él, así que no te gastes. Y estás invadiendo mi espacio personal —señaló con su mano el escaso espacio entre nosotros—. Estás a menos de cuarenta y cinco centímetros de distancia. Este tipo de interacción ni siquiera es personal, es íntima. Me estás atacando.

—Esta conversación se está desvirtuando —disparé, entrecerrando los ojos—. ¡Mal!

—Así parece —señaló sin titubear.

Podía sentir el torrente de sangre acumulándose en mis mejillas, a lo largo de mi cuello. Y sí. Me ponía imposiblemente incómoda.

—Mejor la cortamos acá —endurecí el gesto.

—Excelente —se dio media vuelta y me dejó parada en medio del patio. Sola.

Aparentemente, mi situación era más precaria de lo que pensaba.







"Quizás es lo que sucede cuando un tornado se encuentra con un volcán..." - (Eminem ft. Rihanna - Love the way you lie)




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