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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 18

Capítulo 18: Es una promesa.




Jueves, 20 de noviembre de 2014.

La relación entre Lucrecia y yo estaba tensa; si se la miraba con optimismo, por supuesto. Todo cambió después del “enfrentamiento” junto a la pileta, aunque aún no podía determinar quién había ganado la contienda.

Habíamos establecido unos límites que parecían infranqueables. Ya no había clases de manejo, ni rondas de mate amargo, ni puchos compartidos. Cualquier rastro de la comodidad que habíamos desarrollado, se había extinguido, como si no hubiera existido siquiera.

Cada vez que recordaba el rubor de sus mejillas, la chispa en su mirada, el palpitar errático de su cuello… jamás la había visto más hermosa que cuando me enfrentó. Había fuego en ella, pero se estaba dejando consumir por dentro. No me convertiría en cómplice de eso. Estaba oprimiendo algo en su interior, algo que pujaba por emerger; algo que saldría aunque fuera en un vómito estruendoso en plena calle.

Me asusté como nunca al verla tan desencajada, tan confundida. Sumamente confundida. Que me hubiera llamado “Lisandro” fue como un golpe en medio del estómago. No admitiría jamás que me comparara con semejante hijo de puta. Tenía mis errores, claro que sí, pero no dejaría que me endilgara los de su marido. 
Y meter a Alejo en el medio… otro golpe bajo. Por supuesto que no se lo iba a permitir.

Las mañanas eran una tortura. Con Alejo en el jardín, el silencio entre los dos se volvía más aplastante, más doloroso. No me miraba, no me hablaba, ni siquiera pasaba cerca de mí. Me evitaba tanto como podía.

Eran casi las diez cuando el teléfono vibró sobre la mesada de la cocina. Lucrecia, sentada en la banqueta de la esquina, apenas alzó la mirada de su libro para mirar el aparato. “Crónica de una muerte anunciada”. No sé por qué, pero me rompía muchísimo las pelotas que insistiera en leer un libro que odiaba.

—Hola... —contesté al teléfono.

—¿Cómo va, pibe? —saludó Gómez.

—Acá… aburrido —contesté, mirando a Lucrecia. No se dio por aludida, por supuesto.

—Me imagino. Pero no te preocupes, las cosas están a punto de ponerse interesantes. ¿La Sra. Echagüe está ahí?

—Por supuesto.

—Pasamela.

Sin comprender la orden de Gómez, pero confiando plenamente en su criterio, le pasé el teléfono a Lucrecia.

—Es para vos. Gómez.

Dobló el extremo de la página y apoyó el libro sobre la mesa antes de recibir el celular.

—Buenos días —tomó la llamada con esa dulzura que la caracterizaba, de la que ahora me privaba sin piedad.

Estudié los tenues cambios en su carita de muñeca mientras escuchaba a Gómez. La neutralidad de sus facciones fue dando paso a pequeños gestos que delataban su confusión. Su boca era una fina línea recta, su entrecejo estaba levemente contraído, y enroscaba un mechón de pelo en su dedo.

—Perfecto. Que tenga buenos días —respondió, dando por concluida la conversación. Cortó la llamada y me devolvió el teléfono—. Te espera en la oficina —alzó el libro y retomó la lectura desde donde la había dejado, sin detenerse a mirarme un mísero segundo.

—¿Ahora?

—Llevate el auto.

—¿Eso es todo lo que te dijo? ¿Quiere te deje sola? —pregunté, todavía más confundido.

—No. Eso no es todo. Dijo que tenías quince minutos para llegar… —consultó el reloj—. Te quedan catorce minutos.

Me levanté de la banqueta y salí disparado de la cocina.



En exactamente doce minutos, estacioné frente al edificio. Después de una alocada carrera por las escaleras, llegué a la puerta de la oficina al final del pasillo y me detuve unos segundos a recuperar el aliento. Justo antes de que los quince minutos se cumplieran, le di tres golpecitos a la puerta.

—Adelante —Gómez me dio la entrada.

Dentro de la oficina, me recibió el tufo dulzón del habano que se consumía entre los amarillentos dedos de mi jefe. No me sorprendió ver a Andrés Fusco apoyado contra el escritorio; estaba a cargo del caso del robo en casa de Lucrecia. Era el fiscal más joven, más tenaz, y más temido de todo el distrito. Su actitud era siempre arrogante, altanera; el tipo era más frío que un glaciar. Pero, sin dudas, lo que más asustaba a todos era su compromiso inquebrantable contra la corrupción. No tranzaba con nada ni con nadie.

—Era hora, pibe —Pablo se cruzó de brazos, claramente molesto.

—Dijiste quince minutos.

—No. Dije diez —retrucó— ¿Qué pasó?

—Nada —inspiré profundo, resignado. Lucrecia me estaba poniendo las cosas difíciles, la tardanza no había sido un accidente. Me hizo caer—. Tu cliente se confundió, eso es lo que pasa. O escuchó mal. Me dijo que eran quince minutos.

—Fui muy claro. Parece que es juguetona, la chiquita. ¿Quién lo hubiera dicho? —Pablo me indicó la silla frente al escritorio. Era imposible ocultarle algo a ese hombre— Recordás al Dr. Fusco, supongo. Trabajamos juntos antes.

—Claro —estreché la mano de Andrés.

—Bien. Te hicimos venir porque Andrés tiene algunas preguntas. Doctor… —le cedió la palabra.

—¿Estás seguro de que te dijo quince minutos? —fue la primera pregunta que disparó el fiscal.

—Sí... Lo hizo.

Andrés sacó el celular del bolsillo de su saco e hizo una llamada.

—No te descuides. Si ves cualquier movimiento extraño, me llamás —murmuró al teléfono. Sin esperar contestación alguna, cortó la llamada. Su actitud me estaba confundiendo. Movió todos los papeles que estaban sobre el escritorio y despejó una zona bastante amplia—. Acercate, Mauro.

Me puse de pie junto a él, mientras sacaba fotos de entre sus papeles y las distribuía sobre el escritorio. Había fotos de todos. De Lisandro, Lucrecia, Santiago, Elena, Luciano, Alejo y tres imágenes de cruces rojas sobre un fondo negro.

—Estos son los protagonistas de esta historieta. Las cruces son los tipos que entraron a la casa —señaló—. A este lo vamos a dejar afuera. Por ahora —quitó la foto de Alejo y la puso sobre su pila de papeles. La foto de Lucrecia ganó el centro del escritorio y el estómago me dio un vuelco—. Vamos a conversar un rato sobre ella.

—Ok —consentí con un hilo de voz.

—Bien —le dio unas palmaditas a la foto—. Hace más de un mes que estás en esa casa. Si tuvieras que definir quién es la persona más cercana a Lucrecia, ¿a quién elegirías?

—Alejo, sin dudas —respondí de inmediato.

—De estos —señaló las fotos sobre el escritorio.

Estiré una mano hacia la foto de Luciano y se la entregué.

—El cuñado.

—Luciano Echagüe se peleó con Lisandro y tiene la entrada prohibida, lo dicen tus informes. También lo vamos a dejar afuera. ¿A quién más sacarías del círculo íntimo?

—A Elena —tomé la fotografía y la puse en una esquina—. Va los domingos, hasta ahora nunca me la crucé.

—Coincido —asintió—. Nunca estuvo de acuerdo con ese matrimonio, no se banca a la nuera. Es lógico que no tomen el tecito juntas. Nos quedan dos opciones… Lisandro y Santiago. ¿Quién está más cerca?

Sin dudarlo un segundo, apoyé un dedo sobre el extremo de la foto Santiago y la arrastré hacia la de Lucrecia.

—¿Seguro? —preguntó.

—Segurísimo. Lisandro se acuesta con la secretaria. No están en muy buenos términos que digamos.

—Imagino que no —se apoyó sobre el escritorio y se cruzó de brazos.

Saqué un cigarrillo y lo encendí antes de volver a sentarme. Algo no me estaba gustando. Sentía una extraña presión en la boca del estómago.

—Te voy a contar algunos detalles que desconocés, para completarte el panorama —le dio una mirada a las anotaciones antes de continuar—. La familia de Lucrecia es originaria de Entre Ríos, eso ya lo sabés. Los abuelos vinieron a Capital en el ochenta y tres y se instalaron en un sucucho en Villa Soldati, con su única hija, Natalia. Unos años más tarde, Natalia se embarazó y el novio se borró. No hay registros de quién es el tipo. Tuvo a Lucrecia, y cinco meses después, se esfumó. Nadie supo nada más de ella; no está ubicable, nunca más se contactó. Cuando el abuelo murió, se quedaron solas. La abuela se deslomaba laburando y la nieta le retribuía estudiando. Tanto estudiaba la piba, que la provincia la becó y la mandó al Colegio Manuel Belgrano. Fue la mejor de su clase; una chiquita muy dedicada, según me comentan. Su nombre está en el cuadro de honor. Hasta ahí, una vida soñada… una historia de superación, si querés ponerle ese título. Hasta que se cruzó con este hijo de puta en septiembre de 2010 —agarró la foto de Lisandro y la miró con un claro gesto de desdén—. ¿Cómo describirías su relación?

—Él es posesivo, controlador, manipulador. “Hijo de puta” lo describe bastante bien. Ella consciente sus deseos, sin importar qué.

—Claro que sí —Andrés tomó sus anotaciones y pasó un par de páginas—. Lisandro la conoció en septiembre de 2010 y en diciembre se mudaron juntos. Papá y mamá le compraron tremenda propiedad para que el nene jugara a la casita. Imaginate el giro que dio la vida de Lucrecia; de la precaria casita de Villa Soldati a la mansión de Belgrano, sin escalas. Menuda historia de superación, ¿no?

—¿Qué es lo que estás sugiriendo? —no. No me gustaba nada el camino que estaba tomando la cosa. Estaba a punto de saltarle al cuello.

—Nada es gratis en la vida, Mauro —sonrió con ironía—. Lucrecia se comió la primera piña en octubre de 2011. No hay denuncias, pero siempre quedan registros, y los guardias de la garita de seguridad son bastante “lengua-floja”. Les gusta el chisme. No te voy a pasar un detalle de su historia clínica, pero a ese primer episodio le siguieron bastantes más. Dedos quebrados, costillas fisuradas, fractura de coxis, contusión en el parietal derecho, hombro dislocado y… —consultó sus notas una vez más— Sí, acá está, desplazamiento de la quinta vértebra. Lisandro es bastante creativo. No te doy la historia clínica de Lucrecia porque tardarías una eternidad en leer todo el material que hay ahí.

Lo sabía.

¡Siempre lo supe! Papá tiró todo, había dicho Alejo. Pero yo no quería creerlo, me negaba a ver lo que estaba ahí, frente a mí, porque no quería siquiera pensar en la idea de que alguien la lastimara. De que Lisandro la lastimara. ¡Hijo de puta! Cortarle las manos no alcanzaba; ¡lo iba a hacer sufrir un infierno! ¡El mismo infierno que le hacía pasar a Lucrecia! Cualquier cosa que le hubiera hecho, la multiplicaría por mil. Me iba a rogar que lo matara... ¿Cuánto tardaría en llegar a la oficina de Echagüe? ¿Quince minutos? Diez si me saltaba los semáforos. ¡Lo iba a reventar!

Pero primero...

—¡El legajo que me diste no dice nada de todo esto! —acusé a Gómez, ocultando a duras penas el torrente de emociones en el que me había lanzado la confirmación de mis sospechas—. Omitiste información importante, Pablo. Confié en vos y me ocultaste esto adrede. ¡¿Por qué?!

—Se lo ordené yo —Andrés contestó por él—. Dejanos solos, Pablo.

Sin un segundo de duda, Gómez salió de la oficina y cerró la puerta. No dijo una palabra, pero tampoco fue capaz de sostenerme la mirada. Lo sabía. Él lo sabía y no había hecho nada. ¡También se merecía una paliza!

—Seguridad del Plata está colaborando con la fiscalía desde el minuto cero —continuó, Andrés—. Las órdenes las doy yo, Pablo es el mensajero. Necesitaba que vayas fresco, Mauro. Quería saber qué tan buena es mintiendo.

—No miente —la defendí, de inmediato. No mentía. Estaba avergonzada...

¡Por Dios, cuánto dolía escuchar todo eso! Yo sabía perfectamente lo que sentía una mujer en su situación. Porque era yo el que ligaba los golpes en lugar de mi mamá, el que se interponía cuando mi viejo perdía los estribos. Pero Lucrecia no tenía a nadie... Peor aún, ¿cuánto tardaría Alejo en interponerse? Estaba a punto de vomitar, lo juro.

—Vos no la conocés, Andrés. No miente.

—Oculta, que es peor. No te la ves venir.

—¿Qué querés decir?

—Las calladitas son las peores —dejó los papeles en la esquina del escritorio. Yo tenía mi puño cerrado, listo para plantárselo en medio de la cara. Pero no. Necesitaba la información que Pablo me había ocultado y que sólo Andrés podía darme—. ¿Cómo describirías tu relación con ella? —preguntó luego.

—Cercana —contesté de inmediato.

—¿Qué tanto? —entrecerró los ojos, estudiando mi respuesta. Este era un tipo preparado, implacable. No sería posible ocultarle lo que me pasaba con Lucrecia, mucho menos cuando mis emociones estaban tan descontroladas.

—Confía en mí —elegí responder.

—Perfecto —volvió a poner las imágenes en el escritorio, sin ningún orden aparente—. Lo que te voy a decir es información confidencial. Si repetís una sola palabra, te saco del caso y después te hundo. ¿Escuchaste?

Asentí, obviamente.

—Bien. El viernes 9 de octubre, Santiago Echagüe hizo un cambio en la agenda pautada para ese día en el Ministerio y fue al estudio de Lisandro. Llevaba dos bolsos, contenían tres millones y medio de dólares. Plata negra, no hace falta que te lo aclare… no viene al caso entrar en demasiados detalles respecto a la procedencia, todavía es una investigación en curso. Por razones obvias, no era seguro dejar esa plata ni en el estudio ni en la caja chica del Ministerio. El tipo no se arriesga. Así que, ¿qué hizo?

—Le pidió a Lisandro que la guardara en su caja fuerte —contesté automáticamente.

—Así es —confirmó—. Los únicos que sabían de ese inusual ingreso en la caja fuerte de la casa eran Lisandro y Santiago. Pero la cosa se complicó. Resulta que lo que creímos que era un negocio privado de Santiago, no lo era en realidad. La plata era un encargo, un negocio para otra persona; una persona mucho más arriba. La misma que ahora lo está apretando… Quiere sus tres millones y medio de vuelta, obviamente, pero Echagüe no los tiene. La plata desapareció de la caja fuerte —Andrés deslizó las fotos de Lisandro y Santiago hacia una esquina del escritorio y ubicó la imagen de Lucrecia en el centro—. La tiene ella.

Me quedé de piedra.

Y después me reí...

Porque no era posible. Lucrecia, con su carita de muñeca, no podría haberlo hecho. Andrés deliraba.

—No —dije, tratando de recuperarme del impacto—. Estás errado, Andrés. No puede ser.

—No. Vos estás errado, Mauro. Te dije que no te la ves venir... Santiago no es la persona más cercana a Lucrecia. Estas son las personas más cercanas a Lucrecia —movió las tres cruces rojas y las situó junto a su fotografía—. Todavía no logramos identificarlos. Además de los Echagüe, Lucrecia es la única persona que podía saber de la existencia de ese dinero y la única que podría planear algo así sin dejar rastro alguno. No hay ni una pista sobre la identidad de los cómplices, ni una llamada sospechosa, ni un solo indicio para empezar a desenrollar esta maraña de mentiras. Te dije que oculta cosas, ¿no? No es inteligente, es brillante. Que no te engañe con su carita de nada; es más inteligente que todos nosotros juntos.

"No me subestimes", me había dicho Lucrecia. ¿Qué había querido decir? ¡¿Esto?! No. No era posible.

—Andrés, eso... No. ¡¿Me estás cargando?! —no salía de mi asombro.

—No.

No podía creer lo que estaba escuchando, tenía la cabeza completamente revuelta.

—No hay plan más perfecto que robar plata negra. Nadie se atrevería a denunciar un robo de esas características, implicaría hacerse cargo de un delito grave. A mí me importa un bledo el robo, Mauro. Eso es la punta del ovillo. Yo también cumplo órdenes. Necesitamos esa información para armar un caso más grande. Lo que quiero es la cabeza del que da las órdenes, del dueño de los tres millones, y para eso necesito a los Echagüe. Lucrecia es la única persona que me los puede entregar en bandeja de plata. Quiero desenmascarla, apretarla; quiero pruebas que me permitan acorralarla. Una razón de peso para que me entregue a los Echagüe.

—La acusación es grave. ¿En qué te basás? —pregunté. Información... necesitaba eso. ¡Concentrate!, me repetía mentalmente. Si Lucrecia estaba bajo el foco de Andrés, ni el mismo Dios la iba a salvar.

—Investigación en curso, Mauro. No te voy a decir cuáles son mis cartas cuando todavía estoy planeando mi jugada. Pero puedo decirte que tu informe de seguridad me ayudó bastante —sonrió, ¡el muy hijo de puta!—. Las cámaras de seguridad de la propiedad no grababan; y cuando sugeriste reforzar el interior, no aceptó. Curioso, ¿no? O bastante conveniente, sobre todo si tenés cosas que ocultar.

—No concuerda con el perfil de Lucrecia. ¿Por qué haría algo como eso? ¿Por qué se arriesgaría así?

—Por él —sacó la foto de Alejo del montón y la alzó frente a mis ojos—. La inteligencia no le sirve para nada contra un tipo como Lisandro. Tenía diecisiete años cuando lo conoció, diecinueve cuando se casó con él, era una criatura. La tiene sometida desde entonces, restringida. Puede que sea muy inteligente, pero es emocionalmente incompetente; años de sometimiento la convirtieron en eso.  Lisandro no la dejó estudiar, ni trabajar. No tiene ingresos propios, ni cuenta bancaria, ni una puta tarjeta de crédito. No lo puede dejar. Le tiene miedo.

—¿Nunca lo denunció?

—¿En qué mundo vivís, querido? ¿Una denuncia? ¿Y después, qué? —alzó las cejas— Lisandro Echagüe es un tipo poderoso, tiene contactos, ¿cuánto creés que tardaría en sobornar a algún hijo de puta del juzgado? ¿Días? ¿Horas? Ya intentó dejarlo una vez y no funcionó. Necesita plata para desaparecer, y tres millones y medio de dólares es una suma más que respetable, ¿no te parece? Pero no puede irse ahora, no todavía. No cuando sabe que los tenemos bajo la lupa. Necesita tiempo y se lo vamos a dar. Apostaría mis pelotas a que va a aguantar, a agazaparse hasta que las cosas se calmen.

—¿Hasta que las cosas se calmen? ¡Si es que Lisandro no la mata primero! —me levanté de la silla, deteniéndome frente a él— ¿Por qué no hacés algo? Sos fiscal, ¿no? Actuá de oficio. Sacala de ahí y ofrecele un trato, o protección, o qué sé yo. ¡Hacé algo!

—Necesito pruebas para incriminar a los Echagüe, ya te lo dije. Y no me las a va a dar. Creeme, ya lo intenté —Andrés endureció el gesto—. Lucrecia no va a picar así no más, no me va a entregar al suegro si no la pongo entre la espada y la pared. Le tiene mucho afecto, como sabrás.

—Sos un hijo de puta... —mastiqué entre dientes, a riesgo de perder mi trabajo. Quizás fuera lo mejor, así no tendría que responder a nadie.

—Estoy haciendo mi trabajo —se cruzó de brazos.

—¡¿Tu trabajo?! ¡¿Me estás jodiendo?! ¡La estás usando como carnada! ¡Me estás usando a mí!

—Para eso estás. Te voy a usar. Voy a hacer lo que sea necesario, Mauro. Y vos también.

—¿Qué te hace creer que te voy a ayudar? ¡No cuentes conmigo para esta mierda! La voy a sacar de ahí ahora mismo. ¡Hoy! ¡No la voy a dejar en esa casa un minuto más!!

—No seas infantil. No te queda —dijo con esa actitud altanera que lo caracterizaba—. Según yo lo veo, solamente hay dos opciones. Opción uno: junto las pruebas, acuso a Lucrecia de fraude y robo agravado, y se pudre en la cárcel. Puede llevarme bastante tiempo, pero la paciencia es una de mis virtudes. Y me gustan los desafíos; hace mucho que no tenía un rival tan interesante. Opción dos: me ayudás. La acorralamos, le sacamos información, y nos cargarnos a los Echagüe. Vos elegís. ¿A quién meto en cana? ¿A Lucrecia o a los Echagüe?

Apreté los dientes. ¡Era a mí a quien tenía acorralado!

—Me vas a ayudar. Lo sé. Porque sabés que la única forma de sacar a tu cliente es usarla como escalón para llegar a la cabeza de todo esto. Lucrecia no me interesa, ni siquiera los Echagüe me interesan, quiero a la cabeza. Necesito pruebas para vincular esa  guita negra. Dijiste que confía en vos... Te estoy pidiendo que la apoyes, que la escuches. Si confía lo suficiente, capaz que se termina quebrando.

¡Tenía razón! ¡Andrés tenía razón! ¿Pero cómo? ¿Cómo iba a hacer para incriminarla? No. Imposible. No podría hacer algo así. El que estaba entra la espada y la pared era yo.

—No puedo —murmuré, rendido.

—¿No podés qué?

—Entregarla.

—¿Me estás jodiendo? —se incorporó del escritorio, desencajado— ¿Qué está pasando? ¿Tenés algo con ella?

—No —evadí su mirada.

—¿Querés tenerlo? —preguntó a continuación. Le di una pitada al pucho y lo miré apenas de reojos— ¡Ni se te ocurra! Vos no me vas a hacer esto. Te voy a sacar de ahí, hoy mismo.

—No.

—Me vas a cagar el caso, Mauro.

—¡No! No me saques —le pedí con absoluta determinación—. Te voy a ayudar, pero dejame que lo haga a mi manera. Usame a mí como escalón, pero a ella dejala en paz. Las pruebas te las voy a entregar yo. Dejá que haga esto a mí manera. Lucrecia confía en mí, le voy a sacar la información que necesitás con la única condición de que la dejes fuera de todo esto.

Ayudar a Andrés era la única forma de ayudar a Lucrecia y a Alejo. La mejor forma de asegurarme que el hijo de puta de Lisandro no volviera a lastimarla. Necesitaba estar más cerca que nunca. Le iba a entregar a Andrés lo que me pedía, y si eso no funcionaba, me la iba a llevar lejos. Lejos para que nadie más volviera a lastimarla.

—Vos no me vas a poner condiciones a mí, soy un Fiscal de la Nación. Si Lucrecia se robó la guita, es mía.

—Vos lo dijiste, esto es una “historieta”. Pura especulación. A mí no me engañás, si tuvieras una prueba fidedigna ya la hubieras usado. Te conozco. ¡No tenés nada, Andrés!

—¿Cómo estás tan seguro?

—¡No tenés nada!

Andrés abrió la boca pero el celular interrumpió lo que sea que fuera a decir.

—Decime —contestó de inmediato—. Bien. No le pierdas pisada. Quiero saber cada detalle. Si habla con alguien o ves cualquier cosa extraña, me llamás —cortó la llamada y se tomó unos minutos antes de continuar.

—No me gusta tu actitud, Mauro. No me gustan los condicionamientos, mucho menos viniendo de alguien que se supone debe cumplir con las órdenes que se le dan sin cuestionamientos de ningún tipo. Ahora bien… estas nuevas “implicancias” de las que hablás —gesticuló las comillas—, puede que no sean tan inconvenientes. Estoy dispuesto a negociar con vos, si es que tanto te interesa la chiquita. Abrí el ojo, conseguí lo que necesito y puede que deje a Lucrecia tranquila. Es más, hasta podrías salir beneficiado con todo este asunto. Con Echagüe en la cárcel, capaz que hasta tendrías tu “y vivieron felices por siempre”.

—No te hagas el gracioso conmigo, Andrés. Te voy a ayudar, pero no me tomes por idiota. Lo hago por ella, no por vos. Ni por nadie más. Lo hago porque no me queda otra... —no tenía otra salida. Y Lucrecia tampoco.

—¡Excelente! Entonces, tenemos un trato —sonrió—. Tengo a dos vigilando tu zona, así que te sugiero que vuelvas a la casa, Mauro. Parece que tu noviecita decidió salir a dar un paseo.

Antes de que mi puño efectivamente terminara en su cara, aplasté el pucho en el cenicero y me dispuse a salir.

—Y, Mauro… —me detuvo justo antes de que alcanzara la puerta—. Que la calentura no te nuble el juicio, ¿entendido?



Cuando llegué a la casa de Belgrano, no había rastros de Lucrecia. En cualquier otro momento hubiera salido a buscarla, pero no esta vez. De hecho, estaba enormemente agradecido por su ausencia. Me daba algo de tiempo para tratar de procesar el cúmulo de información que me había plantado Andrés en la cabeza. Aún no sabía cómo iba a mirarla a la cara sabiendo que había permitido que Lisandro la tocara, bajo mis propias narices. Me sentí un incompetente, ¡un pelotudo!

Solamente por hacer algo, puse la pava para unos mates. Eran pasadas las once y media, ella no tardaría en llegar. Jamás dejaba que el horario del almuerzo se atrasara. Jamás dejaba que nada se le pasara… y ahora entendía mejor esa obsesión por mantener cada aspecto de su rutina bajo control. Necesitaba el control. No había lugar para la espontaneidad, Lisandro le había arrebatado esa posibilidad.

La puerta lateral se abrió de repente y alcé la mirada. Ahí estaba ella, luciendo exactamente igual que cuando la había dejado, aunque había cambiado por completo. Mi forma de mirarla había cambiado por completo. Con esa carita de muñeca y esa expresión irónica, la que solía reservar solo para mí, hizo girar el chupetín en su boca y me desvió la mirada. Seguía igual de enojada que horas atrás. Y yo seguía sin poder dar crédito a la teoría de Fusco. ¿Cómo era posible que se animara a hacer algo así? Siempre tan dulce, tan suave. ¿Quién podría haberla ayudado esa noche? No tenía contacto con nadie. No tenía a nadie.

Pero ahora me tenía a mí.

No estaría sola nunca más. No me importaba la acusación, cierta o no; cualquier cosa que Lucrecia hubiera hecho, estaba seguro de que había sido sólo para sobrevivir.

Me mantuve de cara a la cocina, escuchando cómo abría la heladera, seguramente buscando algo para empezar a cocinar.

—¿No me vas a preguntar a dónde fui? —dijo de repente.

Escuchar su voz fue como una puñalada. Tan frágil... ¿Cómo se atrevía Lisandro a lastimarla? Era una blasfemia.

—Me pediste que no me metiera en tu vida —me costó una enormidad actuar como si no supiera nada, no iba a poder sostenerlo por mucho tiempo, pero pasé el nudo en mi garganta con un mate—. ¿Cambiaste de opinión?

—No —se acercó con algunas verduras y las dejó sobre la mesada.

—Entonces, no me digas —le ofrecí un mate, solamente para probar suerte.

Me regaló unos segundos de sus ojos, tan profundos como el infinito, y asintió. Le pasé el mate y esperé el veredicto, como siempre. Era nuestra rutina. Lucrecia y yo teníamos una rutina. La habíamos construido por instinto.

—El agua está fría —sentenció, arrugando la nariz. ¡Por supuesto! No me iba a dejar pasar una. Hoy no. Seguía enojada— ¿Llegaste bien a la oficina de Gómez?

—Perfectamente bien —mentí.

—Que bien —me devolvió el mate y metió la mano en el bolsillo de sus jeans—. Fui al kiosco de la otra cuadra —apoyó un paquete de Philip Morris sobre la mesada de la cocina—. Para vos.

Me sorprendió. Siempre me sorprendía. Sin agregar nada más, se dio media vuelta para empezar a cocinar. Y no pude. No pude sostener más la mentira.

—Te voy a sacar de acá... —dije, sosteniendo el paquete de cigarrillos en mi mano—. No sé cómo. Pero te voy a sacar de acá, Lucrecia. A vos y a Alejo. Es una promesa.

Me estaba dando la espalda, pero el cuchillo que usaba para cortar las zanahorias detuvo su recorrido. La escuché suspirar, y luego de unos largos segundos vacíos, dejó el cuchillo sobre la mesada y se giró a verme. Sus ojos, grandes y redondos como los de una muñeca, brillaban.

Se acercó hasta mí y tomó el paquete de cigarrillos de mi mano. Lo abrió con lentitud, sacó uno y volvió a colocarlo dentro del paquete, al revés, con el filtro hacia abajo. No comprendía qué era lo que estaba haciendo, sólo podía ver la tristeza en su mirada.

—Cuando era chica, teníamos un vecino... Mario —dijo sin mirarme— A veces, me mandaba a comprar cigarrillos y me regalaba una pitada. Tenía la costumbre de hacer esto cada vez que abría un paquete nuevo. "Es el cigarrillo de la suerte", me decía— sonrió con un dejo de amargura y me dio el paquete. Nuestros dedos apenas se rozaron—. Suerte, Mauro.

Sin decir una palabra más, se dio media vuelta y desapareció en dirección a la despensa.






"Hay un millón de razones por las que debería renunciar a ti, pero el corazón quiere lo que quiere" (Selena Gómez - The heart wants what it wants) 








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