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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 19

Capítulo 19: La noche de los lunáticos.



Lunes, 1 de diciembre de 2014.

—Nada me gustaría más que quedarme en casa, lo sabés. Pero no me queda otra. Es un cliente importante —dijo Lisandro, mientras daba vuelta la página de la sección de Economía.

—Por supuesto —puse dos cucharadas de azúcar a mi taza de té y revolví sin hacer ninguna otra acotación.

—Es un viaje corto. El miércoles estoy de vuelta —agregó, mirándome por encima de las páginas del diario—. No hay muy buena señal por esa zona de provincia, pero me las voy a arreglar para llamarte tantas veces como pueda.

—Está bien.

Le di un sorbo a mi taza y observé a Mauro pasearse frente de la pileta. Iba a tener que poner alguna especie de camino empedrado en esa zona; me estaba marcando un surco en el césped.

Luego de que, obviamente, Gómez lo pusiera al tanto de la "situación" con mi marido, la actitud de Mauro había cambiado por completo. Si Lisandro estaba en casa, cosa que raramente se daba (gracias a Sofía, ¡Dios la bendiga!), Mauro desaparecía. Se transformaba en una especie de omnipresencia; oculto por los rincones, atento a cada gesto, a cada palabra, a cada mínimo detalle en el comportamiento de Lisandro. Estaba... pero no estaba. No me miraba, hablábamos lo justo y necesario (a veces, ni siquiera me dirigía la palabra) y solía llevarse a Alejo si andaba dando vueltas por ahí. Su actitud me lastimaba. Y no pude aguantarme. Le pregunté por qué me evitaba, si había hecho o dicho algo que lo molestara. Su respuesta fue contundente: "Si me cruzo con tu marido, lo mato. Es mejor que mantenga mi distancia". Confieso que sentí un alivio inigualable; y una seguridad que no había experimentado antes. Mauro me ayudaba a mantener las cosas en calma en casa. A mantener a Lisandro en calma. Y si Lisandro no estaba en casa, bueno... su actitud era todavía más interesante.

Hablábamos por horas (él más que yo), de cualquier pavada que se nos cruzara por la cabeza; fútbol, en general. Paseábamos en auto cuando Alejo estaba en el jardín, cada vez por lugares más concurridos, y la mayoría de las veces manejaba yo. Le estaba enseñando a cocinar, para que no muriera de hambre los domingos, aunque no estábamos logrando demasiados progresos en esa área. Al pobre se le quemaba hasta el agua para el mate. Y me hacía reír... Mucho. Hacía años que no reía.

No hablábamos abiertamente de mi "situación"; él lo había intentado un par de veces, pero yo no estaba lista para eso. Era probable que nunca estuviera lista para hablar de eso... o de los detalles del robo. Los últimos días, insistía en regresar a esa noche y yo le repetía las respuestas habituales. Quería sacarme información, no había que ser un genio para darse cuenta. Había contestado a todas sus preguntas pero parecía insatisfecho, como si esperara que mis respuestas arrojaran nueva luz sobre los hechos (cosa que jamás sucedería).

Otras veces, lo descubría silencioso y pensativo, sólo mirándome. Me incomodaba, pero de una manera completamente nueva. Hacía que me picaran las mejillas. Eran esos los momentos en que me preguntaba qué pensaba sobre mi "situación". La idea de que sintiera lástima por mí, me revolvía las entrañas.

A mi mente venían los constantes reproches de Lucho: “¿Cómo te lo aguantás?”, “¿por qué no te separás?”, “¿por qué dejás que te trate así?”. Por qué, por qué, por qué. Nadie se detenía a mirar el panorama desde mi baldosa personal.

Algunos podrían pensar que es sencillo solucionar la “situación”; "lo dejás y listo". Pero solo quien ha pasado por la experiencia de ser sometido físicamente por otro ser humano podía comprender mi “situación”. La taquicardia que me provocaba escuchar el sonido de su voz, el constante estado de alerta en el que me encontraba, el temor de hacer o decir algo que lo alterara. Le tenía miedo. Era horrible tener miedo. Lisandro era como la oscuridad, sus entrañas albergaban un monstruo que amenazaba con asomar los dientes sin previo aviso. Mauro era la luz.

—¿Me vas a extrañar? —sentí el pulgar de Lisandro acariciando el dorso de mi mano y regresé a la conversación.

—Mucho —mentí.

Alicia llegó a buscar a Alejo tan puntual como siempre. Fue Lisandro quién se demoró en la casa, ultimando los detalles para su viaje de trabajo. ¡De trabajo! El hotel había llamado para confirmar su reserva; habitación doble. ¿De verdad? No sabía si había sido solo un descuido de su parte o simple estupidez. ¿Cómo se le había ocurrido dar el teléfono de la casa para confirmar la reserva? ¿No hubiera sido mejor dar su celular? Me despedí de él en la puerta de la casa y hasta le sonreí a Sofía cuando me saludó desde el taxi. Ojalá se quedaran en el puto hotel por el mes completo.

—¿Todo bien? —preguntó Mauro al verme entrar a la casa.

—Mejor que nunca —aseguré.

Tenía el día libre. Tres días libres, de hecho. Y no pensaba desperdiciarlos.



Me desplazaba como en una nube, flotando, con una lata de cerveza en una mano. Sobre mí, un cielo completamente despejado, plagado de estrellas que parecían brillar más que nunca… o quizás su excesivo brillo fuera una distorsión de mi percepción. Después de todo, esa era mi tercera lata de cerveza. Había luna llena, se veía esplendorosa. "La noche de los lunáticos". El día propicio para cometer locuras.

Con Alejo en una pijamada en casa de Alicia y Lisandro a unos prudentes trescientos kilómetros de distancia, la noche era toda mía. Nuestra. De todos.

—Qué linda noche, ¿no? —sonrió Camila, acostada a mi lado, sobre el colchón inflable en el que flotábamos sobre el agua. La brisa fresca le erizaba la piel, pero no parecía importarle en lo más mínimo. A mí tampoco.

—Muy linda —me incorporé para darle un sorbo a mi lata cuando…

—¡Fuego en la trinchera! —apenas vi una ráfaga borrosa de rulos rubios antes de que Luciano se arrojara a la pileta, salpicando agua en todas las direcciones.

—¡Lucho! ¿Qué hacés? —alcé la lata para evitar que me arruinara el trago. Camila le festejaba todas las estupideces que hacía, pero yo no.

—¿Qué pasa, Lu? ¿Te mojé?

Apenas le dije que Lisandro no estaba, Lucho dejó todo, cargó a Camila en el auto y se instalaron en casa después del mediodía. Habíamos pasado toda la tarde en la pileta, sin otra preocupación más que reponer las latas de cerveza en la heladera para no quedarnos sin provisiones. Sin el lobo a la vista, el bosque se vestía de fiesta. Hasta Mauro parecía más relajado; había bajado la guardia, literalmente.

—Voy a salir, me estoy muriendo de frío —anuncié, tambaleándome fuera del colchón y resistiendo el frío del agua al tocar mi cuerpo. Las horas de sol todavía me calentaban la piel.

—¡Pedí unas pizzas, Luli! —gritó Lucho.

—Ok.

Cuando alcé la cabeza, Mauro me esperaba con un toallón listo. Probablemente fuera otra distorsión perceptiva, pero jamás lo había visto tan lindo antes. Aunque pareciera un pendejo. Tenerlo medio desnudo en la pileta, ¡toda la tarde!, había sido una tortura inesperada (y gratamente bienvenida). El chico era un completo deleite para los sentidos, no había mejor forma de describirlo.

Pensé que con alcanzarme la toalla sería suficiente para él, pero no. Claro que no. Puso el toallón sobre mis hombros y me rodeó con él. Gracias a Dios que no podía ver a Lucho haciendo una obsenísima seña a sus espaldas, una que fácilmente se podía interpretar como “pajero”. Solo esperaba que el rubor en mis mejillas se interpretara como producto del sol.

Me refugié en la seguridad de la cocina y aproveché para llamar al delivery antes de subir a ponerme algo de ropa. No me sentía cómoda en bikini. Era lo apropiado para estar en la pileta, obviamente, pero me sentía desnuda. Casi desnuda. Y muy cerca de Mauro. La situación se sentía demasiado íntima.

Cuando salí al patio, él se había puesto una remera. Gracias a Dios. Me senté en la reposera y fingí que no me incomodaba su cercanía.

—¿Son las cervezas o es así siempre? —preguntó Mauro, sentado en la reposera junto a la mía. Lucho bailaba una cumbia con total desparpajo y la cola de Camila se había convertido en un bongó.

—El alcohol lo potencia —sonreí. Y a mí también, pensé.

—Vení, Luli. Bailá conmigo —Lucho hizo girar a Camila antes de estirar su mano hacia mí.

—Sí, es muy posible que esté borracho. Sobre todo si piensa que voy a bailar con él —agregué. No estaba tan “alegre” como para ponerme en vergüenza de esa forma.

¿Qué hizo, Lucho? Ignorar mi negativa, por supuesto. Se detuvo justo frente a mi cara, meneándose de un modo bastante errático, y dándome una vista preferencial del nudo de su ombligo. Mauro no podía disimilar la sonrisa. Camila, mucho menos.

—Sacamelo de encima, Cami. Te lo pido por favor —le rogué— ¿Y vos? ¿Dónde está la nueve que escondés en tu cinturón cuando la necesito? —increpé a mi guardaespaldas.

—¡Andá! —para mi total horror, Cami me empujó hacia el desubicado de su novio.

Sí, lo hice. Por supuesto. No es como si me quedara demasiada opción, sobre todo con los brazos de Lucho previniendo cada intento de escape.

—¿Qué onda? —pasó un brazo sobre mis hombros y acercó su boca a mi oído en pleno baile.

—¿Qué onda qué? —pregunté en medio giro.

—Con Mauro. No te sacó los ojos de encima en todo el día, y vos tampoco a él.

—Lucho, por favor —le clavé la mirada, sin detenerme a contestarle.

—¿Qué? Un coqueteo inocente no le hace mal a nadie —sonrió con total impunidad.

—¡No te desubiques! Soy una mujer casada, no te olvides –le recordé en voz baja.

—¿Y qué? Podría ser una canita al aire, ¿quién te juzgaría? Yo no lo haría.

Detuve el baile en el mismo instante. ¿Una “canita al aire”? ¿Con quién se creía que estaba hablando? Aún peor, ¡¿cómo se le ocurría pensar en Mauro como una “canita al aire”?!

—Ya debe estar por llegar la pizza.

—¿Qué? ¿Ahora qué dije? —alzó las manos, en señal de rendición.



No usamos el comedor para la cena. El lobo no estaba. Usaría la casa como me diera la gana. Me negaba de plano a la idea de que “el comedor es para comer, la cocina para cocinar”. Esas eran máximas de Lisandro, no mías. Lucho se sentó sobre la mesada de la cocina, con los pies apoyados sobre las piernas de Camila. Las porciones de pizza iban y venían, las latas vacías seguían acumulándose en el basurero y la charla discurría cada vez con más fluidez.

Yo no tenía idea de qué estaban hablando. Estaba como en un sueño.

Comía mi porción de pizza como una autómata. Masticaba y tragaba mecánicamente, pasando los bocados con uno que otro sorbo de agua. Esperaba que el agua le apagara el fuego a la Luli irracional, la que pujaba por salir del rincón en el que la tenía oculta desde hacía años, pero no estaba teniendo éxito. El pensamiento estaba ausente, me dominaba la sensación. El instinto. Y le tenía muchísimo miedo a mi instinto; solía ser bastante malo. La última vez que confié en mi instinto fue cuando le envié el primer mensaje de texto a Lisandro. Mi instinto no era malo, era pésimo.

Lucho dijo alguna pavada que no escuché y Mauro sonrió. Creo que Camila también, pero no le estaba prestando atención. No le estaba prestando atención a nada más que a él. Tenía una sonrisa tan hermosa, espontánea, amplia… una explosión ruidosa, nasal y transparente. Tenía un rostro único, lleno de pequeñas imperfecciones que lo hacían fascinante. Su oreja izquierda parecía estar un poco más alta que la derecha, tenía una cicatriz paralela justo al finalizar su ceja derecha, y un hoyuelo se marcaba en su mejilla izquierda cada vez que sonreía. Se mordía el labio inferior constantemente, un tic que no había notado nunca antes, algo que lo hacía más único todavía. Distaba muchísimo de la absoluta perfección de mi marido.

Me asaltó un calor tal que ya me fue imposible pasar bocado. Dejé la porción de pizza apenas mordisqueada sobre una servilleta de papel y apoyé los codos sobre la mesa, fingiendo que estaba atendiendo a la charla.

Mauro se cruzó de brazos y volvió a robarse toda mi atención. Seguí los sinuosos caminos que marcaban sus venas al bajar por sus brazos, acentuándose en sus antebrazos. Se comía las uñas, pero sus manos eran hermosas, firmes y masculinas. Se rascó el codo y seguí el movimiento como una posesa, y cuando alcé la mirada para continuar estudiándolo, lo descubrí mirándome.

Me tomé un trago de agua y miré hacia otra parte.

Pero era tarde. Me había descubierto.

Podía sentir sus ojos clavados en mí. Me quemaban, por insólito que sonara eso. Los presentía. Los extrañaba si no me miraban y los esquivaba cuando me buscaban, sabiendo que si le sostenía la mirada por un segundo más, él lo tomaría como una señal.

No era tonta, y Mauro tampoco disimulaba. Sabía que se sentía atraído hacia mí; el asunto era, ¿qué hacer con eso? Sería estúpido alentarlo. No conduciría a nada. No haría nada más que enredarlo todo y entorpecer mi camino. Pero… su boca. Su boca parecía tan apetitosa que la racionalidad de Lucrecia estaba perdiendo la batalla contra la impulsividad de Luli.

Lo espié apenas una milésima de segundo más, pero en el momento menos indicado. Una aceituna estaba haciendo un ingreso glorioso a su boca.

Ya no aguantaba más el calor.

Me puse el vaso de agua en la mejilla, en un intento infructuoso por apagar el fuego que crecía en mi interior. Crucé las piernas y las apreté. Fuerte. Me removí disimuladamente en la banqueta en busca de más fricción. Estaba tan desvergonzadamente excitada que inspiré profundo y enredé mi pelo en un rodete. Me estaba quemando viva… Descrucé las piernas y volví a cruzarlas, me moví una vez más, pero el cosquilleo seguía ahí. No cedía. Crecía, imparable, como un incendio en pleno bosque. Arrasaba con todo a su paso.

Mauro me estaba mirando. Lo presentía. Tenía asiento de primera fila para un espectáculo en el que mi deseo era la estrella principal.

Y ya no pude resistirlo.

Lo miré.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos. Sus ojos estaban sobre los míos, y en ellos brillaba el mismo instinto que el mío. Seis, siete, ocho segundos. Camila y Lucho seguían parloteando sin sospechar que mi ropa interior estaba siendo víctima de una repentina humedad. Nueve, diez, once, doce, trece segundos. Había más de dos metros de distancia entre nosotros pero juro que lo sentí tocarme. Mauro estaba apoyado en la mesada de la cocina, del otro lado de la isla, pero sus dedos estaban debajo de mi vestido. Subían por el interior de mis muslos, casi rozando los bordes de mi tanga. Sus dedos… ¿o eran los míos?

Catorce segundos.

Me levanté de banqueta, haciendo un esfuerzo para poder desprenderme del hechizo de sus ojos, y me alejé de la cocina.

Quince, dieciséis, o no sé cuántos segundos más...

Subí las escaleras tan rápido como mis temblorosas piernas me permitieron. Escuchaba el roce de sus pasos detrás de los míos, lentos pero determinados. Presentía sus ojos en mi espalda. Lo miré sobre mi hombro y supe que me iba a seguir. Y quería que lo hiciera.

Cerré la puerta de la oficina de Lisandro a la pasada, evité mirar hacia nuestra habitación y apresuré los pasos para sortear la puerta de la habitación de mi hijo. Mi objetivo, el baño al final del pasillo. Ya casi estaba ahí, un par de pasos más y ya. Mauro estaba detrás de mí, la distancia se acortaba más y más cada vez. Lo presentía, lo olía, lo deseaba. El sentido común era un desaparecido en acción y el instinto lo dominaba todo.

Empujé la puerta y sentí sus dedos rozar la piel de mi espalda. Fue solo un segundo, un roce casi imperceptible, pero me arrancó un gemido que se replicó en un eco.

Abrí y cerré la puerta lo más rápido que pude... Lo dejé afuera.

—Lucrecia… —escuché su voz del otro lado y orienté mi boca hacia ella. Quería besarlo, que me besara, pero mis labios se encontraron con el frío de la madera.

Escuché el roce de su mano descendiendo por la puerta y seguí el recorrido con la mía, deteniéndola sobre el picaporte, que comenzó a moverse casi de inmediato.

—Por favor —su voz… otra vez. Áspera y caliente, hambrienta. Mi cuerpo se pegó instintivamente a la puerta. Mientras una mano se sostenía firme del picaporte para impedirle el ingreso, la otra se perdía en los recovecos de mi tanga—. Abrí, por favor.

—No… —quise sonar firme, pero mi cordura estaba tan ausente como mi pensamiento. El instinto me arrancó la negativa en un gemido imposible de contener.

Cerré los ojos mientras me apretaba con abandono sobre la puerta, incrementando la presión entre mis piernas, dejando que mis dedos se inundaran en la fuente de mi deseo. Calor, humedad, presión, más calor, más gemidos. Y su voz. Su voz que me derretía.

—Lucrecia.

La forma en la que decía mi nombre…

Friccioné mis dedos un poco más, apenas un poco más. La presión dio paso al cosquilleo, el cosquilleo a esa espantosa incomodidad justo antes de que mi mente muriera por completo, para renacer en un estallido tan liberador que tuve que apoyar la espalda en la puerta para no caerme al suelo. Sin siquiera tocarme, Mauro acababa de hacerme… acabar.

Ay, no... No, no, no. ¡No!

El eco de mi gemido regresó a mis oídos con la fuerza de un puñetazo y resbalé sobre la puerta antes de girar la perilla del seguro. Después de haberme hecho cargo de las demandas del instinto, mi porción racional parecía estar despertando, muy lentamente. Estaba acalorada, agitada y espantosamente avergonzada.

A duras penas, me levanté del piso y observe mi reflejo en el espejo. Mi pelo era un completo desastre, mis ojos brillaban y mis mejillas estaban acaloradas. Sí. Lucía como si acabara de tener el orgasmo de mi vida. Lo cual era cierto.

Mis oídos espiaron más allá de la puerta, pero el silencio era absoluto. Me tomé unos segundos para lavarme la cara, atar mi cabello y ordenar los pensamientos. Aunque el cuerpo y sus sensaciones pretendieran seguir dominando la escena, tenía que recobrar el sentido común. Inspiré y expiré, varias veces, armándome de valor. Tenía que salir en algún momento, no podía quedarme a vivir en ese baño, por muy atractiva que fuera la idea. Enderecé mi espalda y sacudí mis hombros.

Quité el seguro y al abrir la puerta...

¡¿?!






"Voy a balancearme desde el candelabro... Voy a vivir como si el mañana no existiera... Voy a volar como un pájaro en la noche, sentiré mis lágrimas secarse" (Sia - Chandelier)




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