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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 2

Capítulo 2: La noche (im)perfecta.



Viernes, 26 de noviembre de 2010.

Decir que estaba muy nerviosa, era decir poco. ¡Estaba aterradísima! Opté por trenzarme el cabello a un lado para no recurrir a mi estúpido tic cada cinco segundos. Las coloridas luces de Puerto Madero ya comenzaban a visualizarse un poco más adelante, y con cada kilómetro que acortaba el taxi, me sentía más y más alterada. Solo para hacer algo, me cercioré de que mi camisola de seda no tuviera arrugas visibles.

—¿Estás bien, mamita? —la Nona presionó mi mano y hasta me sobresalté un poco, girándome a verla automáticamente.

—Sí, sí —mentí.

—Tranquila, Luli. Estás muy linda —dijo cálidamente.

—Vos estás preciosa, Nona —tomé su huesuda mano y la besé.

De verdad, estaba preciosa. Sus ojos parecían más azules, menos grisáceos, mucho más luminosos. Su cabello cano estaba prolijamente peinado, una radical diferencia de los habituales ruleros que insistía en ponerse cada mañana. Vestía su traje elegante para toda ocasión… casamientos, bautismos, cumples de quince o “presentaciones de novios”. Se veía radiante.

Mi nerviosismo creció exponencialmente cuando el vehículo disminuyó la velocidad frente al restaurante. Por supuesto, Lisandro ya estaba esperando en la puerta, con esa característica sonrisa suya, la que hacía temblar rodillas. Era una visión celestial en jeans oscuros y camisa clara.

—¡Ay, mamita! ¡Pero qué lindo chico! —comentó mi abuela con una sonrisa descomunal. Su falta de dientes me arrancó un escalofrío y fijé la mirada en las manos entrelazadas sobre mi regazo. Avergonzarme de ella me hacía sentir fatal, pero no podía evitarlo.

Cuando el taxi frenó y Lisandro abrió nuestra puerta, supe que era demasiado tarde para echarse atrás con la dichosa presentación. Hacía semanas que él insistía en conocer a la Nona y no quería decepcionarlo.

—Buenas noches, señoritas —tan caballeroso como siempre, le ofreció la mano a mi abuela. Ella boqueaba como pez fuera del agua, asombrada. Entendía lo que sentía a la perfección, estar frente a Lisandro era siempre abrumador.

—Tanto gusto, m’hijo —saludó la Nona.

—El placer es todo mío, Rosario.

Estuve atenta a cada detalle de la breve interacción, hasta que el taxista me arrancó de mi burbuja personal al aclararse la garganta.

—Perdón, ¿cuánto es? —abría mi cartera para pagar, cuando Lisandro interrumpió.

—Ni se te ocurra, linda —dijo mientras el taxista ya recibía el billete que le extendía a través de la puerta abierta. Claro que no me sorprendió su gesto, siempre se hacía cargo de todo. Tomó mi mano y me ayudó a bajar.

—Hola —susurré tímidamente. En una fracción de segundo, mi cabeza sopesaba: ¿beso en la mejilla o beso en la boca? O ninguno de los dos… No sabía cómo debía comportarme con la Nona frente a nosotros. Sobre todo cuando no nos sacaba los ojos de encima, como si estuviera viendo la novela de la tarde. Afortunadamente, Lisandro resolvió el problema con simpleza.

—Estás hermosa —besó mi frente cálidamente y le ofreció el brazo a mi abuela.

Creí que con ese primer intercambio mis nervios se aplacarían, pero cuando entramos al elegante restaurante, mi estómago se anudó todavía más. Cada comensal del lugar parecía haberse detenido para observar nuestro ingreso. Lisandro apretó mi mano, quizás percibiendo mi nerviosismo, y solté un suspiro de agradecimiento cuando vi que caminábamos hacia el fondo, a un sector un poco más privado.

—Buenas noches —saludó la moza.

Los tres respondimos al saludo y mi abuela casi se cae de culo cuando Lisandro movió la silla para invitarla a tomar asiento.

—Que rico que sos, gracias —dijo sonriente, dejando la cartera sobre la mesa. Rápidamente, y tratando de disimular, tomé la cartera y la colgué en el respaldar de su silla—. ¡Qué lindo lugar! ¡Qué lindo todo! —acarició la servilleta blanca, disfrutando de cada detalle—. Esta tela es buenísima, las manchas salen en un periquete.

¡Quería que me tragara la tierra! El corazón me golpeaba el pecho con fuerza y sentía que mis mejillas se acaloraban con cada palabra que salía de su boca. Esta cena había sido la peor idea. Hubiera sido mejor preparar algo en casa y listo. ¡Maldita mi reticencia a que Lisandro conociera mi casa!

—Viniendo de una experta, no dudo que sea así —sonrió él, sorprendiéndome—. Lucrecia me comentó que está en el negocio textil hace muchos años, Rosario. Imagino que evalúa cada tela casi sin darse cuenta… Yo veo números por todos lados, así que la entiendo.

—Sí… —solté automáticamente. Sí, sí, ¡sí! No podía sentirme más agradecida por su comentario—. Lisandro estudia economía, abuela. ¿Te acordás?

—Claro que sí, mamita.

De un momento a otro, Lisandro dominó la situación con su habitual encanto personal. Mi Nona escuchaba con atención mientras le contaba que tenía veintiocho años, estaba cursando el último semestre de su Maestría en Economía, y que el plan era hacerse cargo del estudio de su papá cuando terminara. Ya trabajaba medio tiempo ahí, de hecho; poniéndose al día con todos los clientes que tenía la firma. Yo me limitaba a disfrutar de la calidez de su mano sobre mi muslo, dibujando círculos de forma distraída. Él no tenía idea del efecto que eso tenía en mí, me derretía.

—¿Y tu familia, m’hijo?

—No lo interrogues, Nona.

—¿Que no me interrogue? ¿Acaso no es ese el propósito de ocasiones como esta? Está tratando de conocer a la persona que está con su nieta —por primera vez en toda la noche, Lisandro me miró directo a los ojos—. Dejá que hable con libertad, no seas irrespetuosa —agregó, claramente molesto. La presión de su mano sobre mi muslo acompañó sus palabras.

—Perdón —me sonrojé como una tonta—, no quería que te sintieras incómodo.

—No me incomoda para nada. Estamos teniendo una conversación agradable… La estoy disfrutando mucho —sonrió—. Mi papá, Santiago, ya casi no se aparece por el estudio. Últimamente, está más abocado a su asesoría en el Ministerio de Economía. Elena, mi mamá, es ama de casa. Están casados hace treinta y tres años.

—¡Qué impresionante! Yo estuve casada con el finado Ramón por treinta y tres años también. Éramos vecinos en el campo, allá en Entre Ríos. Cuando nació la hija nos mudamos a la Capital.

—Qué interesante. Mi primo tiene unas plantaciones de yerba mate por esa zona.

—¡A la mierda! —exclamó la Nona, para mi total espanto— Y tenés un hermano también, ¿no?

—Sí… Luciano —la sonrisa de Lisandro se esfumó ante la mención de mi cuñado—. Tiene veintidós, pero a veces parece de doce. La “oveja negra” de la familia, podría decirse. Si todos decimos negro, seguramente él dice blanco. Dejó los estudios para dedicarse a pintar. Para mi sorpresa, algunos pagan bastante bien por sus obras, pero es una profesión lábil… si puede llamarse profesión.

—¿Lábil? —susurró mi abuela por lo bajo.

—Frágil, Nona. Como que no dura.

—¡Ah!

La moza se acercó con mi té de rosas, el café de Lisandro y la copa de helado de la casa para mi Nona. Juro que esa mujer estaba a punto de sufrir un coma diabético ahí mismo por todo lo que había comido.

—Luli es la “oveja negra” de mi familia —comentó la abuela después del primer bocado, haciendo que me ahogara con la infusión.

—¿Ah, sí? —Lisandro dejó la taza sobre el platito casi sin hacer ruido, claramente interesado.

—Sí… pero en el buen sentido —dijo mientras tomaba mi mano sobre la mesa, con una orgullosa sonrisa en los labios y la mirada surcada por la emoción—. Es estudiosa, la primera de la familia que va a tener un título secundario, y además es abanderada. Es inteligente y bonita, toda una señorita. Se está llevando usted una joyita, m’hijo. Me la cuida bien, ¿eh?

—Le doy mi palabra, Rosario —Lisandro tomó mi otra mano y dejó un tierno beso sobre mis nudillos.

Creo que solté un suspiro tan grande que casi despeino a mi Nona. Todo había salido perfecto, a pesar de mis múltiples reservas al respecto. Cuando Lisandro se enderezó un poco sobre su silla, supe que la noche aún no concluía.

—No me gustaría que lo tome a mal, Rosario, pero quería pedirle su consentimiento para llevar a Lucrecia a dar un paseo por El Tigre este fin de semana. Mi familia tiene un velerito en el puerto y me sentiría honrado de agasajarla como se merece.

¿Qué? ¡¿Qué?! ¡¿Qué??!!

—¡Qué amable! No veo cuál sería el problema, m´hijo. Me encanta la idea, creo que a Luli le gustaría mucho también.

—Muchas gracias, Rosario. La voy a cuidar bien, se lo prometo.

No comprendía lo que estaba sucediendo, miraba a ambos hablar de mí como si no estuviera presente y notaba el sudor frío que comenzaba a brotar en mi nuca.

—Tengo clases el lunes… —interrumpí. Aunque a nadie pareciera importarle, tenía mis propios planes—. Quedé con las chicas para mañana a la tarde. Voy a ayudar a Vicky con un ensayo de literatura, para ver si puede levantar su nota.

La mandíbula de Lisandro se contrajo y la Nona pateó mi silla por debajo de la mesa.

—Ya les dije que sí. No les puedo fallar —insistí, apretando un puño bajo la mesa.

—¿Y no puede cada uno hacer lo que le toca? Me parece que tu deber es con tu novio, mamita, no con esas chicas. Si no se preocuparon durante todo el año, ¿por qué tendrías que salvarles las papas ahora?

—Porque son mis amigas —mascullé entre dientes.

—No importa —dejando la servilleta sobre la mesa y haciéndole una seña a la moza para que se acercara, Lisandro dio la noche por terminada. Y contra todos los pronósticos, fui yo quien terminó por arruinarla. Bajé la mirada, avergonzada—. ¿Me podrías traer la cuenta, por favor?

—Por supuesto, señor.

—Y te pido un favor. ¿Podrías llamar al Hilton para avisar que la Sra. Rosario Ayala no va a llegar para tomar su reserva? Deben estar esperándola y no tengo agendado el teléfono.

—Pará… ¿Qué? ¿Qué hotel? No entiendo —puse mi mano sobre su antebrazo, confundida.

—El velero nos está esperando en el muelle, ahora, y no creí que fuera conveniente que tu abuela volviera sola en un taxi. Pensé que era buena idea obsequiarle un fin de semana en un lindo hotel y pasar a buscarla el domingo a la tarde… pero ahora no veo el punto, ¿no?

Mi abuela se cruzó de brazos, evidentemente furiosa, y hasta la moza alzó su ceja acusadora. ¡¿Qué era lo que estaba pasando?!

—No… pará —solté otro suspiro, uno de resignación esta vez—. Les mando un mensaje a las chicas y cancelo.

—No quiero que hagas nada que no tengas ganas de hacer, Lucrecia. Depende de vos.

—No seas tonta, mamita —la Nona entrecerró los ojos.

—Pero… Bueno. Es cierto, perdón. Me sorprendió la propuesta. Acepto encantada, por supuesto. Pero, si vamos a pasar el fin de semana, tengo que volver a casa a buscar algunas cosas. No tengo nada acá.

—¡Bien!!! —mi abuela hasta se atrevió a aplaudir. Yo quería matarla.

—No te preocupes por eso. Tengo todo cubierto, linda.

No había dudas de que tenía todo cubierto… Apretó mi mano y sonrió. Yo quería vomitar de la rabia.

Me mantuve silenciosa y evasiva mientras él terminaba de pagar la cuenta, asqueada por la situación en la que me había puesto. Siempre tenía esa asombrosa capacidad de hacerme sentir entre la espada y la pared, casi obligada a darle lo que quisiera. Pretendía hacerme creer que la decisión era mía, pero manipulaba las circunstancias para que no me quedara otra salida.

—Me encanta, mamita. Es un buen partido —susurró la Nona a mi oído, mientras esperábamos el taxi que la llevaría al hotel. Apenas le dediqué una falsa sonrisa de lado. Tenía el humor por los suelos.

—Fue un placer, Rosario. Pasamos a buscarla el domingo a la tarde, ¿le parece?

—Sí.  Sí, m’hijo. Ustedes tranquilos, hagan lo suyo. Yo los espero —saludó con una mano en alto antes de que Lisandro cerrara la puerta del vehículo. Yo le disparé dagas oculares mientras se alejaba, pero ella me ignoró con total impunidad.

—Salió bien, ¿no? —Lisandro pasó su brazo sobre mis hombros y me atrajo hasta su cuerpo, encontrándose con evidente resistencia de mi parte— ¿Qué te pasa?

—¿No hubiera sido mejor que me preguntaras a mí antes de proponer algo así?

—¿Qué decís? —confundido por mi actitud, y hasta molesto, Lisandro se alejó. Parecía incluso ofendido.

—Este es un paso importante para nosotros, ¿no pensaste que era conveniente saber cómo me sentía con esto?

Su rostro pasó de la absoluta sorpresa a la confusión, para finalmente contorsionarse en un claro gesto de indignación.

—¿Por qué siempre hacés eso? —reclamó.

—¿Eso qué? —esta vez, la confundida era yo.

—¡Eso! ¿Qué pretendés? ¿Qué me disculpe con vos por querer darte una sorpresa? ¡¿Podés ser tan insensible?! —retrocedí dos pasos, ya que prácticamente estaba gritando en plena calle.

—¡SHH!! Lisandro, bajá la voz —le pedí, avergonzada.

—Pero… ¡¿Quién te creés que sos?!

Sus palabras me dolieron como una puñalada, pero cuando vi a la moza de nuestra mesa salir a ver cuál era el alboroto, me tragué las lágrimas y comencé a caminar en dirección a quién sabe dónde.

—¡Pará! ¡¿Dónde vas?! —sentí la aguda presión de su mano sobre mi brazo y un tirón que casi me saca la cabeza de lugar.

—¡Ay, pará! ¿Qué te pasa? —traté de recuperar mi brazo, pero Lisandro no aflojaba.

—¿Qué te pasa a vos? ¿Me vas a dejar plantado acá? ¿Dónde creés que vas? —su mano seguía apresando mi brazo y tiré de él para liberarme. Solo entonces, Lisandro pareció caer en la cuenta de lo que estaba sucediendo— Perdón. Pero… pará, no te vayas así. Perdoname, me fui de mambo.

—Sí, claramente “te fuiste de mambo”.

—Y bueno, ¿qué querés? ¿Cómo querés que me sienta cuando descubro que mi novia no quiere pasar el fin de semana conmigo?

—¡No dije eso! ¿Por qué no me escuchás en lugar de hacer presunciones erróneas? Dije que me hubiera gustado estar al tanto de esto antes de que lo anunciaras, nada más —estaba intentando sonar segura, pero la voz me estaba fallando. Lisandro nunca me había tratado de esa forma antes. Me descolocó.

—Te dije que era tu decisión —persistió en su argumento.

—¿Mi decisión? ¿Qué decisión? Soltaste la bomba frente a mi abuela y hasta le reservaste el hotel, ¿te parece que eso me dejaba opción?

Detuve la lágrima que estaba a punto de caer por mi mejilla justo a tiempo, dejando escapar un suspiro mientras trataba de recomponerme del mal momento. Lisandro parecía estar considerando mi argumento, silencioso, aunque su pecho subía y bajaba con evidente agitación. Puso las manos sobre su cintura, como si ya no pudiera mantenerse de pie, y ante mi completa sorpresa sus ojos se enrojecieron y su mirada se cristalizó por las lágrimas apenas contenidas.

—Tenés razón —se giró para darme la espalda y se sentó bruscamente sobre el cordón de la vereda, con los codos sobre las rodillas y la cabeza casi escondida entre sus piernas.

Completamente descolocada por lo bizarro de la situación, lo escuché llorar. Llorar, de verdad. ¡¿Qué?! ¡¿Ahora qué había hecho para alterarlo de esa manera?!

El corazón se me contrajo al verlo tan desarmado. Sin pensar demasiado, caminé hasta él y me senté a su lado. No sabía qué otra cosa hacer. En un intento por consolarlo, o algo así, acaricié su nuca despacio para hacerle saber que todavía estaba ahí. Apenas percibió mi caricia, se incorporó para encerrarme en un titánico abrazo que casi me deja sin aliento. Lo sentía llorar sobre mi hombro.

—Tenés razón. Me equivoqué, lo arruiné —deslizó con voz quebrada.

—No, Lisandro… No digas eso —quería decirle que no era para tanto, pero pensé que lastimaría sus sentimientos todavía más—. Me tendría que haber quedado callada. Perdoname, si te lastimé —agregué, acariciando su cabeza con un poco más de presión. Francamente, me estaba ahogando y necesitaba sacármelo de encima.

Se separó un poco de mí, todavía sin mirarme, y aproveché para reacomodar su pelo y secar las lágrimas de sus mejillas. Me sentía como una completa basura por haberlo hecho estallar de esa manera. Era siempre tan dulce, tan atento, ¿cómo podía haber sido tan insensible e inmadura en mi reacción? Había querido sorprenderme, regalarme una noche mágica, y yo había terminado por arruinarla.

—Soy una tonta, arruiné una velada perfecta —puse mis manos sobre sus mejillas para encontrar su esquiva mirada y, cuando al fin sus ojos se posaron sobre los míos, me percaté de su desazón.

—No, vos no hiciste nada. Soy yo… yo que quiero estar todo el tiempo con vos, que quiero que te sientas como una princesa. ¿Me precipité, linda? Por favor, decime que todavía me querés porque me muero si te pierdo. Lo sabés, ¿no? —sus manos se aferraron a mi cuello con delicadeza, acariciándome con su pulgar—. Tenía miedo de que dijeras que no, por eso hice lo que hice. Porque quiero pasar todo el tiempo con vos. No sé qué me pasa… fui un boludo.

—No digas eso. No te precipitaste… Me sorprendiste, como siempre. Fui yo quien no supo cómo reaccionar —traté de distenderlo con una sonrisa pero no funcionó. Seguía teniendo la misma mirada de temor de unos segundos atrás—. Yo también quiero estar con vos, todo el tiempo. No dudes de eso.

—¿Me lo jurás? —preguntó con su pulgar sobre mis labios.

—Te lo juro —afirmé antes de besar su dedo.



Cuando Lisandro dijo que su familia tenía un velerito, la imagen en mi cabeza era la de una canoa con una vela y dos remos. Claro que mi cabeza estaba equivocada. Nunca había visto un barco tan grande y tan vistoso; de hecho, hasta era apto para que una familia de cuatro viviera cómodamente ahí. Era incluso más habitable que mi casa.

Bajé al camarote mientras Lisandro permanecía en cubierta, fumando un cigarrillo. Apenas entré, la visión de la gigantesca cama con cobertor blanco me cortó el aliento. No era tonta, sabía que mi novio pretendía que pasáramos la noche juntos, pero ver la cama en vivo y en directo era otra historia. Hice mis tontos pensamientos a un lado y entré al baño.

Había de todo ahí adentro, Lisandro no mentía cuando dijo que tenía todo cubierto. Había hasta un cepillo de dientes sin abrir. Respiré hondo un par de veces y me bajé los jeans antes de sentarme en el inodoro a hacer pis, observando cada lujoso detalle a mi alrededor. Me distrajo el dorado brillante del portarrollos justo antes que algo más entrara en mi campo visual.

—Ay, no —suspiré al ver el claro indicio de un moretón formándose en mi antebrazo, donde Lisandro me había tironeado horas atrás.

Me subí los pantalones sin darle más reflexión al asunto, estudié mi rostro en el espejo y me solté la trenza antes de regresar a cubierta.

—¿Ese cepillo de dientes es para mí? —pregunté al verlo arrojar el cigarrillo por la borda.

—Todo es para vos… Vení —extendió una mano que no dudé en tomar y enredó mis manos en su cintura antes de abrazarme con ternura, besando mi cabeza. No pude evitar cerrar los ojos y disfrutar del calor emanando de su pecho, eran esos los momentos que me llenaban de dicha el corazón.

—Gracias por invitarme. Es un placer estar acá con vos —dije alzando la mirada.

—El placer es todo mío… va a ser todo mío —enfatizó, con una puntualización no tan sutil. Quitó el cabello que caía sobre mi hombro y usó un dedo para mover mi camisola de lugar y dejar un beso sobre mi piel al descubierto—. Quiero que esta noche sea perfecta para los dos, linda.

—Esta noche es perfecta —me acerqué hasta sus labios y me animé a darle el primer beso real de toda la noche. No había nada que disfrutara más que la caricia de su lengua sobre la mía, el sabor de la intoxicante mezcla de nicotina y café en su boca era el paraíso. Sus manos se aferraron con fuerza a la curva de mi cintura, haciendo que el calor se extendiera como una llamarada por cada centímetro de mi cuerpo. Me resultaba imposible resistir sus encantos… A pesar de todo, era una noche perfecta.

Puso las manos en mis mejillas y se alejó un poco, contenido, incluso pensativo.

—Quiero decirte algo —el gris de su mirada se posó sobre el castaño de mis ojos con tal intensidad que el temblor en mis rodillas se hizo más evidente—. Seguramente es demasiado pronto. Ya sé que hace solamente dos meses que estamos juntos y que todavía nos estamos conociendo, pero la verdad, nunca me sentí con nadie como me siento con vos.

—Sí creo —dije con la mano sobre su corazón.

—¿Sí creés qué? —preguntó confundido.

—Cuando nos conocimos y me regalaste el libro, la respuesta a tu pregunta es: “sí creo”. Sí creo en el amor a primera vista.

Esa sonrisa que derretiría hasta a los hielos de la Antártida era todo lo que necesitaba ver para saber que cualquier duda que hubiera tenido hasta el momento, era sólo producto del miedo.

—Te amo —susurró sobre mis labios.

—Yo también —sonreí antes de perderme nuevamente en el calor de sus besos.



No ignores tu dolor; no te conviertas en una víctima




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