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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 20

Capítulo 20: "Nada" sabe a poco.
 



Martes, 2 de diciembre de 2014.

¡Al fin!

Al fin abrió la puerta y me encontré con su boca a escasos centímetros de la mía. Mis manos estaban sobre el marco de la puerta y no tenía forma de escapar. Tampoco parecía querer hacerlo...

Había descubierto que sus destellos me deslumbraban, que su brillo era imposible de opacar; pero esta vez, resplandecía más que nunca. No podía dejarla ir. No así. No cuando su carita de muñeca me miraba de esa forma.

—Estás invadiendo mi espacio personal —dijo en un susurro casi imperceptible.

—Todavía no... —admití sin poder contenerme. Sus ojos descendieron hasta mi boca y luego regresaron peligrosamente a los míos.

—Tengo invitados —insistió.

—Ya sé.

—¿Me dejás pasar?

—Lo estoy meditando —contesté, resistiendo un impulso que crecía sin control.

—¿Por favor? —insistió.

Si seguía deteniéndola, si priorizaba mi deseo por sobre el suyo, si la obligaba a volver al baño a terminar lo que había empezado, me convertía en el hijo de puta de su marido. Así que, contra todo lo que me indicaba el instinto, me moví de su camino. No pude evitar rozarla cuando pasó a mi lado, olerla, inundarme de ella.

Me obligué a permanecer en mi lugar, a dejar que se fuera, a esperar a que se alejara. Necesitaba un segundo de respiro, un momento para recuperar mi espacio personal, el que Lucrecia había invadido toda la tarde. No necesitaba estar a menos de cuarenta y cinco centímetros de distancia para hacerlo, le bastaba con una mirada, con una sonrisa, con una palabra. No necesitaba nada para que me sintiera invadido por ella.

Con Echagüe fuera de escena, Lucrecia era otra mujer.

Sentí celos de que Luciano fuera capaz de derribar sus barreras, de hacerla salir del cascarón. Que fuera capaz de desnudarla, ¡literalmente! Confieso que el recuerdo de ese bikini azul iba a acosarme el pensamiento hasta el final de los días, y seguramente me empujaría a más de una ducha fría. Resulta que mi Diosa no era una entidad divina e incorpórea, tenía un culo redondito que me moría por apretar; y para mi completa desgracia, lo sabía mover. Verla bailar con Luciano fue un espectáculo fuera de serie.

Quería arrancarla de los brazos de su cuñado, reclamar algún tipo de derecho sobre ella, pero nuevamente, me convertiría en Lisandro. La línea era sorpresivamente delgada, pero quería mantenerme de mi lado. Me permití ser yo mismo. Dejé al guardaespaldas dentro de la casa de huéspedes, junto a la nueve que guardé en el armario, y me dispuse a ser simplemente yo.

La noté incómoda durante la cena, aunque no era la tímida incomodidad a la que me tenía acostumbrado. Era otro tipo de incomodidad.

Nunca tuve problemas para interpretar indirectas femeninas. ¿Primer signo de “quiero algo con vos”? La mirada de espía, ese “te miro, pero no te miro”. Si el patrón se repetía más de dos veces, el mensaje era claro: “estoy interesada, pero no me voy a acercar”. La danza de la histeria, ¡mi favorita!, y me gustaba bailarla. Lucrecia estaba dando el primer paso, marcaría el ritmo y yo estaba más que dispuesto a seguirla.

No comió nada, jugaba con la porción de pizza. No prestaba atención a la conversación, ni a Luciano, ni a Camila. No había nada ni nadie más que nosotros dos en esa cocina.

Permanecía silenciosa y algo ausente, pero su cuerpo no jugaba a las indirectas. Enviaba mensajes bastante claros. Estaba acalorada; usó el vaso de agua para refrescarse la cara, pero no lo logró. Su pensamiento estaba de viaje, la gestualidad de su cuerpo era puramente inconsciente. Ni siquiera se daba cuenta de lo que hacía. Apoyó los codos sobre la mesa y cruzó sus piernas, una, dos, tres veces, proyectaba sus caderas casi con descaro. Su temperatura corporal aumentaba, sus pupilas se dilataban, sus mejillas se ruborizaban, su pecho se expandía en busca de oxígeno… apostaría mi vida a que esa mano nerviosa, oculta a los ojos de todos, estaba debajo de su vestido.

No me molesté en jugar a la distracción, quería que supiera que estaba viéndola, que sabía lo que estaba sucediendo. Que supiera que no me era indiferente, que quería lo mismo que ella.

Su cuerpo escuchó al mío, y ahí, en plena cocina, su mirada delató su deseo. No la desvió. Y yo tampoco. Mi estómago se ajustaba, mis palpitaciones se aceleraban, mi sangre fluía como un río salvaje. Me preguntaba si ella adivinaba lo que era capaz de provocar con una sola de sus miraditas de muñeca. No dejó de mirarme cuando se levantó de la banqueta. El mensaje de su cuerpo era claro: “seguime”. Mi respuesta: “a dónde vos quieras”.

No supe si Lucrecia vio la mirada cómplice que Luciano y Camila intercambiaron, pero tampoco me importaba. Toda mi atención estaba puesta en el delicioso vaivén de sus caderas mientras subía las escaleras, en el balanceo de su vestido, en el lunar oscuro en la base de su nuca. Se giró a verme sobre su hombro y la seguí, porque era ella quien marcaba el ritmo. Yo, su fervoroso devoto.

Me deshacía de pura anticipación, porque era mi noche. Nuestra noche. ¡Tenía que ser!

Quedaban tres pasos hasta el baño, tres segundos para que mi Diosa se convirtiera en solo mía. Abrió la puerta y cerró tan rápido que no me dio tiempo a nada.

Me dejó afuera.

¿Me dejó afuera?

¡Me dejó afuera!

Mi Diosa era despiadada. Tiré del picaporte, la presentí detrás de la puerta, y mis manos morían por acariciarla, ¡aunque fuera a través de la puta madera! La escuchaba suspirar, sentía el roce de su cuerpo. La escalada de su deseo le arrancaba agónicos gemidos, pero el que agonizaba era yo. El que moría por no poder tocarla era yo. El que se desarmaba de ganas era yo.

Pero aparté todo lo que yo sentía y la dejé hacer lo que quisiera.

Le daría cualquier cosa que quisiera, sin importarme nada. Porque si lo que quería era usarme para sacarse las ganas, lo admitiría sin un segundo de duda. Porque con una sola de sus miradas, Lucrecia me lo daba todo. Y porque aunque ni siquiera me hubiera permitido tocarla, por al menos unos minutos, yo había sido el dueño de su deseo. Eso sobraba para darme por satisfecho.



No regresé a la cocina. Después de verla bajar las escaleras, huí hacia la casa de huéspedes. La noche había concluido para mí.

Estuve tentado de salir al patio, pasear un rato frente a la pileta, asegurarme de que lo que había ocurrido no afectara la recién recuperada complicidad entre nosotros. Pero no lo hice. Me quedé en la casa, encendí la tele e hice zapping.

Cerca de la una de la madrugada, escuché el auto de Luciano alejándose. Sin moverme del sillón, espié por la ventana. Unos minutos después, las luces de la casa fueron apagándose una a una, como mis esperanzas de un pucho compartido antes de dormir. Inspiré profundo y me derretí sobre el sillón.

Las noticias se sucedían una tras otra. Cuatro muertos por un choque en Entre Ríos, otro comediante que se pasaba al bando de los políticos en Santa Fe, el Olympique de Bielsa liderando la liga francesa... la defensa de Pablo Azcona analizando si era conveniente que ampliara su declaración.

Esa noticia no me pasó desapercibida.

Pablo Azcona era el principal sospechoso en el crimen de Nicole Sessarego Bórquez, una estudiante chilena. Las pruebas en su contra eran irrefutables. Fue el propio padre quien lo entregó, tras reconocer a su hijo en las imágenes de las cámaras de seguridad. Había abordado a Nicole en la entrada de su edificio; la asesinó de once puñaladas. Las pericias psicológicas determinaron que comprendía la criminalidad de sus actos y que mostraba un perfil de misoginia.

La asesinó en la puerta de su edificio porque odiaba a las mujeres. Nada más.

No sé cuántas veces había escuchado la misma noticia, con mínimas variaciones. Otra víctima, otro victimario, pero siempre la misma historia. Trataba de recordar los nombres de las víctimas, pero eran tantas. ¡Demasiadas! Desde María Soledad, uno de los casos más resonantes, las muertes no dejaban de sucederse. Wanda, Candela, Ángeles...

Rosana Galliano, asesinada por José Arce, su marido. Recordaba a la perfección las palabras de su padre en el juicio: “le decía que era una pendeja, una inútil, que no servía para nada”. Los celos de Arce comenzaron inmediatamente después de casarse con Rosana. La violencia también. La insultaba, la denigraba, la disminuía a la nada. El 16 de enero de 2008, mientras Rosana cenaba con su hermana, Arce la llamó por teléfono y le pidió que saliera a la calle porque tenía mala señal. En la entrada de la quinta de El Remanso, sacó un arma y acribilló a Rosana de cuatro balazos.

“Ella le tenía miedo”, dijo un testigo. “La mató primero psicológicamente”, agregó otro. Las similitudes del caso eran imposibles de ignorar. Otra víctima, otro victimario. ¿La misma historia? No quería siquiera pensar en cómo podría acabar todo si no hacía algo para evitarlo. ¿Cuánto tardaría Echagüe en poner a Lucrecia en las noticias de la medianoche?

Apagué el televisor, dispuesto a fumarme un cigarrillo antes de ir a dormir, para despejar la cabeza y hacer honor a nuestro ritual privado. Rastreé el paquete abandonado sobre la mesada de la cocina y me puse un pucho en la boca. Cuando abrí la puerta, me recibió la frescura de la noche y el sonido de algún auto que pasaba por la calle. Era una noche perfecta. Me alejé de la puerta e intenté encender el cigarrillo, pero la brisa insistía en apagar la llama.

Era una noche perfecta, sólo que no lo era.

Me di vuelta para proteger la llama y, justo antes de encender el cigarrillo, la vi apoyada sobre la pared.
Lucrecia. ¡Lucrecia! En mi puerta, a mitad de la noche.

Casi me muero. Literalmente. El pucho seguía en mi boca, la llama titilaba frente a mis ojos, pero no podía moverme. Ella solamente estaba ahí, mirándome con su carita de muñeca, mientras la brisa jugaba con su vestido.

—¿No me vas a preguntar qué hago acá? —dijo en un suspiro, enroscando un mechón de pelo en su dedo.

—Me pediste que no me metiera en tu vida —saqué el cigarrillo de mi boca y lo guardé en el bolsillo— ¿Cambiaste de opinión?

—Lo estoy meditando.

Lo estaba... ¡¿meditando?! Me tomó por sorpresa, otra vez. Como siempre. Nunca sabía qué esperar de ella, y eso me encantaba.

Se acercó un par de pasos, hasta que la distancia entre nosotros era casi inexistente, íntima, y su aroma a vainilla y coco estuvo a mi completa disposición. Sin poder contener el impulso, tomé el mechón de pelo que enroscaba y lo robé para acariciarlo. Era tan suave como lo imaginaba, quizás más. Lo llevé hasta mi nariz, sin dejar de mirarla, de medir sus reacciones. Si iba a comerme un sopapo por desubicado, ese era el momento.

Pero no.

—Lucrecia…

—No —me frenó.

Me alejé de inmediato, pero su mano se cerró en mi remera y su boca se posó sobre la mía sin previo aviso. Me tomó por sorpresa, otra vez... Tímida y dulce. Suave y caliente. Vainilla y coco. Justo como esperaba que fuera; como no lo hubiera esperado jamás.

Estaba mal. Todo estaba mal. Estaba cometiendo una falta gravísima a mi código de ética, no solo laboral sino también moral. Lucrecia era una mujer casada, con un hijo, víctima de una situación difícil, sospechada de un crimen. Pero cuando mi lengua entró en su boca, nada de todo eso importó.

Mi mente gritaba que debía ser cuidadoso con ella, pero mi cuerpo no opinaba lo mismo. Había esperado tanto por este momento, lo había imaginado tantas veces, que era demasiado difícil contenerse. Mis manos rodearon su cintura y el pelo que caía sobre su espalda acarició mis dedos. Me la estaba comiendo, de verdad. ¿Cómo haría para despegarme de su boca después de haberla probado? ¿Cómo volver a la tierra después de haber probado el paraíso?

Estaba tan perdido en sus besos que ni siquiera supe cómo entramos a la casa, solo era consciente del recorrido de sus manos por mi espalda, de sus pechos apretados contra mi cuerpo. El pasillo hasta la habitación nunca me había parecido tan largo. Una de mis manos aceptó la nefasta tarea de alejarse de su piel, solo para que mis ojos tuvieran el placer de entrar en el juego, pero cuando tanteé la pared en busca del interruptor, sus dedos se entrelazaron con los míos y me lo impidió.

No protestaría. No haría nada que la hiciera sentir incómoda.

Era Lucrecia quien marcaba el ritmo, yo sólo la seguía. Siempre sería su fervoroso devoto. La seguiría hasta donde quisiera y como ella quisiera; quería que el control estuviera en sus manos. Sus manos… que se colaron debajo de mi remera e hicieron que me temblaran las rodillas. Eran tan cálidas, tan suaves. Me permití rozar mis dedos por el exterior de sus piernas, alzando el molesto vestido y acariciando sus caderas. Sí… lo hice, obviamente. Rodeé el objeto de mi obsesión como si no hubiera un mañana, solo un ahora perfecto y mío.

—Mauro… —a milímetros de la cama, su mano en mi pecho detuvo el avance.

Aunque estaba muriéndome por dentro, me detuve, pero no dejé de acariciarla. Mis manos rodearon su nuca, mi pulgar acarició su labio inferior.

—Esto es todo —aún en la oscuridad de la habitación, sus palabras fueron una sentencia a todas luces—. Es todo lo que puedo dar, Mauro. ¿Entendés?

Me apuñaló, directo al corazón. La propuesta era clara: “cama o nada”. Sería una propuesta más que tentadora para cualquiera, pero no para mí. No después de haber besado su alma, de haberla conocido fuera de los límites de una habitación. Pero era “cama o nada”, y “nada” me sabía a poco.

—Lo que vos quieras —asumí la sentencia—. Como vos quieras.

La frase “tocar el cielo con las manos” solía ser nada más que una metáfora. No lo era con ella. Era la verdad más absoluta. Toqué el cielo en su cuerpo, la deshojé despacio, disfrutando de cada centímetro de piel que descubría debajo de su ropa. Desnuda sobre mi cama, entre mis sábanas, mi Diosa era una mujer esplendorosa. Nada de tetas plásticas y maquillaje pegajoso… todo era pura suavidad. Calidez. Ternura.

Hundirme en su cuerpo, el paraíso. Me sentía como un adolescente, temeroso, excesivamente contenido. Inusualmente nervioso. Tembloroso incluso. Me movía despacio, siguiendo el ritmo que ella seguía marcando. Sus piernas abrazaron mi cuerpo y mi mano alzó su rodilla, entrando todavía más profundo. No quería terminar, jamás. Viviría enterrado en mi Diosa por siempre… pero su gemido me acarició el oído, la calidez de su aliento coqueteó con mi cuello y su lengua rozo mi mentón.

Y eso fue todo.

Los minutos avanzaban silenciosos, igual de placenteros, mientras los corazones recobraban el ritmo y las respiraciones se calmaban. Ninguno de los dos se movía. No quería alejarme, no quería dejar de tocarla. Mi boca se pegó a la curva de su cuello y sus dedos acariciaron mi nuca. Sabía que la estaba aplastando, aunque no se quejara. Me resigné a tener que salir del paraíso y me incorporé un poco sobre la cama, permitiéndole moverse. Lucrecia se deslizó entre las sábanas y cuando quise abrazarla…

—Que descanses, Mauro —se sentó sobre el borde de la cama.

—¿Qué?

¡Que me parta un rayo! ¡¿Se iba a ir?! ¡¿Así nada más?!

Ni siquiera me contestó. Se levantó de la cama, y la poca claridad que entraba desde la ventana la iluminó mientras alzaba su ropa del suelo.

—No te vayas —rogué.

—Quedamos en que esto era todo.

—Sí, pero… —estaba desesperado, no sabía cómo pedirle que se quedara. Nunca me había pasado que una chica quisiera dejarme tan repentinamente. ¿Esto era lo que se sentía? ¡Era horrible! ¿Por qué se iba así? ¿Había hecho algo mal? Lucrecia se puso esa tanga que me volaba la cabeza y cubrió la majestuosidad de su cuerpo con ese vestido. ¡Lo quemaría si fuera posible!, porque me privaba de su desnudez—. Alicia va a llevar a Alejo mañana, y estamos solos. Quedate —intenté una vez más—. ¿Por favor?

—No estamos solos, Mauro. Nunca —enredó su pelo y se acercó a la cama—. Perdón si esto no es lo que esperabas.

—¡Es más de lo que esperaba!, por eso quiero que te quedes. No te vayas, por favor —tomé su mano en un patético ruego.

—No puedo.

Tan repentinamente como apareció en mi puerta, Lucrecia desapareció por el pasillo. Mis ojos se quedaron fijos ahí, prácticamente a la espera de que regresara, aunque sabía que no lo haría. Derrotado, tanteé la ropa desparramada en el piso, saqué nuestro cigarrillo y lo encendí en la soledad de la habitación. Esa noche, lo fumaría solo.



Dormí de a ratos. Muy poquito. Casi nada. Muy mal. Y solo. ¡Completamente solo!

No era muy habitual que fuera a la casa antes de las nueve, solía utilizar la tranquilidad de las primeras horas de la mañana para mí, para actualizarle los informes a Gómez. Pero esa mañana era diferente. Todavía me parecía sentir sus caricias y, para ser sincero conmigo mismo, no me aguantaba las ganas de besarla de nuevo. Nuestro tiempo solos se acortaba dramáticamente y desperdiciarlo no era una opción.

Estuve sentado en el sillón, vigilando el reloj que pendía de la pared, a la espera de que las perezosas agujas marcaran las siete de la mañana. Parecía un horario de lo más prudente (tampoco quería parecer desesperado, ¡para nada!). A las siete menos un minuto, no lo aguanté más.

Salí de la casa de huéspedes con total tranquilidad... aunque en realidad hubiera querido correr. ¿Estaría despierta? ¿O dormida? ¿Cómo se vería dormida? Hasta podría despertarla con unos mates; hacer algo de buena letra, tratar de sacar el agua a punto (para variar). O capaz que no. Probablemente, eso parecería desesperado. ¿Prepararle el desayuno? No, tampoco. Más desesperado todavía. Podría actuar con absoluta normalidad, esperarla en la cocina. ¡Sí! La normalidad siempre era segura.

Me sorprendí al encontrar una de las sillas del patio en medio de la galería, creía recordar que habíamos dejado todo en orden el día anterior. La llevé nuevamente a su lugar y deslicé la puerta vidriada.

Todo era imperturbable silencio en el interior de la casa, pero el mate estaba sobre la mesada de la cocina. ¡Ya estaba despierta!

Querría poder decir que actué con la normalidad que me había propuesto, pero estaría mintiendo. Se me disparó el corazón. ¡Mal! No de una forma bonita y romántica, para nada. ¡Era una taquicardia descomunal! ¿Qué era lo que iba a hacer? ¿Cómo tendría que actuar al verla? ¿Como siempre? ¿Como horas atrás? ¡¿Qué carajo iba a hacer?!

Estaba en pleno debate interno cuando escuché un sonido extraño. El Mauro errático y dubitativo quedó completamente de lado. Había oído un ruido extraño, el mate estaba sobre la mesada y Lucrecia no estaba a la vista.

El ruido provino de afuera.

Mi corazón comenzó a latir más fuerte, pero por razones completamente diferentes. Adrenalina. No había empuñado la nueve ni una sola vez dentro de la casa, pero solo por si acaso, la saqué de la funda oculta en mi cinturón. Regresé mis pasos desde la cocina y alcé la mirada hacia las escaleras, tratando de escuchar o ver a Lucrecia ahí arriba. No tenía sentido asustarla todavía, ni ponerla sobre alerta. Averiguaría de qué se trataba y luego…

Escuché el estruendo justo frente a mí y apunté hacia allí. Eran bolsas negras, dos. Habían caído desde el techo hacia la galería.

La adrenalina me alborotó la sangre, di un par de pasos más y traté de espiar hacia afuera. Hacia el techo. Deslicé la puerta con muchísimo cuidado y me acerqué con el arma en alto. De repente… piernas. ¡Piernas colgaban desde el techo! Unas piernas entre las que yo había estado horas atrás.

¿Lucrecia?

—¡¿Qué hacés?! —le pregunté al borde de un ataque cardiaco, mientras sus piernas parecían tantear en el aire— ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Bajá de ahí! —me desesperé.

Lo hizo. Se bajó. ¡Lo hizo! Un segundo estaba colgada y al siguiente se materializó frente a mí, un poco tambaleante y con cara de susto. No quería ni siquiera pensar en qué expresión tendría yo. ¡Se descolgó del puto techo!! Sentí que toda la sangre se escurría de mi cara. Mis ojos la recorrieron de punta a punta, y a excepción del rastro de tierra en su mejilla izquierda, todo parecía estar bien.

No podía salir de mi asombro. Calculé la distancia desde el piso hasta el techo, serían unos tres metros, ¡por lo menos!

—Te tiraste del techo —murmuré casi sin voz. Me miró con esos ojitos de muñeca, como si el loco fuera yo. ¡Se había tirado del techo!!!

—Me pediste que bajara —se sacó los guantes que solía usar para el jardín y los acomodó en el elástico de su calza.

—¡Te tiraste del techo, Lucrecia!

—¿Y por eso me vas a disparar? —señaló el arma en mi mano. La guarde de inmediato; previa revoleada de ojos, por supuesto.

—Escuché ruidos, ¡en el techo! ¿Qué hacías ahí? ¡Son como tres metros! ¿Y si te caías?

—Son dos y medio… capaz que unos centímetros más —acomodó la remera que se le había subido un poco en plena descolgada del techo y recogió las bolsas que ¡ella había tirado!— Las canaletas no se limpian solas, Mauro.

—¿Las qué?

—Las canaletas. Se tapan con las hojas, no es la primera vez que las limpio.

Pestañeé un par de veces, no podía creer lo que estaba escuchando.

—Te tiraste del techo —insistí.

—No tenía planeado hacerlo. Para eso tenía la silla, ¿vos la moviste?

La miré a ella, al techo, a la silla, y… ¡Por Dios, cómo le quedaba esa calza! Tenía que tratar de enfocarme en el asunto entre manos, no en lo que quería hacer con mis manos.

—Lucrecia, te tiraste del techo. ¿Me estás jodiendo? ¿Cómo lo hiciste? ¡¿Por qué lo hiciste?! ¡¿Por qué no me pediste ayuda?! Repito… explícame cómo lo hiciste, por favor.

—Ponés la silla cerca, te subís, das un saltito para colgarte del borde, y después hacés fuerza con los brazos para trepar. Es más fácil con una escalera, pero es más práctico con la silla —dijo, como si estuviera hablando con Alejo—. Es una pavada.

—No. No es una pavada —le clavé la mirada.

Esta vez, fue ella la que me revoleó los ojos. Se llevó las bolsas, meneando ese culito suyo todo el camino hasta afuera, mientras yo seguía tratando de entender cómo había hecho semejante cosa. Era cierto que tenía un cuerpo bastante flexible, podía dar fe de eso; pero de todas maneras no parecía algo tan sencillo de hacer. Me quedé parado como un boludo, mirando el techo, y entonces lo recordé.

¡La había visto y ni siquiera le había dicho un minúsculo “hola”!

El Mauro errático y dubitativo regresó, potenciado. Entré a la casa y fui directo a la cocina. Lucrecia estaba de espaldas, tirándole la yerba al mate, y esa calza me estaba matando… Caminé hacia ella, hipnotizado, con mis manos listas para apretarla.

Se incorporó de repente y me vio con las manos levantadas. Me miró a mí, a mis manos. ¿Yo?, estaba colorado como un tomate. Me acerqué con la intención de darle un beso en la boca, o en la mejilla, o en donde sea, pero no se movió; intenté abrazarla, y tampoco. Nada. Yo revoloteaba erráticamente a su alrededor y ella sólo me miraba, inmóvil.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó, seria.

Como el grandísimo pelotudo en el que me había convertido, le palmeé el hombro. ¡Le palmeé el hombro! ¡Cómo si fuera un compañero de equipo del picadito de los domingos! ¡¿Podía ser más gil?!

—Hola… —tartamudeé.

—Hola.

Tenía que alejarme o iba a hacer algo todavía más estúpido. De hecho, casi tiré la pava a la mierda mientras la llenaba de agua. ¿Dónde había quedado el plan de actuar con normalidad? Peor todavía, ¿cómo hacía Lucrecia para actuar con tanta normalidad? ¿Tan poco había significado para ella? ¿Tanto había significado para mí?

—¿No es poco temprano para vos? —preguntó a mis espaldas.

—¿Para vos no? —la evadí, apenas mirándola sobre mi hombro. Mis ojos se pegaron a su escote y parecía que todavía la escuchaba gemir en mi oído; mi situación iba de mal en peor.

—No, siempre me levanto temprano —respondió, totalmente distendida, cruzando las piernas sobre la banqueta—. Antes de que vinieras, salía a correr todos los días.

—¿Corrés? —pregunté sorprendido… o no tanto. Así era más sencillo entender la perfección de ciertas partes de su anatomía.

—No corro. Salía a correr todos los días. Antes de que vinieras.

—¿Qué te lo impide?

—Vos.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Porque se supone que tengo que estar en la casa, bajo tu cuidado.

Estaba reestableciendo límites, recordándome cuál era mi deber en esa casa. Pero estaba equivocada; me estaba adjudicando prohibiciones que yo jamás había hecho, ni que me atrevería a hacer siquiera.

—Nadie dijo que tenés que estar en la casa.

—Cada vez que quiero salir, repetís que me tenés que acompañar.

—Sí. ¿Y?

—¿Ves? No puedo salir a correr.

—A ver, Lucrecia… —intentaría explicarle—. Correr es una rutina. Tendrás un circuito, supongo. ¿O me equivoco?

—Sí, tengo uno —se cruzó de brazos.

—Las rutinas no son buenas. Es peligroso que sigas el mismo circuito —al ver la repentina chispa en su mirada, insistí en poner a prueba la teoría del fiscal. Si Andrés estaba en lo cierto, cosa que cada vez me parecía más inverosímil, tendría algún tipo de reacción a la mención de los "desconocidos"—. Los tipos que entraron en la casa deben haber estudiado la rutina de todos. La tuya incluida.

Descruzó los brazos e inspiró profundo. Vi desazón en su expresión, simple y llana, nada sospechoso o fuera de lugar. Quería salir a correr, nada más. ¿Era tan grave? Podía ayudarla a cumplir con tan minúsculo deseo, ¿no? Cumpliría todos sus deseos si pudiera.

—¿Y si cambio de circuito todos los días? La ciudad es enorme —propuso.

—Entonces, yo tampoco sabría cómo encontrarte. ¿Si te siguen? Todavía no tienen pistas sobre los tipos. Están ahí afuera... ¿No es así?

Prácticamente podía ver las rueditas girando en su cabeza, intentando rebatir mi argumento. Aunque... podía ofrecerle una alternativa.

—Podría ir a correr con vos —sugerí, esperanzado con la idea de compartir tiempo fuera de la casa con ella—. Vamos, ahora.

—Imposible —se levantó de la banqueta y fue a apagar la hornalla—. Se te hirvió el agua.

—¿Imposible por qué? —retomé.

—Porque no me podrías seguir el ritmo.

—¿Por qué? ¿Sos Flash además del Hombre Araña? —pregunté con una mueca.

—No es gracioso. Pero no me podrías seguir el ritmo.

—¿Cómo estás tan segura?

Se apoyó sobre la mesada y miró el piso, aunque no pudo ocultar la sonrisa. ¿Se estaba riendo de mí? ¿Me estaba cargando?

—Probemos, Flash —la desafié.



Era una mañana preciosa, el sol todavía no calentaba tanto. Lo que suponía sería un reto, no lo era en lo absoluto. El reto era tener que ver sus pechos rebotando a mi lado y no poder tocarlos, pero más allá de eso, el ritmo era bastante llevadero. No era como si no hubiera pasado por ese tipo de ejercicios en mi entrenamiento, aunque no era de mis favoritos. Me sentía un poco acalorado, eso sí. Y mi respiración no era del todo buena, eso también. Era lo que me ganaba por llenar mis pulmones de nicotina.

Lucrecia llevaba un ritmo tan plácido y tan relajado como ella, los auriculares en sus oídos y el teléfono aprisionado en su calza. No creí que fuera posible sentir celos de un aparato, pero sí. No tenía un cabello fuera de lugar. ¿Todavía no se había cansado?

—¿Cuántos kilómetros dijiste que tenía tu circuito? —pregunté, casi sin aliento. Me miró con una sonrisa y se sacó un auricular.

—No te escuché.

—Que cuántos kilómetros dijiste que tiene tu circuito… —repetí a duras penas.

—No te dije —volvió a ponerse el auricular y, afortunadamente, el semáforo nos obligó a parar.

La parada obligada me vino bárbaro. Me incliné y apoyé las manos en mis rodillas, buscando el aire que no quería entrar. ¡Estaba hecho sopa! Me pasé una mano por la frente, a punto de sufrir un sofocón.

—¿Estás bien? —se agachó junto a mí.

—Perfecto —mentí—. ¿Vos?

—Bien, pero ni siquiera empezamos. ¿Seguro que no querés volver? Sigo sola.

—No, no. Está bien. Sigamos —me incorporé y sentí una punzada en medio del glúteo, pero me hice el boludo.

—No. No es “sigamos”, es “ni siquiera empezamos” —me corrigió—. Estamos calentando —sonrió. ¡Pero si yo ya estaba re caliente! ¡A punto caramelo!!! ¡¿No podíamos volver a la casa para un round dos?!! Y después, un tres...

El semáforo nos dio el paso y se recolocó los auriculares, mirando el infinito de la ciudad frente a ella. Era la mujer más hermosa que había visto en la vida. Sin dudas. Y había visto muchas.

—Bueno, Mauro. Vamos a correr. Seguime.

Salió con el mismo ritmo y me resigné a tener que seguirla por quién sabe cuánto tiempo más. Pero me equivocaba, otra vez. Siempre me equivocaba con ella. De un momento al otro, dejé de ver sus pechos rebotando a mi lado y fue su calza la que atrapó mi mirada. No parecía haber incrementado el ritmo en lo absoluto, pero empecé a verla más y más chiquita cada vez, más y más lejos. Lucrecia estaba en lo cierto, como siempre. No podía seguirle el ritmo. ¡Nadie podría hacerlo!

Seguí mi propio ritmo, sin perderla de vista. Corría rápido. Muy rápido. Claramente, me había ganado el reto, aunque el premiado había sido yo. Lucrecia estaba haciendo algo que amaba, era obvio. El pelo al viento, el cuerpo en movimiento, música en sus oídos, y ninguna otra preocupación más que seguir adelante. Insisto… el premiado había sido yo.

No tenía idea de cuánto habíamos corrido, pero la vi detenerse al llegar a un parque y suspiré aliviado. ¡Al fin! Se sentó en el pasto y, después de un esfuerzo por alcanzarla, me tumbé a su lado. Apenas si podía respirar.

—Me mentiste —suspiré, mirando el puñado de nubes blancas en el cielo.

—¿Por? —la escuché tan calmada como si hubiera estado dando un paseíto. Yo casi no podía respirar.

—Sos Flash —sonreí. Ella también. Tuve que sostenerme de las rodillas para poder sentarme; me sentía como una piltrafa.

—Corría en el Colegio. Puede que haya ganado una que otra medalla.

—Me imagino que sí... ¡Embustera! —la espié de reojos— Tenés secretos.

—Algunos —me concedió. Mi Diosa era piadosa, a veces. Y, a veces, también me daba miedo—. Pero lo hiciste bastante bien. Francamente, pensé que ibas a desistir.

—¿Viste? ¡Mujer de poca fe! Con un poco de práctica, hasta te podría seguir el ritmo.

—Podrías, estoy segura de que podrías. Pero hoy no... te lo advertí.

—¿Cómo que “hoy no”? ¿Y cómo estabas tan segura? ¿Sos adivina también?

—No —sonrió, mirándome con esa pizca de ironía que me desarmaba—. No es necesario ser adivina, con aplicar el sentido común alcanza y sobra —sonrió todavía más—. Hoy no tenés piernas, Mauro.

Mi macho interno sintió el desafío en sus palabras, ¡y no se la iba a dejar pasar tan fácil! Acababa de traer a colación ese “temita” que no había surgido en todo lo que iba de la mañana. No iba a perder mi oportunidad de ponerlo sobre la mesa.

—Te voy a decir una cosita, Lucrecia —acomodé un mechón de pelo detrás de su oreja—. Vos podés ser todo lo rápida que quieras, pero yo puedo ser muy resistente. Te lo aseguro.

—¿Ah, sí? —alzó una ceja.

—¿Probamos?



Deseé ser una araña, o un pulpo, o capaz que esa divinidad india con muchos brazos. ¿Por qué la naturaleza había sido tan injusta? ¿Solamente dos manos? ¡No me alcanzaban! Me hubiera gustado tener unas bocas extra también, para besarla más, en todas partes al mismo tiempo. Y unos diez ojos no hubieran estado nada mal; la luz del sol entraba por la ventana y el espectáculo de su piel era imposible de ocultar.

La dejé sobre el mismo desparramo de sábanas que habíamos hecho la noche anterior, sin poder creer que iba a pasar de nuevo. No había sido un sueño. Su remera voló de un segundo al otro y suspiré ante la visión frente a mí.

—Hola… —sonreí, arrodillado entre sus piernas. Esa era la manera correcta de darse los buenos días.

—Hola…

Su cabello estaba extendido sobre mi almohada, sus mejillas acaloradas por el ejercicio, sus pechos contenidos en un simple corpiño de algodón (el algodón sería mi favorito desde ese momento); no necesitaba encajes para embellecerse. No necesitaba nada más que ser ella misma. Mis manos y mis ojos fueron compañeros de viaje, recorriendo desde su cuello, pasando por su escote, paseando por sus costillas y quedando suspendidos por unos segundos en una leve raspadura sobre su costado izquierdo. Un raspón viejo, casi curado. Un raspón. El corazón me dio un salto y la miré directo a los ojos.

—Lucrecia…

Negó con su cabeza, suplicante. No quería que lo dijera en voz alta. Abrí la boca para insistir, pero cualquier rastro de cordura que quedara en mi cabeza desapareció en el preciso momento en que se incorporó y levantó mi remera, en el preciso instante en que su boca me acarició el estómago y mis dedos se enredaron en su pelo. Sus ojos buscaron los míos y su mirada era un ruego, un ruego por que me callara.

Lucrecia quería fingir, pero yo no… así que la besé. Le dije con un beso lo que no me dejaba decirle con palabras. Necesitaba que supiera que no estaba sola, ya no, que no dejaría que nadie la lastimara. Nunca más.

Estaba en lo mejor de nuestra comunicación no verbal, cuando el teléfono sonó.

—Perdón —desapareció de mis brazos y me arrodillé en la cama, tragándome la frustración. Era obvio que iba a contestar la llamada, por mucho que quisiera sacarle ese aparato de las manos y tirarlo a la basura—. Hola… —murmuró antes de encerrarse en el baño.

Sabía que sería así. Era parte implícita de un acuerdo como el nuestro. ¿Por qué me sorprendía? ¿Por qué me molestaba? ¿Por qué sentía deseos de arrebatarle ese celular y recordarle que ese era nuestro tiempo? Me tendí sobre la cama como un nene en pleno berrinche, apretando las sábanas entre mis puños, mientras mis oídos trataban de espiar la conversación. Solamente captaba palabras sueltas, no entendía nada, aunque era obvio que no estaba para nada contenta.

Unos segundos después salió del baño, pálida como un papel. Ni siquiera me miró. Alzó las sábanas, buscó su remera, y sostuvo el teléfono entre su hombro y su oído mientras intentaba ponérsela.

—En quince minutos estoy allá —dijo a quien quiera que estuviera del otro lado de la línea. Me arrojó la remera a la cara y la atajé estupefacto. ¿Esa era su forma de decirme que nuestro tiempo había acabado?— Bien. Nos vemos.

Cortó la llamada y salió de la habitación, ignorándome una vez más. Me quedé de piedra, con la remera en la mano. ¿Eso era todo?

—¡Apurate, Mauro! —gritó desde la cocina.

—¿Qué?

Se asomó por la puerta, igual de pálida que al salir, o peor.

—Alejo se cayó de la hamaca. Apurate.





"Tú lo ves todo. Ves cada parte... Ves toda mi luz, y amas mi oscuridad" (Alanis Morissette - Everything)




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