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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 21

Capítulo 21: Daño colateral.



Martes, 2 de diciembre de 2014.

Le pedí que se quedara en el auto porque no toleraba verlo a la cara. No toleraba saberlo a mi lado. No toleraba sentir el calor abrazador que emanaba su cuerpo. No toleraba siquiera la idea de que existiera en el mismo tiempo y espacio que el mío. Mauro se había convertido en un monolito erigido en honor a mi estupidez; un monolito tan enorme y tan pesado que sentía que podía aplastarme de un momento al otro. Un monolito que crecía como si tuviera vida propia. Le pedí que se quedara en el auto porque perdí.

En el mismo momento en que me presenté en su puerta, perdí.

Me rendí a mí misma, a mi necesidad de sentir placer en lugar de dolor, a mi desesperación por reencontrar a la mujer que sabía oculta tras años de sometimiento y restricciones. Y la encontré. Esa mujer, que secretamente deseaba ser, floreció entre las manos de Mauro con una fluidez que creía imposible. Y sentí placer. Placer colorido, aromático, vertiginoso y atemorizante. Un placer que me asustó, y que supe adictivo al momento de probarlo.

Presentarme en su puerta había sido un error. Porque quería más. Lo quería todo. Quería todo con Mauro y eso me asustaba enormemente.

Huí como una cobarde, escapé de mis ganas de cerrar los ojos a su lado y amanecer en su cama. Porque no podía permitirme una fantasía de tal magnitud, o siquiera albergar la esperanza de que se convirtiera en realidad.

Aún después de la ducha, no podía quitarme la sensación de sus caricias, o el aroma de su cuerpo. Mauro se había instalado cómodamente bajo mi piel, en los espacios más recónditos de mi alma, aquellos a los que ya nadie accedía. Pero me prometí que no volvería a ceder, porque perder no era una opción.

Traté de alzar nuevamente la muralla entre nosotros, devolver nuestra relación a un terreno más seguro, recordarle su trabajo. Pero no funcionó. Tenía una habilidad increíble para torcer mi voluntad, que era bastante débil cuando de alejarme de él se trataba, y luego de un breve intercambio de palabras estábamos corriendo por la ciudad. Verlo correr, acalorado y jadeante, fue un cruel y hermoso recordatorio de lo que había sucedido entre nosotros. Fue una tortura deliciosa… Y eso fue suficiente para que mi voluntad sufriera una nueva derrota.

Me encontré tendida en su cama una vez más, cuando me había prometido a mí misma que no sucedería de nuevo. Me había vuelto incapaz de cumplir mis promesas. Nada más que una mentirosa.

Pero aquello que mi voluntad no consiguió, el destino lo logró. La llamada de la directora del jardín al que asistía Alejo me arrancó de los brazos de Mauro y me devolvió a la realidad con un cachetazo, como los que acostumbraba recibir, sólo que este me dolió mucho más que cualquier otro.

La caída no había sido grave en lo absoluto; un leve raspón en el codo, nada que requiriera de cuidado especial. Lo grave fue lo que sucedió después.

—Adelante, Sra. Echagüe. Lamento si le causé algún inconveniente al hacerla venir, pero necesitaba hablar con usted —dijo Micaela, la encargada del gabinete de Psicopedagogía.

Había logrado engañarme, hacerme acudir como si se tratara de una urgencia. Siempre me las arreglaba para eludir las reuniones de padres, a menos que fuera estrictamente necesario asistir; era Alicia quien me mantenía al tanto de todo. Esta vez, no había escapatoria. Ya estaba ahí. Me até el pelo, para no recurrir a mi tic delator, y me senté frente a su escritorio.

Micaela era una mujer agradable, en sus treintas, y sabía por Alejo que los chicos la idolatraban. Alejo la idolatraba.

—Gracias por venir —sonrió. Le devolví el gesto con una mueca forzada—. Alejo está bien. Le encanta esa hamaca y a veces no mide la fuerza; la maestra ya le había pedido que bajara la velocidad, pero ya sabe cómo son…

—Los chicos no miden el peligro —murmuré—. Lo entiendo, no se preocupe. Aunque le pediría que trataran de estar un poco más atentos. Esta vez no fue nada, pero podría haber sido peor.

—Por supuesto que sí, Sra. Echagüe. Haremos todo cuanto esté en nuestras manos para que esto no se repita. Quédese tranquila —se reclinó en su silla y cruzó las piernas. Ella se ponía más cómoda y yo me tensaba cada vez más—. En realidad, quería tratar con usted otro tema. ¿Le molesta si la tuteo?

—No.

—De acuerdo, mejor así. ¡Sos tan jovencita!, es raro tratarte de usted —sonrió, otra vez. Me quedé callada y me crucé de brazos. ¿Qué esperaba que acotara a tan obvia observación?— Como te dije, la caída de Alejo no fue tan grave. Lo que me preocupa, y mucho, es la forma en que reaccionó.

—¿De qué forma?

—Lloraba desconsoladamente, Lucrecia. No podíamos calmarlo.

—Suele llorar así cuando está asustado. Es probable que se haya asustado por la caída. Yo me hubiera asustado… —me revolví en la silla, cada vez más incómoda.

—Quizás me expresé mal. No estaba asustado, estaba aterrado —se corrigió—. Le aterraba que su papá se enterara de la caída.

Mi corazón se detuvo por un par de latidos y la angustia que me provocó escuchar eso se transformó en una bola que subió desde mi estómago hasta mi garganta. Apenas pude sofocar el grito que pujaba por emerger de mi interior; un grito de dolor verdadero. Sentía que la sangre se escapaba de mi rostro y me dejaba fría, casi muerta… pero ni siquiera pestañeé. Fingí. Como siempre.

—Lamento mucho escuchar eso… Pero es cierto, Lisandro tiende a reaccionar de forma exagerada —admití. Micaela me miró con desconfianza.

—Lucrecia…

No me gustó la forma en la que dijo mi nombre, ni la forma en que se adelantó en su silla y apoyó los codos sobre el escritorio. Micaela ya no estaba cómoda, todo su cuerpo estaba en tensión. Sus ojos fijos en los míos, estudiaban mi rostro como si pudieran encontrar algo allí.

—Alejo es un nene increíble, eso ya lo sabés, pero igual te lo quería decir. Es muy inteligente, y muy cariñoso. Su maestra lo adora, todas lo adoramos. Nos robó el corazón. Se nota la dedicación con que lo cuidás… Te ama, Lucrecia. ¡Tanto! Supongo que lo sabés, pero también te lo quería decir.

Cada palabra que salía de su boca hacía que mi visión se nublara un poco más. Alejo era el único capaz de hacer que mis estudiadas fachadas se vinieran abajo.

—Además de inteligente y cariñoso, es transparente. Completamente honesto con sus emociones. La mayoría de los chicos a esta edad son así, pero él es diferente. Se da a conocer… ¡El terror que vi en su carita hoy, Lucrecia!, fue lo más honesto que vi en mi vida. Le tiene miedo a su papá. Tiene miedo de que se enoje, pero no con él, con vos…

La primera lágrima resbaló por mi mejilla y al sentir su calor, la detuve de inmediato. Micaela empujó una cajita de pañuelos descartables hacia mí pero permanecí con los brazos cruzados. No podía moverme, me sentía atrapada en mi propio cuerpo.

—¿Hay algo en lo que podamos ayudarte? —preguntó, con dulzura extrema. Y la odié. La odié por tenerme lástima. La odié por exponerme de esa manera.

—Hagan su trabajo… —contesté, con vos temblorosa—. Así me ayudan. A mi hijo le encanta venir, lo hace muy feliz.

—Lo que Alejo necesita para ser feliz, es que vos estés bien.

—Yo estoy bien.

—Lucrecia… No estás sola.

Quise reírme. A carcajadas. ¿No estaba sola? ¿De dónde sacó esa frase? ¿De un almanaque? ¡Ella no tenía idea de lo que era mi vida! Era yo la que recibía los insultos, los golpes, era la bolsa de residuos en la que mi marido depositaba todas sus basuras personales. Esta mujer no tenía idea de lo que decía.

—Vos ocupate de tu trabajo y yo me ocupo del mío, que es cuidar de mi hijo. Lo que decís es cierto… Mi marido y yo tenemos problemas, pero no necesito tu ayuda. Ni la de nadie más. Lo puedo manejar.

—De hecho, me estoy ocupando de mi trabajo. Mi trabajo es estar atenta a la aparición de cualquier signo alarma en nuestro alumnado, y Alejo forma parte de esta institución. Su reacción es una alarma que no puedo ignorar.

—Mirá, Micaela… No sé por qué clase de persona me tomás, pero quiero dejarte en claro una cosa —me adelante en mi silla—. Daría mi vida por mi hijo. Mataría por él. Y jamás… ¿me escuchás? ¡Jamás! dejaría que algo malo le pasara.

—Lucrecia, ¿no te das cuenta? —su mirada se recrudeció—. Ya le está pasando algo malo.



Después de lavarme la cara un par de veces, para tratar de ocultar cuánto había llorado en el gabinete de Micaela, salí a la calle. Mauro esperaba por mí apoyado en el auto. El gesto de preocupación en su rostro fue una nueva bofetada. Cuando lo conocí, parecía un pendejo. Ahora, luego de poco más de un mes en casa, parecía haber envejecido diez años. Por mi culpa… yo lo había convertido en eso. Todo era mi culpa. El miedo de Alejo, la constante preocupación de Mauro, los cada vez más imprevisibles estallidos de Lisandro. Todo lo que tocaba se convertía en mierda. La gente a mi alrededor sufría, yo sufría. ¿Qué sentido tenía todo eso? ¿Qué pecado terrible había cometido para que Dios me castigara de esa manera?

—¿El enano está bien? —preguntó.

—Fue un raspón, nada más.

Iba a subirme en la parte de atrás, pero Mauro me abrió la puerta del frente y no me quedó más alternativa que sentarme a su lado. Cuando encendió el motor, bajé la ventanilla y abracé mis rodillas. Quería desaparecer. Que el asiento me tragara.

—¿Vos estás bien? —preguntó.

Quería contestar que sí, que todo estaba bien. Pero no podía. Ya no podía mentirle a Mauro, era como mentirme a mí misma.

—Más o menos —acepté. Me solté el pelo y apoyé la cabeza en el asiento. Estaba agotada.

Sentí el calor de su mano en mi rodilla y no pude evitar entrelazar mis dedos con los suyos. Lo necesitaba cerca, me había vuelto adicta a su calor y no era capaz de resistir un minuto más de abstinencia. Mauro se estaba convirtiendo en la segunda persona capaz de desbaratar mis estudiadas fachadas.

—Estuviste un rato… —rompió el silencio— ¿Lloraba?

—No lo vi.

—¿Por qué no? —preguntó, confundido.

—Porque iba a querer que me lo llevara a casa y no tenía sentido. Fue un raspón, nada más… Prefiero que su día siga con normalidad. No quiero que sufra.

Solté su mano y desvié la mirada hacia la ventanilla. Quería que dejara de preguntarme sobre lo que había pasado, no quería recordar la charla con Micaela. Estaba destrozada, agotada de tanto golpe. Necesitaba un segundo de paz.

—Quiero llevarte a un lugar. ¿Puedo?

—¿Ahora? —pregunté, sin muchas ganas de hacer nada.

—Confiá en mí… Dejá que te lleve —sonrió.



No hablamos durante el resto del camino. No hacía falta. Mauro me daba mi espacio y yo se lo agradecía en silencio. Manejó por un rato bastante largo, y si no me fallaba el GPS interno, estábamos en Almagro.

—Llegamos —anunció.

Nos bajamos frente a una casa que me era desconocida, pero a él no. Abrió la reja y me invitó a pasar.

—¿Dónde estamos? —pregunté, metiendo las manos en mis bolsillos y retrasando la entrada. Se oían ruidos dentro de la casa.

—En la casa de mi hermano.

Toda la sangre se escurrió de mi cara y sentí que la tierra temblaba bajo mis pies. ¿Estaba loco? ¡No había forma de que entrara ahí!

—¿Qué pasa? —preguntó, al verme dudar.

—No puedo entrar ahí, Mauro.

—¿Cómo que no? Un pie detrás del otro y en diez pasos estás.

—Vos sabés a qué me refiero… —entorné la mirada.

—La verdad, no. No sé a qué te referís —dijo, haciéndose el desentendido.

—¡Es la casa de tu hermano! —decirlo en voz alta me hacía sentir aún más nerviosa.

—Sí, ¿y?

—No… esto no está bien. Me estás… Te estás exponiendo. ¿En calidad de qué entraría ahí?

Sonrió esa sonrisa que hablaba más que mil palabras y se acercó hasta mí. A una distancia “íntima”. Me incomodaba tanto como antes, quizás más.

—¿En serio? —preguntó, mirándome a los ojos— ¿Querés que te lo diga acá? ¿En plena calle?

Tragué con dificultad. Con esa mirada me lo estaba diciendo todo. Y no, no quería que me lo dijera. Ni ahí, en plena calle, ni en ningún lado. Abrí la boca, sin saber muy bien qué decir a continuación, pero fuimos interrumpidos.

—¡Tío!!!!!

El grito agudo me sobresaltó y me llevé una mano al pecho. Ya no había marcha atrás. Nos habían visto y no era posible dar media vuelta y huir de la locura que era entrar a esa casa. ¿Cómo se le había ocurrido semejante imprudencia?? Un nene, probablemente de la edad se Alejo, se abrazó a la pierna de Mauro con total naturalidad. Se parecía bastante a él; un mini Mauro. No podía ser otro que su sobrino.

—Maxi, Lucrecia. Lucrecia, Maxi —hizo las presentaciones.

—Hola —lo saludé, incómoda. Pero él se escondió detrás de Mauro y no contestó.

—Es un poco tímido.

—Yo también —sonreí.

La casa tenía un jardín delantero con varios rosales, de muchos colores. Yo no era capaz de hacerlos crecer tan fuertes. Iba a tener que pedir algunos consejos.

—¿Y vos qué hacés acá?

Me detuve en mi lugar. Apenas entramos a la cocina, una mujer alta y delgada se abalanzó sobre Mauro y le estampó tremendo beso en la mejilla. Era una mujer hermosa.

—¿No deberías estar trabajando? —arrancó a Maxi de su pierna— Andá a jugar afuera… Hace un día precioso.

—Ella es Lucrecia —sonrió Mauro.

Quería hacerme chiquita hasta desaparecer. La mujer me miró de arriba abajo y la sonrisa se le borró del rostro.

—Lucrecia, ella es Cecilia. Mi cuñada.

—“Ex” cuñada —aclaró de inmediato, sin quitarme la mirada de encima—. ¿Cómo no me decís que venís con gente? La casa es un desastre —la sonrisa regresó a su rostro y lo iluminó, y de repente me encontré atrapada en un abrazo desconocido—. Así que vos sos la famosa Lucrecia. Qué alegría conocerte… ¡al fin! Mauro tenía razón. ¡Sos preciosa! —como si nos conociéramos de toda la vida, me dio un beso en cada mejilla y me acomodó el pelo detrás de las orejas. Yo no sabía cómo reaccionar.

Miré a Mauro de reojos, pero me evadió de inmediato. ¿Le había hablado a su familia de mí?

—¡Tíoooo! ¡Vení!! —gritó Maxi desde el patio. Le clavé una mirada suplicante, para que no me dejara a solas con Cecilia, pero ella se me adelantó.

—Andá, nosotras vamos a preparar unos mates y a charlar un rato —entrelazó su brazo con el mío y me tironeó en dirección a la cocina. ¡Iba a matar a Mauro!!

Como si encontrarme con una desconocida no fuera suficiente, una adolescente con cara de dormida emergió de la nada, arrastrando los pies hasta la cocina. Me hizo acordar un poco a mí cuando tenía esa edad; cuando no me preocupaba nada más que dormir hasta tarde.

—Hola… Soy Clara —bostezó y se acercó a darme un beso en la mejilla, o algo así—. ¿Y vos quién sos? —preguntó.

—Es Lucrecia —contestó, Cecilia.

—Ah… Lucrecia. ¿Y el tío? —preguntó, indiferente.

—Afuera, con Maxi.

Se ató el pelo y salió sin decir nada más, no sin antes dedicarme una mirada asesina.

—Cree que tiene algún tipo de derecho divino sobre Mauro. No le hagas caso… —sonrió, Cecilia—. Es la adolescencia. Ya se le va a pasar. Lo tomás amargo, ¿no?

—Sí.

Me indicó una silla y, obedientemente, tomé asiento. Comenzó a hablar sobre las bondades de ponerle yuyos al mate, para combatir la acidez o algo así; en realidad, no estaba escuchándola. Me sentía fuera de lugar en esa cocina. ¿Cómo es que había llegado ahí? ¿Por qué confié en Mauro tan ciegamente? Aunque, Cecilia no estaba del todo mal. Era una mujer agradable; cálida y espontánea. Su boca se curvaba cuando hablaba, como si tuviera una sonrisa perpetua. Cebó un mate y me lo pasó.

—¿Cómo está?

—Es el mejor mate amargo que probé en mi vida… —contesté, con absoluta sinceridad. Eran mejores que los de la Nona.

—¡Años de práctica! Me alegra que te guste —se sentó y acomodó el equipo de mate frente a ella. Sentí tanta nostalgia que hasta quería sacarme las chatitas y subir un pie a la silla, pero me aguanté—. Me alegra que Mauro te trajera a casa.

—Yo lamento que te hayamos invadido sin avisar —sonreí.

—No pasa nada… Estoy todo el día con los chicos, así que una conversación con otro adulto es siempre bienvenida.

—Te entiendo.

—¡Cierto! Vos también tenés un nene —dijo. Cecilia estaba muy bien informada.

—Sí, se llama…

—Alejo. Mauro no para de hablar de él —agregó ante mi cara de desconcierto. Me sentí incómoda, otra vez. No tenía idea de qué les había comentado Mauro, o qué detalles de mi historia les había dado—. Es la primera vez que trae una chica a casa.

Por poco me ahogo con el mate. Cecilia me estaba hablando como si fuera la novia de Mauro o algo parecido. ¡Nada más alejado de la verdad! ¿Qué es lo que les había dicho?

—Es mi guardaespaldas —sentí la necesidad de aclarar.

—Por supuesto —dijo, como si aquello fuera sólo un detalle—. Pero si te trajo a casa, es porque te considera de otra manera. Puede que, por la poca diferencia de edad, te parezca una locura… pero Mauro es como un hijo para mí, o un hermano menor. Diego y yo prácticamente lo criamos. Lo conozco, Lucrecia. No te hubiera traído acá si no fuera porque…

—Somos cercanos, es cierto —la interrumpí. Era mejor darle mi versión de los hechos, aunque mi cara estuviera tan roja como un morrón. Definitivamente, ¡iba a matar a Mauro al regresar a casa!

—Cercanos… qué forma de definirlo.

No supe qué acotar a eso, porque su comentario tenía sabor a ironía.

—¡Diego y yo somos cercanos! —sonrió— Pero estamos separados, desde hace unos… cinco o seis años, creo. No me acuerdo. Estamos mejor así; él por su lado y yo por el mío. Se alquiló un departamento, acá a unas cuadras. Para estar cerca de los chicos. Éramos pésima pareja, pero sí… ahora somos cercanos. Éramos muy chicos cuando nos casamos.

—Algo me había comentado Mauro.

—Sí… esos eran tiempos muy difíciles para todos. Para Mauro, sobre todo —su mirada cambió, de repente. Se notaba apesadumbrada. Me sorprendió que fuera tan abierta respecto a su intimidad, pero permanecí en silencio—. Víctor es un monstruo —dijo.

—¿Víctor? —pregunté, confundida.

—¿Mauro no te habló de Víctor? —dijo, pareciendo incluso más confundida que yo.

—No. Nunca lo nombró.

Cecilia miró hacia el patio, dónde Mauro pateaba una pelota con Maxi mientras conversaba con Clara, y se cebó otro mate.

—Todavía le duele —dijo en voz baja—. Nos duele a todos —agregó—. Víctor es mi suegro… Perdón, mi “ex” suegro. Una basura. Nos jodió la vida a todos.

“No tengo la mejor de las relaciones con mi viejo”, había dicho Mauro alguna vez. Pero la descripción de Cecilia era mucho peor de lo que imaginaba. ¿Un monstruo? Sólo una cara venía a mi cabeza ante la mención de esa palabra; la cara de Lisandro.

El corazón me dio un salto.

—Diego y yo nos casamos por las razones equivocadas… Yo porque no aguantaba más vivir bajo el estricto control de mi mamá, y él porque quería huir del maltrato de Víctor.

—¿Maltrato? —la pregunta abandonó mis labios sin que pudiera contenerla.

—Sí, maltrato —me miró directo a los ojos—. Víctor es un hombre violento. ¡Los cagaba a palos! En la calle, era un policía respetado, pero en la casa era una basura. Amelia, la mamá de Diego y Mauro, le permitía cualquier cosa. Te juro que me acuerdo y me dan ganas de ir a la casa y… mirá, mejor ni te digo. ¡Esa mujer es incluso peor que Víctor! Él es un enfermo, pero ella es peor. ¡Yo jamás permitiría que mis hijos pasaran por algo así! Qué mujer pelotuda… —se tomó un mate y me cebó uno. Lo recibí con una mano tan temblorosa que casi se me cae.

—Diego no lo aguantaba. Le tenía mucho miedo, y se paralizaba —continuó—. Fue Mauro quien se llevó la peor parte.

—¿Por qué?

Necesitaba escucharlo. Necesitaba saberlo. Ahora comprendía por qué Mauro me había llevado a esa casa. La conversación con Cecilia no tenía nada de casual, tenía un objetivo bien claro.

—Porque la defendía —contestó—. Era él quien recibía los golpes en lugar de la boluda de la madre. ¡La odio! ¡Te juro que la detesto!

Sentí que se me calentaban las mejillas. Mauro entendía mi “situación” mejor que nadie… Porque la había vivido en carne propia. Quería levantarme de la silla, correr al patio, abrazarlo, y decirle que todo había terminado. Pero era mentira. No había terminado. Lo estaba haciendo vivir el mismo infierno, una vez más. Pero el monstruo era yo. Lisandro era un enfermo, pero yo era peor que él; era como Amelia. Estaba lastimando a Alejo. ¿Cuándo tardaría en interponerse entre Lisandro y yo? Quizás… ya lo estaba haciendo. ¡Ya lo estaba haciendo! Micaela, en el gabinete del jardín, me había dicho lo mismo que ahora me repetía Cecilia.

Tenía que sacar a Alejo de esa casa. Cuanto antes. No permitiría que se convirtiera en un daño colateral en mi retorcida realidad.

—A pesar de ser tan chicos, y del miedo que Diego le tenía a su papá, lo convencí para que sacáramos a Mauro de ahí. Iba a terminar mal… Víctor lo estaba haciendo mierda. Se convirtió en un chico enojado, resentido con todo. Cualquier excusa era buena para mandarse una cagada. No sé qué hubiera sido de él si seguía en esa casa.

Apreté el mate, pero no podía tomarlo. Sentía náuseas.

—¿Qué pasó con Amelia? —pregunté, con un hilo de voz, casi como si estuviera consultando mi propio destino.

—Nada —contestó con una mueca—. Supongo que sigue aguantándole todo a Víctor. Pero no sabría decirte… Hace años que no la vemos. Es lo mejor para todos.

—¿Mauro tampoco?

—Mauro fue el primero que dejó de hablar con ella —contestó.



—Tenés un olorcito muy rico… —tomó mi mano y se llevó mi muñeca a la nariz. Su espontaneidad me hizo sonreír—. ¿Qué te ponés? —cruzó las piernas en canastita sobre la cama.

—Le pongo un chorrito de aceite de coco a la esponja de baño. Pero no le digas a nadie. Es un secreto —terminé de cepillar su pelo luego de secarlo y sonrió al verse en el espejo—. ¿Viste? Ya tenés mechitas azules. En unos días se te van y el pelo no sufre.

—¡No sabía que me podía teñir con papel crepé! Sos una genia. ¡Me encanta! —me dio un abrazo fuerte, uno que no esperaba luego de su indiferencia inicial— Podríamos salir algún día, las dos solas. ¿No te parece? Al cine... ¿Te gusta el cine?

Sí. Definitivamente, Clara me recordaba mucho a mí a esa edad; cuando podía salir libremente, sin pensar en la posibilidad de que Lisandro me arrancara la cabeza si me descubría de paseo con una amiga.

—Puede ser… Veremos —mentí, acariciando uno de los mechones azules.

—Lucrecia… —Mauro entró a la pieza—. Son las once y media. Tenemos que volver a casa, sino Alicia va a llegar antes que nosotros.

—¡Nooooo!!! —Clara agarró un oso de peluche que descansaba sobre su cama y se lo arrojó a la cara— ¡No seas pesado! —se abrazó a mi cuello.

—Me tengo que ir, Clara —acaricié su antebrazo.

—¡Ufa! Pero podés volver, ¿no? ¿Otro día? —preguntó, jugando con una de mis pulseras. ¡Era tan dulce! Miré a Mauro y se alzó de hombros, arrojándole el oso nuevamente a Clara. No contestaría por mí; era yo quien tenía que responder.

 —Me encantaría —acepté.

Cecilia reforzó la invitación de Clara y le prometí que volvería. Y, de verdad, quería cumplir con esa promesa. De Maxi, sólo recibí un “chau” con la mano desde atrás de las piernas de su mamá. Pero lo entendía, yo también era tímida. Mauro se subió en el asiento del acompañante y me cedió el volante.

—¿Viste que no fue tan difícil? —dijo, metiendo la mano entre mis piernas para reacomodar el asiento— ¿Así está bien?

—Perfecto… —le sonreí—. Gracias.

Me miró a los ojos, con esa mirada que decía más que mil palabras, y los dos supimos que mi agradecimiento se debía a algo muy distinto que el detalle de acomodar mi asiento. No me importó estar en plena calle, cuando estaba con Mauro el resto del mundo desaparecía; me acerqué tanto como el incómodo asiento me permitió y lo besé. Pretendí que fuera un beso efímero, pero su mano encontró mi nuca y mi boca se abrió para recibir a su lengua. Me pasaría el resto de la vida besándolo.

—Si esto es lo que va a pasar cada vez que vengamos a la casa de mi cuñada… —murmuró sobre mi boca.

—“Ex” cuñada —corregí.

—Ex cuñada —sonrió.



Su habitual horario de siesta se estaba extendiendo. Era muy probable que no lograra hacerlo dormir temprano... Pero no podía despertarlo. No quería despertarlos, de hecho. La tele estaba prendida y la doctora Juguetes atendía a algunos de sus pacientes. El brazo de Alejo apretaba el cuello de Mauro tan fuerte que temí que lo ahogara, pero a él no parecía incomodarlo. Dormían en el sillón.

La conversación con Cecilia me había rondado en la cabeza durante todo el día. No podía cometer el mismo error que Amelia. No me arriesgaría a que mi hijo decidiera dejar de verme por ser una presencia tóxica en su vida. Eso me aterrada. Estaba aterrada.

Y decidida. Aterrada y decidida. El miedo era mi motor, y estaba decidida a no cometer el mismo error que Amelia.

La respiración de Mauro era constante, estaba profundamente dormido. Y Alejo dormía como un tronco, nunca se daba cuenta de nada. Tan silenciosa como siempre, atravesé la cocina en dirección a la despensa y cerré la puerta con un suave clic. Encendí la luz, metí la mano detrás del lavarropas y tanteé hasta dar con el celular. Un Nokia 1100 viejísimo; el aparato más confiable del planeta. Lo encendí y aguardé hasta que la barra de señal estuviera hasta el tope. No tenía ningún número grabado en la agenda, pero los tenía grabados en mi cabeza.

Marqué y aguardé.

—Hola... —contestó de inmediato.

—Necesito que me compres unas cosas —me apresuré a pedir.

—¿Qué pasó? —preguntó con preocupación— ¿Estás bien?

—Necesito que me compres lo que te voy a pedir y que lo dejes dónde siempre. No lo anotes, prestame atención y memorizá... No tengo tiempo para charlar. Mauro está en la casa.

—Ok. Decime.






“Te vi morir. Te escuché llorar cada noche mientras dormías. Yo era tan joven… debiste buscar algo mejor que apoyarte en mí” (Kelly Clarkson – Because of you)




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