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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 22

Capítulo 22: Tenemos un problema.




Sábado, 19 de diciembre de 2014.

Sábado. Un día de mierda. Estaba desplazando al domingo como el peor día de la semana. Tenía que irme y dejarla ahí; sin saber qué panorama encontraría a mi regreso, comiéndome hasta los codos de la incertidumbre. El asunto me estaba destruyendo, cada vez me costaba más dejarla. Dejarlos. A Lucrecia y a Alejo, a los dos. Sería más sencillo desenfundar la nueve y meterle un tiro en la cabeza a Echagüe. Pero… ¿y después qué? ¿Esperar a los días de visita mientras me pudría en la cárcel? ¿Rogando que Lucrecia accediera a estar atada a un criminal? No. No era una opción.

Y la opción que me habían dado estaba expirando, se me escurría como agua entre los dedos.

No podía sacarle una palabra a Lucrecia. Nada. No había nada que pudiera relacionar con la teoría de Andrés y él no dejaba de presionarme. De amenazarme. Así que traté de encontrar respuestas por mí mismo… Sí. Lo hice. Aproveché mientras le daba un baño a Alejo, que gracias a Dios se quedaba en la bañera hasta que se le arrugaban los dedos, y revolví toda la casa. Incluso el cajón de su ropa interior (me llevé algo, no me pude resistir).

No encontré nada.

La oficina de Lisandro tampoco ofrecía respuestas. El muy hijo de puta se la pasaba en el estudio, cogiendo con la amante, seguramente; y no había nada digno de atención en su oficina. Sólo las fotos de Lucrecia. También pensé en llevarme una, pero si Lisandro descubría el faltante, Lucrecia estaría en problemas.

Hasta revisé su teléfono. Lo confieso. Quise llorar cuando vi la lista de contactos. ¡Era tan reducida! Lisandro, por supuesto; lo tenía agendado como “Papá”. Santiago, Elena, Alicia, y “Jardín Alejo”. Esa era toda su lista; además de los números que ya venían agendados, los de emergencias. Había borrado el número de Luciano, y sospeché que los celos de Lisandro eran el motivo. Me dolió que no tuviera mi número, aunque se lo sabía de memoria, pero aparté el asunto y volví a concentrarme en tratar de hallar lo imposible.

No había nada. Pero, en mi trabajo, era necesario considerar más de una opción. ¿Y si Andrés se equivocaba? ¿Y si Lucrecia era inocente? Se lo sugerí a Andrés, pero él seguía insistiendo. Debía tener un dato preciso, una pieza de información importante que no me estaba dando. Y yo sentía que el tiempo se acortaba. Tenía un muy mal presentimiento. Como si algún monstruo me estuviera acechando y no pudiera verlo.

No podía sacarle una palabra a Lucrecia. Nada. Básicamente, porque hablábamos muy poco. Con el receso escolar de Alejo, casi no teníamos momentos solos. Y cuando los teníamos… bueno, tampoco hablábamos mucho.

El giro irónico de nuestro “relación” me estaba matando. Cada vez estábamos más cerca, claro. La piel entre nosotros era increíble, abrumadora. ¡Jamás me había sentido igual!, con ninguna mujer. Me volvía loco. Lucrecia era única en todos los sentidos. El asunto era que, mientras más “íntimos” nos volvíamos, más lejos la sentía. Conforme su cuerpo se daba cada vez con más intensidad, su corazón se me escapaba. Y eso me destrozaba. Lo irónico de la situación era que, no mucho tiempo atrás, me ponía eufórico la idea de que se sacara las ganas conmigo. Ahora, me lastimaba.

Cogíamos.

¡Era horrible! ¡Una blasfemia!!

Y como su fervoroso devoto, le daba todo de mí sin chistar. Ella lo tomaba, se levantaba de la cama, y regresaba a su vida de mierda. Me estaba convirtiendo en el secreto que le permitía seguir adelante con la fachada. En resumen, era una pesadilla hecha realidad. Y lo peor de todo, era que no podía resistirme a ella.

Empujé la ropa dentro del bolso, furioso conmigo mismo. No podía ser tan patético. ¿No era eso lo que quería? ¿Qué Lucrecia estuviera conmigo? ¡¿Por qué me estaba quejando, entonces?!

Escuché el crujido de la puerta al abrirse y supe que era ella, así que me propuse cambiar de actitud. Nada de contacto físico hasta que habláramos un rato. Quería que abriera el corazón, no las piernas… Bueno, las piernas también, ¡pero el corazón primero!

Estábamos tan conectados que, a pesar de ser tan silenciosa como siempre, la sentí aproximarse con ese caminar felino que me enloquecía por completo. Abajo, abajo, abajo… me repetía como un mantra. Su mano apareció sobre mi remera, sentí su cálido aliento en mi espalda y su cuerpo presionado sobre el mío. ¡Abajo, abajo, abajo! Seguí repitiéndome.

—Alejo duerme la siesta… —susurró.

—¿Y tu marido? —pregunté, tragándome el veneno que me brotaba de sólo mencionarlo.

—No sé… no le pregunto cada paso que da —contestó, sin inmutarse. Era su respuesta ensayada. La había escuchado tantas veces que ya me la sabía de memoria—. ¿Ya te ibas? —escuché la desilusión en el tono de su dulcísima voz y sentí que me derretía. Mi Diosa era despiadada.

—En un ratito —entrelacé mis dedos con los suyos y aproveché para alejarla de mi cinturón. Besé sus dedos, que siempre olían tan bien. Toda ella era un deleite para los sentidos. ¡Abajo, por favor!! Sus brazos se atenazaron alrededor de mi cintura y su mejilla me acarició la espalda. Estaba perdido.

—¿Y de cuánto sería ese ratito? —adiviné la sonrisa en su boca.

Listo. Me rendí. Así de patético era.

Me di vuelta para encontrarme con los ojos castaños más hermosos que había visto jamás, grandes y redondos como los de una muñeca, que me miraban con esa chispa que sólo reservaban para mí.

¡Estaba perdido! Rendido por completo.

—¿Qué? —preguntó, tratando de traducir mi caos interno.

—Nada… —acaricié su mejilla con mi pulgar—. Es que sos tan linda, que te veo y me dan ganas de llorar —confesé, embelezado.

—No me digas esas cosas… —sonrió—. Me hacés poner colorada.

¡Era tan dulce!! ¡¿Por qué?! ¡Me estaba matando!!

—¿Cuánto dijiste que duraba ese ratito? —preguntó, metiendo una mano debajo de mi remera y torturándome con una de sus caricias.

—No te dije…



Me aseguré de que el teléfono estuviera cargado, que la señal fuera suficiente, y lo dejé sobre la mesa. Cada medio micro segundo, me aseguraba de que siguiera funcionando. Ninguna preocupación era excesiva cuando tenías a un psicópata rondando a la mujer de tus sueños.

—Che… ¿podés dejar de mirar ese teléfono, por favor? Me estás poniendo nervioso —dijo, Diego—. Y me estás haciendo perder plata —se quejó, apuntando a las cartas frente a él. Habíamos perdido tres rondas seguidas. Sergio y Ramiro estaban con una sonrisa de oreja a oreja. El asado se estaba pagando solo.

—Perdón —apenas asomé una de mis cartas a la mesa, Diego me arrojó las dos que tenía en la mano directo hacia la cara.

—¿Qué hacés, gil? ¿Y el envido? ¿No me viste la seña? ¡Hace horas que me estoy desfigurando para que me veas!! ¡Tengo 33 puntos, boludo!!! Yo no juego más… Así no se puede. Me retiro —se cruzó de brazos, enojado como pocas veces, y los chicos intercambiaron gestos de confusión.

—Bueno, no es para tanto. Cambiamos equipos y listo, si tanto te jode jugar conmigo  —propuse.

—¡No! —saltaron Sergio y Ramiro, al mismo tiempo.

—Perdón, Maurito. Pero hoy no me emparejo con vos ni aunque me pagues. Estás en la estratósfera —agregó Ramiro.

—¡Una mala noche en diez años de amistad y me hacen esto! —encendí un cigarrillo y me recargué sobre el respaldar de la silla de plástico.

Hizo un ruido raro.

Los cuatro nos quedamos petrificados.

Un segundo después, la pata de la silla cedió y mi culo terminó repentinamente en el piso, en medio de un estruendo de platos y cubiertos que volaron para todos lados. Me llevé enganchado el mantel. Al menos, me aseguré de mantener el cigarrillo en alto… para que no se me apagara.

—¿Boludo, estás bien? —preguntó Ramiro, mirándome desde su silla.

Pestañeé, le di una pitada al pucho y me quedé en el piso, con una mano en el pecho. El foco de la lámpara del techo parpadeaba y la verdad se reveló ante mí como si me hubieran arrojado un vaso de agua helada a la cara.

—¿Estás bien? —repitió.

—Estoy enamorado de Lucrecia.

Tres rostros con expresión de sorpresa me miraron desde arriba, pero yo me sentí aliviado. Ya estaba dicho. Eso que me aprisionaba el pecho, el sentimiento que demandaba ser reconocido, al fin halló su camino. Estaba enamorado de Lucrecia. Profundamente enamorado de ella. La amaba. Tan real, tan simple y tan trágico como sonaba. La amaba.

Diego me extendió una mano y la tomé.

—Ya te dije que te vas a cagar la carrera, ¿no? —sonrió, palmeándome el hombro— Sergio, ¿por qué no traes esa botella especial que tenés guardada allá atrás? Vamos a tomar una bebida de adultos, como amerita la ocasión.



El auto frenó frente a la casa de Belgrano y mi cabeza rebotó en el asiento. El mundo daba vueltas.

—Insisto en que es una mala idea —dijo Diego.

Desestimé su comentario y prácticamente me tiré encima de él para espiar por la ventana. Si Echagüe estaba en la casa, a esta hora ya estaría todo apagado. Pero no… Echagüe no estaba. Y mi Diosa se paseaba al borde de la pileta, con un libro en la mano, tan concentrada en la lectura que no vería un elefante en una bañera.

—La amo.

—Ya me lo dijiste… —Diego me devolvió a mi asiento con un empujón de hombro— como unas veinte veces en la última media hora. Ya la viste. Ahora, nos vamos. Te llevo a tu casa, Mauro.

—No —abrí la puerta del auto y casi me resbalo, pero alcancé a ponerme de pie con bastante elegancia… espero—. Le voy a dar un beso y vuelvo.

—No… Mauro, pará —estiró una mano para pescar mi remera pero no me alcanzó— ¡Mauro! —gritó en silencio. Sí, se podía gritar en silencio. Con cara de malo y dientes apretados. Pero no me importó.

Crucé la calle, llegué a la reja y tanteé mis bolsillos.

Me había dejado la llave en el departamento.

—Lucrecia… —la llamé, pero no me escuchó—. ¡Lucrecia!

Alzó la mirada del libro, y buscó alrededor, confundida. Hasta que por fin me vio.

—¿Qué hacés acá? —preguntó, caminando hasta la reja con el libro apretado contra su pecho— ¿No deberías estar en tu casa?

—Quería verte.

—¿Qué?

—Quería verte… saber si estabas bien.

—Estoy bien —se acercó hasta la reja, a una distancia íntima, y aproveché para alcanzar su mejilla entre los barrotes. Era tan linda. Y la amaba—. Pero vos no estás bien. ¿Tomaste, Mauro?

—Un poquito —admití.

—Ya veo… —me hizo una mueca, con ese toquecito de ironía que me volvía loco— ¿Por qué estás del otro lado de la reja?

—Me olvidé la llave en casa. No tenía pensado venir… Solamente… Bueno, ya te dije. Tenía ganas de verte.

Me clavó una mirada que no supe cómo interpretar y se alejó de la reja, directo hacia la casa. Atónito, la vi caminar hasta la puerta corrediza y desaparecer dentro de la casa. Me quedé helado. Miré sobre mi hombro, buscando a Diego, y leí un “te dije” en sus labios.

Estaba a un segundo de volver al auto con la cola entre las patas, cuando la vi regresar. Llave en mano.

—Entrá… Mis vecinos son muy curiosos —dijo en voz baja, como si alguien pudiera oírla. ¡Era tan linda! ¡Y la amaba!!! Me olvidé por completo de mi hermano y la seguí.

Entrelazamos manos de camino a nuestro refugio y sonrió, con esos ojitos de muñeca que brillaban como dos lunas. Usó su llave para abrir la puerta y…

—Quedate a dormir conmigo —el pedido se me escapó de la boca sin que pudiera frenarlo.

La sonrisa que jugaba en sus labios desapareció como si nunca hubiera estado ahí, siendo reemplazada por un gesto de perplejidad.

—Sabés que no puedo —dijo, mirando a cualquier cosa menos a mí.

—¿Por qué no? —apoyé un hombro en el marco de la puerta, negándome a entrar sin obtener mi respuesta. Si entraba, estaba perdido.

—Hay más de una razón por la que no puedo —contestó.

—Quiero escucharlas. A todas —le pedí—. Quiero escucharte, Lucrecia. ¿Por qué no me hablás?

—Estamos hablando.

—Entonces, decime. ¿Por qué no te podés quedar?

—Porque estoy casada, Mauro —me miró directo a los ojos—. ¿Te parece poco?

—Separate.

Se me escapó. ¡Se me escapó! Juro que su cara se puso blanca. La mía estaba más o menos del mismo color. ¿En serio? ¿Le había sugerido eso? ¿Cómo se me ocurrió semejante cosa?

—¿Por qué me hacés esto? —preguntó, con voz temblorosa. Si se ponía a llorar por mi culpa, no me lo iba a perdonar jamás— Sabés cuál es mi situación, Mauro. La sabías cuando esto empezó. Somos dos personas grandes, creí que estaba todo claro entre nosotros. ¿Me equivoqué?

No sabía qué contestar a eso, porque tenía razón. Había sido clara desde el principio. Lo que no tuve en cuenta, fue la posibilidad de enamorarme de ella. De quererlo todo. Y más.

—Es mejor que me vaya —dijo, jugando con las llaves y escondiendo el brillo de sus ojos.

—Pará, no te vayas —acaricié su mejilla y la atraje hacia mí. Porque la necesitaba cerca. Más cerca. Lo más cerca que fuera posible. Me aferré a su cuerpo y la abracé—. Tenés razón, somos grandes. No me hagas caso, no sé por qué dije eso. Fue un impulso.

—Mauro… —la forma en la que dijo mi nombre hizo que un escalofrío me sacudiera el cuerpo—. No creo que sea buena idea seguir con esto. Si te estoy lastimando…

—No me lastimás —mentí, de inmediato, aterrado con la sola idea de perder lo poco que había entre nosotros. En este punto, ser patético era la menor de mis preocupaciones.

—No me mientras. No te sale —apoyó su mano sobre mi pecho y su calor me llegó hasta el centro de corazón—. Te mereces mucho más de lo que yo puedo dar.

—No quiero nada más, ni a nadie más.

Me miró de una forma indescifrable, pero no dijo nada. Y el escalofrío se intensificó.

—Mañana hablamos más tranquilos —dejó las llaves en mi mano—. Que descanses, Mauro.

No.

Me quedé inmóvil, viéndola alejarse con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada apesadumbrada. Y no. No iba a dejar que se fuera así. Que se fuera de mí. De nosotros. ¡¿Cómo había sido tan idiota?! No podía perderla, no quería perderla, ni alejarme de ella cuando sabía que me necesitaba.

No.

—Lucrecia, esperá.

Se detuvo al escucharme, pero mi teléfono eligió el peor de los momentos para empezar a sonar. Espié la pantalla, apenas de reojos. Era Gómez.

Estaba tratando de decidir qué era más importante, si arreglar las cosas con la mujer que amaba o atenderle el teléfono a mi jefe, cuando el celular de Lucrecia empezó a vibrar dentro de su bolsillo. Nos miramos a los ojos por unos segundos, justo cuando el teléfono fijo de la casa se sumó al bochinche.

Su cara se puso más blanca que la de un fantasma. La mía, otro tanto. Se dio media vuelta y corrió hasta la casa.

—¡Lucrecia, esperá! —traté de detenerla, pero ya estaba entrando, casi llegando al teléfono— La puta madre… —atendí la llamada de Gómez—. ¿Qué pasó? —prácticamente le ladré.

—Tenemos un problema, pibe —contestó con firmeza.

El grito desgarrador de Lucrecia dentro de la casa por poco me mata. Corrí hasta ella con el teléfono pegado al oído y la encontré arrodillada junto al teléfono, derrumbada como no la había visto jamás.

—Santiago Echagüe se suicidó, Mauro. Lo encontraron hace media hora.





“Yo te esperaré. Te espero. Sufro por amor, sufro por los dos. ¿Por qué no vienes? ¿Por qué no vienes un poco más cerca?” (Sia – Fire meet gasoline)




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