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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 23

Capítulo 23: El testigo mudo.




Martes, 14 de octubre de 2014.

La casa era un constante ir y venir de desconocidos. Técnicos, policías, gente que se desplazaba por mi casa como si fuera la peatonal Florida. Nadie me prestaba demasiada atención. Yo era la esposa calladita y tímida a la que habían encerrado en el baño de arriba, nada sabía de lo sucedido. Estaba muy conmovida.

Oculta en la seguridad de nuestra habitación, me recosté a un lado de mi hijo y aguardé a que el caos pasara. Lisandro estaba tan aturdido por el alboroto que no se dio cuenta de nuestra ausencia. Por primera vez en años, lo noté confundido y dubitativo. Andrés Fusco lo estaba hostigando; a él y a Santiago. Ambos estaban nerviosos.

Oí el roce de la puerta al abrirse y mi suegro entró, procurando hacer silencio al ver a su nieto dormido a mi lado.

—¿Se fueron? —me incorporé y él asintió. Le hice una seña para que se sentara junto a mí.

Se veía abatido, cansado. Era la viva imagen del espanto. Apoyó los codos sobre las rodillas y se tomó la cabeza. Con el paso de los años, había sido el testigo mudo, el cómplice silencioso, el que acataba sin cuestionar, y eso lo estaba consumiendo por dentro. Las consecuencias de su obediente complicidad se estaban volviendo en su contra y el momento de dar cuentas se aproximaba. Eso lo sumía en la desesperación.

—No sé qué hacer, primor. No puedo enfrentar esto —dijo en voz baja, mirando hacia el frente—. Si esa plata no aparece… —negó con su cabeza, sin poder concluir la frase, con la voz estrangulada.

Si hubiera tenido un padre, me hubiera gustado que fuera como él. Pero Santiago no era mi padre. Era el padre de Lisandro. Nunca aparté esa verdad de mi mente. Él haría cualquier cosa por Lisandro. Igual que yo, que estaba dispuesta hacer lo que fuera por Alejo.

—Tranquilo —tomé su mano entre las mías y la besé. Porque lo amaba. A pesar de todo, lo amaba. Aunque Santiago no fuera lo suficientemente fuerte para defenderme, aunque no fuera mi caballero de brillante armadura, lo amaba.

Me arrodillé frente a él y lo abracé fuerte, mordiéndome la lengua para no contarle la verdad.

Porque Santiago haría cualquier cosa por su hijo, pero yo haría cualquier cosa por el mío. Aún si eso implicaba arrojar a mi suegro en la más profunda de las oscuridades.




Domingo, 20 de diciembre de 2014.

Muchos teléfonos sonando al mismo tiempo eran preludio de malas noticias. Mauro insistía en que me detuviera, pero la opresión en mi pecho era más fuerte que las ganas de escuchar lo que fuera que tuviera que decir. Ignoré mi celular y corrí hacia el teléfono.

—Hola… —contesté, con el corazón desbocado.

—Buenas noches, Lucrecia —al escuchar su voz, se me erizó la piel.

—Buenas noches —respondí, confundida—. Es tardísimo, Elena. Alejo está durmiendo. ¿Necesitabas algo?

—Avisarte que Santiago tuvo un percance. Quería que lo escucharas de mi boca.

—¿Qué tipo de percance? —pregunté, asustada.

—No soportó la presión.

—¿Qué significa eso, Elena? —las rodillas dejaron de sostenerme y me senté en el suelo con el teléfono pegado a mi oído; sabía la respuesta aun cuando ella no me la había dado.

—Pensé que nunca lo iba a hacer, ¿sabés?… pero sí. Se mató, Lucrecia. Se pegó un tiro en el estudio.

Sentí el dolor en mi mano antes de darme cuenta que estaba golpeando el teléfono contra la mesita. Y luego de sentirlo, seguí golpeando, porque no había dolor más grande que el de saber que se había rendido. Golpeé, golpeé y golpeé un poco más, hasta que mi brazo fue incapaz de seguir aplicando fuerza y… simplemente me detuve.



Me sentía fuera de mi cuerpo, como si estuviera viendo la escena desde afuera, casi como mirar una película. Una película de terror. Odiaba la ropa que Camila me había prestado, me quedaba grande; pero no había nada negro dentro de mi vestidor. No estaba preparada para asistir a un funeral. Cuando la Nona murió, la enterramos sin mucho protocolo. Ahora, hacia dónde quiera que mirara, había caras desconocidas, máscaras falsas.

Lisandro y Elena atendían a los “dolientes” visitantes cual anfitriones en una fiesta de gala. Me daban asco.

Yo… me sentía fuera de mi cuerpo. Me senté en una incómoda butaca, lo más alejada posible del tumulto y del cajón. No podía creer que Santiago estuviera ahí adentro, o lo que quedaba de él, en realidad. No me permitieron verlo. Lisandro dijo que no quería que esa fuera la última imagen que conservara de él, que ese cuerpo ya no era Santiago, pero creo que sólo lo hizo para molestarme. Porque no quería que me despidiera, porque sabía que Santiago ocupaba en mi corazón un espacio muchísimo más grande que el destinado a él.

Llevamos a Alejo a casa de Alicia. No estaba segura de estar haciendo lo correcto, pero no quería que mi bebé asistiera a semejante circo. Ya encontraría la forma de que nos despidiéramos de su abuelo como nosotros quisiéramos. Todavía no había tenido el coraje de darle la noticia; no sabía cómo hacerlo. Pero tampoco podía pensar. Me sentía fuera de mi cuerpo.

Las máscaras falsas pululaban como fantasmas. Me sentía sola, entre espectros. Más sola que nunca.

Se habían llevado a Mauro. Gómez llegó a la casa luego de las llamadas, acompañado de Andrés Fusco, y se lo llevaron. No sin que hubiera algo de resistencia de su parte… o bastante resistencia.

Creo que me dijo que lo sentía mucho, pero francamente, no recuerdo mucho. Sólo que se lo llevaron.

—Lo lamento mucho, Sra. Echagüe —dijo uno de los enmascarados, estrechando mi mano. Asentí. ¿Qué más podía hacer?

Habían escogido el mejor cajón que el dinero pudiera comprar, pero no podía evitar la sensación de claustrofobia, como si fuera yo quien estaba ahí adentro. ¿Qué traje le habrían puesto? ¿Estaría usando ese reloj del que jamás se despegaba?

Apoyé los codos sobre mis rodillas y me tomé la cabeza, agotada de tanto monólogo interno. Quería que Mauro estuviera conmigo, que me llevara lejos de tantas máscaras falsas. Pero no estaba. En su lugar, había dos federales que trataban de pasar de incógnitos. Estaban fallando.

Me aterraba la idea de que nos hubieran descubierto. Temí que fuera Lisandro el de las llamadas, que algún vecino curioso hubiera decidido delatarnos, temí que volviera a casa y me matara. Pero no. Santiago era el muerto.

Nunca más lo escucharía llamarme por mi apodo privado. No volvería a oírlo decir “¿cómo estás, primor?”, portando su sonrisa franca y sus ojos sinceros. Nunca más volvería a aspirar su cuello para inundarme del perfume de su crema de afeitar. No vería su pantorrilla blanca asomando por encima de sus medias oscuras.

Me había dejado sola.

No… Yo lo había dejado solo a él.

Podría haberle dicho la verdad. Podría haber hecho tantas cosas. Pero no hice nada. Y, por eso, no me perdonaría jamás. Yo también había sido un testigo mudo, una cómplice silenciosa. Lo había visto desmoronarse día a día, ceder ante una presión que estaba aplastándole, y no había hecho nada. No había hecho nada porque tenía miedo. Tenía miedo de que mi vía de escape se disipara. Fui egoísta y, ahora, las consecuencias de mis malas decisiones regresaban para ajustar cuentas, llevándose consigo a una de las personas más importantes de mi vida.

Santiago no se había matado. Yo lo había matado.

Me enderecé en la incómoda butaca y escuché su risa. La busqué entre las máscaras falsas. A ella, la más falsa de todas. Tenía el cabello arreglado como si se hubiera estaba preparando horas para la ocasión; un maquillaje tan perfecto que hasta me dio náuseas. Estaba parada junto a Lisandro, con una garra asida a su brazo. Eran la pareja perfecta. Tal y como había dicho: “no hay mujer más perfecta para mi hijo que su mamá”.

La detestaba. Con cada fibra de mi ser. La odiaba más que a cualquiera, casi más que al patético de su hijo. Apreté los puños sobre la incómoda butaca, sintiendo cómo ese odio se apoderaba de cada célula de mi cuerpo.

Estaban velando a Santiago y ella se reía.

Vi todo negro.

Me levanté de la butaca y mis zapatos altos resonaron sobre el elegante suelo. Cada paso era un latido, cada vez más acelerado, cada vez más determinado. Las máscaras falsas a su alrededor me vieron mucho antes que ella, mucho antes que Lisandro. Pero ya era tarde.

—¡Brujaaaaaa!!! —antes de darme cuenta de lo que hacía, a fuerza de manotazos descoordinados, me había hecho espacio para alcanzar su odioso peinado de peluquería con dos puños tan apretados que su cara por poco toca el piso.

Me la llevé, la arrastré como la cucaracha que era, gritando como una demente. Ella también gritaba. Y lloraba. Y yo más jalaba de su cabello, con un odio del que no me sentía dueña. Era mi odio y el de Santiago combinados. Quería matarla. Iba a matarla. Unos brazos poderosos me envolvieron y me arrancaron violentamente de su lado, y entonces comencé a patear, porque vi que Elena todavía se movía. ¡Quería matarla!

—¡Sos una basuraaaaa!!! ¡Una zorra!!! —le gritaba mientras me arrastraban fuera del salón velatorio, y seguí gritando por todo el pasillo— ¡Basuraaaaaa!!!!

Lisandro pateó una puerta al final del pasillo, porque no podía usar las manos. Estaban rodeando mi cuerpo. Mi espalda pegada a su pecho, mis piernas pateando todo lo que se ponía en mi camino, incluso un costosísimo jarrón que terminó hecho pedazos en el piso.

—¡¿Qué hacés?! —me empujó lejos y el piso se me vino encima. Aterricé dolorosamente sobre mis rodillas. ¿Me importó? ¡Por supuesto que no!

Me impulsé del piso y cargué nuevamente contra él, empujándolo con toda la fuerza que mi cuerpo me permitió. Debe haber sido bastante fuerza, porque su cuerpo terminó rebotando contra la puerta, cerrándola por el impulso.

—¡Dejame pasar! —le grité, fuera de mí. Como si estuviera viendo la escena desde afuera.

La máscara que solía usar se cayó, y detrás de ella apareció el monstruo que yo conocía muy bien. Me tomó por los brazos y me zamarreó con tanta fuerza que sentía que se me desprendía la cabeza.

—¿Estás loca? ¿Qué estás haciendo? —volvió a zamarrearme. No me importaba. ¡Estaba furiosa!!

—Sos una mierda. Vos y tu mamá son una mierda… Y te odio —dije, mirándolo directamente a los ojos—. Te odio, Lisandro. ¡Maldigo el día en que te cruzaste en mi vida, ¿me escuchaste?! ¡Te odio!!!

Soltó uno de mis brazos y me tomó la cara con una mano.

—¿Qué estás haciendo? ¿Eh? —me abofeteó. Suavecito, contenido, casi irónico— ¿Eh? (bofetadita irónica) ¿Te creés que estoy de humor para tus pelotudeces? (bofetadita irónica) ¿Me odiás? (bofetadita irónica) ¡Qué bueno! Porque eso significa que te importo, ¿no? (bofetadita irónica)

Antes de que la nueva bofetadita irónica tocara mi cara, lo escupí. Directo al ojo izquierdo.

—Eso es lo que siento por vos, basura —dije con los dientes apretados.

Nada de bofetadita irónica. Piña a puño cerrado en pleno estómago. Esta vez, no vi todo negro, vi una multiplicidad de colores brillando frente a mis ojos. Mis rodillas volvieron a tocar el suelo y me tomé el estómago para no vomitarlo sobre el precioso piso oscuro. Apoyé una mano para poder levantarme, pero me faltaba el aire. Para mi desgracia, Lisandro ayudó a que me levantara tomando un puñado de mi cabello en su garra.

Todo pasó tan rápido que apenas alcancé a ver la puerta abriéndose y a una borrosa mata de rulos que me quitó al monstruo de encima.

Luciano.

—¡Pegame a mí, hijo de puta! —lo empujó al suelo y Lisandro aterrizó atónito sobre los restos del jarrón— ¡Cagón de mierda! —su pie conectó con su estómago un par de veces, hasta que Lisandro reaccionó y lo arrastró hasta el suelo— ¡Maricón!!

—¡No! ¡Basta! —cuando Lisandro logró colocarse sobre él, tiré de su camisa y rasgué su manga. Pero estaba enceguecido. Los tres estábamos enceguecidos.

Me trepé a la espalda de Lisandro y comencé a forcejear para liberar a Luciano, que en un segundo de lucidez, se incorporó y le dio tremendo codazo en la mandíbula, dejándolo casi inconsciente. Puso las manos en su cuello y lo apretó contra el suelo, tan fuerte que podía ver los ojos tormentosos de mi marido a punto de saltar de sus cuencas.

Los dos “incognitos” irrumpieron en la habitación y tomaron a Luciano de los brazos, mientras Lisandro tosía en el piso, tomándose el cuello con una mano. Estuve a punto de ir a socorrer a Lucho, pero unas perfectas uñas de manicura se me clavaron en el brazo y me detuvieron.

Me volví hacia ella y la enfrenté. Quise reír del estado calamitoso en el que había quedado su peinado de peluquería, pero no me iba a reír. Era el funeral de Santiago.

—Siempre supe que eras una negrita de cuarta. ¿Pero esto? ¿Este escándalo? ¿En el funeral de mi marido? —me fulminó con la mirada y apoyó una de sus asquerosas uñas sobre mi vestido prestado— Santiago está muerto, querida. ¿Ahora quién te va proteger? Agarrate, Lucrecia. No sabés la que se te viene.

Tomé su asquerosa uña con dos dedos y la retiré de mi pecho. Ya no sería un testigo mudo, ni una cómplice silenciosa.

—No —me acerqué a su cara—. Agarrate vos, Elena. Porque no tenés idea de lo que es capaz esta negrita de cuarta.



Alejo jugaba con Camila en la alfombra del departamento de Luciano. El lugar era un completo desorden, fiel reflejo de su personalidad.

Nos habían echado del funeral.

Él estaba desparramado en el sillón, con los pies sobre la mesita ratona y un bife de carne pegado a la boca, para bajar la hinchazón. Lisandro le había bajado un diente. Yo me desparramé a su lado, sintiéndome drenada de fuerzas pero medianamente entera. Apenas tenía un corte en la palma de mi mano izquierda, por culpa de un pedazo del jarrón roto.

El silencio era absoluto, hasta que Luciano lo rompió con una risotada tan fuerte que el bife terminó aterrizando en su regazo.

—¿Le viste la cara? —se tomó el estómago e hizo una mueca de dolor— No lo podía creer… No se la vio venir.

Lo miré por un segundo y no nos pudimos resistir más. Ambos terminamos en un estallido de carcajadas que hizo que todo nos doliera un poco menos.

—Pega fuerte, el muy hijo de puta… —dijo entre risas.

Las mías comenzaron a decaer.

—Sí —acordé, apoyando la cabeza en el sillón.

Luciano entrelazó su mano con la mía y besó mis dedos.

—No tenés idea de las ganas que tenía de romperle el culo a patadas. No sé por qué esperé tanto —dijo, recolocando el bife en su cara.

—Te dije que prefería que no fueras vos. Pero… bueno, te agradezco mucho.

—¿Qué hubiera pasado si no lo interrumpía? —preguntó, apesadumbrado.

—No sé —admití—. Nunca sé qué es lo que va a pasar con él.

—¿Por qué no me dijiste, Luli? ¿Por qué seguís en esa casa?

—Porque no tengo alternativa, Lucho —suspiré, y mi estómago se quejó. Ya tenía un hematoma nuevo.

—Dejalo. Vení a vivir conmigo y con Camila. Nos podemos arreglar —propuso, tan generoso y tan desinteresado como siempre. Reacomodé el bife sobre su cara, que había vuelto a caerse.

—No puedo. No me va a dejar, Lucho. Lisandro nunca me va a dejar en paz. Y no quiero que Alejo pase por eso.

—¿Y Mauro? —preguntó, con una ceja alzada.

—¿Qué pasa con Mauro?

—A mí nada. Pero a vos te pasa de todo con él.

—Lucho… no me hagas hablar de eso —dije, avergonzada—. Mauro no es una opción. No puedo obligarlo a cargar conmigo y con Alejo. No sería justo.

—¿Y él? ¿Qué opina de eso?

—No sé —contesté con absoluta sinceridad.

Suspiramos, los dos al mismo tiempo, y volvimos a desparramarnos en el sillón. Subí los pies a la mesita, junto a los suyos.

—No puedo creer que mi viejo ya no esté, ¿sabés? —dijo, cubriéndose los ojos con el bife. Lisandro no lo había golpeado ahí, así que supuse que quería ocultar las lágrimas.

—Yo tampoco —suspiré.

—Luli…

—¿Qué?

—¿Qué va a pasar cuando vuelvan a tu casa? —preguntó, descubriéndose un ojo.

—Nada —me alcé de hombros.

—¿Cómo estás tan segura?

—Porque Mauro va a estar ahí. Y no va a dejar que me pase nada —contesté con absoluta seguridad.

—Ah.

Apoyé la cabeza en su hombro y solté una risotada más, tomándome el estómago.

—¡¿Qué?! —preguntó, Lucho.

—¿Viste la cara de tu mamá cuando la bajé de los pelos?

Sólo eso bastó para otro ataque de risa nos asaltara a los dos.





Pero nunca vamos a sobrevivir, al menos que nos volvamos un poco locos (Alanis Morissette – Crazy)




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