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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 24

Capítulo 24: Esperame.




Domingo, 20 de diciembre de 2014.

Me paseaba de un lado al otro de la oficina de Gómez, con un pedazo de papel higiénico en la nariz. El muy hijo de puta pegaba fuerte, un solo golpe le bastó para sentarme en la parte de atrás de su auto. Por lo menos, no me había roto nada.

Quería quedarme con ella.

Pero cuando le informé a Gómez que estaba en casa de los Echagüe, se las arregló para llegar en menos de diez minutos (no sé cómo lo hacía), acompañado de Andrés Fusco. Me sugirieron muy amablemente que aprovechara la confusión para desaparecer, antes de que Echagüe llegara a la casa y me descubriera con Lucrecia en mi día de descanso. Muy amablemente, les respondí que Echagüe se podía bien a la puta madre que lo parió y que si tenía algo para decir estaría encantadísimo de escucharlo. Y, de paso, que si tocaba a Lucrecia lo iba a despellejar con una cuchara de postre… de las chiquititas. Sin darme tiempo a reaccionar, Gómez me pegó en medio de la cara.

Quedé fuera de juego.

Así que, ahí estaba. Dando un paseo por la oficina de Gómez, con un pedazo de papel higiénico en la nariz, y unas ganas tremendas de devolverle el golpe a mi jefe. Que dicho sea de paso, me había dejado encerrado. Literal. La puerta estaba con llave.

Todavía no podía creer lo del suicidio de Santiago. Otro golpe para Lucrecia. ¿Cuántos más iba a tener que soportar? Me estaba volviendo loco. Necesitaba sacarla de ahí cuanto antes. ¿Cuánto tardarían en “suicidarla”? El asunto olía cada vez peor, y no encontraba la punta del ovillo. Nada de qué agarrarme. Con Santiago fuera de juego, Lisandro tenía todo el control. Pero, ¿el control de qué?

Tanteé el bolsillo de mis jeans y saqué el paquete de cigarrillos. Quedaba sólo uno. El de la suerte. ¡Qué ironía!!!

La llave giró en la cerradura y mis dos captores hicieron su ingreso.

—Tomá, pibe —Gómez me arrojó una bolsa de hielo y me la puse en la cara, no sin antes asesinarlo con la mirada—. Sentate.

—¿Y? ¿Se suicidó o no? —pregunté, quedándome de pie. Un pequeño acto de rebeldía.

—Se comió una bala. Creeme —señaló Andrés, con ese gesto de superioridad que lo caracterizaba. Se apoyó en el escritorio y se cruzó de brazos. Se había dejado el traje en casa; el asunto lo había tomado por sorpresa, como a todos—. La mitad de su cabeza estaba regada en un cuadro carísimo, vengo de ahí. No voy a poder comer en una semana. Ahora, ¿me querés decir qué mierda hacías ahí? ¿Estás demente, querido?

—Es mi día de descanso, no tengo por qué darte explicaciones de dónde estoy o qué estoy haciendo —respondí, tan calmado como me fue posible.

—Fue una imprudencia de tu parte, Mauro. Me sorprende de vos —agregó, Gómez—. ¿Tenés un pucho?

—Este es el último —respondí con una mueca—. Y no debería sorprenderte. Echagüe aprovecha los fines de semana para atacar a mi cliente, ¡tu cliente para ser más preciso!, así que… podés contarlo como horas extras o dejar de romperme las pelotas. Como te quede más cómodo.

—¡Mauro! —Goméz soltó una palma sobre el escritorio— ¡El tono!

Le di una pitada al pucho y me crucé de brazos. Estaba pensando seriamente en presentar la renuncia.

—Si Echagüe te encuentra ahí, solo, con su esposa… ¿Qué creés que pasaría? —preguntó, Andrés.

—¿La verdad? Estoy esperando que pase eso. Quiero ver qué es lo que hace cuando se entere de que es un cornudo.

—¡Mauro! —segunda palmada de Gómez sobre el escritorio. Y estoy seguro de que esa le dolió.

—Todo el laburo que venimos haciendo hasta ahora, se perdería. Eso es lo que pasaría, Mauro —dijo, Andrés.

—Me la llevo y listo —contesté, tajante.

—¡Genial! ¡Magnífico! —aplaudió con ironía— Hacé el intento. Dale. Te la llevás, ¿y después qué? Echagüe se te cuelga del cuello, le pelea la custodia del nene a tu noviecita (y se la gana, obvio), le pone cuánta traba se le ocurra para no darle el divorcio, la persigue, la hostiga, la amenaza, le damos un botón de pánico, por las dudas, y… bueno. Mirá el noticiero. No tengo que decirte cómo termina la historia, ¿no?

—O lo mato —dije entre dientes.

—Mejor todavía. Yo mismo te meto en cana, por pelotudo —se tomó un segundo para respirar antes de seguir hablando. Parecía cansado. Y un poco frustrado— ¿Sabés cómo se termina esto? ¿Pero de verdad? Cuando Lucrecia me diga de quién es la guita que se robó y quienes fueron sus cómplices. Cuando relacione a Lisandro con las movidas turbias del viejo Echagüe y lo meta en cana. Así se termina. Pero no me estás ayudando, Maurito… Dijiste que me ibas a ayudar y estás muy ocupado haciéndote el Romeo. ¡Abrí el ojo!

—¡No hay nada, Andrés! ¿No entendés?

—Mauro… El viejo Echagüe se comió una bala, ¿estás ciego o sos boludo? Sabía que lo teníamos bajo la lupa. ¡Estaba cagado de miedo! Alguien lo estaba apretando.

—A ver, Andrés… ¡No hay nada! ¡Lucrecia no sabe nada! O vos sos el boludo o hay algo que no me estás diciendo.

Se cruzó de brazos e intercambió una mirada con Gómez. Una mirada cómplice.

—¿Qué es? —pregunté— Decime.

—Si repetís una palabra…

—Sí, ya sé. Me sacás del caso y después me hundís. Hablá.

—Había algo más adentro de esa caja. Un documento importante.

—¿Qué documento?

—No sé, Mauro. Si lo supiera, ya habría resuelto este quilombo.

—Corrijo: ¿qué pensás que tiene ese documento?

—Nombres —respondió—. Dos nombres. La guita era para una compra, o un alquiler, para pasarla al circuito legal. Un soborno. Según mis fuentes, ese documento está firmado por Echagüe y por el destinatario de la guita.

—¿Qué sabés del destinatario?

—Es uno de los nuestros —contestó, bajando la mirada.

—¿Cómo que uno de los nuestros? ¿A qué te referís?

—A alguien del poder judicial, Mauro. La guita era para frenar una causa, para que el destinatario hiciera la vista gorda.

—¿Qué causa?

—¡Bueno, basta! ¿No te alcanza con eso? Ya te dije más de lo que podía. No te voy a decir una palabra más, estamos en plena investigación. El asunto es delicado… tenemos a los tipos adentro del poder judicial, Mauro. Alguien está recibiendo plata negra para hacerse el gil. ¡Me revuelve las tripas! Ya te dije que no me importa la guita… ¡Quiero ese documento!

El círculo se cerraba. Santiago respondía a alguien interesado en frenar una causa, y si se sabía cuál era esa causa, la cabeza caía por su propio peso. Si ese documento existía, y si Andrés tenía razón en su teoría del robo, Lucrecia no solamente tenía un ahorrito guardado por ahí, también tenía un seguro. Andrés tenía razón… no era inteligente, era brillante. Tenía a Lisandro agarrado de las pelotas.

Aplasté en pucho en el cenicero justo cuando golpearon la puerta.

—¡Adelante! —gritó Gómez.

Un tipo que no conocía, se asomó con cara de susto.

—Pasá —le indicó Andrés.

—Él es Francisco Muñoz, trabaja en la fiscalía. Lo mandé a pegar una mirada en el velatorio. Francisco, él es Mauro Acosta, es el custodio de Lucrecia y Alejo. A Pablo Gómez, ya lo conocés —estrechamos manos. No me gustaba nada que hubiera otro tipo rondándole a Lucrecia. Para nada.

—¿Qué pasó? —preguntó, Andrés.

—Se armó tremendo bardo —contestó el tipo.

—Sé más específico.

—La Sra. Echagüe tuvo un altercado con la Sra. Echagüe.

—No entiendo —Andrés entornó la mirada, yo hice lo mismo.

—La señora Lucrecia Echagüe arrastró de los pelos a la Sra. Elena Echagüe frente a doscientas personas. Tiene un vocabulario bastante colorido, la puteó hasta en chino. El marido se la llevó, se gritaron un poco, y después entró el cuñado. ¿Luciano? ¿Puede ser? Desconozco qué pasó, pero cuando entramos, tenía a Lisandro del cuello. Nos costó bastante sacárselo de encima. Después, Lucrecia y el cuñado fueron invitados a abandonar el lugar. Los llevamos a la casa del cuñado. A un departamento en Palermo.

Andrés soltó un suspiro de frustración que Gómez acompañó. Yo… vi todo negro. Agarré a “no sé cómo se llama” del cuello de la camisa y lo apoyé, no tan amablemente, contra la pared de la oficina.

—¿La dejaste sola con el marido? ¿Me estás jodiendo? —lo zamarreé— ¿Dónde aprendiste a hacer tu trabajo? ¿En un curso por correo, pelotudo de mierda?

—Mauro… pará —Gómez trató de alejarme de “no sé cómo se llama”, pero yo estaba tratando de memorizar su cara, para reventarlo a trompadas la próxima vez que me lo cruzara—. Basta.

—Rajá de acá, ¿querés? Desaparecé de mi vista —le ordenó, Andrés. Lo solté y me contuve de darle salida con una patada en el culo.

—Bajá los niveles, Mauro. Te lo pido, por favor. O me vas a obligar a darte unas vacaciones… permanentes —dijo Gómez—. Y no me gustaría perderte.

—Vamos a tranquilizarnos… todos —intervino, Andrés—. Se te acabaron los francos, querido. Yo me arreglo para convencer a Lisandro de la “necesidad” de que ampliemos la custodia a siete días. Vos te vas a buscar a Lucrecia, pero ya, porque no puede volver sola a esa casa. Si Lisandro la agarra solo…

—¡Ya sé! ¡Ya sé! —lo detuve. No quería escuchar lo que pasaría si Lisandro y Lucrecia estuvieran solos después de que hubiera mechoneado a su suegra. (¡No podía creerlo! ¡¿Mechoneó a su suegra?!)



Golpeé la puerta, porque el timbre del departamento de Luciano no funcionaba. Cuando al fin abrieron, el alma me volvió al cuerpo.

—¡Maurooooooo!! —gritó Alejo, estirándome los brazos. Lo levanté y me estampó un beso en la mejilla— El Nono está en el cielo —dijo con una sonrisa. Quise ponerme a llorar por su inocencia.

—Ya me habían contado. ¿Estás bien, enano? —pregunté, abrazándolo. Quería meterlo dentro de mí y mantenerlo encerrado ahí para siempre. Para que nada ni nadie lo lastimara, nunca más.

—Ajá —contestó igual de sonriente.

—¿Y tu mamá?

—Pasá, Mauro —dijo, Camila. Tenía los ojos colorados, hinchados de tanto llorar. El clima era de velorio.

—¿Qué pasó? —pregunté a la pasada.

—Que te cuenten ellos, están en el living. Vení conmigo, Alejo —lo tomó de mis brazos y se lo llevó por el pasillo.

Caminé por las reducidas dimensiones del departamento y encontré el living sin problemas. El problema fue lo que encontré en el living.

—Al fin… ¿Qué pasó? ¿Mucho tráfico? —preguntó, Luciano. Le faltaba un diente y tenía el labio partido.

—Mauro… —Lucrecia se levantó del sillón con algo de dificultad. Me contuve de ponerme a gritar de la angustia.

No me importó que Luciano estuviera ahí. Acorté la distancia a más que sólo íntima y la recibí con un abrazo, hundiendo mi cara en su cuello, porque necesitaba la vainilla y el coco de su piel y porque ella había perdido a una persona importante en su vida. Quería consolarla. Porque la amaba. Más que a nada. Más que a nadie. Más que a mí mismo.

—¿Estás bien? —murmuré sobre su pelo.

—Ahora sí —contestó, apoyando su mano en mi pecho.

—¿Qué pasó? —pregunté, mirando a ambos. Lucrecia negó con la cabeza, como hacía cada vez que tenía un “altercado” con Lisandro, y juro que me hirvió la sangre— ¿Qué pasó? —esta vez, dirigí la pregunta a Luciano.

—Mi viejo se suicidó —contestó, arrojando la carne que tenía en la cara a la mesita frente a él. Tragué grueso.

—Lo siento mucho, Luciano. En serio.

—Gracias —asintió—. Y después, me agarré a las trompadas con mi hermano. Supongo que no tengo que comentarte el motivo.

Miré a Lucrecia de inmediato y me evadió. Como siempre. Conté hasta diez… millones, para no decirle que quería matar a su marido, porque eso sólo la asustaría. Y no quería asustarla. Quería cuidarla.

—Gracias —dije, asintiendo a Luciano.

—No me agradezcas, mejor pagame el dentista. Los implantes están carísimos.

—Dalo por hecho.



Alejo estaba dormido en el asiento trasero, y confieso que llevaba el auto a unos lamentables cincuenta kilómetros por hora… solamente para que Lucrecia comenzara a confiar en mí. De verdad. No había dicho una palabra desde que nos despedimos de Luciano y Camila.

—Decime lo que estás pensando, Lucrecia. Por favor… me estoy volviendo loco. Hablame —me cansé de esperar.

Inspiró profundo y bajó la ventanilla.

—¿Tenés un cigarrillo? —susurró

—Se me terminaron. Ahora pasamos a comprar… Decime qué pensás. No me evadas, por favor.

Regresó la vista a la ventanilla y apreté el volante con fuerza. ¿Cuándo se iba a decidir a confiar?

—Arrastré a Elena de los pelos.

—Algo me enteré. ¿Qué pasó después? —pregunté, sin estar del todo convencido de querer escuchar su respuesta.

—Lisandro me sacó de la sala y me pidió que cortara con el escándalo. Luciano escuchó los gritos y entró. Eso pasó.

—Lucrecia…

—¿No te imaginás lo que pasó? ¿En serio querés que te lo diga? —estaba alterada, incluso más que en nuestra discusión junto a la pileta.

—Sí —contesté, firme—. En serio, quiero que me lo digas.

Me clavó una mirada colérica.

—Me agarró de los brazos, me zamarreó, me tiró al piso, me levantó de los pelos, me pegó tres… no, cuatro cachetadas. Le dije que lo odiaba, lo escupí en la cara, y me pegó una piña en el medio del estómago. Si querés, después le sacás una foto al hematoma y te la guardás de recuerdo. ¿Contento?

Frené el auto tan de repente que los dos nos impulsamos para adelante. No podía seguir manejando. Tenía ganas de vomitar. La miré, me miró, me acerqué… y se cubrió. ¡Se cubrió! ¡Cuando me acerqué, se cubrió! Su antebrazo estaba sobre su cara, como si esperara que la golpeara.

¡Por Dios!

Quise bajarme del auto, tenderme en medio de la calle y esperar a que un camión me pasara por encima.

Me retiré a mi asiento y mantuve tanta distancia como me fue posible.

—Lucrecia, mirame.

Se descubrió, con lágrimas apenas contenidas y labios temblorosos.

—Yo nunca, jamás, por ningún motivo, me atrevería a lastimarte.

—Ya sé… —murmuró— Perdón... fue... No sé qué fue. Un impulso.

—No. Necesito que entiendas que jamás te lastimaría. No podría. Porque yo te…

Antes que pudiera continuar, su boca se posó sobre la mía y me silenció con un beso. Sus brazos rodearon mi cuello y su cuerpo se apretó al mío. No parecía importarle que Alejo estuviera dormido en el asiento trasero, porque me besó como si no hubiera un mañana. Tanto que a los dos nos faltaba la respiración. Quería hacerle el amor ahí mismo. En ese mismo instante.

—Esperame, Mauro —susurró sobre mi boca.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué?—pregunté, sólo por si había escuchado mal.

Acarició mis mejillas y sus ojitos de muñeca brillaron.

—Esperame —repitió, con una firmeza que no le había visto antes. Mi corazón revivió con un golpe tan potente que me mareó—. No importa lo que pase. Escuchá bien lo que te digo... Esperame.





"Bésame como si quisieras ser amada..." (Ed Sheeran - Kiss me)




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