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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 25

Capítulo 25: Poderosa.



Lunes, 21 de diciembre de 2014.

Cuando la alarma del celular sonó a las siete de la mañana, estiré una mano y tanteé el aparato para poder apagarla. Todavía estaba cansada. Me giré sobre la improvisada cama, que había ubicado junto a la de mi hijo, y me abracé a la almohada con un suspiro somnoliento.

No tenía idea de la hora a la que había regresado Lisandro, o si había regresado siquiera, pero tampoco me importaba. Decidí dejar mi habitación… su habitación, en realidad. No había nada ahí que sintiera como propio. Trasladé mi ropa hasta la habitación de Alejo en plena madrugada, mientras Mauro me cebaba unos mates amargos (horribles, como siempre). Casi se quedó sin aire al inflar mi colchón. Era incomodísimo pero, sin duda alguna, era la cama más mía que había tenido en toda la vida. El primer colchón lo compartía con mi Nona, el segundo con Lisandro, y al fin, luego de tanto, tenía mi propia cama. No tenía cosas que fueran sólo mías. Ni siquiera mi ropa era sólo mía; Lisandro la elegía. Ahora, tenía mi propia cama.

Me sentía poderosa.

—Hola, mami —mi bebé asomó los rulos por el borde de su cama, con una sonrisa tan luminosa como el sol que entraba por la ventana.

—Hola, mi amor —tomé su mano y besé sus dedos. Los tenía calentitos.

—¿“Durmiste” acá?

—Sí… ¿serías tan amable de dejarme dormir acá? ¿En tu pieza? ¿Todos los días?

Su respuesta fue arrojarse desde su cama directo hacia mí. Su rodilla me golpeó el estómago, justo dónde el último “altercado” con su papá me había dejado una nueva marca. No me importó el dolor, porque esa mañana me sentía más poderosa que nunca. Capaz de todo. Lo abracé con fuerza y me deleité con la suavidad de sus rulos acariciando mis mejillas. Sus manos calentitas me mimaron con tanta devoción, con tanto amor, que hicieron desaparecer cualquier rastro de dolor. Sus caricias eran mágicas. Alejo era mágico.

—Te amo, ¿sabías? —rocé mi nariz con la suya y besé su frente.

—Ajá —contestó, con absoluta seguridad.

—Mamá haría cualquier cosa por vos. No lo olvides nunca, ¿sí?

—Mamá haría cualquier cosa por mí —asintió con solemnidad—. No me olvido.

Nos quedamos un rato más en mi cama improvisada, simplemente conversando. Alejo parecía no comprender lo irreversible de la partida de su abuelo, e hice lo posible por transmitirle el significado de la muerte. Puede que no viera a su abuelo nunca más, pero Santiago siempre sería parte de nosotros. Ayudarlo a entender, me ayudó a entender. Santiago no había podido ser mi caballero de brillante armadura porque tenía sus propias batallas, sus propios monstruos acechando en la oscuridad.

Estábamos aún tendidos en la cama cuando escuché a Lisandro saliendo de la habitación. Acerqué a mi hijo y aguardé a que entrara. Pero, para mi sorpresa, sus pasos se detuvieron solo unos segundos frente de la puerta antes de que continuara su recorrido por el pasillo, en dirección a la escalera. Besé la cabeza de Alejo, suspirando de alivio, y empezamos a prepararnos para un nuevo día.

Llenamos la bañera y nos metimos al agua. No sé cuántas canciones desentonamos, pero para cuando decidimos salir, ambos teníamos los dedos arrugados. Alejo me peinó el cabello y yo le batí los rulos. Él eligió mi remera (de tirantes), y yo lo ayudé a vestirse. Eran casi las nueve de la mañana cuando nos decidimos a bajar.

La nuca de mi marido me recibió en la cocina.

—Buenos días, Mauro —sonreí, sentando a Alejo en una banqueta.

—Buenos días, Lucrecia —contestó, con esa sonrisa con hoyuelo que me derretía por completo.

Había cumplido con su promesa. “No te voy a dejar sola ni un minuto”, dijo antes de darme el beso de buenas noches más prolongado de la historia. Se me calentaron las mejillas de sólo recordarlo.

—Hola, Mauro —saludó, Alejo.

—Enano, ¿cómo va? —le chocó los cinco.

—Hola, pa —saludó a Lisandro.

—Buenos días, hijo —contestó, apoyando la taza sobre el platito casi sin hacer ruido. Estaba tomando café. Ni siquiera sabía que supiera usar la cafetera. Apenas me miró de reojos, por cierto. Lo suficiente para que viera el hematoma azulado que asomaba sobre su mejilla izquierda, cortesía del puño de Lucho—. Buenos días, Lucrecia.

Abrí la heladera y saqué el dulce de leche. El queso crema permaneció en su sitio. Hoy estábamos de fiesta. ¡Dulce de leche para todo el mundo!

—¿Tostadas? —le pregunté a mi hijo.

—Dije “buenos días” —insistió Lisandro.

—Sí, mami. Tostadas… —sonrió Alejo.

Puse la pava para unos mates y escuché el golpe del diario sobre la isla. No me di vuelta. Cargué una cucharada de dulce de leche y me la metí a la boca. Estaba delicioso. Lisandro se levantó de la banqueta, arrastrándola más de lo necesario. El portazo que dio al salir de la casa, hizo que me encogiera de hombros.
 
—¿Dulce de leche? —cargué otra cuchara y se la ofrecí a Mauro.



El lavarropas decidió iniciar el proceso de centrifugado en el peor momento… o en el mejor. No supe qué se sacudía más, si el pobre aparato o mi cuerpo. Su mano sujetó mi rodilla y la alzó sobre su cadera, llenándome por completo. Su respiración me calentaba el cuello y el alma. Me aferré a sus hombros para acercarlo más, un poco más, hasta que ya no quedara ni un milímetro de distancia que se atreviera a separarnos. Su boca acalló mis gemidos con un beso, porque aunque estuviéramos solos, nos prometimos nunca bajar la guardia. Pero yo me sabía incapaz de cumplir con lo prometido, porque mis defensas se rendían sin presentar pelea cuando estábamos juntos. Y aun así, me sentía poderosa.

—Me volvés loco, Lucrecia. Te lo juro —acarició mi mejilla y se llevó un mechón de mi pelo entre sus dedos.

—Y vos me volvés cuerda… —le confesé. Una sonrisa jugueteó en su boca y la mordí con un beso.

—Creo que es mejor halago que me hicieron en toda la vida.

—No es un halago. Es la verdad.

Vestirnos era casi tan especial como desvestirnos. Casi. Salimos a una cocina que aguardaba solitaria, porque Alejo jugaba en casa de Alicia y Lisandro no había vuelto a asomar su pómulo morado en todo lo que iba del día.

—¿Cómo lo convenció? —pregunté, batiendo las claras para un bizcochuelo. Quería sorprender a Alejo con una torta de chocolate. Modestia aparte, me salía fabulosa— De que te quedaras los siete días.

—¿Gómez?

—Sí, ¿quién si no? —entorné la mirada. Por alguna razón, Mauro se enderezó en la banqueta. Parecía… ¿nervioso?— ¿Qué? ¿Qué dije?

—Nada… —negó rápido. Otro signo de nerviosismo—. Le dijo la verdad. Que la fiscalía todavía duda del contenido de la caja fuerte y que se sospecha que tu suegro estaba amenazado. Piensan que el suicidio tiene que ver con eso.

Detuve el batido.

—¿Sabías algo de eso? —me preguntó. Retomé el batido, más enérgico esta vez.

—Algo… —aparté las claras y seguí con las yemas—. Por las preguntas de la federal.

—¿Y qué pensás? ¿Es factible? ¿Que estuviera amenazado?

—Es factible —contesté sin inmutarme—. Santiago se movía en un círculo complicado, supongo. No me confiaba sus negocios, ni la gente con la que se vinculaba. Pero sí. A veces lo veía nervioso. Preocupado.

—¿Y Lisandro?

—¿Lisandro qué?

—¿Se mueve en el mismo círculo?

—No tengo idea. No le pregunto sobre cada paso que da.

No me gustaba nada el interrogatorio encubierto. ¡Nada! Mauro sabía algo y no me lo estaba diciendo. Mientras pasaba harina por el tamiz, me pregunté quién podría ser el que movía los hilos. No podía ser Gómez, porque lo suyo era la táctica, no la estrategia. Pero si había alguien capaz de orquestar una estrategia para hacerme hablar, ese era Andrés Fusco.

Mezclé los secos con los húmedos y probé la mezcla.

—Esta torta es una bomba. Te va a encantar —sonreí.

—Seguramente… Me gusta todo lo que hacés.

—No tengo cacao en polvo, se lo eché todo a la mezcla —suspiré—. ¿Meto esto en el horno y me lo cuidás un ratito? Voy hasta el kiosco de la otra cuadra y vuelvo.

—Pero si la quemo, ¿no te enojás?

—No la vas a quemar… —me acerqué a besar su mejilla—. Es un ratito nada más, ya vuelvo.



La sonrisa se me borró del rostro apenas puse un pie fuera de la casa. ¿Mauro estaba hablando con Fusco? ¿Por qué? ¿Qué los unía? Seguridad del Plata era una agencia privada, justamente por esa razón Lisandro había accedido a la custodia, para mantener a la fiscalía alejada.

Caminar siempre me despejaba las ideas, y de repente recordé al fiscal y a Gómez colaborando para llevarse a Mauro de la casa… El fiscal y Gómez colaborando.

—Ay, no —me detuve en plena vereda—. Gómez colabora con Fusco. Fusco es el titiritero —suspiré—. Y Mauro, el títere.

El kiosco quedaba a media cuadra, así que me descongelé y aceleré el paso. No quería que Mauro sospechara de mi ausencia. Miré a ambos lados antes de cruzar la calle, sólo por si acaso, y me apresuré a llegar. Un chico compraba caramelos, así que esperé por mi turno con las manos en los bolsillos, para ocultar el temblor. La transacción se completó con la rapidez propia de quien atendía, que no era un derroche de simpatía, y el chico se fue feliz con sus caramelitos.

—Sí, decime —dijo, acomodando el cambio en la caja.

—Un Philip Morris. Box —le pedí. Asintió y alzó una mano para alcanzarlo—. Mauro está hablando con Fusco —dije, mirando alrededor, para asegurarme de que no hubiera nadie escuchando. Su mano se detuvo por un instante, a causa de la sorpresa, pero rápidamente se recompuso.

—Un Philip Box —me lo entregó—. ¿Y qué querés hacer? —preguntó, apoyándose sobre el mostrador.

—Todavía no sé. Pero quería que lo supieras… Poné sobre aviso al resto. Y haceme saber si ves algo extraño, ¿sí? Cualquier cosa.

—Obvio, quedate tranquila.

—¿Me anotás esto? —dije, agitando el paquete de cigarrillos.

—Claro.

Crucé la calle al trote y regresé a casa. Al abrir la puerta, Mauro tenía un ojo de halcón sobre la torta.

—¿La quemaste? —me abracé a su cintura.

—Creo que no.

—Esto es para vos… —metí el paquete en el bolsillo de su pantalón—. Al final, no compramos anoche.

—Muchas gracias —sonrió—. ¿Y qué pasó?

—¿Con qué? —pregunté, entre confundida y asustada.

—¿No ibas a comprar chocolate?
¡
Qué boluda!!! ¡Por Dios!

—No tenían —contesté—. Una lástima.



Lisandro no regresó a dormir esa noche. Afortunadamente.

Regresé a su habitación, agradeciendo su ausencia, y me encerré en el baño. Todo era tan blanco ahí adentro que por poco me quedo ciega.

Aprovechando que Alejo dormía y que Mauro le pasaba el parte a Gómez (y, probablemente, a Fusco), abrí el botiquín y apresté todo sobre el lavatorio. Todo lo que había pedido estaba allí. Las manos me temblaban, sobre todo al ver el tamaño de la aguja.

—Vos podés —alenté a la imagen que me devolvía el espejo—. Sos poderosa. Pariste un hijo… Podés hacer cualquier cosa. Esto es una pavada —traté de auto convencerme.

Respiré profundo y bajé la tapa del inodoro antes de sentarme. Empapé un algodoncito con alcohol y levanté mi camiseta de River, pasando el apósito sobre mi ingle, desinfectando la zona y buscando el rastro azul. Al alzar la aguja frente a mis ojos, tragué grueso.

—Es un pinchazo… Nada más que un pinchazo. Me aguanto cosas peores.

Subí una pierna al borde de la bañera, para estar más cómoda, y me tomé unos momentos para inspirar y expirar en busca de calma. El pulso me temblaba, y eso no era bueno. Separé una pierna para tener mejor acceso y, luego de respirar tan profundo como me fue posible, traspasé mi piel con la aguja en sentido contrario al flujo sanguíneo.

—Ay, la re put… —me mordí la lengua y cerré los ojos.

Dolía. Pero podía aguantar. Había aguantado cosas peores. Un poco mareada, conecté el catéter a la bolsa de recolección y observé el veloz recorrido de mi sangre.

—Bueno… no fue para tanto —apoyé la espalda sobre los azulejos detrás de mí y retomé “Crónica de una muerte anunciada” desde dónde lo había dejado. Todavía tenía para un rato y quería darle otra oportunidad a Gabo.






“Pero soy un millón de diferentes personas, de un día para el otro. No puedo cambiar mi molde” (The verve – Bittersweet Symphony)




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