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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 26

Capítulo 26: Una amenaza navideña.


Miércoles, 24 de diciembre de 2014.

Estaba asustado. Muy asustado. La actitud de Lucrecia me tenía al borde del precipicio. Y, peor, Lisandro estaba a punto de saltar al abismo. El pobre tipo estaba llegando a su límite. Yo temblaba, temiendo no estar ahí cuando finalmente explotara.

Notaba a Echagüe peligrosamente silencioso, excesivamente contenido, midiendo cada uno de sus movimientos. Después de la paliza que le había dado Lucho, parecía apocado… humillado. Un hombre violento y humillado era una bomba de tiempo. Explotaría, en cualquier momento.

Lucrecia no daba puntada sin hilo, y eso me asustaba todavía más. Me sorprendía. Siempre me sorprendía. Nunca sabía qué esperar de ella y eso solía encantarme, ahora me asustaba.

Estaba convencido de que el altercado en el velatorio no había sido producto del shock por la muerte de Santiago. Arrastró a su suegra de los pelos frente a doscientas de las personas más influyentes del país, que fueron a presentar sus respetos a la  viuda, y logró su propósito… expuso a Lisandro. Expuso a su marido como un maltratador. Doscientas personas fueron testigos de su violento temperamento. Doscientas personas que comenzaron a regar el rumor por todo Buenos Aires.

Lisandro estaba en el ojo de la tormenta. Y Lucrecia aprovechaba para agitar las olas todavía un poco más. Le estaba devolviendo los golpes, uno por uno.

Lisandro recibió el primer golpe cuando ella decidió abandonar el lecho matrimonial (gracias a Dios, porque pensarla sola con él me daba taquicardia) y se lo bancó. Pero seguía golpeándolo, diariamente. Si no supiera que era tan tremendo hijo de puta, hasta me daría lástima. Lucrecia no lo miraba, no le hablaba, ni siquiera le pasaba cerca. Lo evitaba, lo ignoraba; como si el tipo fuera una planta. Él se tragaba su rechazo porque se sabía en el centro de todas las miradas. Se cuidaba. Sabía que cualquier paso en falso confirmaría los rumores que circulaban por ahí.

Estaba asustado. Lisandro me asustaba.



A días de la muerte de Santiago, los Echagüe se preparaban para una Navidad austera de festejos. Elena los recibiría en su casa. Y yo no estaba invitado. Me ponía nervioso que Lucrecia y Alejo se metieran en ese nido de víboras, pero Luciano era el socio perfecto en mi tarea de mantenerlos a salvo. Sería mis ojos y oídos en esa casa. Intercambiamos números de teléfono y contaba con que me mantuviera al tanto ante la emergencia de cualquier “altercado”.

Crucé el patio en dirección a la casa de huéspedes, en busca de privacidad para llamar a Gómez e informarle mis planes de pasar Nochebuena en el auto, estacionado frente a la casa de Elena. Si Lucrecia se enteraba, insistiría en que retomara mi plan inicial de festejar en Almagro con mi familia, que de hecho estaba que echaba humo por las orejas por mi negativa a compartir la noche con ellos.

—Pibe, ¿cómo va? —preguntó Gómez, del otro lado de la línea.

—Acá… —abrí la puerta de la casa de huéspedes y toda la sangre se retiró de mi cara—. Te llamo en cinco —alejé el teléfono de mi oído.

—Creo que no vengo a esta parte de la propiedad desde que la construyeron —Lisandro sonrió esa sonrisa de propaganda que me daba escalofríos—. Veo que te adaptaste bien —agregó, entrelazando los dedos sobre la mesa.

La bomba estaba a punto de explotar. Y era mi oportunidad de contener la situación para que el impacto no tocara a nadie más que a mí. De hecho, agradecía que el encuentro que tanto había esperado se diera en mi pequeño territorio dentro su más vasto territorio. Dentro de esas paredes, Lisandro era visitante.
Cerré la puerta detrás de mí. Dejé el celular y el paquete de cigarrillos sobre la mesa y me senté frente a él.

Ninguno de los dos decía nada. Él me estudiaba en absoluto silencio y yo esperaba que hiciera la primera movida. Pensé en emparejarle la cara; su pómulo izquierdo estaba ya un poco verde y el derecho pedía a gritos que mi puño le hiciera el favor.

—Es linda, ¿no? —sonrió.

—Es preciosa —corregí de inmediato. Fingir no tenía sentido. ¡Quería que reventara de una vez! Ya no veía la hora de romperle el culo a patadas.

—Sí… tenés razón —apoyó la espalda en la silla—. Ya te lo dije, Mauro. Tenemos los mismos gustos.

—Lo dudo mucho —retruqué—. Yo no disfruto de golpear a las mujeres. Me cortaría las dos manos antes de hacerlo. Vos y yo no nos parecemos en nada.

Se cruzó de brazos y sonrió. ¡El muy hijo de puta sonrió! Agradecí que la nueve estuviera convenientemente cargada, porque le iba a volar la cabeza.

—Tenía un vestido blanco la primera vez que la vi. No me voy a olvidar más de esa imagen. Parecía un ángel… Fue un flechazo, me enamoré de ella a primera vista. Se me clavó en el pecho y no pude resistirme. Supe que era mía desde el principio, que íbamos a estar juntos toda la vida.

—No es tuya —apoyé los codos sobre la mesa, apenas conteniéndome de saltarle al cuello—. No es de nadie… no es una posesión.

Le dio un golpe a la mesa, con todo el peso de su mano.

—Shh —se llevó un dedo tembloroso a la boca y me indicó silencio. El tipo estaba al borde del precipicio, a punto de saltar al abismo—. Estoy hablando yo, Mauro. No me interrumpas —tenía en los ojos una mezcla de furia infinita e insondable tristeza. Una lágrima resbaló rápido por su mejilla y se la quitó con el dorso de mano—. Es como una droga, Mauro. La probás y quedás enganchado —clavó la mirada en la superficie de la mesa—. Es una hija de puta… —apretó los dientes y se llevó un puño cerrado a la boca. Temblaba. Todo su cuerpo temblaba.

Tenía que sacar a Lucrecia de esa casa. Ese mismo día.

Cerró los ojos con fuerza y se puso a llorar. Como una criatura. Pestañeé, sin saber qué hacer. Golpearlo cuando estaba en el suelo, o más abajo del suelo, no parecía correcto. ¿Entonces, qué? ¿Alcanzarle un pañuelito? Descansó la frente en sus manos, mientras convulsionaba a causa de un llanto tan desgarrador que me puso incómodo.

Había perdido la cabeza. Estaba loco. Pero no “loco” como alterado, “loco” como de camisa de fuerza y paredes acolchonadas. De un segundo al siguiente, el llanto se detuvo y se limpió las lágrimas, retomando su postura de “soy el rey de mundo”. Se acomodó el cuello de la camisa y se enderezó en la silla.

—En fin… —inspiró profundo—. Como te decía, vamos a estar juntos toda la vida. Y nada, ni nadie me va a separar de Lucrecia. Jamás. Nos amamos, somos una familia. Sé que las cosas están un poco raras entre nosotros ahora, pero confío en que vamos a arreglar nuestros desacuerdos. Siempre lo hacemos, esto no es nada más que otra crisis que vamos a superar. Todos los matrimonios tienen crisis. Por eso le estoy dando espacio, no la quiero presionar. Estoy dispuesto a esperarla todo el tiempo que sea necesario. Ya te lo dije una vez, Lucrecia es lo más importante que tengo en la vida.

Se levantó de la silla y caminó en dirección a la puerta. Me quedé en mi lugar, obligándome a no perder los estribos. No hagas nada, no hagas nada, no hagas nada… me repetía. Al pasar a mi lado, se detuvo y apoyó una mano sobre la mesa, acercándose a milímetros de mi cara.

—Y, ya que estamos hablando… escuchame bien lo que te voy a decir, Mauro —apoyó un dedo en mi hombro—. Si te seguís montando a mi mujer como la yegua que es, los mato a los dos. A ella primero, ¿te queda claro?

No hagas nada, no hagas nada, no hagas nada…

Escuché la puerta cerrándose detrás de mí e inspiré y expiré un par de veces antes de alzar el teléfono que había dejado sobre la mesa, junto al paquete de cigarrillos.

—¿Lo escuchaste? —le pregunté a Gómez, que aguardaba del otro lado de la línea.

—No solamente lo escuché, lo grabé. Lo tenemos, Mauro. Es una amenaza bien clarita… ¡Bien pensado, pibe! Llevate a Lucrecia y hagan la denuncia. Yo llamo a Andrés.



—No.

Frené el auto, sin poder creer lo que acababa de escuchar.

—¿Cómo que no? —pregunté, al borde de un ataque de pánico.

—Te digo que no, Mauro —sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo de mi saco y se bajó del auto, azotando la puerta con fuerza.

—¡Ay, Dios! ¡Me está volviendo loco! —cerré los ojos y apoyé la cabeza en el volante—. Bueno… calmate —respiré una y otra vez. Cuando me sentí lo suficientemente repuesto, me bajé del auto y me senté en el cordón de la vereda, junto a ella.

Le dio una pitada al cigarrillo y después me lo pasó. Era nuestra pipa de la paz.

—¿Por qué no? ¿Me podés decir? —pregunté con absoluta calma, aunque por dentro muriera de rabia— Te amenazó. ¡Nos amenazó! Y Gómez lo tiene grabado. ¿Qué puede ser más perfecto que eso?

—No entendés nada, Mauro —dijo, frustrada.

—¿Qué es lo que no entiendo? Explicame.

—¿Cuánto es la pena máxima por amenazas? —dijo, abrazando sus rodillas— ¿Sabés?

—No sé… no soy juez. Depende del tenor de la…

—De seis meses a tres años. Con un buen abogado, hasta podría ser una pena de prisión no efectiva.

Me sorprendía. Siempre me sorprendía.

—¡Pero lo tenemos grabado! —insistí.

—Ay, Mauro. ¿Por qué no me entendés? — se ató el pelo, seguramente para no recurrir al tic. Estaba poniéndola nerviosa— ¿Sabés que es lo único que conseguiría presentando esa denuncia? Enfurecer a Lisandro, más todavía. Eso es lo que conseguiría. Además de quedar como la mala esposa que engaña a su marido, por supuesto. ¿Sabés qué argumentaría el abogado? Que la amenaza responde a una emoción violenta. La reacción lógica de un marido engañado.

—¿Por qué le hacés las cosas tan fáciles, Lucrecia? ¡Por Dios!! ¡Te va a matar, a ver si lo entendés! —me levanté del cordón, metiendo las manos en los bolsillos y comenzando un paseo errático frente a ella— No te quiero perder, Lucrecia. ¿Por qué no me ayudás? Me siento peleando contra los molinos, te juro.

—Mauro… —se levantó del cordón y me tomó de la mano para que detuviera el paseo—. Si lo denunciamos, las cosas se van a poner más difíciles. Confiá en mí. Hace cinco años que estoy peleando contra los molinos, sé de lo que estoy hablando. Estoy tratando de ayudarte, pero ayudame vos a mí.

—Sabe de lo nuestro, Lucrecia.

—Por supuesto que lo sabe. No es tonto.

—Tengo miedo —admití—.Tengo miedo de que esto se nos vaya de las manos. Si hubieras visto cómo estaba… Está loco.

—Ya sé —asintió—. Pero no tengo miedo. Me siento más fuerte que nunca.

La abracé, porque ya no soportaba más no tocarla, y me devolvió el abrazo con la misma intensidad. Tomé su carita de muñeca entre mis manos y la besé. Ahí. En plena calle.

—No quiero que te pase nada —susurré sobre su boca.

—No podés evitar que me pasen cosas, Mauro. Vos no sos el responsable ni el culpable de nada… No quiero que te sientas así. Me estás ayudando, no tenés idea de cuánto.

—No alcanza, Lucrecia. No voy a parar hasta que el enano y vos estén fuera de esa casa. Confiá en mí.

—Te pido lo mismo, Mauro. Confiá en mí. Sé lo que hago —acarició mi mejilla, tan dulce como siempre—. Que Gómez guarde esa grabación. Nos podría servir en algún momento.



Me había quedado sin cigarrillos y la vigilia de Nochebuena en el auto se presagiaba larga. Y aburrida. Así que crucé la calle y caminé hacia el kiosco de la esquina. Siempre estaba lleno. Metí las manos en los bolsillos y aguardé por mi turno.

—Sí, decime…

—Un Philip Box.

Espié hacia la casa de los Echagüe, para asegurarme de que todavía siguieran allí. No quería que se fueran sin que me dieran la oportunidad de despedirme del  enano.

—Acá tenés.

—Gracias. No descansan ni siquiera en Navidad ustedes —sonreí. El kiosco era el único negocio abierto en cuadras a la redonda.

—Viste como es… Nunca hay que bajar la guardia.

Quizás fuera la forma en la que contestó, pero no estaba seguro. Me quedé mirando su cara y algo me resultó vagamente familiar.

—¿Nos conocemos de algún lado? —pregunté, guardando el paquete en el bolsillo de mis jeans.

—Seguramente. Pasa mucha gente por acá, nos habremos cruzado en algún momento —se apoyó en el mostrador.

—Puede ser… Bueno, Feliz Navidad.

—Feliz Navidad.







“Tal vez creas que te puedes ocultar, pero puedo oler tu aroma a millas. Como los animales…” (Marron 5 –Animals)





1 comentario:

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