Follow by Email

martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 27

Capítulo 27: Retrato de una familia feliz.



Miércoles, 24 de diciembre de 2014.

Estaba terminando de prepararme para la dichosa cena navideña en casa de Elena, cuando mi celular vibró. No tenía su número entre mis contactos grabados, pero estaba en mi memoria.

—Hola… —sostuve el celular entre mi oído y mi hombro mientras terminaba de maquillarme.

—Hola, Luli. ¿Tenés un minuto? —el tono habitualmente despreocupado de mi cuñado, estaba teñido de preocupación.

—Dame cinco minutos y llamame. Me voy a la casa de atrás, así charlamos más tranquilos.

—Ok.

Alejo ya estaba listo, mirando dibujitos en el living. Lisandro se estaba duchando… o eso supuse. Tampoco me importaba. Me sentía bastante cómoda con eso de ignorarnos. Funcionaba bastante bien para mí.

Mauro celebraría con su familia en Almagro. Odiaba tenerlo lejos en un día tan especial, pero nada podía hacer contra eso. Quería que se despejara y sabía que sus sobrinos lo ayudarían.

Me aseguré de que Lisandro continuara en el baño y disparé hacia la casa de huéspedes. Ya estaba en la puerta cuando la llamada de Lucho entró.

—¡Hola! ¿Qué es tan urgente que no podés esperar hasta que nos veamos? —cerré la puerta detrás de mí.

—Precisamente eso. Mi vieja dice que solamente vamos a cenar Camila, ella y yo. Que Lisandro tiene otros planes.

Me quedé inmóvil, confundida.

—¿Qué planes? —murmuré, acercándome a la ventana para poder espiar hacia la casa.

—Eso mismo quería preguntarte, ¿qué planes? ¿No te dijo nada?

—No. No me dijo nada.

—¡Mierda! Porque tengo a Mauro atropellándome a mensajes y no sé qué decirle.

—¿Por qué te atropella a mensajes?

—Porque se supone que ib… larse… de… l… c… sa.

—¿Qué? Hay interferencia, Lucho. No te entiendo.

Me moví por la casa, en dirección a la habitación, y la interferencia se tornó incluso más molesta.

—Pu… l… señal?... Lul…

—Perdoname, Lucho. No te entiendo. ¿Me mandarías un mensaje de texto?

Corté la llamada y me senté en la cama, con el celular en la mano. La interferencia me dio mala espina. Inspiré profundo y rogué a todos los santos, las vírgenes y cuanta entidad divina pudiera escucharme, que no se debiera a lo que imaginaba. Porque no había mala señal en la habitación. Yo lo sabía muy bien. El día que Alejo se cayó de la hamaca, había hablado incluso en el reducido espacio del baño y la señal estaba perfecta.

Mi celular vibró y abrí el mensaje de Lucho.

Mauro los va a seguir. Borrá el mensaje.

Cerré los ojos y apreté el celular con fuerza. Mauro iba a seguirme, cuando me había dicho que iba a pasar la noche con su familia en Almagro. ¿Por qué no me hacía caso?

Decidida a sacarme la duda respecto a la interferencia, marqué el número de atención al cliente y aguardé.

—¿Ser… cio… l… cl…? ¿En qu… pue… darla? —preguntó una voz femenina.

—Sí, buenas noches. Quisiera ampliar mi plan de llamadas. ¿Podría decirme cuáles son mis opciones, por favor?

—¡P.. sup… to! —contestó entusiasmada. O eso parecía.  Seguramente no recibían muchas llamadas en Nochebuena.

La mujer empezó a hablar sobre las bondades de un nuevo plan que sería carísimo y que no funcionaría para nada, mientras yo comenzaba a desplazarme alrededor con el altavoz activado para detectar la procedencia de la interferencia. Al llegar a la mesita de luz, la voz de la mujer se diluyó hasta convertirse en una interferencia sostenida.

Corté la llamada y exploré.

No había nada a la vista, así que metí la mano debajo de la mesita de luz y tanteé. Sólo tocaba pelusas y madera áspera, pero no me rendí. Sabía que no había problema alguno con la señal de mi teléfono. ¡Lo sabía! El problema era que había otra señal interfiriendo en la línea de mi celular. No había que ser un genio para saber eso, sólo era necesario haber prestado suficiente atención en las clases de tecnología. Y yo había sido una alumna muy aplicada. Recordaba a la perfección que las interferencias a menudo se debían a la superposición de señales, como la de un teléfono y la de un…

—¿Micrófono? —gesticulé sin voz.

Ay.

Retiré la cinta adhesiva que lo mantenía pegado a la base de la mesita de luz y lo saqué, para verlo más de cerca.  Era inalámbrico, del tamaño de una aceituna, y ubicado lo suficientemente cerca de la cama como para que hubieran escuchado cada conversación que Mauro y yo habíamos tenido entre las sábanas. Le habían sobrado oportunidades para meter gente en la casa sin que nos diéramos cuenta. Solíamos dar paseos larguísimos en auto, corríamos por las mañanas, llevábamos a Alejo a la plaza; en fin, pasábamos mucho tiempo fuera de la casa.

Maldije entre dientes.

Fusco me estaba pisando los talones.

Quería gritar una sarta de palabrotas, pero no lo hice, porque estaban grabando cada palabra que salía de mi boca. Y de la boca de Mauro, que estaba siendo manipulado para tenderme una trampa. Fusco era un zorro viejo y tramposo, estaba usando a Mauro para llegar hasta mí. Y Mauro se estaba dejando usar. Sus constantes preguntas eran prueba suficiente. Dudaba que supiera del micrófono, porque las conversaciones que habíamos tenido fueron muy íntimas, nuestras; no era posible que hablara tan abiertamente sabiendo que nos escuchaban.

Devolví el micrófono a su sitio y recoloqué la cinta adhesiva. Era mejor dejarlo como estaba y que pensaran que tenían ventaja. Me había cuidado todo el tiempo, no tenía temor de lo que pudieran haber escuchado. No tenían nada. Me levanté del piso y fui al baño a lavarme las manos.

Era momento de regresar a la casa y descubrir cuál era el plan que Lisandro tenía para mí. No pude evitar el escalofrío que me recorrió el cuerpo.



Acariciaba los rulos de Alejo cuando lo escuché bajar las escaleras. Me mantuve en mi sitio, tan silenciosa como una tumba, conforme al acuerdo que había hecho conmigo misma de no volver a dirigirle la palabra. Sus pasos se detuvieron frente a nosotros pero me hice a un lado para poder seguir la trama de “Los Padrinos Mágicos”; me encantaba ese programa.

—Tengo una sorpresa para ustedes —anunció con entusiasmo—. Esta noche vamos a festejar los tres solos, como la familia que somos. Los voy a llevar a comer a un lindo lugar y después… bueno, eso es una sorpresa. Así que, ¿qué dicen? ¿Qué te parece, hijo?

—¡Sí!!! —Alejo, en su inocente inconsciencia, se paró en el sillón y comenzó a saltar con tanto impulso que tuve que detenerlo para que no terminara en el piso.

—¿Lucrecia? ¿Qué te parece?

Hijo de Puta. Lisandro regresaba las viejas andanzas, a aquella fórmula que sabía infalible, llegar a mí a través de mi hijo. Alcé una mirada que esperaba que interpretara como lo que era… puro odio.

—Me encantaría —contesté sin mover un músculo expresivo de mi cara.

—Buenísimo. ¿Nos vamos?

No dijimos una palabra en el camino hasta el restaurante, fue Alejo quien acaparó la conversación. Estaba tan feliz de que compartiéramos tiempo sólo los tres, que sentí que se me rompía el corazón. Como todo hijo, Alejo quería a sus papás juntos y bien. Me sentí tan culpable que bajé la mirada y jugué con el ruedo de mi vestido, justo cuando la mano de Lisandro entró en mi campo visual, colándose debajo de mi vestido para acariciar el interior de mi pierna. Uno de sus dedos rozó mi ropa interior y quise vomitar.

—Lo vamos a pasar muy bien esta noche, ya vas a ver —sonrió, mirándome a los ojos. Retiré su mano con suavidad, para que Alejo no lo notara, y la dejé sobre la palanca de cambios.

Llegamos al restaurante y abrió mi puerta, como el caballero que pretendía ser para ocultar al monstruo que en realidad era, y no me quedó más alternativa que tomar su mano. Me asaltó un calor tremendo de sólo pensar que Mauro pudiera verme. Verlo. Vernos, en realidad. Tomé la mano de Alejo y Lisandro pasó un brazo sobre mis hombros, atrayéndome a su lado. Por poco tropiezo.

Su actitud me parecía sospechosa, pero a cinco minutos de habernos sentado en nuestra mesa, supe el verdadero motivo de la entusiasta invitación de mi marido.

Estábamos en público.

Y sabía no que me atrevería a hacerle un desplante en público. Él mismo me había enseñado que la consecuencia de hacer algo así era siempre dolorosa. Así que me tragué la bilis y me porté como dama, recibiendo sus atenciones con una sonrisa tan fingida que ya me dolía la cara. Se estaba comportando con tanta dulzura que me daba asco. Sostenía mi mano, me acariciaba el cabello, su dedo rozaba mi espalda y se ocupaba de mantener mi copa llena.

—Basta para mí, Lisandro. Por favor… ya es suficiente —puse mis dedos sobre el borde de la copa, comenzando a sentirme algo somnolienta a causa del alcohol.

—Nada de eso —tomó mi mano y besó la punta de mis dedos antes de llenar mi copa con un vino blanco que estaba fabuloso. A la temperatura justa—. Estamos celebrando que estamos juntos, ¿no es así, hijo?

—Chin, chin —propuso Alejo, feliz.

—Chin, chin —choqué su copa con la mía y tomé otro trago de vino. Estaba fabuloso, de verdad.

Cerca de las once, sospechosamente temprano, Lisandro pidió la cuenta y dimos por concluida la primera parte de la noche. No había sido tan grave. Estaba algo tambaleante, así que me tomé de su brazo para salir a la calle.

—Sos la mujer más hermosa del mundo, ¿sabías? —abrió la puerta del auto y se acercó tan deprisa que no me dio tiempo a nada. Su boca atropelló a la mía con un beso profundo y su mano presionó mi nuca para mantenerme cerca. Antes que me diera cuenta de lo que sucedía, su lengua estaba dentro de mi boca. Por poco pierdo el equilibrio, pero su brazo se amarró a mi cintura y me acercó todavía más, tanto que sentía que me ahogaba.

Puse una mano sobre su pecho y empujé un poco, sólo lo suficiente para que me diera aire.

—Lisandro, estamos en la calle —le recordé.

—Quiero que todo el mundo sepa que sos mi mujer, ¿hay algún problema con eso?

El segundo motivo de su entusiasta invitación se reveló con tal brutalidad que quise darle un golpe en el medio de la cara. Estaba haciendo un espectáculo para un espectador en particular. Mauro. Me contuve de mirar alrededor, de buscarlo entre los autos estacionados por ahí, porque no quería darle el gusto a Lisandro.

—No —susurré, mirándolo a los ojos—. No hay ningún problema con eso.

—Mejor así —me guiñó un ojo.



Abrí y cerré los ojos para tratar de enfocar la visión, pero estaba muy mareada. No supe si culpar a ese fabuloso vino blanco, al champán que burbujeaba dentro de mi copa o al tenue pero constante movimiento del agua.

Lisandro nos había llevado al “velerito” amarrado en el Tigre. Esa era la sorpresa. Alejo estaba eufórico de poder ver los fuegos artificiales duplicándose sobre el agua. A decir verdad, era una postal muy bonita.

—Feliz Navidad, linda —me hice hacia atrás al ver su cara acercándose hacia la mía y por poco pierdo el equilibrio. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué me sentía tan… ausente?

—No me siento bien… —me llevé una mano a la cabeza. Todo me daba vueltas.

—Debe ser el movimiento del agua. ¿Querés acostarte un ratito? —tomó la copa de mi mano y la dejó a un lado— Vamos, yo te acompaño.




Jueves, 25 de diciembre de 2014.

Giré sobre la cama y me cubrí con el acolchado, tenía tanto frío que me castañeaban lo dientes. Me dolía la cabeza, mucho. Y el cuerpo, mucho más.

—Buenos días, linda.

Abrí los ojos al escuchar su voz y mi corazón dio un violento salto. El acolchado era blanco, las sábanas no olían como las de mi cama, y tarde comprendí que el frío que sentía era porque estaba completamente desnuda. Completamente desnuda, igual que mi marido, acostado a mi lado con una sonrisa somnolienta.

El camarote olía a sexo y alcohol.

—¿Qué pasó? —pregunté con la voz estrangulada.

—¿Qué pasó? —se deslizó entre las sábanas y se pegó a mi cuerpo—. La mejor noche de nuestras vidas, mi amor. Eso es lo que pasó— me acomodó el cabello detrás de la oreja—. Ahora, podés ir a ofrecerle  las sobras a tu noviecito… a ver si las quiere.

Me levanté de la cama lo más rápido que pude, llevándome las sábanas para cubrir la vergüenza de haber caído, ¡otra vez!, como una boluda.

—¿Qué hiciste, Lisandro? ¿Qué me diste?

—¿Yo? —se recargó en el respaldar de la cama con una sonrisa petulante— Vos solita me rogaste… de rodillas, no sé si me comprendés.

Me tambaleé hasta el baño y me agaché junto al inodoro antes de meterme los dedos a la garganta para sacar lo que sea que me hubiera dado. Tenía flashes muy borrosos de lo sucedido, pero estaba segura de que le había puesto algo a mi bebida. No sé en qué momento, pero lo había hecho. No recordaba nada. Nada de lo que había sucedido. Y, aun así, me sentí avergonzada.

¿Cómo iba a enfrentar a Mauro?



Llegamos a la casa cerca del mediodía. La ciudad estaba de fiesta. Era Navidad. Alejo estaba felicísimo con sus regalos y yo todavía sentía náuseas. Lisandro estaba tan sonriente que me dieron ganas de bajarle los dientes de una patada.

Me bajé del auto y corrí directo hacia la casa, directo hacia las escaleras, directo hacia el baño. Me saqué toda la ropa a los tirones y me metí en la ducha sin detenerme a esperar que el agua se calentara. Quería quitarme la piel, arrancarla de a pedazos y arrojarlos a la basura. Me sentía tan sucia que aunque me sumergiera en ácido saldría igual de repugnante.

Y pensaba en Mauro. En qué pensaría Mauro de mí. Sentía ganas de vomitar. Muchas ganas.

Salí de la ducha y me eché encima la primera ropa que encontré, me anudé el pelo en un rodete improvisado, y bajé las escaleras de dos en dos para ir a su encuentro. Lisandro no estaba a la vista, y supuse que había aprovechado para correr a darle a su mamita el beso de Navidad. ¡Por mí que se muriera! ¡Que se murieran los dos!

No lo encontré marcando un surco frente a la pileta, así que apresuré el paso hasta la casa del fondo. La puerta estaba abierta.

Mauro estaba poniéndose el saco cuando entré, tan hermoso que me quitaba el aliento. Le di unos golpecitos a la puerta, para que notara mi presencia.

—Buenos días —sonreí.

—Buenas tardes —contestó, apenas mirándome sobre su hombro. No me gustó nada lo que vi en sus ojos y mi sonrisa desapareció.

—No te mandé ningún mensaje porque no sabía dónde me iba a llevar. No me lo dijo —le expliqué, aun sin atreverme a entrar, retorciendo las manos detrás de la espalda.

Asintió. Solo eso. Ni siquiera me miró.

—¿Estás enojado? —pregunté con voz temblorosa.

Se puso las manos en la cintura e inspiró tan profundo que pensé que su pecho explotaría. Se estaba tomando demasiado tiempo para contestar a tan simple pregunta, y la posible respuesta comenzaba a asustarme. Cuando al fin me miró, descubrí que la emoción en sus ojos no era enojo, tenía otro nombre.

Desilusión.

—¿Te acostaste con él? —disparó.

Tragué con muchísima dificultad, tenía un enorme nudo en la garganta. Y no podía hablar. Porque, honestamente, no sabía cuál era la respuesta.

—¿Sí o no, Lucrecia? —insistió, con más firmeza.

Hice lo que siempre. Fingí. Porque no quería perderlo, ni que me mirara con desilusión.

—No —contesté con voz pequeña.

—¿Sí o no?

—No —repetí.

Alzó la mirada al techo y cerró los ojos, como si alguien lo hubiera golpeado. Metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó su celular. Mi corazón se aceleró y un calor abrazador me trepó por el cuello. Caminó hasta mí, mirándome directo a los ojos, y puso el celular en mi mano.

—Feliz Navidad, Lucrecia —dijo antes de salir.

Mis ojos estaban fijos en la pantalla. La fotografía era imposible de digerir. E imposible de negar. Lisandro tenía razón… había estado de rodillas.







 “Empezó con un beso. ¿Cómo es que terminó así? Fue sólo un beso, sólo un beso” (The Killer – Mr. Brightside)





No hay comentarios:

Publicar un comentario