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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 28

Capítulo 28: Esa cosa llamada impotencia.




Miércoles, 25 de diciembre de 2014.

Encendí un cigarrillo y di un paseo por el fondo de la propiedad. Había recuperado mi teléfono. Lucrecia lo había dejado sobre la mesa antes de confinarse en la seguridad de la habitación de Alejo. No la había visto por horas. No podía estar más agradecido por su consideración, porque no me sentía capaz de mirarla a la cara.

Sentía repulsión de sólo sostener el celular en la mano, sabiendo que las fotos seguían acumulándose en la memoria. Por cada foto que borraba, sin detenerme a mirarlas, Lisandro enviaba dos o tres más. El celular no había dejado de vibrar en todo lo que iba del día.

Algunas plantas estaban marchitas en esa zona del patio. Aunque no tanto como yo. Marqué y aguardé.

—¿Qué pasó, pibe? —preguntó, Gómez.

—Necesito veinticuatro horas. Tengo que resolver un problema personal —contesté con absoluta honestidad. Porque sí. Mi problema era personalísimo— ¿Podés mandar a alguien? Mañana a esta misma hora estoy en mi puesto, pero necesito veinticuatro horas.

—Es Navidad, Mauro. ¿Te das cuenta de lo difícil que es conseguir a alguien que te cubra?

—Que Andrés mande a alguien, entonces. No sé… Pero necesito veinticuatro horas. Por favor, Pablo. Te lo pido como amigo.

—¿No me vas a decir qué pasó?

—No puedo —de verdad, no podía. No quería exponer a Lucrecia.

—Ay, pibe… ¡cómo me complicás la existencia! Dale, tomate el tiempo que necesites y me avisás cuando estés listo para volver.

—Gracias, Pablo. En serio. Te lo voy a compensar —suspiré aliviado.

—Por supuesto que lo vas a hacer. Dale, andá. Estamos en contacto.

Necesitaba alejarme de ella. Y no. No estaba enojado. Estaba destrozado. Lisandro había cometido el peor de los abusos y ella me lo había negado, no una sino dos veces. Estaba destrozado y no sabía cómo manejar mi frustración.

Lucrecia no confiaba en mí.

Seguía mintiendo. Seguía sin acceder a que la cuidara; y quería hacerlo porque la amaba, no porque fuera mi trabajo. Eso era lo que me estaba destrozando. Seguía protegiendo a Lisandro, cubriendo su maltrato, convirtiéndose en su cómplice. No podía consentir que hiciera eso, que se dejara reducir a la nada. Mi Diosa debía estar en un altar, no arrastrada por el suelo de esa manera.

Quería que contara conmigo, pero no lo hacía. Cubría a Lisandro. Y me destrozaba a mí.

Sentía ganas de alejarme de ella y no regresar nunca más, de arrancarla de mi cabeza y de mi corazón y seguir con mi vida como si jamás hubiera existido. Pero no lo haría. No de nuevo. Lo hice una vez… muchos años atrás, el día que decidí dejar mi casa porque ya no soportaba más el silencio de mi vieja, que consintiera tan sumisamente el maltrato de Víctor. Aquella vez, cometí un error. Alejarme no sirvió de nada. Ni para que ella dejara de hacer silencio, ni para que Víctor dejara de golpearla. Tampoco me sirvió a mí, porque no pasaba un día en que no me reprochara por haberla dejado sola.

Pero necesitaba alejarme por veinticuatro horas. Necesitaba alejarme para poder regresar.

Regresaría. Aunque Lucrecia no confiara en mí, no la dejaría sola. Mucho menos ahora que Lisandro había dejado de cuidarse, ahora que actuaba de una manera tan burda, tan obscena, dejando que la cabeza del monstruo que llevaba dentro asomara sin ningún tipo de resguardo. No estaba loco. Era un hombre perverso y descontrolado, peligroso, de la peor calaña. Lucrecia era la madre de su hijo y la rebajó a mucho menos que nada, sin titubear. Estaba subiendo la apuesta y necesitaba la cabeza despejada para no prenderme en su juego. Proponía a Lucrecia como un premio a disputar, me quería como rival en un juego perverso, y no le daría el gusto. Él y yo no nos parecíamos en nada. Lucrecia no era un juego para mí. Era el amor de mi vida.



Cuando llegó el mensaje de Gómez avisando que mi relevo estaba apostado en un auto afuera, entré a la casa. No me iría sin despedirme.

Alejo miraba dibujitos en el living, sus piernitas colgaban del borde del sillón. Lucrecia no estaba a la vista y Lisandro tampoco. Lo vi tan solo, tan desprotegido, que el corazón se me rompió todavía un poco más.

—¿Cómo va, enano? —me senté a su lado.

—Hola, Mauro —alzó la mano y chocamos los cinco.

—¿Qué estabas mirando?

—La tele —contestó, con la simpleza que lo caracterizaba.

—¿Y tu mamá?

—Mmm… no sé… —miró alrededor, buscándola—. ¿En mi pieza?

—Puede ser. Voy a buscarla, entonces.

—Ajá —sonrió.

Subí las escaleras y me asomé a la habitación de Alejo, pero no estaba ahí. Sabía que no la encontraría en la oficina, así que sólo quedaba una opción.

—Lucrecia —golpeé la puerta del baño del fondo—. ¿Me abrís, por favor?

Escuchaba ruidos adentro, ¿la apertura del botiquín, quizás?

—¿Por favor? —insistí.

—Ya voy —respondió. Respiré aliviado. Al menos me abriría la puerta, ya era algo.

Esperé por unos minutos que parecieron extenderse por varias eternidades, hasta que por fin la puerta se abrió. El panorama era mucho peor de lo que esperaba.

—¿Qué pasa? —preguntó, mirando a cualquier cosa menos a mí.

¿Qué me pasaba? Me pasaban tantas cosas que ni siquiera sabría por dónde empezar a contarle. Pero primero…

—Estás pálida.

—No es nada…

¿Nada? ¿No era nada? No estaba pálida, estaba blanca como una tiza. Y había llorado. Mucho. Y me rompía el corazón verla así.

—No estoy enojado —necesitaba responder a su pregunta inicial antes de que la conversación continuara, pero sus ojitos de muñeca me miraron como si no me creyeran. Porque, claro, no confiaba en mí. Ese era justamente el problema—. No estoy enojado con vos —aclaré—. Pero quiero que hablemos, Lucrecia. Con la verdad, de ser posible. No puedo seguir así.

Inspiró profundo y se apoyó en la pared. Se veía muy, muy, muy frágil.

—Está bien —aceptó. Suspiré aliviado una vez más.

—Quería avisarte que afuera hay una persona que te va a cuidar mientras yo no esté.

—¿Qué? —se alarmó— Pero… dijiste que querías hablar. ¿Te vas? ¿Por qué?

—Porque estoy teniendo un día de mierda y necesito espacio —contesté con absoluta honestidad. Quizás debería haber elegido otras palabras, pero era la verdad. Y si le pedía que fuera sincera, tenía que retribuir de la misma manera.

—¿Y de cuánto espacio hablamos? ¿Cuánto tiempo? —sus ojos se cargaron de lágrimas, pero contuve las ganas de abrazarla. Espacio era espacio en todos los sentidos.

—Vuelvo mañana —aseguré.

—Es mucho tiempo… —sus labios temblaron.

Tratando de apartar de mi cabeza esa horrible imagen que insistía en mi cerebro, tomé su carita de muñeca y besé sus labios. Porque no quería salir de la casa sin despedirme. Porque quería arreglarlo todo. A ella y a mí.

—Es mucho tiempo —acordé—. Usalo para pensar, Lucrecia. Cuando vuelva… cuando hablemos, quiero que me digas qué es lo que querés. Porque no puedo seguir así. A medias, no. Todo o nada. Prometé que lo vas a pensar.

Asintió.

—No llores más, te lo pido por favor. Me lastima verte así —la besé otra vez, un beso más prolongado esta vez, para llevarme el recuerdo de su boca hasta que la viera de nuevo—. Vuelvo mañana. Pensá, por favor.



Apagué el motor y me quedé un rato en el auto, mirando hacia la casa. No había cambiado mucho. De hecho, no había cambiado nada. Las mismas baldosas rotas en la vereda, la misma pintura verde claro (la misma, no habían pintado la fachada en años), el mismo aire a desolación. La casa no había cambiado.

Me quedé ahí, mirando, y también esperando.

Cuando la vi salir con la bolsa de residuos colgando de una mano, me dolió ver lo que el paso de los años había hecho con ella. La había tratado con crueldad. La casa era la misma, pero ella había cambiado. Para peor. No la recordaba tan chiquita, ni tan flaquita. Pero sí recordaba su mirada. La tristeza de sus ojos, la resignación, la desesperanza absoluta.

Decidido a arreglar cuentas pendientes, bajé del auto y crucé la calle.

No me vio venir, pero sí escuchó mis pasos. Levantó la cabeza y me miró fijo. Me quedé parado ahí, sin saber qué hacer o qué decir, mientras su confusión inicial daba paso al reconocimiento, el reconocimiento al desconcierto, y el desconcierto a la sorpresa.

—Mauro…

—Hola, mamá. Feliz Navidad.

Hacía años que no hablábamos, que no nos veíamos, y ninguno de los dos supo cómo reaccionar. Al menos, yo no sabía cómo hacerlo. Había llegado a su puerta por puro impulso.

—Feliz Navidad… —dijo, supongo que por cortesía— ¿Cómo estás?

—Hoy estoy teniendo un día de mierda —contesté, ejercitando eso de la sinceridad. Entornó la mirada. Tenía unos ojos verdes impresionantes, pero estaban apagados desde hacía tiempo. No había brillo alguno en mi mamá.

—Cuánto lo lamento.

—Sí, yo también.

El silencio se prolongó y comencé a sentirme incómodo, fuera de lugar. Quería ponerme a pasear frente a ella.

—¿Querés pasar? —me preguntó, casi esperanzada. Parecía que no me conocía.

—No.

La chispa de esperanza se extinguió tan rápido como apareció. Bajó la mirada, como hacía siempre, y se retorció las manos. Estaba tan… viejita. No sé qué esperaba encontrar ahí, pero me sentí desilusionado.

—¿Querés ir a dar una vuelta? —propuse, sin mucho entusiasmo.

—Me encantaría —contestó.

—Bueno… Vamos —me di vuelta para empezar a caminar, pero ella no se movió— ¿Qué pasa?

—Le voy a preguntar a tu papá y vuelvo.

Al borde un ataque de ira en plena vereda, la vi caminar hasta el interior de la casa. No había cambiado nada. ¡No había cambiado nada! ¡Años de maltrato y ella seguía besando el piso que el monstruo pisaba! Quise correr, subirme al auto y no regresar nunca más. Pero…

—¡¿Qué hacés acá?! —Víctor salió a la calle con mi mamá apresurando pasos cortitos detrás de él. Él tampoco había cambiado. Era la misma basura que recordaba.

—Vine a ver a mi mamá —contesté firme. Ya no tenía quince años. No le tenía miedo a su cinturón.

—¿Ahora te acordás de tu mamá? Rajá de acá, ya no sos bienvenido en mi casa.

—Es la casa de ella también. Y no te preocupes, no pensaba poner un pie ahí adentro.

—Víctor, por favor… —mi mamá lo detuvo del brazo y él se la sacudió con rudeza—. Es nuestro hijo.

—¡Será el tuyo! Porque mío no es nada —replicó.

—Por fin estamos de acuerdo en algo.

—Basta —mi mamá se acercó a mí y puso una mano en mi brazo. Era la primera vez que me tocaba en doce años—. Basta, Maurito. No digas nada más. Mejor lo dejamos para otro día —la mirada de terror que vi en su cara, fue una bofetada. Encendió algo en mí. Algo feo.

—No, mamá. No es así. Disculpame, pero no.

La tomé de la mano y golpeé el hombro de Víctor al pasar junto a él.

—¡Te dije que no entraras en mi casa! —gritó.

No me importó. Tiré de la mano de mi mamá a través de la casa, sin mirar nada ni detenerme por ningún motivo, ni siquiera por los gritos desaforados de Víctor. Estaba viejo, igual que mi mamá, y ya no era tan rápido como antes. Entré a la habitación de mis papás y alcancé a cerrarla justo antes de que nos alcanzara.

—Mauro…

Víctor gritaba, golpeaba la puerta con los puños y piernas, totalmente fuera de sí. Abrí un cajón y comencé a sacar ropa; no estaba muy seguro de qué estaba sacando, pero la dejé sobre la cama. Estaba convencido de que había un bolso dando vueltas por ahí.

—Mauro…

Estaba arriba del placard. Saqué la ropa de invierno que mi mamá guardaba ahí y la arrojé al suelo. Apoyé el bolso sobre la cama y empujé toda la ropa adentro; era un bolso chiquito, así que se llenó rápido.

—Mauro, basta. Basta, por favor —sentí su mano en mi brazo—. Basta, hijo.

Me faltaba el aire y tenía una… cosa que me apretaba el pecho. Me senté en la cama, a su lado, y cerré la boca para no ponerme a gritar. Porque quería gritar. Fuerte. Hasta que se me consumiera la voz por completo y me sacara del pecho esa cosa.  Pero me sentía como en esas pesadillas en las que querés gritar y no te sale la voz, o querés correr y no avanzás, o querés salvar a tu mamá y no podés.

Impotencia.

Ese era el nombre de la “cosa” en mi pecho. Y era horrible.

Mamá tomó mi mano y nos quedamos en silencio. Porque no había nada que decir. Porque ella jamás vendría conmigo, jamás abandonaría a Víctor, y no había nada que yo pudiera hacer. No se podía salvar a quien no quería ser salvado.

—¿Por qué? —pregunté.

Me acarició la mejilla y me miró con esos ojos verdes tan apagados como un bosque en plena noche.

—Porque esta es mi vida, hijo.

Me quebré. Lo hice. Lloré, como nunca. Mamá me abrazó y lloré todavía más, porque llevaba toda una vida esperando ese abrazo. Lloramos los dos. Sus dedos se llevaron mis lágrimas y besó mi mejilla.

—No te sientas mal, Mauro. Sos mi hijo, siempre vas a ser mi hijo. Pero no te tortures más… Vos no tenés la culpa de nada. Tuviste la valentía que yo nunca tuve y no sabés cuánto me gratifica eso. No tenés idea. Te extraño, los extraño a los dos, a vos y a Diego. Todos los días pienso en ustedes. Pero no te arrepientas de tu decisión, porque yo la agradezco. Agradezco que mis dos hijos, a los que amo tanto, hayan decidido irse. Que tengan una vida mejor que la mía, que la nuestra. Es lo que cualquier madre quiere para sus hijos. Puede que ahora no lo entiendas, pero te pido que lo aceptes. Aceptá, hijo. No me abandonaste, soy yo quien decidió quedarse.

—Quería hacerte feliz, mamá. Nada más.

—¿No te das cuenta, Mauro? Mi felicidad no es tu responsabilidad. Si te conforta de alguna manera… me hace feliz verte hoy. Saber que me pensás. Me hacés feliz, hijo.



No hablamos mucho más después de eso. Porque no había nada que decir. Le conté algunas cosas de Clara y Maxi mientras la ayudaba a guardar el desparramo de ropa. Fue un momento inexplicablemente mágico. Solos los dos.

Salimos de la habitación un rato después, y de camino a la salida, vi a Víctor sentado en la mesa de la cocina. Estaba tomando mates. Como si nada hubiera ocurrido.

—Chau, mamá —la despedí con un beso.

—Vení a verme cuando quieras, hijo —sonrió.

—Gracias.

—Gracias a vos.

Me subí al auto y la vi parada junto a la reja. Tanto ella como yo sabíamos que nunca más regresaría, que esa era la última vez que nos veríamos. Porque ella había elegido su vida, y ahora me tocaba a mí elegir la mía.





“Y entonces miré hacia arriba, en el sol, y pude ver la forma en que la gravedad tira de ti y de mí”  (Coldplay – Gravity)




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