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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 29

Capítulo 29: Hablando con la verdad.




Miércoles, 25 de diciembre de 2014.

Cargué la mochila con una muda de ropa, el pijama y el cepillo de dientes.

—¿Querés llevar algo más? —le pregunté.

—Este… —buscó un juguete y me lo entregó.

—Pero no te lo olvides. Tenés la mitad de los juguetes en casa de Alicia.

—¡Se los presto a Mateo!

—Que se los prestes, está perfecto. Pero no los dejes ahí. Después no tenés nada para jugar en casa.

Le colgué la mochila en los hombros y bajamos para esperar a Alicia; iba a tener que hacerle un regalo, en agradecimiento por su constante apoyo. Le pedí el favor de que Alejo pasara la noche allá para que no estuviera cuando Mauro llegara. Necesitábamos privacidad para hablar. Todavía no sabía cómo iba a enfrentar eso de “con la verdad, de ser posible”.

No sabía cómo enfrentarlo, pero quería que volviera. Ya no soportaba su ausencia.

Alicia llegó a la hora acordada, tan puntual como acostumbraba, y Alejo se fue feliz, riéndose a las carcajadas con Mateo. Me encantaba verlo reír así. Le di una mirada al auto gris, estacionado frente a la casa, y noté que el tipo sentado en el volante no era el mismo que horas atrás. Era un hombre mayor con cara de muy pocos amigos. No debía ser nada agradable estar trabajando el día de Navidad.

Entré a casa, corté unos pedazos de pan dulce y los puse en un plato antes de salir a su encuentro. Cuando vio que me acercaba, tiró el cigarrillo por la ventana y  bajó el vidrio un poco más.

—¿Cómo le va? —le extendí la mano.

—¿Cómo le va a usted, Sra. Echagüe?

Al escuchar su voz, lo reconocí de inmediato.

—¿Usted es quien yo creo que es? —pregunté, sorprendida.

—Si usted, mi querida dama, cree que yo soy Pablo Gómez, estaría en lo cierto.

—¡Ay, qué gusto! —estreché su mano. ¡No podía creer que lo estaba viendo en persona! Para mí, era nada más que una voz en el teléfono y el jefe gruñón de Mauro. A mí no me parecía gruñón, me resultaba adorable—. No me diga señora nada, me llamo Lucrecia.

—Entonces, vamos a tutearnos. Me parece bien —acordó con un asentimiento de cabeza.

—Pero… no entiendo. ¿Y el otro chico?

—Es Navidad, Lucrecia. Me dio pena que se pasara todo el día acá. Y además, para ser honesto, mis nietos me tenían hinchadas las pelotas.

Sí. Definitivamente, me resultaba adorable.

—¿Eso es para mí? —preguntó, apuntando al plato.

—Por supuesto.

—¿Y no querría tan hermosa dama pasar a mi oficina y acompañarme un rato? —preguntó, indicando el asiento a su lado.

No lo dudé un instante, le di toda la vuelta al auto y entré. Era un chiquero de papeles por todos lados y había un olor a cigarrillo que rozaba lo nauseabundo.

—Perdón por esto, por hacerte venir así.

—Vos no me hiciste nada. Es un favor para Mauro, así que me viene bárbaro. Se lo voy a cobrar, y bien cobrado. Todavía me debe una por haber errado un penal en un campeonato que jugábamos los domingos. Tuve que pagar un asado para veinte, ¡con lo que vale la carne!

—No sabía que jugaba al fútbol.

—No juega, ese es el tema. Es pésimo.

Me hizo reír. ¡Era divino! Me lo llevaría a casa. Comimos el pan dulce mientras me contaba las pifiadas futbolísticas de Mauro que, aparentemente, era pésimo pero en serio.

—Así que lo mandamos al arco siempre. Porque falla todos los tiros al arco pero no hay pierna que se salve, es un peligro —se rió con ganas. Se notaba el afecto. Me conmovió que Mauro tuviera a alguien como Pablo en su vida, sobre todo conociendo la historia con su papá—. En fin, es un buen pibe, pero un desastre como jugador de fútbol.

—Sí… —apoyé la cabeza en el asiento— es un buen pibe.

—Se preocupa mucho por vos –dijo, ofreciéndome un cigarrillo.

—No fumo —sólo compartía uno de vez en cuando, si la persona me parecía lo suficientemente cercana como para mi boca tocara el mismo cigarrillo—. Y sí. Se preocupa mucho.

—Bueno… teniendo en cuenta las particulares circunstancias, es lógico que lo haga.

Sorprendentemente, no me molestó que mencionara las “particulares circunstancias”. Era un alivio que supiera de mi situación sin que tuviera que esforzarme por ocultarla, o peor aún, tener que explicarla.

—Mis particulares circunstancias estaban ahí antes de que Mauro apareciera, y van a seguir ahí cuando él ya no esté —dije, con una sonrisa que nada tenía de alegre—. Por eso no quiero que se preocupe en exceso.

—Perdón, creo que me expresé mal. Con particulares circunstancias me refería a lo que hay entre ustedes dos.

Mi sonrisa, que no tenía nada de alegre, se esfumó de repente y sentí un calor que me trepaba por el cuello.

—¿Te lo dijo? —pregunté, horrorizada.

—Se le nota a la legua. Lo conozco hace años, piba. Lo miro y ya sé qué le pasa —sonrió.

Le hice una seña para que me pasara su cigarrillo y le di una pitada.

—Creí que no fumabas.

—No fumo —reiteré—. Y cuando lo ves ahora, ¿qué ves?

—Esa es una pregunta compleja —se acomodó el bigote—. No sé cómo contestarla.

—Con la verdad, de ser posible —le devolví el cigarrillo.

Quedaban horas para que Mauro regresara, para que finalmente tuviéramos esa conversación que venía evitando a como diera lugar, y la impresión de quien lo conocía tan bien era de vital importancia para mí. Aunque ya hubiera tomado una decisión al respecto.

—Lo veo desorientado —dijo después de pensarlo un momento. Yo no podría haber elegido mejor palabra que esa, Pablo y yo veíamos lo mismo. Y, de alguna manera, fue un alivio descubrir la coincidencia—. Confunde los roles, está claro. Hay una gran diferencia entre ser un custodio y tratar de jugar al héroe; está frustrado. Y te quiero mucho, piba. Está hasta las manos. Lo conozco hace años y nunca lo había visto así. Francamente, me asusta un poco… ¿Te puedo ser honesto?

—Creí que ya estabas siendo honesto.

—Bueno… más honesto.

—Decime lo que pensás, Pablo. Por favor —rogué. Por mucho que doliera, tenía que escucharlo.

—Pienso que lo de ustedes no va a terminar bien, no le veo vida. No “pienso”, estoy “seguro” de que va a ser así —sentenció con firmeza, con mirada implacable.

Y, otra vez, yo no hubiera podido elegir mejores palabras. Inspiré profundo y fingí que su presagio me era indiferente.

—Tengo más años que Matusalén, así que me siento con la autoridad suficiente como para cantarle la verdad a una pibita como vos: lo que estás haciendo, no se hace. Te va a salir el tiro por la culata.

—No le estoy disparando a nadie —negué de inmediato, aunque sin ganas de explayar. Él no comprendería mis “particulares circunstancias”.

—Yo diría que vos ya disparaste, y que diste en el blanco también, pero te estás haciendo la boluda. Si me permitís la honestidad, por supuesto.

—Aprecio tu honestidad.

—Entonces, sí.

—¿Sí, qué? —agarré un pedazo de pan dulce y me lo metí a la boca. Pablo sonrió.

—¡Vos sos una pilla! —dijo, apuntándome con el dedo.

—Me encantó conocer tu oficina, Pablo. Pero ya me tengo que ir. Te dejo el pan dulce —le di un beso en la mejilla y abrí la puerta.

—Che, piba… —me detuvo y me volví a mirarlo— ¿Te robaste la guita o no? Decime la verdad, te prometo que no se lo cuento a nadie.

¡El pillo era él! Decidí ejercitar eso de hablar con la verdad, dentro de lo posible.

—Me sorprende de vos, Pablo. ¿No conocés los principios legales en nuestro país? ¿Te suena “presunción de inocencia”? ¿“Nadie será arrestado sino en virtud de orden escrita de autoridad competente”? Lo dice la Constitución, artículo 18; es un librito de lo más interesante. Y a mí no me llegó ninguna orden, hasta ahora.

—Hasta ahora… —recalcó, con una ceja alzada.

—Nos vemos, Pablo —sonreí y cerré la puerta del auto antes de asomarme por la ventanilla—. Y, ya que estamos siendo honestos, mandale un beso a Fusco de mi parte.



Soltó una risotada, porque además de ser un pillo, era un tipo de lo más adorable.



Me di una ducha (la quinta en el día; todavía no podía quitarme la sensación de asco) y decidí que esa noche dormiría en la casa de huéspedes. Estaba segura de que Lisandro no volvería a dormir a casa. Había llamado para preguntar qué había pasado con Mauro, quería explicaciones por su ausencia. ¡Como si él no lo supiera! Le corté y no volví a atenderlo.

Me permitiría a mí misma cumplir con el deseo de despertar en la cama de Mauro, aunque él no estuviera ahí; era una pequeña rebeldía.

Me até el pelo y me puse la camiseta de River. Nada de camisones de seda para mí; otra pequeña rebeldía.

Cuando entré a la habitación, ese particular aroma a sándalo, chicle de menta y tabaco me hizo sentir como en casa. Me desplacé sin encender las luces, porque conocía cada rincón por instinto. Me metí en la cama, me abracé a la almohada y, una vez más, me sentí en casa. Cerré los ojos y fui feliz.

Abrumadoramente feliz...

Solía tener frío por las noches; mucho, mucho frío. Por eso, al abrir los ojos y ver que aún estaba oscuro afuera, me sorprendió sentir tanto calor. Un calor abrasador que se aferraba a mi espalda, que envolvía mi cintura, y un soplo cálido que me acariciaba la nuca. Pestañeé e intenté moverme, pero el calor se movió conmigo y supe que no era mío.

Solía tener frío por las noches, porque jamás había experimentado el calor de ser abrazada mientras dormía.

Hasta ese momento.

Entrelazó su mano con la mía y fui más feliz. Más feliz porque él estaba conmigo. Mauro estaba conmigo. Quise cerrar los ojos y volver a dormir; de ser posible, no despertar jamás. Que el sueño se prolongara hasta la eternidad. Pero sabía que eso no era posible, que las agujas del reloj sólo avanzaban en un sentido, y no quise que ni uno de los preciados minutos que compartía con él fuera desperdiciado.

Así que pegué mi cuerpo al suyo, más, mucho más. Porque lo quería cerca. Y él quería lo mismo. El espacio entre nosotros ya no era necesario… era insoportable. Una tortura imposible de resistir. El calor era abrasador. La piel, una sola. Mi boca era la suya, en una confusión de besos dados y recibidos como el tesoro que eran. Las caricias reemplazaban los malos recuerdos, los suspiros se llevaban al vuelo las palabras hirientes. Todo se transformaba, mutaba, cambiaba de color y de sabor.

Mauro lo cambiaba todo. Y por eso lo amaba.

Por primera vez, amaba a un hombre. A un hombre de verdad, al único que me hacía sentir como una mujer.

Lo amaba.

Lo amaba tanto.

Lo suficiente como para apartarlo de mi camino… Porque Pablo tenía razón. Lo nuestro no iba a terminar bien. Lo nuestro no tenía vida.






“Dios sólo sabe por qué me ha llevado tanto tiempo dejar mis dudas aparte. Tú eres lo único que quiero” (Adele – One and only)



1 comentario:

  1. Presunción de inocencia es que todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario ;)

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