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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 3


Capítulo 3: Un regalo de graduación.



Viernes, 17 de diciembre de 2010.

El día tan largamente esperado, al fin llegó. Sorpresivamente, o quizás no tanto, tenía emociones encontradas. Estaba feliz de concluir una etapa, pero sabía que con ella muchas otras cosas terminaban también.

Esbocé la mejor sonrisa que pude cuando recibí mi título y también cuando descubrieron mi nombre en el cuadro de honor del Colegio, incluso hice un excelente trabajo conteniendo las lágrimas mientras leía el discurso de despedida para nosotros y de bienvenida para los chicos de primer año.

Había soñado muchas veces con ese momento, pero ver a Lisandro y a mi Nona emocionados por mí era algo que jamás se me hubiera ocurrido. Y ni hablar de Luciano aplaudiendo con algarabía un poco más atrás, acompañado por un sonriente Santiago (cómplice de Luciano) y una avergonzada Elena, cubriéndose la cara para que nadie descubriera que era la madre de quien tan elocuentemente calificaba como un “engendro”.

—¡Felicitaciones, mamita!! —gritó mi abuela con entusiasmo. Me tragué la angustia de ver a Lisandro teniendo que ayudarla para ponerse de pie.

—Gracias, Nona. ¡Te amo muchísimo! —le estampé un beso sobre la arrugada mejilla y saqué la medalla que colgaba de mi cuello—. Esto es para vos… Por cuidarme y apoyarme siempre.

—¡Ay, m’jita! ¡Me vas a hacer llorar!

—Ya estás llorando, Nona —le recordé.

—Bravísimo, mi amor —dijo Lisandro, antes de encerrarme en otro de sus poderosos abrazos—. Tengo una sorpresa para vos, pero más tarde —susurró a mi oído.

—¡Hey, cuña!! ¡Vení para acá! —Luciano solía ser el más efusivo. Me arrancó, literalmente, de los brazos de Lisandro y me levantó por los aires, provocando que mi estómago diera un salto—. ¡Qué discurso, che!! ¡Casi se me pianta un lagrimón!

—Bajala —ordenó Lisandro, con su habitual cara de “nadie toque a mi novia porque le arranco una extremidad”. Con una revoleada de ojos, Luciano me dejó en el suelo.

—No seas bruto, Luciano. Andá para atrás, haceme el favor —Elena movió a su hijo con el hombro y recompuso la sonrisa antes de besar mi mejilla—. Felicitaciones, querida.

—Gracias por venir, Elena.

—No me lo hubiera perdido por nada.

Era la mujer más hermosa que había conocido jamás. Siempre elegante, ni un cabello fuera de lugar. Cuando la conocí, supe de dónde había sacado Lisandro sus hermosos rasgos. Tenían la misma mirada gris y tormentosa, la misma altivez en sus modos. Elena era rubia, alta, y en muy buena forma para sus sesenta años; era increíble pensar que mi abuela solo tuviera seis años más que ella. Además, era una confesa devota de su hijo mayor.

—Felicitaciones, impresionante discurso. Debería contratarte para que me dieras algunas clases, mi retórica es bastante mala —dijo mi suegro.

Sin poder contenerme, me acerqué a abrazar a Santiago con fuerza, deleitándome con el aroma de la crema de afeitar desprendiéndose de su cuello. Si hubiera tenido un padre, me hubiera gustado que fuera como él. Estaba siempre tan alegre, era tan reflexivo, y sumamente inteligente. Cuando abría la boca, era para cambiarte el mundo con una sola frase. Lo admiraba profundamente.

—Gracias, Santiago. Me encanta que estés acá.

—Gracias a vos por invitarnos, primor —pellizcó mi mejilla con ternura.

—Bueno, ¿ya nos vamos? Tenemos la reserva en el restaurante dentro de media hora y el tráfico es una locura —informó Lisandro.

—Voy a despedirme de los chicos y ya vuelvo —dejé el diploma en sus manos y caminé hacia dónde las risas y el llanto se mezclaban en una emotiva despedida.

—¡Hey, nena! ¡Vení, dale! —en menos de un segundo, me encontré asaltada por el dulce abrazo de Vicky y Electra.

—Voy a extrañar verlas todos los días, chicas —murmuré dentro de la bola de amor.

—Podemos vernos todas las veces que queramos, ¿no? —señaló Vicky.

—O cuando el pelotudo del novio la deje…

—Electra, hoy no. Por favor —le rogué con una sonrisa. Acaricié todo el largo de su cabello, castaño esta vez (su color natural)—. Me encanta tu pelo así.

—Y bueno, hay que crecer algún día, ¿no? —dijo con una significativa mirada. Estaba en lo cierto, no quedaba otra alternativa que crecer.

Un silencio cargado de emoción invadió nuestro espacio privado en ese momento, y cuando vi la primera lágrima correr por la mejilla de Vicky, me apresuré a apretar su mano.

—Bueno, taradas… Ya está. No vamos a estar llorando todo el día —Electra hizo una mueca de fastidio y sostuvo su propia lágrima justo a tiempo. Era humana después de todo, por mucho que renegara de eso—. Ya nos tendríamos que ir organizando para ver cómo llegamos a la quinta.

—¿Qué quinta? —pregunté sorprendida. Mis dos amigas intercambiaron miradas cómplices entre ellas.

—Bueno… nos vamos a juntar todos en la quinta de Tomás, en Pilar —respondió Vicky.

—No sabía nada.

—Sí, pero como cada vez que te invitamos tu novio nos pincha el globo, pensamos que no te interesaba. En fin, ¿querés venir? —preguntó Electra, sin una pizca de arrepentimiento en el tono de voz. Mi corazón, en cambio, se estaba partiendo en pedazos. ¿Mis amigas ya no me consideraban en sus planes?

—Me gustaría… —empecé.

—¿Pero? —indagó Vicky, siendo rápida por primera vez… lingüísticamente hablando.

—Lisandro ya reservó en un restaurante.

—¡Iupi!!!! ¡Qué divertido!! —ironizó Electra.

—Perdón, chicas —me lamenté.

—Sí, sí. Todo bien —Electra revoleó los ojos, como si no le importara.

Terminé de despedirme del resto de mis compañeros con un sabor agridulce por mi charla con las chicas. Tenían razón, no eran ellas las que estaban dejándome fuera de sus planes, era yo quien se estaba apartando.

—¿No hay un beso para mí? —escuché su inconfundible voz a mis espaldas y sonreí. No dudé en darme vuelta para recibir su cálido abrazo—. Te voy a extrañar, muñeca —dijo con su boca en mi hombro.

—Guarda, Camilo… Ya no soy una chica libre —sonreí.

—Siempre vas a ser una chica libre, eso es lo que más me gusta de vos —tiró de un mechón de mi pelo y se la devolví con un golpe en el hombro. Era el adiós también para mi etapa de adolescente hormonal, escondiéndome en cuanto “oscurito” encontraba para dejar que Camilo me metiera mano debajo de la remera—. ¡Estás linda, Luli! El gil ese es un suertudo bárbaro. Pero, ¿te digo algo? —acercó su boca a mi oído— Siempre vas a saber que el primer beso te lo di yo.

No pude evitar la risotada antes de acercarme a su oído.

—¿Querés que yo te diga algo? No fuiste vos quien me dio el primer beso.

—¡No puede ser! ¡Qué mentirosa sos!!

—¡En serio!!! El primer beso se lo di a un pibito de mi barrio.

—No te puedo creer… ¡Me rompés el corazón!

—Ya te vas a recuperar, Camilo.

Nos reímos un poco más, quizás retrasando a propósito el momento de despedirnos del amor fácil y sincero de secundaria. Y Camilo estaba en lo cierto, le mentí, porque fue él quien me dio el primer beso más dulce y más baboso de toda la historia. No quería admitir en voz alta que no lo olvidaría jamás.

—¿Quién es? —preguntó Lisandro cuando lo alcancé en la puerta del auditorio.

—Un amigo —contesté automáticamente.

—¿Y por qué te estabas riendo así? ¿Te contaba un chiste? —preguntó con sarcasmo.

—Sí, era un chiste buenísimo. Vamos a comer, mi amor... Se nos hace tarde.

Ni una palabra más salió de su boca durante todo el camino al restaurante, seguramente porque tenía que concentrarse en manejar. O porque estaba furioso. Ya estaba aprendiendo a no sorprenderme con sus exagerados ataques de celos. Si había una palabra que describía a Lisandro, además de perfecto, era intenso. Intenso para todo. Amaba con intensidad, pero celaba con la misma pasión. El truco estaba en no seguirle la corriente, siempre contestaba lo que él quería saber sin titubear y listo. Después de todo, nunca tuve nada que ocultar. Aun así, sin importar lo que dijera o hiciera, Lisandro siempre encontraba la forma de creer que había alguien más, o algo más, como si él no fuera suficiente para mí. Estaba aprendiendo a lidiar con sus inseguridades.

Pasamos un momento agradable durante el almuerzo, como en cada ocasión. No faltaron las habituales excepciones; como mi abuela preguntando por alguna que otra palabra que no entendía, o algún coscorrón a Luciano, incluso los inoportunos comentarios de Elena respecto a la inutilidad de su marido para múltiples tareas (eso de verdad me molestaba).

Cuando llegó la hora del postre, Elena pidió la atención de todos en la mesa. Cualquiera podría pensar que era Santiago quien oficiaba de cabeza de familia, pero muy por el contrario, era mi suegra quien llevaba los pantalones en el hogar.

—Bueno… antes que nada, tengo que confesar algo —dijo con una sonrisa—. Cuando Lisandro llegó a casa con la noticia de que estaba de novio, mis celos maternos fueron más fuertes que yo.

—Mamá, por favor —interrumpió Lisandro, un poco colorado. Yo solo me reí. Ya conocía esa parte de la historia, la viví en carne propia.

—¡SHH!! Estoy hablando yo —lo apuntó con un dedo—. Prosigo… Para ser sincera, siempre pensé que no había mejor mujer para mi hijo que su mamá.

Eso nos arrancó una carcajada a todos, y a Lisandro lo sonrojó todavía más.

—¡Silencio, silencio!! No terminé. Después, cuando me dijo que su novia todavía no cumplía los dieciocho años, creí que todo esto iba a ser un desastre. Pero… también debo confesar que, cuando conocí a Lucrecia, me enamoré de ella tanto como mi hijo. No solamente es linda, educada, bondadosa, madura… también puedo ver cuánto ama y cuida a mi hijo, y eso es todo lo que una madre puede pedir de una nuera.

No tengo que aclarar que para ese momento yo tenía una suave sonrisa en los labios, una que me costó muchísimo fingir. Sabía que cada palabra que salía de su boca no era más que una burda mentira. Elena solamente me soportaba porque Lisandro no le daba opción.

—Entonces… dicho esto, este es nuestro regalo para vos —con esa sardónica sonrisa suya, me extendió un sobre blanco con mi nombre en él. Sin importar la ocasión, todo lo que Elena regalaba venía en un sobre.

—Gracias, Elena.

—Dale, ¡abrí! —me alentó Luciano, ansioso por ver mi reacción.

Estudié el sobre por un momento, tratando de identificar de qué se trataba, pero no había pistas visibles. Lo miré a contraluz y elegí abrirlo por una de las esquinas, para evitar romper el contenido. Cuando retiré el papel, me sorprendí con lo que parecía ser una especie de carta. Todavía más extraño, tenía el logo del Instituto donde pensaba cursar mi carrera de Secretaria Administrativa.

Luego de una leída rápida, mi corazón prácticamente se detuvo.

Todos esperaban por mi respuesta, mudos, pero yo no podía hablar en ese momento. Mientras leía el corto comunicado por segunda vez, sentía que toda la sangre se subía directo a mi cabeza, los oídos me zumbaban y el ojo izquierdo me latía un poco.

—¿Y? —Lisandro cortó el aplastante silencio de la mesa.

—No puedo aceptar esto. Perdón, pero no puedo —doblé el papel con una mano demasiado temblorosa y lo dejé frente a mí.

—¿Por qué no? —interrogó Elena, sorprendida.

—Porque no… Entiendo la intención de todos, pero no puedo aceptar esto. Es mucho.

—Pensalo como una beca, querida.

—Perdón, Elena. Pero esto no es una beca, es la familia de mi novio pagando por los dos años completos de una carrera que quería pagarme yo. Ya tengo todo planeado, voy a trabajar medio tiem…

—Mamita… —me cortó la Nona—. Sabés que eso va a ser muy difícil. Doña Elena tiene razón, ¿por qué no lo pensás como una beca? Nunca te molestó estar becada en el colegio.

—¡Porque yo me gané la beca del colegio! Me esforcé mucho para conseguirla —dije con una mano en el pecho. Nunca me había sentido más humillada en toda la vida.

—Primor —Santiago estiró la mano sobre la mesa y tomó la mía— Hace ya… ¿cuánto? ¿Cuatro meses que nos conocemos? Sabés que te robaste nuestro corazón desde el primer día, y también creo que ya nos conocemos lo suficiente. Sabés que siempre vamos a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que nuestra familia tenga lo mejor. Vos sos parte de esta familia. Hicimos esto con cada uno de nuestros hijos y creo que no tengo que recordarte que ya sos como una hija para nosotros. Me gustaría que antes de tomar una decisión, sepas que hacemos esto porque te queremos mucho y nada más, ¿sí?

No tenía nada que fingir con Santiago. Las lágrimas de emoción que se acumulaban en mis ojos eran totalmente genuinas. Me estaba ofreciendo una perspectiva totalmente diferente a la que pintaba Elena. Ella hacía parecer que me pagaban el curso solo porque cuidaba y amaba a su hijo, en cambio, Santiago me invitaba a pensar que lo hacían porque me amaban y me cuidaban a mí. Era atractivo pensarlo de esa manera.

—¿Y vos pensás que tu retórica no es buena? —murmuré despacio, un poco avergonzada por mi reacción primaria—. Gracias a todos, de verdad. Prometo que lo voy a pensar.

Lisandro pasó su brazo detrás del respaldar de mi silla y besó mi sien.

—Bueno, che… Yo también tengo un regalo para vos, Luli. Aguantá —Luciano estiró la cabeza desde el fondo de la mesa, ganándose la mirada de todos.

Los rizos rubios que le caían sobre los hombros lo hacían ver como un querubín. No podía siquiera imaginar qué era lo que tramaba, estaba revolviendo su billetera. Después de un par de segundos, sacó un maltrecho papel que parecía arrancado de una revista y se puso de pie para llegar a mi asiento. Tan impertinente como siempre, sacó el brazo de Lisandro del respaldar de mi silla y se sentó en sus piernas antes de extender el papel frente a mí.

—¡Ta-tan!!! Son descuentos para el cine, pero te vas a tener que apurar porque creo que vencen el 31 de diciembre.

—¡Me encanta, Luciano!!!! ¡Gracias!!! —por fin alguien me hacía un regalo normal.

—Salí de acá —Lisandro lo sacó de sus piernas con un empujón. No dejaba de fascinarme la interacción entre los hermanos. Eran graciosos, el espectáculo perfecto para distender el momento.

—Bueno, mi amor… Yo también tengo un regalo para vos. Te dije antes que quería darte una sorpresa y creo que ahora es el mejor momento, con toda la familia presente.

Ay, mierda.

—Supe que eras la mujer de mi vida desde la primera vez que te vi… no me peguntes cómo, pero lo supe. Ahora, después de estos meses juntos, estoy seguro de que no hay nada que quiera más que tenerte en mi vida.

Ay, mierda, mierda, mierda.

Estudié los rostros de todos en la mesa y supe que no estaban sorprendidos por lo que estaba sucediendo. Todos lo sabían, incluida mi Nona. La única que parecía fuera de lugar en la perfecta escena, era yo. Solo podía rezarles a todos los santos para que Lisandro no estuviera por hacer lo que creía que iba a hacer.

—Este es mi regalo para vos —cuando dejó la cajita de terciopelo negro sobre la mesa, frente a mí, mis esperanzas se fueron al carajo.

Ya estaba jugada, y una vez más, todos esperaban por mi reacción. Con esa mano que parecía no querer dejar de temblar, agarré la cajita y la abrí muy, muy, muy lentamente. Cuando descubrí el contenido, una ola de calor me atravesó todo el cuerpo.

—Mi amor, ¡me encanta! —gratamente aliviada, solté un enorme suspiro mientras sacaba el llavero. Era toda una preciosura, una simple letra “L” de color plateado— ¡Gracias! —sin importarme la audiencia, me abracé a su cuello y besé su mejilla.

—Me alegra que te guste, linda —acarició mi cuello con su pulgar.

—Me encanta, ¡en serio! Voy a empezar a usarlo ahora mismo —sonreí.

—Eso pensé… —dijo metiendo la mano en el bolsillo de sus jeans—. Acá tenés tu llave —agregó ante mi total desconcierto, dejando en la palma de mi mano una llave plateada que me era desconocida.

—¿Qué es esto? —pregunté confundida.

—Es la llave de tu casa. De “nuestra casa”, si aceptás venir a vivir conmigo.

¡MIERDA, MIERDA, MIERDA, MIERDA, MIERDA!

—¿Esto es en serio? —pregunté por lo bajo, esperando el momento en el que los pájaros picoteando hojitas sobre mi techo de chapa al fin me despertaran, indicándome que todo  era un sueño. O una pesadilla, en realidad.

—Nunca jugaría con algo así, linda. Es en serio.

—Nona, ¿vos lo sabías? —la busqué entre los expectantes rostros.

—Sí, m’hija. Lisandro habló conmigo antes de pedirte esto.

—¿Y qué pensás?

—Es una linda propuesta, mamita. Te merecés a una persona como Lisandro, se los ve muy bien juntos y pienso que vas a ser muy feliz.

¿Feliz? ¡¿Feliz?! ¿Mi Nona pensaba que esto me iba a hacer feliz? Quería gritar, patalear, chillar a los cuatro vientos… Pero no hice nada de eso. Había aprendido mi lección la primera vez, no iba a humillar a Lisandro frente a toda su familia. Esperaba que las lágrimas que se acumulaban en mis ojos fueran interpretadas como producto de la emoción y no de la rabia que escasamente contenía.

Agarré la llave y la coloqué en el llavero, sellando mi destino.

—¿Sí? —preguntó Lisandro, entre sorprendido y emocionado.

—Sí —contesté tomando su mano.

Dando rienda suelta a su alegría, tiró de mi mano y me sentó en su regazo antes de besarme como si no hubiera nadie más en el restaurante. Fueron los silbidos y aplausos de la familia los que nos obligaron a terminar con el espectáculo.

—Te va a encantar la casa, ya vas a ver… ¡Es perfecta para nosotros! ¡Y es perfecto que vivas conmigo!! —estaba tan feliz que apenas si podía contener su algarabía.

Pensé que iba a dejar que volviera a mi silla, pero cuando hice el intento, incrementó la presión en mi cintura y me obligó a permanecer sobre su falda. No dejaba de hablar de cada cuadro que pensaba poner en la casa, de la biblioteca que iba a instalar en una de las habitaciones… Pero por más que intentara entrar en sintonía con su buen humor, no lograba conectarme con la situación.

No era así como había planeado la siguiente etapa de mi vida.

Había pensado en conseguirme un trabajito de medio tiempo, uno que me diera la libertad de tomar mis clases y la independencia económica que tanto deseaba. Ansiaba vivir en Capital, quizás en alguna pensión en la que pudiera conocer gente nueva. Tener mi propio lugar, mi propia cama… Pero, en cambio, escuchaba a mi novio hablar de cómo quería decorar “nuestra” casa, su familia había cubierto los gastos de mi educación (por lo que no necesitaría trabajar), y demás está decir, que a partir de ahora iba a compartir la cama de Lisandro cada noche.

Definitivamente, no era así como había planeado la siguiente etapa de mi vida. Sabía que no podría contenerme por mucho tiempo más.

—¿Dónde vas? —preguntó mientras me levantaba.

—Voy al baño, ya vuelvo —acaricié su mejilla y besé su frente antes de dirigirme tan lentamente como podía en dirección al baño, para que ninguno notara que quería salir corriendo de ahí.

Cuando llegué al final del salón, y luego de cerciorarme que nadie de la familia estuviera viendo, detuve a uno de los mozos que pasó a mi lado.

—¿Puedo ayudarla, señorita?

—Necesito salir a tomar un poco de aire y no quiero que mi familia se preocupe, ¿habrá alguna puerta secundaria que pueda usar? —rogué, sin poder ocultar mi angustia.

—Sí, no hay problema. Usá la puerta de la cocina, sale a un pasillo al lado del salón.

—Un millón de gracias.

—No hay de qué… ¿Estás bien? ¿Necesitás ayuda? —dijo preocupado.

—Sí, sí. Estoy bien. Un poco de aire me va a venir bárbaro. Gracias.

Sin una segunda mirada, busqué la puerta de la cocina y caminé derechito hasta el final del pasillo, ignorando las miradas curiosas de la gente que trabajaba por allí. Cuando llegué a la calle, me sentí como yo misma de nuevo.

Sabía que Lisandro iba a buscarme si notaba que estaba tardando, pero necesitaba salir de ahí. Sin pensarlo, corrí hasta la próxima esquina con todo lo que mis piernas me permitían. Al llegar al semáforo, me detuve en seco. El corazón me galopaba con fuerza, sentía las gotitas de sudor formándose en mi nuca y tenía la boca seca. La gente que pasaba a mi lado me observaba, extrañada por mi comportamiento. Francamente, no me importaba.

Tomé un profundo suspiro, cerré los ojos y apreté mis puños tanto como pude.

—¡AHHHHHHH!!!!!! —grité con todas mis fuerzas, dejando escapar toda la frustración que estaba conteniendo en mi pecho.

Varios transeúntes se alejaron de mí corriendo, mientras otros se detuvieron con curiosidad, tratando de averiguar si estaba loca. Probablemente fuera así… estaba loca.

Unos minutos después, luego de haberme refrescado un poco en el baño del restaurante, estaba regresando a la mesa como si nada hubiera ocurrido.

—Mi amor, ¿estás bien? —Lisandro me miró con preocupación cuando regresé a mi silla— Estás pálida, linda. ¿Qué te pasa? —puso los dedos sobre mi frente, chequeando mi temperatura.

—Creo que me cayó mal la comida, estoy bien.







"Sin la máscara, ¿dónde te esconderás?"  (Everybody's fool -Evanescence)








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