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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 30

Capítulo 30: La verdad, aunque duela.




Viernes, 26 de diciembre de 2014.

Todavía estaba oscuro afuera, no eran ni las tres de la mañana. Mauro había decidido regresar antes de tiempo, antes del tiempo que él mismo se había impuesto.

Tenía muchas ganas de preguntar dónde había estado, con quién había hablado, qué era lo que había pasado, porque su mirada soportaba un peso aún más grande que el de antes de su partida. Parecía que el tiempo tomado sólo había servido para que se sintiera peor. Se veía tal y como Pablo lo había descrito: frustrado. Excesivamente precavido. Yo ansiaba que nuestro tiempo juntos fluyera con facilidad, pero él no bajaba la guardia. Mi corazón quería salir del encierro en que estaba confinado, empacharse de placer y desparpajo entre sus brazos, pero Mauro no estaba de acuerdo con eso.

—No corramos riesgos innecesarios —contestó a mi propuesta. Una vez, me había pedido que me quedara y me negué; ahora, era él quien se negaba— ¿Y si tu marido hace lo mismo que yo? ¿Si vuelve antes?

—Lisandro jamás haría lo mismo que vos —me sentí ofendida por su comentario. Lisandro y él no se parecían en nada.

—Está descontrolado, Lucrecia. ¡Ya no sé qué es lo que haría! No después de la canallada de las fotos —se puso la remera—. Cambiate, por favor.

Desapareció tras la puerta del baño y quise ponerme a llorar. La fluidez que pretendía para nuestro tiempo juntos se estaba transformando en una tirantez incómoda. Dolorosa, incluso.

Mauro tenía miedo. Yo también, obviamente. No era tonta. Pero me apenó ver lo que nuestro tiempos juntos había provocado en él. Había logrado que el Mauro distendido y espontáneo mutara en una versión mucho más contenida de sí mismo.

Estaba por salir de la habitación cuando lo escuché. Me volví un par de pasos, y sin poder resistir el impulso, apoyé mi oído sobre la puerta. Mauro era el segundo hombre al que escuchaba hacer pis. El pensamiento no me resultó divertido, me provocó una tristeza infinita.



No encendí las luces al entrar a la casa. No quería alentar la curiosidad de algún vecino insomne. Debería haberme dado una ducha, pero no lo hice; quería conservar el rastro de nuestro tiempo juntos tanto como pudiera. Mientras me ponía la primera ropa que encontré a la mano, mi cabeza ensayaba un abanico de convincentes discursos para enfrentar la situación que se avecinaba. Argumentos variados, explicaciones frondosas; un rosario de mentiras.

Mauro quería que habláramos con la verdad, de ser posible. Pero no era posible para mí.

—¿Estás lista? —preguntó desde la puerta, tenuemente iluminado por luces nocturnas. A oscuras. Lo nuestro era vivido a oscuras.

—Sí —mentí.

Porque no. No estaba lista. Estaba decidida.

El paseo fue inusualmente silencioso, incómodo. Quería que dijera algo gracioso, o quizás algún comentario que me hiciera poner colorada, pero su silencio era tan absoluto como aterrador. Lo tenía a una caricia de distancia y sentía que nos separaba el mundo.

Cuando detuvo el auto, agradecí estar en un lugar que nos fuera tan familiar, tan nuestro y tan apartado de todo y de todos.

No podría haber elegido mejor lugar que ese.

Hacia donde quiera que mirara, veía lo mismo. Nada. Nada contra lo que pudiéramos chocar y lastimarnos, excepto por nosotros mismos. Chocaríamos y nos haríamos pedazos. Y ambos lo sabíamos. El silencio era un mero producto de la cobardía, un vano intento por evitar lo inevitable. Una pequeña rebeldía. Pero lo que mi boca no se atrevía a decir con palabras, lo que sus oídos se negaban a escuchar, flotaba entre nosotros como una entidad sombría.

Íbamos a tener que hablar, porque así lo habíamos acordado. Con la verdad, de ser posible. Pero ya nos habíamos despedido. Sin palabras y con un lenguaje privado, con ese dialecto propio que habíamos construido entre los dos. Su cuerpo y el mío eran totalmente honestos. Nosotros éramos unos cobardes.

Dejó las luces del auto encendidas porque la oscuridad era absoluta. Era una noche sin luna, sin estrellas, carente de brillo alguno. Bajamos sin decir una palabra y nos sentamos sobre el baúl.

No sabía cómo empezar a decir lo que debía; no quería empezar, en realidad. Empezar era terminar.

—¿Pensaste? —preguntó, buscando mi siempre esquiva mirada.

—Sí —contesté con inusual firmeza.

Porque sí.

Lo había pensado y mucho, del derecho y del revés. Había ensayado discursos convincentes, argumentos variados y explicaciones frondosas… pero cuando lo miré a los ojos, quise patear el tablero y echarme atrás. Decirle que lo amaba y que no había mundo capaz de separarnos. Quise decir muchas cosas. Pero estaría mintiendo, y habíamos acordado hablar con la verdad.

Encendió un cigarrillo y su mirada se perdió en algún punto lejano.

—¿Y qué decidiste?

¿Qué había decidido? Dejar de lado los discursos ensayados y darle mi versión de la verdad. Inspiré profundo, haciendo acopio de valor, y comencé por dónde se debía: por el principio.

—Intenté dejar a Lisandro, una vez… hace años —confesé—. Un año de relación fue más que suficiente para saber que mi vida con él sería un infierno. No soy estúpida, Mauro. Parezco, pero no soy.

—Jamás pensé que lo fueras.

—Lo piensa todo el mundo.

—No es así…

—Es así —insistí—. Sé cómo se ven las cosas desde afuera. La gente piensa que con armar un bolsito y salir por la puerta es suficiente… Pero no tienen idea de lo que siente. Es como estar atada de pies y manos, amordazada. Unas amarras que yo misma me puse. Porque tengo miedo todo el tiempo, de decir o hacer cualquier cosa que lo haga explotar.

—Yo te entiendo, Lucrecia. Creeme que te entiendo —entrelazó su mano con la mía.

—No entendés, Mauro. Ya intenté dejarlo… —suspiré, agotada de tanto sufrimiento—. Traté de salvarme. Me había dado cuenta de lo que se venía si seguía con él; y después del primer cachetazo, dije basta. Hice lo que la gente piensa que se debe hacer. Me cargué una mochila al hombro y volví a la casa de mi Nona. No quería pasar un minuto más bajo su techo. Quise deshacerme de las ataduras. Pero no pude…

—¿Qué paso? —preguntó.

Tomé el cigarrillo que pendía de su mano y le di una pitada.

—Alejo pasó… Ahí tengo que darle la derecha a los que piensan que soy una estúpida —admití en voz alta, por primera vez en la vida—. No me cuidé. Me confié. Porque era una adolescente inconsciente y pensé que a mí nunca me iba a pasar, ¿podés creer? Como si no supiera la consecuencia de tener sexo sin cuidarse…  Fui una estúpida.

—Por favor, Lucrecia. No hables así. Alejo no estaría acá…

—No quería tenerlo, Mauro —solté la bomba—. Fui a hacerme un aborto, de hecho. Estaba tan decidida a hacerlo que llegué a estar semidesnuda sobre la camilla de un consultorio.

Vi el cambio en su mirada al escuchar mi confesión. Y sí. A mí también me daba repulsión incluso haber pensado en la posibilidad de no tenerlo. Pero no quería mentir; había acordado hablar con la verdad.

—Pero no lo hiciste —dijo, casi como si quisiera encontrar una razón propia para excusarme—. ¿Por qué? ¿Qué hizo que te arrepintieras?

—No iba a poder cargar con esa culpa. No quería tener al bebé porque estaba asustada, porque sabía que Lisandro no me iba a dejar en paz… Pero no soy una mala persona, no quería convertirme en alguien que no soy.

—Por supuesto que no sos una mala persona, Lucrecia —presionó mi mano en señal de apoyo—. A veces, las circunstancias nos condicionan y terminamos pensando o, peor, haciendo cosas que no nos creíamos capaces de hacer. Es lógico que estuvieras asustada. Un hijo es un lazo para toda la vida.

—Sí, un hijo es un lazo para toda la vida —sonreí con amargura, recordando lo desamparada que me sentí al regresar a casa y encontrarme con el rechazo de la Nona—. Tenía tanto miedo que pensé en la posibilidad de no decirle nada a Lisandro. Pensé en irme lejos y tener al bebé sola. Qué locura… no hubiera sobrevivido ni una semana.

—Eras una nena, Lucrecia. ¿Dónde estaba tu abuela? ¿Por qué no te ayudó?

—Mi abuela… —dolía recordar ese momento—. Mi abuela estaba ciega, pobrecita. Era una mujer vieja y golpeada por la vida. Para ella, un bebé era sinónimo de pañales, leche, médicos, y qué sé yo cuánta cosa más. Mi Nona ya había pasado por eso, cuando mi mamá me dejó a mí. Así que, decidió no cargar con otra mochila que no era suya. Llamó a Lisandro, me armó el bolso y me mandó de regreso a su casa.

—No te puedo creer —dijo, claramente indignado.

—Lo hizo… y la odié por eso. Corté todo lazo con ella. No podía perdonarla por haberme entregado como si fuera un paquete —todavía me dolía—. Pero crecí, Mauro. Y la perdoné. Porque mi pobre abuela creía que Lisandro era lo mejor para mí, que la plata era capaz de cubrir los huecos que te deja el dolor. Pero no… Yo preferiría mil veces vivir en la ruina que tener esta vida en ruinas. Mil veces, te lo juro. Extraño mi vida anterior, todos los días. A mi abuela. A pesar de todo, la extraño.

Ya no era posible contener las lágrimas que la verdad reclamaba, así que las liberé. Lloré por todas las veces en las que quise ir a ver a mi Nona y no me lo permití, por enojo, por orgullo. Por todas esas veces en que quise abrazarla y decirle que la perdonaba. Por todos los mates amargos que no compartí, por los chismes que no escuché, por los retos que no di. La castigué por su error y me olvidé de que había estado para mí cuando más la necesitaba; como creyó que era lo correcto, pero estuvo. Y no había sido justo lastimarla de esa manera. Apartarla de mi vida de la forma en que lo hice.

Mauro me abrazó y me dejó llorar, porque él sabía cómo estar. Que no había palabra que decir a modo de consuelo. Porque los errores del pasado ya no podían modificarse, sólo se podía hacer frente a las consecuencias.

—Sabía que la querías, Lucrecia —su boca se llevó una lágrima de mi mejilla—. Estoy seguro.

—Espero que sí —deseé profundamente—. En fin, Lisandro se salió con la suya.

—Todavía no —dijo con firmeza—. Las cosas pueden ser diferentes. No tiene por qué salirse con la suya.

Quería creerle, tener esperanzas de que algo pudiera cambiar. Pero conocía a Lisandro, conocía al monstruo que llevaba dentro, y sabía que no tenía que alimentar falsas ilusiones.

—Ya se salió con la suya. Es el papá de mi hijo. Su sangre corre por las venas de Alejo. La sangre de los Echagüe corre por las venas de Alejo. Y te aseguro que Lisandro no es lo peor que tiene esta familia, Mauro… La que mueve los hilos es Elena. Ella es para Lisandro, lo que Lisandro es para mí. Un monstruo.

—¿Qué estás diciendo? ¿Elena?

—Sí, Elena. Con su pelito perfectamente arreglado y sus modos de reina. Es una… —me mordí la lengua para no decir la palabrota que se me venía a la cabeza—. Es una mala madre. Santiago no supo proteger a Lisandro y ella se lo tragó de un solo bocado. Lo moldeó a su imagen y semejanza, y él hace lo que sea para complacerla. No piensa por sí mismo. No es nada sin la guía de Elena. Casarse conmigo fue su único acto de rebeldía; porque me necesitaba, necesitaba a alguien a quien poder pisotear para no sentirse como la nada que es. Porque es nada, Mauro. Menos que nada. Si supieras las veces que vi a Elena dándole coscorrones… coscorrones, Mauro… a un hombre de casi treinta años. Se queda callado y agacha la cabeza. Ella lo anula. Como anuló a Santiago —apreté un puño de la bronca—. Esa mujer se te mete en la cabeza y te trastorna de la peor manera, te convierte en un títere. Luciano se liberó porque fue Lisandro quien accedió a ser su títere. Santiago fue su títere y le cortaron los hilos. Estoy segura de que es ella la responsable de su suicidio. Es una basura, Mauro. No es una mala persona, es una harpía. Si intentara dejar a Lisandro, ese monstruo se tragaría a Alejo, ¿entendés? Nunca me va a dejar en paz. Jamás. Si dejara a Lisandro, me haría la vida un infierno, peor de lo que ya es. No tengo nada ni a nadie. ¿Cuánto tardarían en tratar de sacarme a mi hijo?... No quiero ni pensarlo, porque me muero de miedo. Si me voy, Alejo es el que paga. Si me quedo, la que paga soy yo. ¿Te das cuenta de que no tengo elección?

—No tiene que ser así… Ahora, me tenés a mí.

—No, Mauro —negué, sin poder creer que finalmente iba a decirle lo que venía callando—. No te tengo.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó, con un temblor en la voz que por poco me derrumba.

—Que no te tengo. Nunca te tuve —detuve una lágrima. Su expresión de dolor era el peor de los cachetazos—. Vos tenés razón. Tenemos que dejar de correr riesgos innecesarios. Esto se tiene que terminar.

—¿”Esto”? ¿“Esto” no significa nada para vos? —dijo, claramente herido.

—Esto no tiene nada que ver ni con vos ni conmigo, Mauro. Alejo es mi única prioridad.

Entornó la mirada, parecía no saber cómo continuar. Yo tampoco sabía. Había dejado los discursos ensayados de lado y estaba hablando con la verdad. O, al menos, con tanta verdad como podía permitirme.

—No contás conmigo… ¡Quiero ayudarte y no contás conmigo!

Habíamos chocado, y nos estábamos haciendo pedazos.

—No —admití—. No puedo.

Se alejó de mí y dolió. Mucho. Su paseo errático frente al auto me estaba destrozando y, aunque quería consolarlo, me obligué a permanecer en mi lugar, tragándome un llanto silencioso.

—No me podés estar diciendo esto, Lucrecia —me encerró en un abrazo tan potente que me desarmó por completo—. No pidas que me aleje, por favor —su cálido aliento me acarició el hombro y lo abracé más, más todavía—. No puedo dejarte sola. No puedo.

—Mauro, entendeme. Por favor. No me hagas esto más difícil de lo que ya es —apreté su remera con un puño, porque no quería dejarlo ir. A pesar de todo, no quería desprenderme de él. Aunque no quedara otra alternativa.

—Vámonos ahora, ya… —me acomodó el cabello detrás de la oreja. Derramé más lágrimas al ver la desesperación en su mirada, sus ganas de arreglarlo todo—. Vámonos lejos. Los tres. Decime que sí.

—Mauro, por favor.

—No —negó, deshecho—. No pidas que me aleje, porque no lo voy a hacer. Sigamos como hasta ahora… Te prometo que no te pido nada más. Dejá que te cuide, nada más.

—¿No te das cuenta? —acaricié su mejilla e intenté que comprendiera— Ya no nos podés cuidar.

—Sí puedo. Puedo hacer lo que sea por vos.

—Entonces, andate —dije en un suspiro cargado de dolor—. ¿Querés cuidarnos, Mauro? Andate. Hoy. Ahora… porque tu presencia en mi casa es un riesgo. Para mí y para mi hijo.

La verdad que había pedido lo golpeó de tal manera que empalideció, porque él sabía tan bien como yo que no había forma de rebatir ese argumento.

—No sabés de lo que es capaz Lisandro. Ni siquiera yo lo sé. ¿Las fotos? —le recordé— Eso es solamente el principio. Si no te vas, va a ser peor. Va a ser un infierno. Y no quiero, Mauro. No quiero pasar por eso. Perdoname, pero no puedo. Me pediste que pensara y lo hice. Me pediste la verdad y acá está. No podemos seguir con esto. No va a terminar bien, ni para vos ni para mí. Si te vas ahora…

Antes que pudiera seguir hablando, su beso se comió mis palabras.

—No digas nada más —susurró sobre mi boca—. No me expliques nada. Besame… nada más. Amame como yo te amo a vos. Así cuando me vaya, te voy a llevar conmigo a dónde sea.



Cuando lo vi entrar en la casa con el bolso en la mano, me sentí morir. Era imposible contener la angustia. Se iba. Se iba porque me amaba. Porque nos amábamos. No sabía cómo iba a explicarle a Alejo, o cómo iba a entenderlo yo. ¿Cómo vivir en el infierno después de un paseo por el paraíso?

Mis manos buscaron la piel de su espalda cuando nos abrazamos.

—Te amo, Lucrecia. Sos mi diosa. No te olvides... Aunque no me veas, voy a estar. No te olvides.

—Vos tampoco te olvides. No te olvides de nada. De nada, Mauro. ¿Me lo prometés?

—No podría olvidarme de nada.

Mi boca buscó a la suya con un beso teñido de angustia.

—No salgas, por favor.

Cerré los ojos y su beso me acarició la frente. Y no volví a abrirlos. Porque no quería verlo atravesar la puerta. Porque tenía que dejarlo ir. Cuando escuche la puerta cerrarse, mis rodillas tocaron el suelo y ya no era su abrazo el que me rodeaba. Era el mío.

—No te olvides de nada. Dijiste que me ibas a esperar... Esperame, Mauro —susurré en la soledad de mi casa—. Esperame.





“Trato de ocultarlo, pero sigo creyendo que nosotros estábamos destinados a ser…” (Avril Lavigne – Hush Hush)




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