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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 31

Capítulo 31: Una mano en el hombro.



Sábado, 27 de diciembre de 2014.

No poder llamarla, ni siquiera mandarle un texto, era una tortura insoportable. Pero era lo que habíamos acordado y, aunque me estuviera destrozando, iba a respetar su decisión. Porque le había pedido la verdad y ella me la había dado, y ahora tenía que lidiar con eso.

Lucas era el mejor para cubrirme en casa de Lucrecia, estaba seguro. Pero temí que Gómez no fuera lo suficientemente preciso con algunos detalles a los que debería atender, así que lo llamé… como unas nueve veces. A la décima llamada, no me atendió. Pero le había pedido que me mantuviera al tanto de cualquier novedad, así que no me alteré y no salté por el balcón. Sólo me quedé en mi lugar, sentado en sillón, porque no tenía otra cosa que hacer más que rezar por que Lucrecia sobreviviera a esta pesadilla.

“Quedate en tu casa y calmate”, había sido el consejo de Pablo. ¡Me pedía un imposible! No podía calmarme, no podía hacer nada. ¡Me sentía un inútil! Y los extrañaba. ¡Por Dios, cómo los extrañaba! No haber podido despedirme del enano me carcomía por dentro; pero si despedirme de Lucrecia había sido un tormento, decirle adiós a Alejo hubiera terminado de matarme.

Dejarlos ahí, en esa casa, solos con el demente de Lisandro, había sido de las peores cosas que me había tocado hacer. Pero Lucrecia tenía razón. Por mucho que doliera separarme de ella, no verla, tenía que irme. Si me quedaba en la casa, Echagüe lo tomaría como un desafío y subiría la apuesta. Trataría de lastimarme, y para hacerlo, la lastimaría a ella. Porque el muy cobarde de mierda no me enfrentaría a mí, por supuesto que no; prefería agarrársela con una mujer. Porque era una basura.

Pero eso de “quedate en tu casa y calmate” no estaba funcionando para mí.

No había comido nada, no me pasaba bocado. Y tampoco podía dormir. ¿Cómo hacerlo después de recordar el calor de su cuerpo abrazado al mío? Encontrarla dormida en mi cama fue un regalo inesperado. Dormir juntos, el paraíso. Que al fin me hablara con la verdad, fue como hacer el amor sin tocarla.

Fue liberador hablar, escucharla. Conocerla todavía más. Era esa la intimidad que buscaba. Aunque el relato fuera desgarrador, quería que me lo contara todo. Necesitaba sentirme más unido a ella. Lo irónico fue que cuando al fin logré lo que quería, la perdí en un abrir y cerrar de ojos.

Me dijo a la cara que no contaba conmigo. Y me destrozó escuchar eso.

Pero luego acepté sus razones, comprendí que no podía apoyarse en mí porque habíamos cruzado la línea, porque lo nuestro se jugaba en el terreno de lo sentimental y lo laboral había quedado de lado mucho tiempo atrás. Quedarme ahí era una locura. No me había detenido a pensar en lo retorcido que era estar bajo el mismo techo que el marido de la mujer a la que amaba.

Aceptaba sus razones, pero me estaba resultando muy difícil estar lejos. No ver su carita de muñeca, ni escuchar la dulzura de su voz, o emborracharme con el aroma a vainilla y coco que desprendía su piel, me provocaba una angustia terrible.

No habían pasado ni siquiera veinticuatro horas… ¿Cómo iba a hacer para seguir? ¿Cómo iba a hacer para recuperarla?

Traté de distraerme mirando televisión, pero faltó poco para que me infartara cuando escuché la noticia de que, ¡sólo en diciembre!, habían asesinado a dieciocho mujeres en Salta. ¡Dieciocho! La violencia era una epidemia, de la peor que se hubiera conocido. Me sentía avergonzado de mi género. ¿Qué era lo que pasaba con nosotros?

El teléfono sonó una vez y, al ver el número de Lucas, se me dispararon las pulsaciones.

—¿Qué pasó?

—Ni idea, Mauro —contestó.

—¿Qué significa eso? —pregunté, confundido.

—Estoy volviendo a la oficina. Gómez llamó para avisar que el trabajo se suspendía.

—Me estás jodiendo —me levanté del sillón, atónito con la noticia—. No puede ser, Lucas. No te muevas de ahí, ¿entendiste?

—Pero Gómez me dijo…

—Me importa un carajo lo que te haya dicho Gómez. ¡No te muevas de ahí! Yo voy a averiguar qué mierda está pasando y te llamo apenas sepa algo. Pero, por favor, no se te ocurra dejar a Lucrecia sola. ¿Me escuchaste?

—Ok.

Llamé a Gómez mientras me cambiaba, pero no me contestó. ¡Lo que me faltaba! ¿”Quedate tranquilo y descansá”? ¡Ni loco!



No me detuve a saludar a nadie, ni siquiera a esperar el ascensor, subí escalones de dos en dos. Cuando llegué al piso de Gómez, me paré en seco.

De su oficina, salía una mujer. No habíamos tenido oportunidad de cruzarnos personalmente, pero la reconocí de todas maneras. Ella y Lisandro eran dos gotas de agua. No solamente en el aspecto físico, también en el aire de superioridad.

Por la forma en que me miró, era obvio que sabía quién era yo. Me sonrió y se acercó con una seguridad que impactaba. Vestía un traje negro, de acuerdo al luto que se suponía que guardaba, pero su expresión no era para nada triste. Era desafiante.

—Mauro Acosta… —me ofreció la mano como si fuera una reina—. Supongo que sabés quién soy, ¿no?

—Por supuesto —respondí, con una sonrisa. No tomé su mano. No la tocaría ni aunque me pagaran—. La reconocí por el peinado.

—¿En serio? No me digas —era obvio que había captado la indirecta, pero no se inmutó—. Es una casualidad que nos encontráramos justamente ahora. Acabo de pagar por tus… —me miró de arriba abajo— “servicios” a mi nuera. Pero ya no necesitamos los servicios de nadie. Lisandro se va a ocupar personalmente de ella.

¡Víbora!!

—Estamos en un momento de duelo; comprenderás que queremos vivirlo en privado —agregó.

—Imagino que sí.

—Bueno… tengo cosas que hacer. Fue un placer conocerte, Mauro.

—Me gustaría decir lo mismo, pero no. ¿Para qué mentir?

Me clavó una mirada furibunda. Su boca se curvó en una sonrisa escalofriante y se acercó a una distancia íntima.

—No sé quién te creés que sos, querido —susurró cerca de mi oído—. Pero te aconsejo que no te metas conmigo, porque no querés que yo me meta con vos.

Se dio medio vuelta y se alejó por el pasillo. Tuve que recordarme muchas veces que era una mujer porque, honestamente, me dieron ganas de ahorcarla. Golpeé la puerta de Gómez como un maniático.

—¡Adelante! —gritó.

—¡Decime que es una joda! —entré poseído de bronca y apoyé las manos sobre el escritorio. Me lo quería comer crudo.

—El tonito, pibe… —me apuntó con el dedo.

—Decime qué está pasando, Pablo. ¿Le suspendiste la custodia? ¿Estás loco?

—¡Yo no le suspendí nada! Nosotros cumplimos un servicio, nada más. Si ellos deciden que no lo necesitan, no hay nada que podamos hacer. ¡Lo sabés! No entiendo por qué me estás haciendo este planteo tan ridículo.

—¡¿Ridículo?! ¿Vos me estás tomando el pelo? ¡Sabés muy bien por qué te estoy haciendo este planteo! ¿La vas a dejar sola con ese enfermo? Si le hace algo, Pablo…

—¡No me hagas responsable por una decisión que no es mía, Mauro! No te confundas, pibe. Nosotros ofrecemos un servicio. ¡Nada más ni nada menos! Fuiste vos el que confundiste las cosas, así que dejá de romperme las pelotas. Demasiada paciencia te estoy teniendo… pero no me vengas a presionar con boludeces. Si creés que no me preocupa el tema, te estás equivocando. ¡Me preocupa y mucho!, pero conozco mis límites. Hasta acá puedo llegar…

—¡Está sola! —golpeé el escritorio.

—Ya sé... —se reclinó en su asiento y cruzó los brazos—. Tenés tres semanas de vacaciones pendientes, Mauro. Quiero que te las tomes.

—Ni loco.

—No es una sugerencia. O te tomás las vacaciones o te echo a la mierda. Ya me tienen cansado tus berrinches… sos peor que mis nietos. ¡Tomate las vacaciones!

—Hablá con Fusco, Pablo. Te lo pido por favor. Me estoy volviendo loco.

—¡Tomate las vacaciones! —repitió, como si no me estuviera escuchando.

—¿A vos te parece que estoy para vacaciones?

—La verdad, sí… Creo que tiempo libre, sin tener que dar explicaciones por lo que hacés, es justo lo que necesitás en este momento. ¿Me entendés o te hago un dibujo, querido?

Me incorporé del escritorio al comprender su propuesta. ¡Estaba en lo cierto! Pablo conocía los límites, lo límites que teníamos en nuestro trabajo. Pero si estaba de vacaciones, los límites también. Me estaba dando la salida que tanto buscaba.

—Bueno… hasta que entendiste. Rajá de acá, ¿querés?

—Gracias, Pablo —respiré aliviado.

—Sí, sí… rajá antes de que me arrepienta y te eche en serio. Y empezá a pensar con la cabeza, Mauro. La piba te necesita atento, no alterado. ¿Está claro?

—Clarísimo.



Me sentía encendido de nuevo. Podía hacer algo. Podía estar sin estar y eso me llenaba de energía. Golpeé a la puerta varias veces, quizás más de las necesarias, pero no había tiempo que perder.

La puerta se abrió y un muy dormido Ramiro se asomó, bostezando y todo.

—¿Qué hacés acá? —preguntó, confundido.

—Estoy de vacaciones.

—Te felicito, ¿pero qué hacés acá?

—Necesito tu ayuda. Y la de Sergio. Diego viene para acá… Los necesito a los tres.

—Bueno, dale. Estoy al pedo. Pasá.

Cuando Sergio y Diego llegaron, nos sentamos a la mesa, ronda de mate de por medio, y estudié a mi improvisado grupo de vigilancia. Era obvio que yo no podía rondar por la casa de los Echagüe sin que los guardias de la garita me reconocieran, pero podía procurarme ojos y oídos que me reemplazaran.

—¿Y? —Ramiro se reclinó en la silla y bostezó. Le había interrumpido la siesta— Dale, te escuchamos.

—Necesito que me ayuden con Lucrecia.

—¿Con la morocha? —preguntó Diego— ¿Por qué? ¿Qué está pasando?

—Está en una situación complicada —dije, sin saber cómo poner en palabras el asunto. Tocar un tema así era siempre delicado, pero me pareció estúpido seguir pensando que la exponía. Ella era la víctima, no había nada de lo que tuviera que avergonzarse. Era Lisandro quien quedaría expuesto—. El marido es una basura. La maltrata. Desde hace años.

Los tres se quedaron helados. Diego parecía incluso más afectado, porque era mi hermano. Sabían lo que yo sentía por Lucrecia, habían sido testigos de la revelación de mis sentimientos.

—Qué hijo de puta —dijo Sergio.

—Peor que eso, te lo aseguro —corregí.

—Decí en qué te podemos ayudar, Mauro —Ramiro se había despabilado de repente.

—El asunto es que… Lucrecia y yo tenemos, o teníamos, una relación desde hace un mes. Capaz que un poquito más. Y no sé cómo, pero el tipo se enteró.

—¡Que imprudencia, Mauro! ¡¿Cómo se te ocurre?! ¡Bajo las narices del tipo! Qué boludo que sos… Ahora, ¿me querés decir qué hacés de vacaciones? ¿Por qué no la estás cuidando? —Diego me retó como cuando era adolescente. Y tenía razón, porque había actuado como un adolescente. Sin considerar consecuencias.

—Porque el tipo es un enfermo, por eso. Porque cree que esto es una competencia y que Lucrecia es el premio. Y la competencia consiste en quien aplasta al rival primero. Para aplastarme a mí, la va a aplastar a ella. ¿Me seguís o no? No me podía quedar. Contaba con que me pusieran un reemplazo, pero resulta que el muy hijo de puta prefirió prescindir de la custodia.

—Y ahora la morocha está sola… —dijo Sergio.

—Precisamente. Y por eso los necesito. Si fuera por mí, me instalaría ahora mismo en su puerta. Pero los guardias de la garita de seguridad me conocen. En dos minutos, el marido se enteraría de que estoy ahí. ¿Entienden cuál es mi problema?

—¿Nos estás pidiendo que juguemos al detective? —preguntó Ramiro.

—No es un juego. Les estoy pidiendo que me ayuden porque tengo miedo… Necesito ayuda.

—¿Y qué mierda estamos esperando, entonces? A ver cómo nos repartimos horarios, gente —apuró Sergio.

—Les prometo que no va a ser por mucho tiempo. Es una medida de emergencia, nada más. Hasta que se me ocurra algo mejor. Es que… —un nudo se me atravesó en la garganta—. Es que no sé qué otra cosa hacer.

—Mauro… —Diego apoyó una mano en mi hombro—. Ya dijimos que sí. Relajá. Te vamos a ayudar.

Respiré aliviado. No todo el género masculino estaba arruinado. Todavía podíamos reivindicarnos. Había esperanza. Era increíble lo que una mano en el hombro podía lograr.






“No me importa pasar cada día en la esquina de tu casa, bajo la lluvia torrencial… Buscar a la chica de la sonrisa rota y preguntarle si quiere quedarse un rato” (Maroon 5 – She will be loved)




1 comentario:

  1. Que bueno que tanto el jefe como los amigos se comprometan y se involucren en el problema

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