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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 32

Capítulo 32: Viva.



Lunes, 29 de diciembre de 2014.

“Aunque no me veas, voy a estar”, fueron sus palabras. Confiaba en que cumpliría, confiaba plenamente en él. Era lo único que me mantenía entera; respirando, resistiendo y esperando. Viva.

Lisandro pasaba mucho tiempo con nosotros, salía sólo si el trabajo reclamaba; se llenaba la boca con eso de “pasar tiempo juntos como la familia que somos”. A mí me daban escalofríos verlo tan cerca de Alejo, y el entusiasmo de mi hijo por la atención que su papá le daba por primera vez en la vida me rompía el corazón. No había preguntado por Mauro ni una sola vez, como si supiera que nombrarlo estaba prohibido; a pesar de su inocencia, era posible que percibiera que el clima en casa estaba enrarecido.

Lisandro estaba tan tranquilo, tan cariñoso, que me asustaba. Más que nunca. Imaginaba al monstruo agazapado en su interior, sujeto por unas cadenas que no lo retendrían por mucho tiempo más; no tardaría mucho en salir a atacarme. La mirada lo delataba; algo crecía dentro de él. Me aterraba que me estuviera viendo, que se metiera en mi cabeza y viera mi determinación.

Estaba decidida. No dejaría que el Lobo nos comiera. Ni a mi hijo, ni a mí.

Con el Cazador cubriéndome las espaldas, sabía que podía ganar. El Lobo daría pelea, era consciente de eso, y era posible que saliera lastimada. Pero el final del cuento era conocido, el Lobo terminaba en el fondo de un estanque con la barriga llena de piedras.

Mi marido y yo éramos rivales en una contienda injusta, tramposa. Él siempre había contado con la fuerza y la violencia como ventajas. Esta vez, la ventaja era mía. No aplicaría fuerza alguna, solo determinación. Lisandro no tenía idea de lo que su maltrato había hecho crecer dentro de mí; mi monstruo también estaba sujeto, pero no tendría que romper ninguna cadena… Lo liberaría yo misma. Pronto.

Cuando el timbre anunció la llegada de visitas, estaba terminando de lavar los platos, con un ojo en la tarea y otro en el sillón, dónde Alejo miraba televisión y Lisandro se tomaba un café.

—Voy yo —dijo Lisandro. Se esforzaba tanto por mostrarse atento que ya me parecía ofensivo.

Me sequé las manos justo a tiempo para verlo entrar, con ese gesto de superioridad que lo caracterizaba. Era joven pero tenía más experiencia y más influencia que muchos. Años de compromiso contra la corrupción lo habían dotado de una reputación que lo precedía a dónde quiera que fuera, era una carta de presentación impecable.

Intercambió algunas palabras con Lisandro, pero sus ojos estaban puestos sobre mí.
 
—Lucrecia, vení a saludar al doctor —me pidió Lisandro. Estaba nervioso, así que no pudo enmascarar el tono imperativo.

—Dr. Fusco, ¿cómo está? —estreché su mano y la noté fría. Tan fría como su mirada. Tenía facciones aniñadas, pero su carácter implacable contrarrestaba el efecto. Sabías que estabas frente a un tipo duro con solo verlo.

—Muy bien, trabajando. Es un placer verla, Sra. Echagüe. Lamento haberme presentado así, sin avisar, pero necesito tener unas palabras con usted. Es de importancia —explicó. Sí, claro que era de importancia. La inesperada partida de Mauro le había jodido los planes. Había perdido a su colaborador.

—Claro, podemos pasar a mi oficina —propuso Lisandro.

—A solas —aclaró Fusco, sin quitarme los ojos de encima. Sabía que si me miraba por un segundo más de lo que mi marido consideraba apropiado, la piña me la comía yo. Y Fusco también lo sabía, pero no le importaba—. No le voy a quitar mucho tiempo. Solo necesito unos minutos, si es posible.

¡Como si me quedara alternativa!

—Por supuesto —sonreí—. No tengo ningún problema. ¿Lisandro?

—Andá tranquila —asintió. Había empalidecido de lo nervioso que estaba.

Subimos las escaleras comentando sobre el clima, un tema tan seguro como intrascendente. Cuando cerramos la puerta de la oficina, Andrés tuvo el descaro de sentarse en el lugar de Lisandro. Quería demostrar quien tenía el control; pero en mi opinión, eso lo delataba aún más.

—No te quedes parada, Lucrecia —sonrió, indicándome el asiento con una mano.

Obedientemente, me senté y esperé por su movida. Sin importar dónde me sentara, era yo quien tenía la ventaja.

—Recibí tu saludo —se reclinó en el asiento—. El que me mandaste con Gómez. Vine para retribuirte la cortesía, porque soy un caballero.

—Es un hombre adorable. Me gustó mucho conocerlo.

—Sí, a él también le caíste muy bien —asintió—. Fue una buena jugada, la verdad. Te lo tengo que reconocer. Poner a Seguridad del Plata de tu lado… a Gómez te lo ganaste con un pedazo de pan dulce y a Mauro abriéndote de piernas. Sos brillante.

—Que comentario tan caballeroso, Andrés —me mordí la lengua para no soltar el veneno que me brotaba de sólo escucharlo.

—Te creía más inteligente, Lucrecia. Me decepcionaste.

Me quedé callada, mirándolo. Esperando. Ya habíamos hablado muchas veces, ya me conocía sus artimañas. Andrés solía usar esa estrategia. Arrojaba una frase como carnada y esperaba que la presa se abalanzara sobre ella. Pero esa carnada no era tentadora para mí. Si me creía tonta, tanto mejor para mí.

—Mauro te podría haber ayudado, ¿sabés? Estaba más que dispuesto a hacerlo. Todavía no entiendo por qué te lo sacaste de encima… El documento que tenés no sirve de nada si no aparece. Y solamente vos sabés dónde está. ¿Y si te pasa algo? ¿No se te ocurrió que decirle a Mauro dónde está ese papel y qué contiene te hubiera sido de ayuda?

—No sé de qué papel me estás hablando, Andrés. Ya te dije todo lo que sé. No entiendo por qué insistís.

Sonrió, por supuesto. No lograría moverme un milímetro por fuera del eje de mi relato. Era simple y conciso: “me encerraron en el baño, no vi nada. No sé nada”. Estaba loco si creía que me podía sacar una palabra más. Y todavía más loco si pensaba que cometería la imprudencia de involucrar a Mauro. ¿Para qué? ¿Para que tuviera otra presa que pescar? ¡Ni loca!

—Me estoy cansando de este jueguito, Lucrecia. Si me das ese papel, ganás. Te dejo en paz, es una promesa. La plata es tuya, no me interesa.

Me quedé callada. Me crucé de piernas y me acomodé en el asiento. No tenía apuro, podríamos seguir jugando toda la tarde.

—Mirá, Lucrecia. Te voy a decir cómo termina esta historieta —apoyó los codos en el escritorio y me clavó su gélida mirada. Estaba nervioso—. Vos terminás muerta y ese papel se pierde para siempre. Y tu hijo… bueno, se queda con el padre. ¿No te parece injusto? ¿Después de tantos años de sometimiento? Justo ahora que podés armar la valijita y darte una vuelta por el Caribe, ¿así es como querés que termine todo? No seas tonta… Mirá, como hoy me siento generoso, te ofrezco un trato. Si me das ese papel, yo mismo me encargo de ayudarte a desaparecer. Tu hijo y vos pueden empezar una vida nueva dónde quieran.

—Ya te dije que no sé de qué me estás hablando —insistí.

—Se me está agotando la paciencia…

A mí también se me estaba agotando.

—A ver si entendí bien —dije, con absoluta calma—. En el supuesto caso de que ese papel del que hablás exista, en el supuesto caso de que yo lo tenga, y en el supuesto caso de que te lo entregue… ¿Tu propuesta es hacerme desaparecer? ¿En serio? —me reí. Porque era gracioso. “Hacerme desaparecer” implicaba que si ese documento llegara a sus manos, sólo restaría deshacerse de mí para que el secreto se fuera conmigo. No me parecía tan buen trato. Andrés estaba nervioso, el inconsciente lo había traicionado—. Te creía más inteligente, Andrés. Me decepcionaste.

—La oferta expira cuando cruce la puerta de esta oficina. Decidí, Lucrecia.

—Ya te dije que no sé nada.

—Veo que no estamos llegando a nada —aunque frustrado, seguía haciendo gala de esa falsa superioridad—. No te necesito, ¿sabés? Tengo a tus cómplices. Puedo sacarles la información a ellos.

¡De nuevo a la pesca! No tenía nada. Si lo tuviera, ya estaríamos todos “desaparecidos”. Me mantuve en silencio.

—Es una lástima que las cosas terminen así, Lucrecia. Te lo digo en serio, me caés bien —se levantó y estrechamos manos.

—Te acompaño a la salida —me puse de pie y salimos como si no acabara de amenazarme.

Al llegar a la escalera, me detuvo.

—No creas que te vas a salir con la tuya, Lucrecia —se acercó bastante, tratando de intimidarme—. Tengo unas grabaciones divinas, listas para mandárselas a Lisandro. Gemís como una puta.

Tragué grueso. Estaba preparada para esa posibilidad, pero la sensación de miedo fue imposible de evitar.

—Ni siquiera me voy a tener que ensuciar las manos. Solamente me voy a sentar a esperar hasta que tu marido decida prenderle fuego a la casa, con vos y tu hijo adentro —murmuró entre dientes, muy cerca de mi oído.



Finalmente, Andrés había logrado su cometido. Estaba asustada. O más asustada que antes. Si esa grabación llegaba antes de que me fuera, las cosas saldrían mucho peor de lo que esperaba. Iba a tener que adelantar la partida.

Aproveché que Lisandro estaba en la ducha para salir. Crucé la calle y fui directo hacia el kiosco.

—¿Qué pasó? —preguntó al verme. Mi cara no debía ser la mejor.

—Recibí una visita inesperada, pero estoy bien —respondí, tratando de recuperar el aliento—. Voy a estar bien.

Me miró a los ojos y asintió. Quería transmitirme confianza. Estiró una mano sobre el mostrador y no dudé en tomarla.

—Vas a estar bien —aseguró con convicción.

—Estoy deseando que sea así… —sonreí—. Estaba pensando en Año Nuevo. Viste lo que dicen, ¿no? ¿Año nuevo, vida nueva? Creo que es una fecha muy simbólica.

—Sí, es muy simbólica —acordó—. ¿Estás segura de que es el momento correcto?

—No quiero esperar más —contesté, segura de que mi tiempo se acortaba—. Si no me voy ahora, no sé qué pueda pasar conmigo. Estoy un poco asustada.

—Ya te dije que vas a estar bien —repitió—. Hay varios ojos sobre vos —dirigió la mirada hasta el auto estacionado un par de metros más atrás—. Deberías advertirle que está mal estacionado. Si la dueña de la casa sale y lo ve en la salida de su garaje, le va a armar tremendo escándalo.

—Le voy a decir… ¿Me das un Philip Box?

—Vos no fumás —me miró con una mueca.

—No es para mí —sonreí.

Nos despedimos y caminé lento hasta el auto, abriendo el paquete de cigarrillos para sacar uno y ponerlo de cabeza.

Diego era tan parecido a Mauro que no tuve problemas en reconocerlo. Se puso pálido cuando vio que me acercaba. Le indiqué con el dedo que bajara la ventanilla y lo hizo con tal cara de susto que hasta me dio ternura.

—¿Cómo estás, Diego? Un gusto —le ofrecí mi mano.

—Hola —juro que sus ojos estaban a punto de saltar fuera de su cabeza.

—Quería decirte que estás mal estacionado.

—¿Cómo me reconociste?

—Son iguales. Te hubiera reconocido en cualquier parte. Te aconsejaría que no te quedes tan cerca de la casa, no es muy buena idea.

—Tenés razón… Si vos me reconociste, es probable que…

—Sí, él también podría reconocerte.

Me conmovía tanto que estuviera ahí. Mauro había cumplido con su palabra. “Aunque no me veas, voy a estar”.

—Gracias, Diego… En serio —hubiera querido abrazarlo, pero lo pondría en evidencia. Me ponía en evidencia con solo estar manteniendo esa pequeña charla.

—No tenés nada que agradecer. También lo hago por él. Por los dos —era parecido a su hermano en muchas más cosas que sólo el aspecto físico.

—Me tengo que ir. ¿Te puedo pedir un favor? —pregunté, abusando de su cortesía.

—Lo que quieras.

—¿Le podrías dar esto? —le entregué el paquete de cigarrillos y me miró raro— Él va a entender.

Quería que Mauro tuviera suerte. Esperaba que ambos la tuviéramos. Si lograba irme, ya nada se interpondría entre nosotros. Eso era lo que me mantenía entera. Respirando, resistiendo y esperando. Viva.





 
“No te rindas. No me rendiré. No te rindas. No, no, no…” (Sia – The Greatest)







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