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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 33

Capítulo 33: Un mensaje.




Miércoles, 31 de diciembre de 2014.

Sonreí, como un tonto. Lucrecia se las arregló para hacerme llegar una caricia. Me sorprendió. Siempre me sorprendía. Eso me encantaba de ella. Eso y muchas cosas más.

Después, sentí envidia. De la mala. Diego había tenido la oportunidad de verla, de hablar con ella, de estrechar su mano; yo sólo tenía la oportunidad de estar sin estar. Y eso me estaba matando. No sabía por cuánto tiempo más podría resistir la abstinencia. Recibía noticias de ella todo el tiempo… en realidad, pedía noticias de ella todo el tiempo. Mis amigos me tenían paciencia. Mucha, mucha, mucha paciencia.

Estaba cumpliendo en parte con el consejo de Gómez, eso de “quedate en tu casa y calmate”. Tenía cubierta la parte de quedarme en casa, porque a decir verdad, no tenía otra alternativa. Lo de calmarme… No, no me estaba saliendo muy bien. Mi auto impuesta clausura era interrumpida por alguna visita de Diego (que me había traído el regalo de Lucrecia, ¡Dios lo bendiga!), Ramiro o Sergio. Esos momentos servían para que mis niveles de angustia se redujeran un poco. Eran ellos los que me recordaban que tenía que comer, bañarme y dormir.

Mis horarios estaban completamente invertidos. No sabía ni en qué hora me encontraba. El tiempo durante el día se medía de una llamada a la próxima, de un mensaje de texto al siguiente; y al llegar la noche, me subía a un taxi cada una hora para pasar por su casa. No podía pedirle a mis amigos que, además de tenerme una paciencia infinita, se pasaran la noche en vela. Tenían sus ocupaciones. Todos trabajaban.

Habían pasado nada más que cuatro días desde que habíamos montado el improvisado esquema de vigilancia y estábamos todos agotados. No podíamos continuar así. No seríamos capaces de sostenerlo por mucho tiempo más, y eso me aterraba. No se me ocurrían alternativas. Estaba tan cansado que no podía ni siquiera pensar con claridad.

Cecilia, mi “ex” cuñada, llamó para recordarme que tenía que almorzar, así que lo hice… después de llamar a Ramiro, claro. Había visto a Lucrecia cuando le abrió la puerta al podador hacía un par de horas y la encontró en perfecto estado, nada había llamado su atención.

Más tranquilo, luego de recibir las novedades (o la falta de ellas, en realidad), decidí matar dos pájaros de un tiro y darme una ducha. El agua caliente hacía que se me cerraran los ojos, así que cambié a fría.

Pero no fue el agua fría lo que logró que me espabilara, fue el teléfono. Fue mirar la pantalla y ver el nombre de Ramiro.

No conocí el miedo hasta ese momento. Hasta ese instante, imposible de medir en términos de tiempo, en el que se siente la posibilidad real de perder a un ser amado. Atendí como si estuviera fuera de mi cuerpo.

—Sí…

—Mauro… —la voz de Ramiro terminó de alertarme, de asustarme como nunca.

—¿Qué, Ramiro? Decime.

—No… no sé —se le cortaba la voz.

—¿Qué pasó? —comencé a ponerme la ropa, aterrado. Cada vez más aterrado. Cada segundo de silencio de Ramiro me mataba un poco más— ¡Carajo, Ramiro! ¡Hablá!

—No sé… Es que acabo de ver al tipo saliendo como un loco… en el auto.

—¿Y Lucrecia? —ya estaba llegando a la puerta, saliendo de mi departamento.

—Mauro…

—¡¿Qué?! —bajé las escaleras a los tropezones.

—El tipo… tenía la camisa toda manchada.

El mundo detuvo su giro cuando llegué a la calle.

—¿Manchada con qué? —pregunté con la voz tan estrangulada como el alma.

—Estoy seguro de que era sangre, Mauro. ¿Qué hago? No sé qué hacer…

—Entrá a la casa.

—¿Qué?

—¡Entrá a la casa, Ramiro! ¡Como sea! ¡Pero entrá ya!! Voy para allá.



Fueron los quince minutos más largos de mi vida. Llamé al 911 de camino.

Y a Ramiro. Pero Ramiro no atendía.

Diego no atendía.

Tampoco Sergio.

Lisandro no atendía.

Lucrecia no atendía.

Nadie.

No había nadie que me diera una respuesta y me estaba muriendo.

Moría de pensar que ella podría morir.



Creí que conocía el dolor. Pero no.

Dolor era que el taxi tuviera que detenerse una cuadra antes porque la calle estaba bloqueada por un patrullero. Dolor era correr como un loco hasta la casa y sentir que las piernas no me llevaban lo suficientemente rápido. Era encontrar a mi amigo sentado en el cordón de la vereda, llorando como criatura, con las manos en la cabeza y la cordura por el suelo. Tener que usar toda mi fuerza para quitar del camino a los policías que me decían que no entrara, que era una escena del crimen y que no podía contaminarse. Dolor era entrar de todos modos, porque no había nada ni nadie que pudiera detenerme.

Dolor era descubrir que las pesadillas se hacen realidad.

Era ver que la isla de la cocina, dónde esperaba encontrar su carita de muñeca cada mañana, dónde Alejo desayunaba, dónde leía un libro que no le gustaba para no ofender al autor, y dónde habíamos compartido litros y litros de mate, estaba cubierta de sangre.

Que el piso estaba cubierto de sangre.

Que la heladera estaba salpicada de sangre.

Dolor era que me dijeran que no tocara nada, que todo era evidencia, que no encontraban a Lisandro y que “los cuerpos” no estaban. “Los cuerpos”.

Me dijeron que me calmara. Que me calmara… eso me dijeron.

“Los cuerpos”, dijeron. Como si no fueran nada. Como si no se tratara de la mujer de mi vida y del enano al amaba como un padre a su hijo. Como si no fueran personas con nombres, con sueños, con deseos. Como si no fueran Lucrecia y Alejo.

Dolor era sentir que si lo que dijeron era cierto, “los cuerpos” eran tres. Lucrecia, Alejo y yo.



No podía quitarme la imagen de la cabeza. Cerraba los ojos y veía todo rojo, y cuando los abría, el rojo seguía ahí. En mi trabajo, era necesario considerar todas las posibilidades, no sólo una. Pero no había “todas las posibilidades”. Sólo había dos. Opción uno: estaban vivos, y en peligro. Porque Lisandro tampoco aparecía. Opción dos: la peor.

Me aferraba a la opción uno con todas mis fuerzas. Rezaba en silencio. Y yo nunca rezaba, ni siquiera sabía hacerlo, pero le pedía a la vida que no me los arrebatara. Los cuerpos no estaban. Así que, era probable que los cuerpos no fueran cuerpos.

Lisandro seguía sin dar señales de vida. Rezaba porque estuviera sano y salvo, porque lo trajeran de una sola pieza, así yo podría encargarme personalmente de despedazarlo con mis propias manos. Como debería haber hecho cuando tuve la oportunidad. Y había tenido muchas oportunidades.

Ahora no me quedaba nada. No me quedaba nada más que dolor.

Diego había ido a su casa, a calmar a Cecilia y a los chicos. Sergio se había llevado a Ramiro porque no dejaba de pedirme perdón, como si fuera responsable de lo que había sucedido. Estaba fuera de sí. Todos lo estábamos. Pero él no era el responsable. Lisandro era el responsable. Yo era el responsable. Por dejarla sola. Por haberme alejado cuando más necesitaba.

—Pibe… —sentí la mano de Gómez sobre mi hombro, y detrás del rojo que veía frente a mis ojos, asomó su cara de preocupación—. ¿Por qué no te vas aunque sea a tomar un café? Parecés un… —se detuvo a mitad de frase y su expresión habló por él.

—¿Un qué? ¿Un muerto? —completé— Ya te dije que no me voy a mover de acá hasta que tengan novedades de Echagüe. No me voy a mover.

Estaba sentado en el cordón de la vereda de su casa. Por si aparecía Lisandro. O alguien. Tal vez, Lucrecia. O Alejo. No quería moverme de ahí.

—Entonces, yo tampoco —se sentó a mi lado, con algo de dificultad.

Cuando vi el auto detenerse al frente, me puse de pie, un poco tambaleante después de dos horas en la misma posición. Camila estaba al volante, porque no había forma de que Luciano condujera en su condición. Su rostro, habitualmente sonriente, era una máscara de dolor. Se bajó del auto y vino directo hacia mí.

Me abrazó. Con angustiante fuerza, ahogado en llanto. Camila también. Éramos un solo abrazo y un solo llanto. Porque Lucrecia era su hermana por elección y Alejo su sobrino.

Le conté las novedades, que no eran muchas, y él me dijo que había presenciado la conversación que Elena había tenido con Lisandro más temprano esa mañana, para acordar los detalles de la cena de Año Nuevo, y que todo parecía estar bien. No había notado nada extraño.

Nos tomamos un momento para hablar en privado y dejamos a Camila acompañada por Gómez.

—Me quiero morir —dijo, tomándose la cabeza—. Sabía que iba a pasar esto, Mauro. Lo sabía.

—Todavía no los encuentran. No hables como si estuvieran muertos, por favor.

—No lo puedo creer… —se prendió un cigarrillo. Yo me negaba a fumar el que quedaba en mi paquete, porque era el de la suerte. Su regalo. Su caricia. Su último mensaje: “Suerte, Mauro”— Hablé con ella esta mañana, Mauro. ¡Esta mañana!

—¿La llamaste? —pregunté, atónito. Él no la llamaba. No tenía que llamarla. Él sabía que encendía los celos de Lisandro— ¿La llamaste, Lucho? ¡¿Cómo se te ocurrió hacer eso?!

—¿Qué te pensás, Mauro? ¡¿Qué soy idiota?! ¡Obvio que no la llamé! —me gritó, herido por mi presunción. Pero… Si Lucho no la llamó, ¿entonces?— Me llamó ella —respondió al interrogante de mi pensamiento.

—Te llamó ella… —repetí, solo para confirmar si había escuchado bien. Lucrecia había llamado a Luciano esa mañana. Lucrecia, que no daba puntada sin hilo.

—Sí. Me resultó raro que llamara.

El corazón del muerto en el que me había convertido al entrar en la casa y encontrarme con la pesadilla, resucitó con una leve pulsación. Sí. Era raro que lo hubiera llamado. Muy raro.

—¿Qué quería? ¿Para qué te llamó? —pregunté con un hilo de voz.

—Nada en particular —entornó la mirada y supe que había algo más—. De hecho, por muy loco que te parezca, hablamos de vos. Quería que te diera un mensaje cuando te viera.

La leve pulsación en mi pecho se transformó en una taquicardia que crecía tanto como mis esperanzas de que los cuerpos no fueran cuerpos. Porque Lucrecia no daba puntada sin hilo. Y me sorprendía. Siempre me sorprendía.

—¿Qué mensaje?

—Dijo: “recordale a Mauro que prometió esperarme”. Me reí de ella, por supuesto; porque era la primera vez que admitía abiertamente lo de ustedes. Le pregunté: “¿Que te espere dónde? ¿Quedaron en encontrarse?”

—¿Qué te respondió, Lucho? Las palabras exactas —lo mío ya no era taquicardia, era un infarto masivo.

—Dijo: “Vos decile que me espere. Él va a entender”.




 

“Solo cierra tus ojos, el sol se está poniendo. Vas a estar bien. Nadie puede hacerte daño ahora. Viene la luz del día. Tú y yo estaremos sanos y salvos” (Taylor Swift ft. The Civil Wars – Safe and sound)





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