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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 34

Capítulo 34: Una vida en suspenso.




Jueves, 21 de enero de 2015.

Paseaba de un lado al otro de la oficina, desesperado porque me dejaran salir de una vez. Necesitaba mi teléfono. ¡Me habían sacado mi teléfono! Llevaba más de veinte minutos sin revisarlo. Temía que hubiera alguna novedad; una llamada, un mensaje o… algo.

Detuve el paseo cuando el fiscal regresó.

—Sentate, Mauro —me indicó.

—¿Me vas a devolver el teléfono o no? Lo necesito.

—Sentate, Mauro. Por favor —repitió, acomodando un desparramo de papeles sobre otro desparramo de papeles más grande. Su escritorio era un desastre descomunal.

Juan María Muñoz era el dueño del escritorio y el fiscal a cargo de la desaparición de Lucrecia y Alejo. “Desaparición”, porque seguíamos sin tener novedad alguna de su paradero. El pobre hombre era tan desastroso como su oficina. Tenía el pelo parado en puntas de lo grasoso que estaba y una barba descuidada que le cubría la mitad de la cara. Y no sabía hacerle el nudo a la corbata; le colgaba de lado y estaba muy corta. Un desastre. Fue un alivio saber que él se encargaría de la investigación. Era de esas personas a las que no le da todo lo mismo, se comprometía con cada causa como si fuera única. Aunque el desparramo de papeles siguiera acumulándose sobre su escritorio, no descansaba.

Me senté, con la esperanza de que me devolviera mi teléfono y me dejara ir.

—Te estás perjudicando, Mauro —dijo, con una mirada compasiva.

—No estaba haciendo nada, ni siquiera me acerqué. Íbamos por el mismo camino. Nada más —me excusé.

—No seas terco. Con seguir a Lisandro no vas a conseguir nada más que hundirte todavía más. Haceme caso.

Me rechinaban los dientes cada vez que escuchaba su nombre. ¡Me daba asco!!

Encontraron a Lisandro en la madrugada del primero de enero. Estaba dormido en su auto, en el estacionamiento de un supermercado en Flores. El guardia de seguridad lo reconoció de inmediato y dio aviso a la policía. Todo el mundo estaba buscándolo; la noticia de lo sucedido en la casa de los Echagüe se había convertido en un circo. La prensa estaba eufórica. Primero, el suicidio de Santiago; ahora, ¿esto?

En mi opinión, deberían haberlo encerrado en un pabellón lleno de violadores con un tutú rosa y una corona de flores… pero esa era mi opinión, y mi opinión no contaba. ¿Qué hicieron? Lo llevaron a una clínica coqueta y lo aislaron para que se recuperara. Sí, para que se recuperara.

¡No podía creerlo!

¿Lo encontraban bañado de pies a cabeza con la sangre de su esposa y le daban una aspirineta y un pañuelo para que se sonara los mocos? ¡Yo quería romper todo! ¡Romperlo todo a él! ¡Hueso por hueso hasta que no fuera más que una masa sin forma! Pero, después de que Gómez me sentara con un golpe en la nariz (que, obviamente, no vi venir), Juan María me explicó que estaba en estado de shock, que no podían sacarle una palabra de lo sucedido, y que tenía un golpe en la cabeza que parecía de gravedad. Hasta que el médico no le diera el alta, no podrían sacarle nada. “Al menos, lo tienen bajo custodia”, pensaba. Y me aferraba a eso para no volverme loco.

Pero, claro, lo que jamás imaginé fue lo que sucedería cuando saliera del shock.

Bajé de mi departamento para ir a casa de Cecilia y me sorprendí con una turba de enardecidos periodistas en la puerta de mi edificio, que me gritaban preguntas que no comprendía. Diego (¡Dios lo bendiga!) apareció de la nada y me sacó de ahí.

Quien quedó en estado de shock después de eso, fui yo.

Lo primero que dijo Lisandro cuando se “recuperó” fue: “Investiguen a Mauro Acosta. Está obsesionado con mi esposa”.

No sabía si romperle la cara por hijo de puta o felicitarlo por la estrategia. Había encontrado la fórmula perfecta para que todos los ojos acusadores se posaran sobre mí. Aunque estaba convencido de que el crédito por tan brillante idea no era de él; adivinaba a las garras de la harpía de Elena en todo el asunto. Después de todo, habían tenido tiempo de sobra para planearlo. Elena había sostenido la mano de su hijo, sin moverse de su cama, durante toda su estadía en la clínica. “Te aconsejo que no te metas conmigo, porque no querés que yo me meta con vos”, había dicho aquella vez que nos cruzamos. Estaba seguro de que lo había orquestado todo. Lisandro era demasiado imbécil como para armar algo así.

El triángulo entre el marido engañado, la esposa desaparecida y el custodio sospechado se transformó en la historia predilecta de la prensa sensacionalista. ¡Estaban enardecidos! Lisandro se mostraba afligido frente a todos, extremadamente preocupado por el incierto destino de su esposa y de su hijo, y yo tenía que esconderme como un criminal. Afortunadamente, Gómez me ofreció un lugar en su casa.

No podía ni asomar la nariz a la calle sin que me miraran de reojos. Los vecinos curiosos, que por años habían sido testigos y cómplices silenciosos del maltrato de Lisandro a Lucrecia, comenzaron a desparramar cientos de historias sobre nosotros. Algunas eran ciertas.

Lo peor de todo, era que el foco estaba puesto en descubrir si Lucrecia era una esposa infiel o no; pero de investigar por su desaparición y la de Alejo, nada. De eso se ocupaba Juan María. Y, como en mi trabajo, él también tenía que considerar todas las alternativas. O a todos los sospechosos, en este caso: Lisandro, yo... o el podador.

Lisandro había dado su versión de los hechos. Llegó un poco después del mediodía a la casa y mientras él y Lucrecia conversaban amorosamente (¡sí, cómo no!) sobre los preparativos para la cena de Año Nuevo, alguien entró por la puerta lateral de la cochera y le dio un golpe en la cabeza que lo dejó fuera de juego. No llegó a verlo. Según su declaración, cuando despertó en su auto cubierto de sangre, no tenía idea de qué hacía ahí o de qué había sucedido en su casa. La historia sería creíble de no ser por la declaración de Ramiro, que lo había visto huir de la escena. Lisandro lo negaba a muerte. Era una palabra contra la otra. Las cámaras no servían para comprobar o refutar nada. Juan María manejaba la teoría de que los responsables del robo del pasado octubre habían regresado y que algo había salido mal.

Yo también tenía mi versión. Había una veintena de testigos que me vieron llegar a la casa luego de la llamada de Ramiro. No había tenido el tiempo suficiente para hacer lo que fuera que pasó en esa cocina y regresar poco después de que Ramiro me avisara. Creí que eso alcanzaría para que Juan María me descartara, pero me hizo una pregunta que no esperaba: “El policía que intentó frenarte en la puerta dijo que tu ropa estaba mojada, ¿por qué?”. Me quería morir; ¿qué luciría más sospechoso que eso? Tuve que contestarle con la verdad; mi ropa estaba mojada porque recién salía de la ducha.

Como si eso no fuera suficiente para complicar mi posición, a esa pregunta le siguieron otras más: “¿Tenías una relación con Lucrecia?”, “¿desde cuándo?”, “¿por qué te pidió que te fueras de su casa?”, y la frutillita del postre: “¿estabas siguiéndola?”

Cada vez me hundía más.

Traté de regresar el foco a Lisandro, le conté del maltrato verbal, de los golpes, incluso de las fotos que el muy hijo de puta me había mandado. Las siguientes preguntas de Juan María, por poco terminan de matarme: “¿Por qué no hiciste la denuncia?” “¿No sabés que las leyes cambiaron?” “¿Que cualquiera puede hacer una denuncia?” “¿Que ya no es necesario que sea la víctima quien la haga para que comience una investigación?”

Cada pregunta era una puñalada, porque Juan María tenía razón. Debería haberlo denunciado. Puede que no hubiera sido el culpable de lo que había sucedido en esa cocina; pero era culpable de haber callado. De haber consentido en silencio el sufrimiento de Lucrecia. De creer que era su decisión y que nada podía hacer al respecto. Me mentí a mí mismo. No denuncié a Lisandro para ahorrarle la vergüenza a Lucrecia, cuando ella no había hecho nada, no era culpable de nada. Lucrecia era la víctima; y todos los que conocíamos lo que pasaba dentro de su casa, éramos culpables.

Mi situación era delicada y lo sabía, pero encontrar a Lucrecia y a Alejo era mi única prioridad. Probar mi inocencia era un asunto secundario.

Faltaba una versión de los hechos. La del tercer sospechoso: el podador.

En mi primer día en la casa de los Echagüe, Lucrecia había dicho: “Viene un podador cada tres meses, para mantener las enredaderas del patio”. Lo comprobé, por supuesto. Tenía que saber la identidad de todos los que entraban y salían de la casa, por muy irrelevante que su presencia pareciera. Ella misma me dio el número de teléfono de la empresa de mantenimiento de jardines en la que trabajaba el podador. Llamé y pedí sus datos: su nombre era Atilio Villaverde.

Aún conservaba ese registro, así que le facilité la información a Juan María. Llamó para comprobar el dato y el caso dio un giro que nadie esperaba. El tal Atilio Villaverde no era la persona que Ramiro vio entrar esa mañana a casa los Echagüe. Atilio era un hombre de cincuenta y nueve años de edad, petizo y más bien retacón. El podador que Ramiro había visto, era un hombre joven de entre treinta y treinta y cinco años, alto y en buena forma. Las descripciones no concordaban. Llevé personalmente a Ramiro a la empresa de mantenimiento y nos quedamos por horas en la puerta, viendo salir y entrar a cada uno de los empleados, a la espera de dar con el podador correcto. Pero el tipo jamás apareció.

En la empresa, juraban que no tenían un empleado con esas características.

No había cámaras que hubieran registrado su ingreso, ni vecinos curiosos que dieran cuenta de él. El podador entró temprano esa mañana, hizo su trabajo y se fue un rato antes de que Lisandro abandonara la casa en el auto (según Ramiro).

Me propuse encontrar al podador.

Mis energías estaban puestas ahí; sobre todo ahora que Gómez, tan gentil como siempre, me había sugerido tomar una licencia. “Tomate una licencia o te echo a la mierda”, fueron sus palabras.

Me propuse encontrar al podador. Y también seguir a Lisandro, esperando que pisara el palito. Pero…

—No seas terco. Con seguir a Lisandro no vas a conseguir nada más que hundirte todavía más. Haceme caso.

El maricón de mierda me había visto y le avisó a Juan María.

—En serio, no lo estaba siguiendo. No sé por qué está tan paranoico. ¿Me vas a devolver mi teléfono o no? —insistí, con una mano extendida para enfatizar mis palabras. Con una mueca de fastidio, Juan María lo sacó del bolsillo de su arrugadísimo pantalón y lo depositó sobre mi mano.

—Sentite con suerte. No va a presentar ninguna denuncia en tu contra.

—Porque no es ningún boludo. Quiero atenerse al personaje que se armó, el del “marido sufriente por la desaparición de su esposa y de su hijo”. No me lo trago, Juan María —me guardé el celular en el bolsillo, chequeándolo antes, y me levanté de la silla—. Me tengo que ir. Cualquier novedad…

—Sí, ya sé. Andá, Mauro. Y tratá de dormir un poco.

—Sí, sí…

Me di media vuelta y salí de su desastrosa oficina.



Estaba sentado en la cocina de Cecilia, escuchando el sermón diario, mientras hacía girar entre mis dedos el cigarrillo de la suerte (que, para ser franco, no estaba siendo de mucha utilidad).

—¿Me estás escuchando? —preguntó, ofendida.

—Sí —me apoyé en el respaldar de la silla, agotado.

—¿Qué te estaba diciendo?

—Y, seguramente, lo mismo de siempre.

—¿Ves que no me estás escuchando? —se cruzó de brazos— Te estoy hablando en serio, Mauro. No podes seguir así. Entiendo perfectamente que quieras saber qué fue lo que pasó, pero tenés una vida. No podés descuidarla así. Tus sobrinos te extrañan, tu hermano ni hablar, y yo también te extraño. Estás ausente, Mauro.

Tenía razón. Cecilia tenía razón. Pero ella no comprendía. Nadie comprendía.

—Es cierto, Ceci. No te lo voy a negar —inspiré profundo. Últimamente, sentía que respirar era un suplicio—. Yo pensaba igual que vos. Todos los días pasan cosas como estas. Prendés la tele, ponés un rato el noticiero, y seguro que te encontrás con alguna historia parecida. Una madre o un padre que pierden a su hija, hijos que pierden a su mamá, amigos que pierden a su amiga. Yo pensaba igual que vos… que tenían que seguir adelante, que tenían una vida a la que atender. Creí que comprendía su dolor. Pero no. Vivirlo en carne propia es otra cosa, Ceci. Quiero saber qué pasó. Necesito saber qué pasó. Y, lamento si te molesta verme así, pero si no recupero esta parte de mi historia, tampoco voy a recuperar mi vida.

Cecilia me miró con ojos cargados de lágrimas y, sin decir otra palabra, me abrazó. Porque sabía que no había palabras que decir. Estaría ausente. Hasta que encontrara a Lucrecia y a Alejo, mi vida estaría en suspenso.

Después de que conversáramos, dejó de sermonearme por un rato y aproveché para pasar tiempo con mis sobrinos. Era lo único que me distraía. Clara tenía dos mechitas rojas esta semana. Lucrecia le había enseñado a hacer eso. Lucrecia estaba... pero no estaba.

Me senté a su lado en la cama y me apoyé en la pared. Con Maxi me divertía, pero Clara era mi preferida y ella lo sabía. Abusaba de eso también, me sacaba plata cada vez que podía, pero no me importaba. Se apoyó en la pared y nos quedamos en silencio por un largo rato.

—Se me están acabando las ideas, Clarita —le confesé.

Tan dulce como siempre, se apoyó en mi hombro.

—¿A vos no se te ocurre nada? —pregunté, casi esperanzado de que una adolescente me diera algo a qué aferrarme. Una esperanza. Por mínima que fuera.

—¿Para encontrar a Lucre?

—Sí.

—No sé… —enrolló un mechón de pelo en su dedo. Insisto… Lucrecia estaba, pero no estaba—. Cuando yo quiero investigar a alguien, le chusmeo el muro de Facebook.

—Sí, es buena idea —admití—. Pero Lucrecia no tiene perfil de Facebook.

—Qué bajón… —suspiró.

—Sí, un bajón.

Volvimos a quedarnos en silencio por un rato más.

—¿A quién le estás mirando el muro de Facebook vos? —pregunté, celoso de que mi sobrinita estuviera creciendo.

No me contestó, sólo sonrió. Me pregunté si yo podría volver a hacer eso. Sonreír. Aunque, por el momento, mi vida estaba en suspenso.







“Mientras los amantes se ríen y la música suena, yo tropiezo y oculto mi dolor. La lámparas se encienden, la luna se fue, y yo creo que he cruzado el Rubicón” (The Rolling Stones – Streets of love)







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