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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 35

Capítulo 35: Clara.




Viernes, 27 de febrero de 2015.

Casi dos meses. Dos meses y ni una novedad. Chequeaba el teléfono muy poco, por miedo. Miedo a que la novedad finalmente llegara. Era imposible que no hubiera intentado comunicarse en dos meses. La conocía… no sería tan cruel. Lucrecia sabía que su silencio me destrozaría.

Su silencio me estaba destrozando.

Lo más triste de todo era que se podía seguir. A pesar del dolor, se podía seguir adelante. Eso me angustiaba. Me sentía un traidor. Porque quería estar bien de una vez por todas. Dormir bien, comer bien, volver a sonreír. Sentía que estaba traicionando lo que sentía por ella. Porque la amaba. Dolía, pero la amaba.

No quería admitirlo en voz alta, pero empezaba a pensar en la posibilidad de no volver a verlos. A cualquiera que preguntaba, le decía que no me rendiría hasta encontrarlos; a mí mismo, me decía que comenzara a digerir la pérdida. Me di un plazo, para no perder la cordura. Mi licencia de tres meses. Si no había novedad hasta entonces, abrazaría su recuerdo y el de Alejo como el sueño más feliz de mi vida y luego los dejaría ir. Porque si no lo hacía, permanecería en estado de ausencia permanente.

Los periodistas se habían calmado, los chismes de los vecinos también. Porque a pesar del dolor, se podía seguir. Habría otras historias, otros chismes; el mundo seguía girando.

Juan María no se rendía, tampoco Gómez. Cecilia y los chicos acompañaban en un respetuoso silencio. Diego, Sergio y Ramiro volvieron al asado de los sábados, pero ya no jugaban al truco, les faltaba un jugador; yo todavía no me sentía con ánimos de jugar. Lisandro dejaba que Sofía llenara el espacio que Lucrecia había dejado en la casa y ya no se cuidaba de mostrarla. Yo sólo podía rogar que Sofía no ocupara “todos” los espacios que Lucrecia había dejado. Me aterraba pensar que pudiera lastimarla. Luciano no bajaba los brazos; él todavía estaba en “fase desesperada”. Lo respetaba por eso. Camila se rindió desde el minuto uno, y se limitaba a apoyar a su novio.

Como Gómez no se había rendido, bajo amenaza de echarme (que ya no surtía efecto), me obligaba a ir a la oficina a tomar un café cada mañana. Fingía que tenía algún caso importante que discutir, pero yo sabía que no se rendía… conmigo.

—Este café de máquina está cada vez peor —se quejó, arrugando el vaso de cartón y arrojándolo al cesto de basura. Falló.

—Deberías dejar de tomar tanto café. Te vas a agarrar una úlcera, Pablo —hice girar el cigarrillo de la suerte entre los dedos.

El comentario fue azaroso, quería mantenerme hablando. Se le estaban agotando los temas. Ya habíamos pasado por el clima, el fútbol y las tetas nuevas de la recepcionista. Pero había un tema que yo sí quería tocar.

—¿Alguna novedad de Fusco?

Pablo se acomodó el bigote, pensativo. Ambos sabíamos que había algo extraño, y muy sospechoso, en su repentino desinterés por el caso del robo.

—Ni una, pibe. No da señales de vida.

—¿No te parece raro? ¿Tanto romper las bolas y ahora nada?

—Bueno, Lucrecia no aparece. Y era su principal sospechosa.

“Era”… por más que quisiera ocultarlo, para él Lucrecia “era”.

—Sí, pero todavía queda un sospechoso —encendí un cigarrillo (el de la suerte no)— ¿No te parece mucha coincidencia? Santiago se suicida, Lucrecia no aparece, ¿y Lisandro? ¿Acaso no era sospechoso también?

—Sí, no te voy a mentir. Yo también huelo mierda…Creo que este Fusco tiene el culo sucio.

Sí. Coincidíamos.

—¿Tenés un pucho, pibe? —preguntó.

El que se consumía entre mis dedos era el último, pero todavía tenía el de la suerte. Lo miré por un segundo eterno.

—Sí, tomá —con todo el dolor del alma, se lo entregué.

—Gracias, pibe —lo encendió—. ¿Vos estás pensando lo mismo que yo?

—Si lo que pensás es que el nombre de Fusco está en ese documento, la respuesta es sí.

—La puta madre —se reclinó en el asiento— Yo creo que…

Lo que fuera que Pablo estuviera por decir, fue interrumpido por el sonido de mi celular. Nos miramos; los dos pensábamos lo mismo. Al ver el nombre de Luciano, creí que vomitaría el café sobre el escritorio de mi jefe.

Había novedades.

Me costó una enormidad tomar la decisión de atender esa llamada.

—Sí…

—Mauro, vení para la casa de Lucrecia. ¡Ya!

Suspiré, con una sensación de alivio imposible de explicar.

—¿Los encontraron?

—¡No! ¿Estás loco? Ya te hubieras enterado por la noticias…

Me tensioné nuevamente.

—Entonces, ¿qué pasó? Hablá, Lucho.

—Mis múltiples habilidades conversacionales y mi encanto personal, nos consiguieron algo que los dos…

—¡Dale, Lucho!

—Bueno, che. ¡Qué carácter! —se quejó— La vecina de la otra cuadra tiene una cámara de seguridad buenísima. Graba todo. Todo, todito, todo.

Me levanté de la silla.

—No me digas… —¡quería ponerme a saltar de la alegría!

—Sí, te digo. Resulta que tiene una grabación del podador pasando frente a su casa. ¿Venís?

—Voy para allá.

Corté la llamada y le arrebaté el cigarrillo de la mano a Gómez.

—¡¿Qué hacés?! —preguntó sorprendido.

Lo apagué para recuperar lo poco de suerte que me quedaba.

—Después te explico.



Cuando estacioné frente a la casa, Luciano estaba tan feliz que me dieron ganas de llorar. Era tan parecido a Alejo que daba miedo. Camila estaba escuchando música en el auto, apenas alzó la mano para saludarme.

—¡Te dije que lo iba a conseguir! —exclamó, haciendo gala de su característico entusiasmo. Seguía siendo él, a pesar del dolor. Y lo respetaba mucho más por eso.

—Siempre supe que lo ibas a hacer —le mentí.

—Buenos, vamos para allá…

Caminamos una cuadra y media hasta la casa de la vecina gruñona, la que siempre se molestaba cuando le bloqueaban la entrada del garaje, aunque no tuviera auto. Era una vieja jodida. No quería siquiera imaginar lo que Lucho había tenido que hacer para conseguir ese video.

—Vos quedate calladito, ¿sí? Amanda es una mujer… especial —me advirtió.

—Sí, ya sé lo especial que es.

Tocó el timbre y, como cinco minutos después (la señora especial era también lenta), Amanda abrió la puerta. Estaba vestida como si fuera a una fiesta y ¿un gato? colgaba de su brazo. ¡¿Un gato?!

Yo no les tenía miedo a los gatos, ¡les tenía terror! El animal y yo nos medimos con la mirada. Si me lo acercaba un centímetro, iba a salir corriendo en la dirección contraria. Las cosas que hago por vos, Lucrecia… pensé.

—¡Amanda! ¡Y yo que pensé que no podías estar más linda que esta mañana! ¡Cuánto me equivocaba! —Lucho se acercó a besar la arrugada mejilla de la mujer. El gato seguía mirándome, lo juro. Era un gato flaco y feo. Todos eran feos. Y tenían uñas afiladas.

—¡Ay, Lucianito! Vos siempre tan galante… —le pellizcó una mejilla.

—Él es Mauro Acosta. Mauro, ella es mi querida Amanda —señaló a la mujer especial y ella se estiró con la intención de saludarme. Me quedé duro y cerré los ojos, para que el gato no me comiera. Luciano me aniquiló con la mirada.

—Pasen, queridos. Los estaba esperando —nos indicó la entrada y me apreté contra la pared al pasar a su lado.

—¿Qué estás haciendo? —me preguntó Luciano, en voz baja.

—No me dijiste que tenía un gato —contesté.

—¿Me estás jodiendo?

—No. Son traicioneros, ¿no lo sabías?

No me contestó, por supuesto. Siguió adulando a la vecina gruñona hasta que llegamos a una sala de cámaras que parecía profesional. Al parecer, Amanda y su gato del demonio tenían un pasatiempo.

—Ya te dejé preparado el video que querías, querido. Con este botón adelantás y con este retrocedés. Yo voy a traer una galletitas para que tomemos el té.

Amanda se fue, el gato se fue con ella, y respiré más tranquilo.

—No puedo creer que le tengas miedo a los gatos. Te voy a gastar toda la vida, te lo juro —se rió en mi cara. Porque era gracioso—. Mañana me voy a comprar uno. A Alejo le va a encantar.

Lucho tendía a hacer eso. Mucho. Cada vez más. Hablaba como si estuviéramos a punto de dar con ellos, tenía esperanzas. Y a mí me destrozaba. Pero estábamos ahí para otra cosa, así que…

—A ver quién es este tipo.

Nos acercamos cuando el video empezó a correr. Estaba en blanco y negro, pero la imagen era bastante clara. El tipo manejaba una Ford F100, blanca; anoté la matrícula en el celular. No se veía muy bien su cara, pero era definitivamente joven. Treinta años, como mucho. Tenía una gorra oscura, marrón o… bordó. Una camisa oscura arremangada hasta los codos. Parecía alto. Tal vez, un metro ochenta.

—¿Y? —preguntó Lucho, expectante. Él ya había visto el video. Esperaba mi veredicto.

—No tengo ni puta idea de quién es. No lo vi en mi vida —me lamenté—. Pero tengo alguien que me puede averiguar los datos de la patente.

—Buenísimo…

Adelantamos y retrocedimos el video varias veces más, tratando de encontrar algo más, lo que sea. Cuando de repente, la vi. La vimos.

—Es ella —dijo Lucho, con la voz un poco quebrada. Yo ni siquiera podía hablar. Solo me limité a beberme su carita de muñeca con la mirada. Cruzaba la calle unos veinte minutos antes de la llegada del podador. Se veía muy bien. El cabello suelto bailaba sobre su espalda, acompañando su andar. Era tan hermosa que quitaba el aliento.

—¿A dónde iba? —preguntó Lucho.

—Al kiosco —le contesté—. El kiosco está a unos metros, pero no entra en la imagen.

—Se la ve… bien.

—Sí —contesté con un nudo en la garganta.

Desapareció de la imagen unos tres minutos… y la extrañe otra vez, hasta que regresó a la imagen y volvió a cruzar la calle.

—Lleva algo en la mano, ¿qué es?

—Un Philip Box —contesté por instinto.

—Pero ella no fuma…

—Era para mí —suspiré. Mi Diosa iba a entregarme un mensaje que nunca llegó. “Suerte, Mauro”.

—¿Encontraron lo que necesitaban? —preguntó Amanda, regresando con su gato del demonio.

—Sí, lo encontramos —contesté, convencido.

El súper avanzado sistema de seguridad de Amanda permitía copiar y enviar videos al celular (¡qué miedo me daba esa mujer!), así que lo teníamos. Teníamos su cara y teníamos su patente. Estábamos a nada de encontrar al tercer sospechoso.



Me sentía bastante animado luego de nuestro primer avance en dos meses de cero novedades. Fui a casa de Cecilia para estar un rato con mis sobrinos. Pateé la pelota un rato con Maxi, tomé unos mates con Ceci y tuve que irrumpir en la habitación de Clarita. Andaba en algo raro, no me dio bola en toda la tarde. Lo confieso, estaba celoso. No sabía por cuánto tiempo más sería su preferido, cuándo llegaría un adolescente lleno de acné listo para arrancarla de mi lado.

Empujé la puerta, apenitas, y la descubrí sentada en la cama. Tenía un libro abierto sobre las piernas y marcaba palabras con un resaltador rosa.

—¿Cómo va? —empujé la puerta y pegó un salto— ¡Ah, te pesqué! ¿Qué estabas haciendo?

—Nada —contestó, cerrando el libro de un golpe y escondiéndolo a sus espaldas.

—Antes me contabas todo… —estuve a punto de pucherear—. Ya no me querés más.

Me senté en su cama y apoyé la espalda en la pared. Ella hizo lo mismo.

—Mentira. Sabés que te quiero… pero sí, estaba haciendo algo —sonrió esa sonrisa adolescente y enamoradiza—. Me estoy mandando mensajes con un chico.

—Lo mato.

—No, no lo mates. Me gusta mucho. Se llama Lucio y va a quinto.

—¿A quinto, Clarita? Es muy viejo para vos —me aterraba pensar en lo que quería un chico de diecisiete-dieciocho con mi sobrinita del alma.

—¡Nada que ver!!! ¡Qué exagerado que sos!

—Bueno… a ver, contame. ¿Qué pasó? ¿Ya pasaron de moda los mensajes de texto?

—No, pero esto es más divertido —tomó el libro y se sentó en canastita sobre la cama—. Es así… este es el libro de historia de Lucio, él me lo prestó. Para mandarle un mensaje, marco las palabras que quiero decirle y después él las une en una frase. ¿No es re tierno? —dijo con una sonrisa.

—Me parecen más prácticos los mensajes de texto, pero si a vos te gusta más así…

—¡Sí, me encanta! Le da más magia a la cosa.

—“Magia a la cosa” —repetí—. Ya me está dando miedo este Lucio. ¡Las cosas que se le ocurren!

—¡No! —sonrió, echando la cabeza hacia atrás. Estaba hasta las manos con el tal Lucio— No me lo enseñó Lucio. Me lo enseñó Lucre… así se mandaba mensajes con sus compañeros cuando iba a la escuela.

Mi corazón se detuvo.

¡Qué me parta un rayo!!!!! ¡CRONICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA!!!!!








“Todas las estrellas se están desvaneciendo. Trata de no preocuparte, las verás algún día”





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