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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 36


Capítulo 36: Doble de riesgo.



Sábado, 28 de febrero de 2015.

No fui capaz de pegar un ojo en toda la noche. ¿Cómo podría? Me sorprendía. Siempre me sorprendía, y eso me encantaba de ella. 

Recordé cada una de las veces que la encontré con ese libro en la mano, sin comprender por qué insistía tanto en leerlo. Era otro mensaje, otra pieza del rompecabezas. Se las arregló para dejarme pistas que indicaran el camino. Un mapa de ruta. 

“Esperame”.

¿Por cuánto tiempo lo había planeado? ¿Cuántas noches había cerrado los ojos pensando en que algún día los abriría a otra vida? ¿En qué momento había decidido que yo formaría parte de esa vida?

El libro, el cigarrillo de la suerte, la llamada a Luciano, ¿qué más? ¿Qué otra pista había dejado justo frente a mis ojos?

Era imposible no tener esperanzas, no pensarla tendida en alguna playa de arenas blancas con un trago en la mano y ese bendito bikini azul, riéndose de todo y de todos. Pero luego recordaba el estado de la cocina, la “escena del crimen”, y mis esperanzas se agrietaban. ¿Y si algo había salido mal? Repasaba las palabras de Fusco y me daba escalofríos: “La inteligencia no le sirve para nada contra un tipo como Lisandro”. Si se trataba de fuerza, una mujer jamás ganaría contra un hombre, menos contra uno como Lisandro. Estaba seguro de que el podador no era un sospechoso, sino un cómplice, y contaba con que la hubiera ayudado a escapar. 

Si quería dar con Lucrecia, tenía que encontrar a ese hombre. Y necesitaba ayuda, no lo encontraría por mis propios medios. 

Pero las pistas eran para mí. Sólo para mí. “Él va a entender”, era el mensaje entregado junto a cada pista. No quería que nadie más que yo “entendiera” el mensaje. Me había hablado con la verdad, siempre, solo que la verdad estaba oculta tras un velo que yo descorrería.

Tenía que recuperar ese libro, como sea. Pero primero tenía que hacer un par de llamadas.

—Mauro… estoy ocupadísimo. ¿Qué necesitás? —dijo Juan María. 

—En realidad, vos me necesitás a mí.

—¿Para qué? Si se puede saber.

—Tengo la patente del vehículo que maneja el podador. ¿La querés?

—¡¿Me estás jodiendo?! —su entusiasmo casi me deja sordo— ¡¿Cómo la conseguiste?!

—Se dice el pecado, no el pecador. Te voy a mandar un mensaje con la patente y la copia de un video y, por favor Juan María, apenas sepas algo…

—Tranquilo, Mauro. Te prometí que los vamos a encontrar y voy a cumplir.  

Primera llamada, hecha.

Lucho seguía comprando a los vecinos con sus encantos, tratando de dar con alguna grabación que nos permitiera descubrir el momento exacto en el que el podador dejó la escena; y quizás, si la suerte nos acompañaba, podríamos dar con la huida de Lisandro. Lucho no necesitaba que llamara para recordarle que contaba con él. Estaba buscando a su hermana por elección y a su sobrino, le sobraba motivación. 

—¿Qué pasó? —preguntó Diego. 

—Necesito que me hagas de campana. 

—Ay, Mauro… ¿Ahora qué vas a hacer?



Domingo, 1 de marzo de 2015.

Cuando decidí respetar la decisión de Lucrecia y dejar la casa de los Echagüe, le devolví las llaves a Gómez; no sin antes dejarme una copia, obviamente. Tenía las llaves, sabía el código de seguridad de la alarma (no el que Lisandro seguramente había cambiado, sino el genérico) y conocía al guardia de seguridad que estaría esa noche en la garita. Se llamaba Pedro, y no había café que lo mantuviera despierto. 

Dimos un par de vueltas en el auto, esperando que el momento justo llegara. Cerca de las dos de la mañana, le dije a Diego que frenara. 

—¿Estás seguro, Mauro? ¿Por qué no le pedís ayuda al fiscal? ¿No puede pedir una orden para revisar la casa o algo así?

Mi hermano era mucho más prudente que yo; pero la pista era para mí, no podía involucrar a Juan María. No sin antes saber qué mensaje escondía ese libro. 

—Es una pavada. Cinco minutos y estoy afuera —aseguré—. Si ves o escuchás algo raro, tocá la bocina. 

—¿Y si te agarran? —Diego me detuvo.

—Bueno… supongo que voy a pasar una noche en cana. No sería la primera vez —sonreí. 

Pasar una noche en cana no era algo que se olvidara tan fácil. Ninguno de los dos olvidaría jamás esa experiencia. Fue la que nos trajo hasta este momento, en el que Diego era la única persona en la que podía confiar ciegamente.

Me bajé del auto y crucé la calle. Tenía cinco minutos. No más que eso. Cinco minutos, porque si los que monitoreaban las cámaras de la entrada de la casa estuvieran lo suficientemente atentos, era el tiempo que les llevaría dar aviso al 911. Iba a pasar una noche en cana, pero no me importaba. Mi prioridad era recuperar ese libro. 

Miré a ambos lados de la vereda. No había moros en la costa. Usé la llave para abrir la reja y acompañé la apertura para que no hiciera ruido. Tenía que usar la puerta del frente; luego de entrar, había una brecha de sólo treinta segundos para marcar el código genérico antes de que la alarma silenciosa se activara. 

Fue una pavada.

Una vez dentro, mis ojos se adaptaron rápido a la tenue luz que ingresaba desde el exterior. Estaba todo igual, pero me sorprendió lo diferente que se sentía. Era obvio que Lucrecia ya no estaba en esa casa. La casa olía diferente… más aséptica, menos cálida. Extrañé el rastro de vainilla y coco que dejaba a su paso. 

Pero venía en busca de otro rastro. 

Subí las escaleras y caminé directo hacia su habitación. La puerta estaba entreabierta, así que alcancé a verlo. Dormía como un muerto, con un brazo colgando del borde de la cama, y hacía un frío de locos dentro de esa habitación. 

Era mejor para él si no se despertaba. Y para mí. 

Regresé unos pasos y entré a su oficina. Sabía que su carita de muñeca me estaría mirando desde las fotos y estuve tentado de llevarme una, pero no podía hacerlo. Lisandro no notaría la ausencia de un libro, pero sí la de una foto de “lo más importante que tenía en la vida”. Hijo de puta. Usé la luz del celular para buscar en la biblioteca. No era un libro muy grande, no tendría más de cien o ciento cincuenta páginas. 

Cuando di con la cubierta amarilla, sentí que el alma me volvía al cuerpo. 

Y también sentí que alguien me miraba. 

Esa particular incomodidad en la nuca que te hace saber que no estás solo y que, definitivamente, iba a pasar una noche en cana.  La puta madre. 

Inspiré profundo, listo para dormir a Echagüe de una piña, y me di vuelta despacio. Cuando la vi, por poco me desmayo. Literal. Tenía el cabello suelto, caía sobre un camisón de seda blanco. 

—¿Lucrecia? —no salía de mi asombro. 

¡Era ella! Era... ¿O no? 

Me acerqué un poco más, temblando como una hoja, y alcé la luz del celular para verla mejor. Parecía un cadáver ambulante. No pestañeaba, ni siquiera parecía estar respirando.

—¿Sofía? —le hablé en voz baja, temiendo que Lisandro nos escuchara. ¡Ni siquiera la había visto dormida a su lado! ¿Cómo podía haber sido tan idiota de no comprobarlo?— Sofía… —volví a hablarle.
Antes de que pudiera hacer algo, me sorprendió con un abrazo tan fuerte que faltó poco para que termináramos en el piso. Temblaba. Todo su cuerpo temblaba. 

—No lo aguanto más... Sacame de acá, te lo suplico.

Me partía el alma. Me partía el alma y quería partirle el alma a Lisandro. Reducirlo a un millón de pedacitos, juntarlos con la palita y tirarlos al inodoro como la mierda que era. Pero, primero, tenía que sacar a esa pobre chica de ahí. 

Asentí y le indiqué que hiciera silencio antes de enrollar el libro y guardármelo en el bolsillo. Tomé a Sofía de la mano y bajamos las escaleras en absoluto silencio. Cuando llegamos a la puerta, me di cuenta de que sacar a una chica en camisón en medio de la noche seguramente llamaría la atención. 

—No podés salir así —susurré.

—No me importa.

—Pero, ¿y si nos ven?

—Por favor, sacame de acá. 

Sus ojos estaban llenos de lágrimas y temblaba tanto que temía que de un momento a otro se pudiera a suplicar a los gritos. ¡Qué me llevaran en cana! No la dejaría en ese infierno. 

—Vamos.

Hicimos el camino inverso y en unos minutos estuvimos afuera. Cerré la reja con llave, con Sofía sujetaba a mi espalda como si fuera una mochila. Estaba aterrada. Me pregunté cuántas veces Lucrecia había sentido ese tipo de miedo. ¡Ojalá me hubiera pedido que la sacara de ahí! Lo hubiera hecho sin un segundo de duda. 

A Diego casi se le cae la mandíbula al ver a Sofía conmigo. Le abrí la puerta del asiento trasero y prácticamente se arrojó de cabeza hacia adentro. 

—¿Qué hacés? ¿Quién es ella? —preguntó, mirando hacia todos lados mientras emprendíamos la huida.

—Sofía, él es Diego. Diego, ella es Sofía. Es la… bueno, es la secretaria de Lisandro —me di vuelta para tomar la mano de Sofía; la pobrecita no dejaba de temblar—. Tranquila, vas a estar bien.

—Gracias —dijo con voz pequeña. 

¡Era tan parecida a Lucrecia! Su doble de riesgo. La perversión de Lisandro no conocía límites. Esta pesadilla tenía que terminar. ¡Cuánto antes! La doble de riesgo estaba a salvo; sólo restaba dar con la protagonista de esta historia. 




Sofía no quería volver a casa de sus papás en las condiciones que estaba. Creo que nunca había visto a una persona así alterada; no quería siquiera imaginar lo que había pasado entre Lisandro y ella. 

Diego se ofreció, muuuuyyyy amablemente, a que se quedara en su casa hasta que se sintiera lista para volver. Incluso le dio ropa de Cecilia, que a veces se quedaba a dormir en su casa. Me quedé de piedra. Para ser honesto, me alteraba un poco que encontrara a Sofía atractiva, era la doble de riesgo de Lucrecia, pero le agradecí el gesto. Si él se hacía cargo de ella, yo podía regresar a mi departamento y descifrar el mensaje oculto en el libro sin preocuparme.  

Llegué a casa, encendí todas las luces y me senté en el sillón. 

—A ver, Lucrecia… Hablame. 

Abrí el libro y comencé a pasar hoja por hoja, sin detenerme a leer las palabras, solo buscando alguna marca. Lucrecia había sostenido ese libro en sus manos muchas veces y eso ya me hacía sentir más cerca de ella. Con cada hoja que pasaba, mi desesperación aumentaba. Comencé a pensar que era una locura. ¿Era posible que le hubiera enseñado el truco a Clarita para darme un mensaje? ¿O era yo quien quería creer que eso era posible? Quizás, todo se tratara de una ilusión. De mi necesidad de seguir aferrado a…

¡Ahí estaba!

Mi monólogo interno se detuvo al encontrar algunas líneas subrayadas con un resaltador rosa. Casi me da un infarto. Estaba tan agitado que me costaba enfocar la vista para leer la frase. Inspiré profundo, traté de bajar mi nivel de ansiedad, y leí. 

Y leí otra vez. 

Y otra. 

—Me estás jodiendo… —murmuré en la soledad de mi casa. 

Dejé el libro sobre el sillón y tanteé mis bolsillos hasta dar con el celular. Marqué, con una mano inusualmente temblorosa, y aguardé. 

—Contestá, contestá, contestá… —me repetía, con los ojos cerrados y las esperanzas renovadas. 

—Hola…

—¡Ay, qué suerte! —exclamé, aliviado, soltando todo el aire que estaba conteniendo.

—¿Qué querés, tío? —preguntó, con voz de dormida.

—Necesito tu ayuda, Clarita.

—¿Ahora?

—¡Sí, ahora!

—Tío… son las… tres y media de la mañana. ¿No puede ser en un horario coherente?

—Uy —miré mi reloj y, efectivamente, mis horarios estaban invertidos otra vez—. Perdón, Clarita. ¿Me llamás apenas te despiertes?

—Dale, chau. 

Arranqué la página con el mensaje de Lucrecia y lo guardé en mi bolsillo, para no cargar con el libro para todas partes. No creí que le molestara; después de todo, el libro no le gustaba. Cuando volviera a verla, le compraría uno que de verdad quisiera leer.





“Toda mi vida, ¿dónde has estado? Me pregunto si te veré otra vez…” (Lenny Kravitz – Again)




6 comentarios:

  1. ¡La parió! Pobre Sofía, yo tampoco podría haberla dejado allí.
    Ya quiero saber que dice ese mensaje.

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  2. Ahhhh ahora me como los dedos hasta saber que dice el mensaje ����

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  3. Ahhhh ahora me como los dedos hasta saber que dice el mensaje ����

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  4. Pobre Sofía... Lo q tanto temía Lucrecia...
    Ayyy y ahora?! Como aguantamos hasta el saber q dice el mensajeee???

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