Follow by Email

martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 37




Capítulo 37: Día de suerte.

 
Domingo, 1 de marzo de 2015.

Paseaba de un lado al otro, leyendo y releyendo el mensaje, haciendo tiempo. El vecino del frente ya había salido a instalarse en la vereda, seguramente preocupado por mi errático merodeo. Pero, ¡si él supiera! ¡Sostenía la última pista en un pedazo de papel! Y… ¿a qué hora iba a levantarse Clarita?

Mi teléfono amagó un sonido y contesté.

—¡Por fin, nena!!

—Bueno, bueno. Tranquilo… ¡Es domingo!! La gente normal duerme los domingos —me informó, de mala gana.

—¿Ya estás lista? —pregunté, impaciente.

—Sí… vení cuando quieras.

—Bárbaro, estoy en la puerta. Ya entro.

—¡¿Ya estás acá?!

Le corté la llamada y entré a la casa con mi llave. La cocina estaba desierta, pero unos segundos después, Clarita apareció por el pasillo, a los bostezos. Tenía los ojos hinchados y somnolientos, y su pelo parecía un nido de pájaros.

—Es muy temprano, tío. ¿Por qué me castigas así? —me reclamó, tan adolescente como siempre, mientras se desparramaba sobre una silla. Creo que todavía estaba durmiendo, porque se le cerraban los ojos.

—No seas exagerada, Clarita. Son las… —consulté el reloj. Ay. ¿Las siete de la mañana?—. Bueno, perdón por la hora. Tenés razón. Pero necesito tu ayuda. Es muy importante.

Se reacomodó un poco en la silla, apenitas más despierta.

—Te preparo el desayuno —le ofrecí.

—¿Vos me estás cargando? La última vez que intentaste prepararme el desayuno estuve una semana en cama, con dolor de panza.  

—No fue el desayuno —negué, ¡a muerte!— Bueno, no importa. ¿Me vas a ayudar o no?

—¡Y sí! —bostezó una vez más— Como si tuviera alternativa…

—Bueno, vamos a tu pieza que vas a necesitar la compu.

Clarita fue regresando a la vida tan lentamente como esa computadora monstruosa y rebosante de cables que tenía arriba del escritorio. No entendía su resistencia a cambiarla.

—Bueno, decime. A ver qué es tan importante…

—Necesito que me ayudes a espiar perfiles de Facebook.

—¡No! ¿En serio? ¡Re divertido!

—¿Viste? Sabía que te iba a gustar la idea.

—¿Y de quiénes?

—Ese es el tema. Tenemos que encontrar en Internet la lista de los graduados de Colegio Manuel Belgrano, del 2010. La promoción de Lucrecia.

—¿La promo de Lucre? ¿Por qué? —preguntó confundida.

Lo pensé por un momento, porque el mensaje era para mí y no estaba seguro de que fuera prudente compartirlo con una adolescente. La miré por un instante y descubrí que todavía tenía algunas mechas de color rojo en el cabello. Lucrecia le había enseñado eso. Había confiado en Clarita. Yo también podía hacerlo.

—¿Te acordás lo que me contaste? ¿De cómo te pasabas mensajes con Lucio?

Asintió, enérgicamente, totalmente alerta.

—Bueno, Lucrecia me dejó un mensaje así.

Sus ojos y su boca se abrieron al mismo tiempo, con una expresión entre sorprendida y esperanzada. Más o menos la misma expresión que puse yo al leer el mensaje.

—Pero, ¿cómo puede ser? —preguntó, confundida— ¿No se supone que está…? Bueno, ¿desaparecida?

—Clarita… —no sabía cómo explicarle a mi sobrina algo que ni siquiera yo entendía—. Voy a ser completamente honesto con vos y necesito que lo que te diga no salga de nosotros. Bajo ninguna circunstancia, ¿entendés? Te estoy pidiendo absoluta reserva.

Se hizo la señal de la cruz con los dedos sobre la boca. Eso era suficiente para que confiara en que no diría nada.

—Estoy casi seguro de que Lucrecia y Alejo están vivos. Ella me dejó algunas… digamos, pistas. Sabés que su situación familiar es complicada y no voy a entrar en detalles con vos, porque hay cosas que no entenderías, pero creo que encontró la forma de irse.

—¿Me estás jodiendo? —se puso una mano en el pecho.

—No te ilusiones, Clarita. No estoy seguro. Es solamente una idea. Pero quiero agotar todas las posibilidades. Lucrecia cargaba con un libro todo el tiempo y fui a buscarlo.

—¿Te metiste a la casa? —preguntó, horrorizada.

—Te dije que no voy a entrar en detalles —le recordé.

—¡Ufa! Bueno… pero, ¿y el mensaje? ¿Qué decía?

Saqué la página del libro y se la entregué. Tomó los lentes que estaban sobre el escritorio y se los puso antes de leer.

—He tenido que repetir esto muchas veces, pues los cuatro habíamos crecido juntos en la escuela y  luego en la misma pandilla de vacaciones, y nadie podía creer que tuviéramos un secreto sin compartir, y menos un secreto tan grande —leyó en voz alta. Yo ya me conocía las líneas de memoria— ¿Y qué significa esto? Pensé que te había dejado algo más… no sé, ¿romántico?

—Ya no somos adolescentes, Clarita. Y, francamente, si al final resulta que está viva y me espera en algún lugar, esta es la carta de amor más linda que recibí jamás.

—¡Ay, que tierno! —sonrió. Sí, era una adolescente.

—Prestame atención. Sé que te gusta boludear en Internet y que te das maña para hacer lo que sea. Necesito que busques la lista de alumnos de esa promoción y que te fijes en las publicaciones de 2010. Lucrecia no tiene perfil de Facebook, pero estoy seguro de que puede aparecer en alguna foto con sus amigos.

—¿Qué buscamos exactamente? —preguntó, seria. Estaba totalmente comprometida con el asunto.

—Buscamos a Lucrecia con tres personas.

—¿Chicos o chicas?

—No tengo idea, pero tienen que ser cuatro. Como dice el mensaje: “los cuatro habíamos crecido juntos en la escuela”. Cuando encuentres algo, me avisás. ¿Puede ser? Yo me tengo que juntar con Lucho en un rato.

—¡Obvio! Ya me pongo con eso.

—Clarita, muchísimas gracias. No sé cómo voy a hacer para pagarte esto —le di un beso en la mejilla.

—Yo sí —sonrió, ampliamente—. Pagame con plata. ¿Cuánto tenés en la billetera?

...

 
Lucho estaba tanto o más excitado que el día anterior cuando nos encontramos. Eso de la simpatía como modo de persuasión le funcionaba de mil maravillas. O al menos, esperaba que fuera así. Porque si nos pedían plata por el video de seguridad, estaba en el horno. Clarita me había vaciado la billetera. 

—Vos quedate…

—Sí, ya sé. Calladito. 

Caminamos hasta una joyería que quedaba a dos cuadras de la casa de Lucrecia, pero justo en el trayecto que deberían haber tomado tanto el podador como Lisandro. El tipo que nos recibió no estaba tan feliz, pero un par de chistes de Luciano después, ya estaba invitándonos a comer un asado algún fin de semana. Nos dejó manipular el video a gusto.

—Ahí está el podador —dijo, Lucho. Apuntando a la camioneta blanca, que tal y como Ramiro había dicho, pasó frente a la cámara una media hora antes de que él viera salir a Lisandro.

Media hora.

Mis esperanzas decaían. Media hora era una eternidad de tiempo. Lisandro podría haber matado a veinte mujeres en ese lapso.

—Ese es el auto de mi hermano —Lucho me regresó a la tarea, apuntando nuevamente el recorrido del auto de Lisandro—. Ese no es mi hermano —dijo, en un sorpresivo giro.

—¿Qué? —pregunté confundido— ¿Me estás jodiendo?

—¡Te digo que ese no es Lisandro, Mauro! ¡Es mi hermano! Lo reconocería hasta con los ojos cerrados… volvé la grabación, por favor. ¿Se puede agrandar la imagen? ¡Dale, Mauro!

—¡Pará! No me pongas nervioso.

Manipulamos botones a lo pavote, hasta que por fin dimos con la forma de agrandar la imagen y…

—Ese no es Lisandro —repitió, Lucho—. No es. ¿Es el…?

—El podador —completé por él.

—Pero, ¡no entiendo nada! ¡Tiene la camisa que usaba Lisandro, el auto de Lisandro! ¿Por qué? Era Lisandro al que encontraron en el auto.

Yo estaba tan desconcertado como Lucho, pero cuando el celular empezó a sonar, contesté la llamada y tuve que dejar el enredo para más tarde. Era Clarita.

—¡Tío! ¡Vení, rápido! ¡Los encontré!!



Ya no tenía idea de qué hora era, o qué día, sólo sabía que estaba a punto de dar con la respuesta. ¡Con alguna respuesta, al menos!! Entré a la casa y tuve que recibir un mate de Cecilia, ocultando las ganas que tenía de salir corriendo para la pieza de Clarita a ver qué había descubierto. No quería que nadie más lo supiera.

—Tío, ¿podés venir? Te quiero contar algo —Clarita se asomó al pasillo, con los ojos luminosos y una sonrisa tan enorme que le ocupaba media cara.

—Dejamos los matecitos para después, Ceci —sonreí, con una especie de mueca forzada.

Una vez en el pasillo, corrí hasta la pieza de Clarita y cerré la puerta.

—¿Y?

—Vení, sentate —palmeó un banquito a su lado—. Te voy a contar. Lucrecia es muy amiguera, tiene fotos con todos.

—¡Ay, Clarita! ¡Dale!

—Bueno, ¡pará! Miré todas las fotos y fui buscando las que más se repetían. ¿Sabés lo que encontré?

—¡Clarita!

—Bueno, che. Acá están…

Una foto copó la pantalla de su monstruosa computadora. Lucrecia, sonriente y adolescente, abrazando a dos sonrientes adolescentes más.

—¡Sabía que le veía cara conocida! —me paré del banquito y apunté a la kiosquera. En la foto tenía el cabello castaño; pero hasta esta mañana, era verde. Solía cambiarlo casi semanalmente. Por eso no la había reconocido—. Hay una foto de ese día en la oficina de Lisandro. ¡Qué boludo que soy!

—Pará, pará… que falta. Me dijiste que buscara tres que se repitieran, ¿no?

—¿Dónde está el tres?

Clarita desplegó otra foto y mi respiración se detuvo. Literalmente.

Lucrecia reía, esa risa fácil con ojos cerrados y nariz arrugada, de esas sonrisas que no le había visto jamás, y el podador (¡el podador!) besaba su mejilla.



Por poco choco con el contenedor de basura. De hecho, lo había chocado. Un poquito. Me bajé del auto a los tropezones y corrí hasta el kiosco.

Ella estaba igual que siempre, caracúlica y con los brazos apoyados en el mostrador. Cuando llegué hasta el kiosco, tuve que apoyar las manos en las rodillas para tratar de recuperar el aliento. Levanté un dedo acusador hacia Electra Sotomayor, porque todavía no me salía la voz.

—¿Querés un vasito de agua, Mauro? —preguntó con una ceja alzada.

—¡Vos! —volví a apuntarla— Decime dónde está.

—La verdad, no te tenía mucha fe. Luli tiene un pésimo gusto para elegir a los tipos, pero… bueno, acá estás. ¡Por fin, querido! —revoleó los ojos— Philip Box, ¿no?

—Por favor, te lo pido. Decime dónde está.

—Philip Box —lo apoyó sobre el mostrador.

—¡Por favor, Electra!!

—Philip Box, gil —dijo con los dientes apretados, señalando los cigarrillos con un cabezazo.

Cuando lo agarré, no supe si ponerme a llorar, a gritar, o a reír como un loco. El paquete estaba abierto. Un cigarrillo de cabeza. Alcé la mirada y Electra volvió a revolearme los ojos.

—No lo dejes para el final, quiero ver que lo enciendas ahora. Parece que hoy es tu día de suerte.

Con manos temblorosas, lo saqué y sonreí. Porque me sorprendía. Siempre me sorprendía. A lo largo del cigarrillo, había una palabra escrita. Solo una palabra.

—¿Qué estás haciendo, gil? Movete. Si salís ahora, esta noche estás allá. Mandale un beso de mi parte. 




“Y si tienes un minuto ¿por qué no vamos a hablar de esto a un lugar que sólo nosotros conocemos?”



2 comentarios:

  1. Me encanto! Una genia Lucre! Y a Mauro lo amo! 😜😍😍

    ResponderEliminar
  2. Me encanto! Una genia Lucre! Y a Mauro lo amo! 😜😍😍

    ResponderEliminar