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miércoles, 25 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 38





Capítulo 38: Punto de quiebre.


Jueves, 19 de julio de 2012.

Bajé la tapa del inodoro y me senté, abrazándome y tiritando de frío. ¡Hacía tanto frío en la habitación! ¡Tanto frío en todos lados! En la habitación, en la casa, en mí. Todo estaba frío en mí, como si estuviera muerta. Mis dientes castañeaban y mis labios vibraban, no podía detener el temblor que me sacudía el cuerpo. Estaba en mi punto de quiebre y lo sabía.

Alejo no me daba un minuto de paz, no lo aguantaba más. Ahora que le estaban saliendo los dientes, lloraba toda la noche y a veces levantaba fiebre. Le rogué a Lisandro que pusiéramos la cuna en la habitación, pero su no fue rotundo. “En esta habitación duermo yo”. Más lloraba Alejo, más me lastimaba Lisandro. Así que, me levantaba cada hora y corría a la habitación de mi hijo, para que Lisandro no se despertara; luego regresaba, corriendo otra vez, porque si no estaba en mi cama a las siete de la mañana también me lastimaba. Y Alejo seguía llorando. Todo el tiempo. Trataba de calmarlo, de que se durmiera de una vez… pero los dos llorábamos. Mi hijo por el dolor de encías y yo por ser una mala madre.

Una pésima madre.

Cerré los ojos y me tapé los oídos; Alejo no dejaba de llorar. ¡¿Por qué no me dejaba en paz?! Apreté los dientes todavía más, porque no podía combatir el temblor. No resistiría mucho más. Me tapé la boca con la mano; mi angustia quería delatarme con un grito desgarrador.

Estaba fría por dentro… porque Lisandro había matado a mi bebé.

Mi cuerpo no había resistido su último “exabrupto”. Mi cuerpo que era el refugio de nuestro segundo hijo, pero también era el depositario de la ira del monstruo que mi marido llevaba dentro. Estaba en mi punto de quiebre y lo sabía. Jamás me recuperaría de eso.

Lisandro mató al bebé dentro de mi vientre y no se lo perdonaría jamás.

Se lo haría pagar. No sabía cómo, ni cuándo, pero sabía con absoluta certeza que pagaría por lo que había hecho.

—¡Lucrecia, salí del baño y hacé callar a esa criatura!!! —me sobresalté al escuchar el grito, seguido de los golpes en la puerta del baño— ¡No se puede vivir en esta casa!!

Por primera vez en mucho tiempo, estuve de acuerdo con él. No se podía vivir en esa casa. Sólo se podía morir. Como mi bebé.

Había estado triste muchas veces, pero la angustia que sentía oscurecía todo a mi alrededor. No podía pensar, ni comer, ni dormir. Porque Alejo no quería callarse.

—Shh… por favor… —me balanceaba de un lado al otro, acunándolo, cantándole, pero nada funcionaba. Era una pésima madre. Era pésima en todo—. Basta, Alejo. ¡Basta! —lo sacudí. ¡¿Por qué no dejaba de llorar de una vez?!

—¡¿Qué hacés, nena?!

Lisandro entró a la habitación y me quitó al bebé.

—¡¿Estás loca?! —acunó su cabeza en una mano y besó su frente— ¿Sos boluda? Es un bebé, lo podés lastimar —lo apoyó sobre su pecho con tanta ternura que sentí ganas de vomitar.

Dos semanas atrás, cuando me hizo rodar escaleras abajo, no le importó que el bebé pudiera lastimarse.

—Perdón —me limpié las lágrimas con el dorso de la mano—. Estoy cansada.

—¿De qué estás cansada? ¡Estás todo el día al pedo! Encargarte del bebé es tu única responsabilidad. ¿Ni eso podés hacer bien?

—Perdón.

—“Perdón, perdón”. Eso es lo único que sabés decir. ¡Hacete cargo, nena! —se acercó y dejó al bebé en mis brazos.  

Por segunda vez, estábamos de acuerdo. Tenía que hacerme cargo.

—Perdón, hijito —besé su cabeza—. Mamá está cansada, nada más. Está cansada de estar acá. Pero vos no te preocupes por nada… A vos no te va a pasar nada.

Aún triste y angustiada, a pesar de la oscuridad que me rodeaba, tenía que hacer algo. Estaba en mi punto de quiebre.

Esperé a que Lisandro se fuera al estudio, tomé al bebé en brazos y fuimos hasta el kiosco de la esquina. Había un teléfono público que ya casi nadie usaba, pero que todavía estaba operable. Recuperé algunas monedas del bolsillo de mis jeans y marqué el número. Lisandro había borrado toda mi lista de contactos, pero yo tenía muy buena memoria.

—¿Hola?

Escuchar su voz, luego de tanto tiempo, me provocó tanta nostalgia que apenas pude contener las lágrimas.

—¿Hola? ¿Quién habla? —insistió ante mi silencio— ¿Quién habla?

—Lucrecia —susurré.

Siguió un silencio prolongado, cargado de una angustia imposible de digerir. Me sentía muy sola. Demasiado sola. Necesitaba al menos escuchar su voz.

—Perdón, Electra —mecí a Alejo para que no comenzara a llorar—. Perdón por llamar así. Sé que hace mucho que no hablamos. Seguramente, estás ocupada y no te quiero molestar. No sé ni por qué te…

—Villa —detuvo mi monólogo—. Estaba esperando tu llamada. Hace dos años que la espero… ¡Ni se te ocurra cortar porque voy a dejar de considerarte mi amiga! 



Estaba aterrada de que Lisandro regresara a la casa y no me encontrara, así que me subí al primer taxi que pasó frente a mi casa. Al llegar a la dirección que Electra me había dado, las vi sentadas en los escalones de la entrada del edificio. Vivían juntas, en un departamento alquilado, como cualquier joven estudiante de veinte años. Yo, en cambio, me bajé del taxi con un bebé colgando del brazo, el cabello hecho un desastre y la remera con olor a vómito. Sentía una vergüenza espantosa.

 —¡Luli, tanto tiempo!!! —tan efusiva como siempre, Vicky me abrazó con fuerza y me dio un beso en cada mejilla, como si no hubiéramos pasado dos años completos sin vernos ni hablarnos. Nunca estuve más agradecida por su escandalosa espontaneidad.

—Hola, Vicky —sonreí, a pesar de las lágrimas que apenas contenía.

—Villa, ¿cómo va? —Electra me cabeceó un saludo.

—Más o menos —le contesté. Me miró a los ojos y tomó mi mano sin decir una palabra, apretándola en señal de apoyo. Aunque renegara de eso, Electra era humana. La más humana de todos.

—¡¿Y quién es este chiquitín hermoso?!! —Vicky tomó a Alejo de mis brazos y temí que se pusiera a llorar, pero para mi completa sorpresa, abrió los ojos grandes para verla mejor. La miraba con una mezcla de miedo y curiosidad— ¡Es re lindo! Tiene tus ojos.

—Eso dicen. Se llama Alejo.

Para ellas, era como si el tiempo no hubiera transcurrido. Electra tenía el pelo azul, aunque ahora su ropa era un poco más normal; yo amaba su autenticidad. Vicky era una Barbie de carne y hueso, incluso más hermosa de lo que recordaba. El cabello le había crecido bastante, pero más allá de eso, seguía siendo la misma chica explosiva. Electra estudiaba Filosofía, a pesar de la negativa de su familia a pagar los gastos por una carrera que consideraban inservible. Victoria optó por diseño de indumentaria y, en los ratos libres, era modelo de publicidad gráfica.

El departamento que compartían era un sueño hecho realidad. Un poco desordenado, necesitaba una limpieza urgente y la heladera estaba vacía, pero era un sueño hecho realidad. Mi sueño.

Alejo se enamoró de Electra a primera vista. Encerró un mechón de pelo azul en su puño y se dedicó a chuparlo hasta quedarse dormido. Estaba tan cansado como yo. Lo acostamos en la cama de Victoria y pusimos almohadas a su alrededor. Creo que nunca lo había visto dormir tan tranquilo.

Yo estaba triste y angustiaba, pero una tenue luz asomó a mi oscuridad con tan solo compartir un rato con ellas. Las extrañaba. Mucho.

Ninguna de las dos preguntaba nada; aguardaban a que fuera yo quien comenzara a hablar. Así que, lo hice.

—Lisandro es un monstruo…

Inspiré profundo e intenté mantenerme entera, pero no lo logré. No con ellas.

La angustia me brotó en forma de gruesas lágrimas y los espasmos me sacudían el cuerpo con violencia. En segundos, estuve rodeada del abrazo de mis dos amigas y sus lágrimas se confundieron con las mías. Por primera vez en mucho tiempo, ya no estaba sola.  

—Vení a vivir con nosotras, Villa —Electra me ofreció una servilleta de papel y me sequé las lágrimas. Necesitaría muchas servilletas más—. Vamos a buscar tus cosas y las de Alejo y se vienen para acá. No se diga más. Victoria y yo ya nos pusimos de acuerdo. Lo que nos decís no es novedad, se veía venir a la legua. Tiene “hijo de puta” tatuado en la frente ese gil.

—¡Eso! Un forro… —secundó, Vicky— No te vamos a dejar sola, Luli. Vení a vivir con nosotras. Nos vamos a arreglar re bien.

—No puedo —negué con la cabeza, todavía llorosa.

—¿Cómo que no podés? Lo que no podés es quedarte ahí un minuto más, Lucrecia. Mirá cómo estás —Electra apoyó sus manos en mis mejillas, buscando mi siempre esquiva mirada—. No podés volver ahí. 

—No, chicas. No entienden… —inspiré profundo, intentado serenarme lo suficiente para poder explicarles—. No me puedo ir. Lisandro no me va a dejar. 

—Le rompo el culo a patadas y vamos a ver si no te deja. ¡Te juro que me muero de ganas! 

—Ojalá fuera tan fácil, Electra. Ya lo hubiera hecho. 

—Pero, ¿por qué? —intervino Vicky— No sería la primera vez que una pareja se separa. ¡Mandalo a la mierda y listo!

Apoyé los codos sobre la mesa y me tomé la cabeza.

—Tengo miedo —admití, al fin en voz alta—. Todo el tiempo. Es horrible tener miedo. 

Sentí la caricia de Victoria en mi cabeza. No estaba sola. 

—Su familia me da miedo —agregué—. Andan en cosas raras. 

—¿A qué te referís con cosas raras? —preguntó Electra. 

—Mi suegro mueve plata que no es de él, es de gente del Ministerio. Usan el estudio para moverla, y Lisandro está en todo. Por favor, no le digan a nadie —alcé la cabeza, mirando a ambas.

—Quedate tranquila —aseguró Electra. Victoria asintió—. ¿Por eso tenés tanto miedo?

—Sí… entre otras cosas. Porque no van a dejar que me vaya así nomás. Sé muchas cosas, escucho muchas cosas. Recibimos gente en casa que… mejor que ni se enteren de los nombres. Estoy metida hasta el cuello sin haber hecho nada, solamente por ser la esposa de Lisandro. Su familia me da miedo, pero la gente con la que se codea mi suegro me da pavor…

—Ay, Luli. Qué espanto —Vicky se arrodilló a mi lado y me acarició el brazo.

—¡Qué hijo de puta! ¡Forro de mierda! —Electra apretó un puño sobre la mesa.

Sonó el timbre y me sobresalté.

—Tranquila… —dijo Electra—. Cuando se enteró de que venías, no se quiso perder tu visita.

No entendí a qué se refería hasta que Camilo atravesó la puerta. Me levanté de la silla, lamentando no haberme cambiado por lo menos la remera, y me acomodé el pelo. Camilo estaba impecable; tenía el mismo brillo en los ojos, la misma picardía en la mirada.

—Muñeca…

—Hola.

Luego del abrazo y el llanto correspondiente, lo sumamos al encuentro y los puse al corriente de mis circunstancias. Lisandro me sometía, pero no sólo físicamente. Me había anulado, me había rodeado con una cerca de púas que se ceñía cada vez más. Ya no se trataba solamente de su maltrato, sino del temor que devenía de lo que pudiera sucedernos a mí y a mi hijo si quisiéramos irnos. La gente que trataba con Santiago jamás permitiría que alguien que conocía sus rostros, que les había servido café tantas veces, huyera así como así. 

La única forma de salir de la casa de Lisandro, era estando muerta. 

—Qué situación de mierda… —Camilo se rascó la cabeza. A él sí lo veía muy cambiado, era un hombre. Ya nada quedaba de mi amigo adolescente. Estudiaba profesorado de educación física y aparentemente hacía mucho ejercicio. ¡Estaba enorme!

Vicky paseaba a Alejo, que ya se había despertado, y Electra permanecía pensativa y silenciosa.

—No me puedo ir. Tendría que desaparecer, y es imposible —suspiré.

—Entonces, desaparecé —dijo, Electra.

Victoria soltó una risotada que asustó a Alejo. Pero Electra no estaba bromeando.

—Es cierto —acordó Camilo—. Podés desaparecer.

—Imposible. Me gustaría, pero es imposible. Tengo a Alejo… no me puedo ir así, no tengo un peso partido por la mitad.

—Nosotros te vamos a ayudar —Electra tomó mi mano.

—¿Nosotros? —Victoria soltó otra risotada, más burlona esta vez— ¡¿Nosotros?! ¿Qué podríamos hacer? ¿Robar un banco?

La frase resonó en mi cabeza. ¿Robar un banco? Victoria se puso a discutir con Electra, que insistía en que no se quedaría de brazos cruzados. Camilo trataba de calmar las aguas entre las chicas y Alejo lloraba.

¿Robar un banco?

O podría robarle a Lisandro —dije en un susurro.

De inmediato, tres pares de ojos se posaron asombrados sobre mí.

—¿Pero qué decís? Por Dios, qué locura… —Victoria se quitó el pelo del hombro para que Alejo dejara de chupárselo y revoleó los ojos.  

—No es mala idea, la verdad. Aunque, no creo que "puedas" robarle a Lisandro. Estoy seguro de que "podríamos" robarle a Lisandro —corrigió Camilo—. Yo me animaría.

—¿Qué? —se alarmó Victoria.

—Sí, yo creo que podríamos —Electra cabeceó un sí.

Los miré a ambos. A los tres. A pesar del tiempo que habíamos pasado separados, seguían siendo tan incondicionales como siempre. Pero ya no éramos adolescentes, y esto no era un juego. 

—Es una locura, no me hagan caso —desestimé.

—¡Obvio que es una locura!! —acordó Victoria— Nos falta Scooby Doo y ya estamos todos. ¿Qué somos? ¿Una banda de delincuentes? ¡¿Qué podríamos hacer nosotros?! 

Camilo y Electra intercambiaron miradas.

—Con Scooby Doo o sin él —sonrió Electra—. Yo creo que podríamos hacer cualquier cosa.





 “Estoy viviendo en las ruinas del palacio dentro de mis sueños. Y tú sabes, que estamos en el mismo equipo…” (Lorde –Team)



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