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jueves, 26 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 39




Capítulo 39: Preparativos.


Jueves, 9 de octubre de 2014.

Cada mañana, con Alejo en el jardín y Lisandro en la oficina, me calzaba unas zapatillas, la primera ropa que encontraba y salía a correr; ese era mi cable a tierra. Mi circuito era relativamente corto, pero mi tiempo fuera de casa no. Electra me había dado una copia de la llave de su departamento, y estuvieran ellas o no, iba todas las mañanas. El departamento se había transformado no sólo en mi refugio personal sino en el lugar de encuentro con mis amigos. Sobre todo en los últimos días, luego de que casualmente escuchara una conversación entre Santiago y Lisandro. 

La oportunidad que tanto esperaba al fin había llegado. Ese era el día en que Santiago guardaría en la caja fuerte de la oficina de Lisandro un dinero que no era suyo. Ni de mi marido. Técnicamente, no le robaría a ninguno de los dos. No tenía idea de la procedencia ni del destinatario, y tampoco quería enterarme. 

El objetivo era sencillo; sacar el dinero, guardarlo y esperar. La estrategia… bueno, todavía estábamos ultimando detalles. 

Esperaba que Lisandro llegara a la casa para recibir a Santiago, y no quise alterar mi rutina. No levantar sospechas. Mi marido conocía mi rutina al detalle, no me movería de ella. A la hora de siempre, me puse una calza y una remerita (¡con mangas!) y me colgué los auriculares del cuello antes de bajar. 

—Lisandro… —a lo Andrea del Boca, fingí sorpresa al verlo en la cocina—. ¿Qué pasó? 

—Hola, linda —sonrió. Sí, estaba tan nervioso que hasta sonreía—. No pasó nada. Me olvidé unos papeles importantes en casa. ¿Ya te vas? —preguntó.

—Sí, era la idea. Pero si me necesitás, me quedo.

—No, no… No hace falta. Andá tranquila.

—Bueno, como quieras. Nos vemos a la noche, entonces —me dispuse a salir, pero Lisandro me detuvo.

—¿No me vas a dar un beso antes de irte?

Regresé sobre mis pasos, con la sonrisa más falsa de la historia de las sonrisas falsas, y contuve la respiración antes de darle un beso. Su perfume me daba asco.

—Nos vemos para cenar —dijo, acariciando mi cuello con el pulgar.

—Sí, nos vemos —acordé.




Cuando entré al departamento, lo encontré en la cocina, con media tostada quemada en la mano. El colchón en el que dormía desde hacía varias noches estaba tirado en medio del comedor. El desparramo de sábanas era infernal.

—Buenos días, Luli.

—Buenos días… ¿Una noche agitada? —pregunté, apuntando a la improvisada cama.

—Un poco, sí. Di un par de vueltas, no me podía dormir.

—Sí, yo también… —todos estábamos nerviosos.

—¿Desayunaste?

—Sí, pero podríamos tomar unos mates.

—Dale. Pongo la pava, pero cebás vos.

Mientras esperaba a que el agua estuviera a punto, Camilo se cambió y reapareció en el comedor. Estaba callado, pensativo. Todos lo estábamos. De repente, me sentí terrible de poner a mis amigos en tremenda situación. Lo que muchas veces conjeturábamos, casi como si fuera un juego, estaba a punto de convertirse en realidad y eso me aterraba. Era una salida para mí, pero ¿para ellos? ¿En qué los convertiría a ellos para salvar a mi hijo y a mí? Me sentí egoísta. Espantosamente culpable. Porque era ambas cosas: egoísta y culpable.

Llevé el mate y nos sentamos a la mesa.

—Lisandro ya está en casa. Santiago no debe tardar en llegar —dije, con una pesadez de consciencia que me estaba aplastando.

—Electra ya está en el kiosco, cuando lo vea llegar nos va a mandar un mensaje para confirmar.

Tuvimos un golpe de suerte cuando vimos el cartel de “Se necesita empleado/a” en el kiosco de la esquina de casa. Parecía que el universo se complotaba para que las cosas resultaran más fáciles para todos nosotros. Como sus padres no la ayudaban con los gastos de la carrera, Electra trabajaba medio tiempo en un call center. Sus habilidades conversacionales no eran de las mejores, y mucho menos su paciencia, así que no dudó en renunciar a su trabajo y tomar el puesto en el kiosco. Nos veíamos a diario. 

—¿Qué te pasa? —preguntó Camilo, perceptivo a mis dudas.

—Todavía estamos a tiempo —inspiré profundo—. Podemos olvidarnos de esta locura y seguir como si nada, Camilo.

—¿Ahora? ¿Cuándo estamos tan cerca? ¿Te vas a rendir ahora? Es la oportunidad perfecta y lo sabés. Y no, no podemos olvidarnos de esta locura. La locura es que estés en esa casa.

—Podría encontrar otra forma.

—Sí, podrías… estoy seguro de que podrías. ¿Querés seguir esperando? ¿Cuánto? ¿Diez, veinte años? —estaba molesto, y nervioso— Llevás cuatro años ahí, Luli. ¡Cuatro! ¿No te parece que ya es suficiente?

—Me siento terrible —confesé—. ¿Te das cuenta de lo que estamos a punto de hacer? Los estoy arrastrando a todos conmigo.

—Quedamos en que cualquiera salía en el momento que quisiera. Tampoco es como si estuviéramos haciendo caridad. Nos vamos a llevar una buena tajada. Electra va a dejar de trabajar para terminar su carrera tranquila, Vicky se va a poner unas tetas nuevas y yo pienso gastarme hasta el último peso en recorrer medio planeta —sonrió—. Y además, me voy a dar el lujo de hacerle pagar a ese hijo de puta por lo que te está haciendo. Ganamos todos.

—Nos vamos a convertir en delincuentes.

—No. Inocentes hasta que se demuestre lo contrario, ¿no te acordás?

—¿Y si se demuestra? —pregunté, llena de dudas.

—Tendremos que asumir la responsabilidad, Luli. Pero pensá... ¡No puede salir mal! Lo planeamos bien. ¿Quién sospecharía de vos? ¿Cómo te conectarían con nosotros? Supuestamente, hace años que no tenemos contacto. La única forma de que nos descubran es que alguno suelte la lengua, y eso no va a pasar. Confío en ustedes más que en cualquiera.

—Nunca imaginé estar pasando por esto, Camilo —admití—. No es esto lo que quería para mi vida.

—Te estás culpando cuando es él quien te puso en esta situación. No inviertas las cargas.

—Te equivocás —sonreí, con amargura—. Yo me puse en esta situación —le cebé un mate, sumida en el recuerdo de otros mates—. Cuando entré al Colegio, te juro que me sentí tan grande, tan espléndida. Yo, que no era nadie, ¿en un colegio como ese? ¿Con gente como ustedes? Me sentí en la gloria. Estaba deslumbrada. Creo que nunca se lo dije a nadie, pero me avergonzaba de mi vida. Quería más. Siempre quise más… Cuando conocí a Lisandro fue como tocar el cielo con las manos. Él era todo lo que yo había soñado. “Te tiene como una reina”, me decía mi Nona, y a mí se me hinchaba el pecho de orgullo. Porque yo, que no era nadie, había conquistado al hombre de mis sueños y tendría la vida que siempre había ambicionado, ¿sabés? Una casa linda en un barrio cheto, un auto caro en el garaje. Pero todo tiene un precio, Camilo. Si hubiera ambicionado menos, capaz que no estaría acá. Estoy pagando caro, pero yo solita me puse en esta situación.

—Todos queremos más, muñeca. Pero lo que Lisandro te hace, no tiene justificación alguna. ¿No te das cuenta? Seguís justificándolo. ¡Que se banque lo que se le viene! Bien merecido lo tiene. Si no hubieras sido vos, hubiera sido otra mujer. Esos enfermos son todos iguales. El asunto es que él no espera que te rebeles. Esa es nuestra ventaja. La ventaja es que, a pesar de todo, vos seguís siendo vos. Yo sigo siendo yo. Y las chicas también. Nosotros ganamos y él pierde. ¿Cuántas veces escuchamos historias parecidas? ¿Y las que no escuchamos? Te aseguro que me mueve mucho más que solamente salvarte a vos. Si puedo hacer pagar a uno, ya me doy por satisfecho.  

Cebaba otro mate, justo cuando el mensaje de Electra llegó al celular de Camilo. Santiago estaba en casa.

—No nos echemos atrás ahora. ¡Estamos tan cerca, Luli! Aprendé de tus errores, no te consideres más grande que nadie. Todos tenemos nuestras razones para hacer esto, no te creas con el derecho de decidir por nosotros. No nos dejes afuera… Ya tengo medio bolso preparado y un pasaje reservado para mi primer viaje —sonrió.

—No me va a alcanzar la vida para agradecerles esto, Camilo.

—¡Genial! Te queremos en nuestra vida siempre. Te queremos con vida, Luli. Yo agradezco que te hayas decidido a confiar en nosotros.

Tomé su mano y la presioné con cariño.

—Pasamos muchas cosas juntos, Luli. Esta es una más, nada más. No me voy a olvidar nunca quién estuvo ahí cuando necesité un hombro para llorar la separación de mis viejos. Cuando nadie me entendía… Ahora vos necesitás un hombro y acá estoy. Las chicas están. Nos falta Scooby Doo, pero bueno… Nos arreglamos con lo que tenemos.

Me reí de la ocurrencia de Victoria.

—En realidad, la analogía está mal. La pandilla de Scooby Doo era de los buenos. Combatían monstruos y fantasmas… Nosotros estamos del otro lado de la línea. Somos de los malos.

—Te equivocás. La analogía está perfecta. Vamos a combatir a un monstruo, ¿no? —dijo, convencido.

Era cierto. Camilo, Victoria y Electra estaban en lo cierto. Y estaban conmigo. 

—Así parece. Lo vamos a hacer.

—Bueno, ahora que queda claro que seguimos con esto, tengo que mostrarte algo.

Se levantó de la silla y buscó en su mochila. Cuando se incorporó, se me heló la sangre. Todo fue más real.

—La conseguiste… —susurré, viendo el arma que sostenía en su mano— ¿Cómo?

—Me reservo eso, si me lo permitís. Digamos que tengo amigos que no me atrevería a presentarte.

Se sentó nuevamente y dejó el arma sobre la mesa, entre nosotros.

—¿Es real? —pregunté, con la mirada fija.

—Agarrala —asintió.

Aunque me temblaba el pulso, me ganaba la curiosidad. No esperaba que fuera tan pesada, ni tan fría, pero sentí una picazón en la piel de sólo sostenerla. Adrenalina. Como no había sentido jamás. Todo se estaba volviendo tan real. Estaba a punto de lograr mi escape. ¡No podía creerlo!

—Es una nueve milímetros, semiautomática. Muy fácil de usar. No del todo precisa, pero se le puede dar al bulto.

—¿Cómo se usa? —pregunté, curiosa.

—¿Por qué? ¿Pensás dispararle a alguien? Acordamos que la llevábamos descargada…

—¡Obvio, Camilo! No nos vamos a arriesgar a un accidente. Pero… es curiosidad. Decime.

—Bueno —tomó el arma. A él le resultaba más liviana que a mí—. Este botón chiquito al costado del arma es para liberar el cargador —lo presionó y el cargador cayó sobre la mesa—. No la voy a cargar, pero si fuera a hacerlo, se pone la munición en la parte de arriba y se presiona con suavidad. La bala entra solita. Ponés el cargador en su lugar y empujás hacia arriba. Y listo, está cargada —lo hizo, con una destreza admirable—. Este de acá arriba, es el seguro. Antes de disparar, lo destrabás. Para que la bala suba a la cámara, tirás de esta parte de arriba. Si hubiera una bala dentro del arma, estaría lista para disparar. No se pone el dedo en el gatillo hasta que tenés el blanco a la vista, sino corrés el riesgo de que se dispare. El gatillo es sensible.

—¿La disparaste alguna vez? —pregunté. Me sorprendía la familiaridad con la que se conducía.

—¡Por supuesto que sí! ¿Creías que me iba a aguantar? Hice unos tiros en un polígono.

—¿Y qué se siente?

—Es una locura, Luli. No podría explicarte. Es… como una vibración que te atraviesa el cuerpo.

Lo miré a los ojos, que portaban ese brillo adolescente que alguna vez me había conquistado, y no pude evitar sentir algo de nostalgia.

—Te mentí, Camilo —dije en un susurro imposible de evitar.

—¿En qué? —preguntó, confundido.

—Vos me diste mi primer beso —sonreí.

—¡Siempre lo supe, querida! No me engañaste ni por un minuto. ¡Estabas loca por mí! Pero afortunadamente entraste en razón, porque somos mejores amigos que pareja, ¿no te parece?

—¿Te hubieras aburrido de mí?

—¡Seguramente! Sos aburridísima —sonrió—. Mirá lo que estamos haciendo, me hubiera aburrido como un hongo con vos.

La llamada de Electra nos interrumpió el sinceramiento.

—¿Qué pasó, muñeca? ¿Alguna novedad? —le preguntó—. Pará que ahora te pongo en altavoz.

—Villa, ¿estás ahí?

—Estoy acá —contesté, cebándome un mate.

—¿Cuánta plata dijiste que iba a llevar tu suegro? —preguntó.

—No tengo idea. Pero si es la cantidad habitual, yo diría que medio millón. ¿Por?

—Bueno, yo diría que es un poquitín más.

—¿Por? —preguntó, Camilo.

—Porque trajo dos bolsos que se veían bastante pesaditos.





“Después de todo lo que pasamos, sé que estamos bien" (Gwen Stefani – Cool)




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