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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 4

Capítulo 4: Una escena para nada original.




Sábado, 15 de octubre de 2011.

La alarma se disparó a las siete de la mañana. Ya estaba despierta. Todo era oscuridad y silencio dentro de la habitación; aunque, si se prestaba la suficiente atención, se podía escuchar el tenue zumbido del split (¡a diecisiete grados de temperatura!). Aun sabiendo que era inútil, me embutí un poco más dentro del acolchado y traté de darme calor. Giré mi cabeza hacia la derecha y adiviné la figura de Lisandro, desparramado boca abajo sobre su lado de la cama y con un brazo colgando por el borde. Era espeluznante lo silencioso que era al dormir, casi no lo escuchaba respirar, como si estuviera muerto.

Tan despacio como me fue posible, retiré el acolchado y me deslicé fuera de la cama. No tenía que encender la luz para llegar hasta el baño; conocía cada rincón de la habitación en detalle. La enorme cama al centro, el vestidor a la derecha y el baño a la izquierda; solo tenía que esquivar la punta del sillón que siempre me llevaba por delante.

Moví la puerta ultra despacio para evitar el ruido y, una vez dentro, encendí la luz. Todo era tan blanco ahí que tuve que entrecerrar los ojos para no quedar ciega. Todavía agotada por otra noche de sueño sobresaltado, bostecé y me senté en el inodoro. Lejos había quedado mi camiseta de River a la hora de dormir; ahora, la seda del camisón blanco acariciaba mi piel y el encaje me picaba el pecho.

Tiré la cadena cuando estuve lista y dejé corriendo el agua de la ducha, con la esperanza de que un baño caliente me regresara a la vida. Observé mi reflejo en el espejo. Seguía siendo la misma de siempre, por fuera, pero tanto había cambiado en los últimos meses que ya no me reconocía. El espejo iba cubriéndose lentamente con minúsculas gotitas de vapor, reflejando una imagen mucho más acorde a cómo me sentía últimamente… borrosa.

Dentro del baño, ya tenía preparada la ropa que usaría ese día. Trataba de ser cuidadosa con cada detalle, eso siempre hacía las cosas más fáciles. Después de la ducha, desenredé mi larga cabellera y la dejé suelta para que terminara de secarse naturalmente. Me puse unos jeans claritos y una remerita rosa, con mangas cortas (siempre con mangas), y preferí quedarme descalza por unas horas. Disfrutaba de la sensación del parquet en mis pies, un pequeño placer que me estaba permitido.

Una vez fuera de la habitación, la oscuridad y la frialdad fueron reemplazadas por la cálida luz solar ingresando por los ventanales.

Amaba nuestra casa, era hermosa. Nuestra habitación, el cuarto de huéspedes, la oficina de Lisandro y el baño principal tenían salida al luminoso y amplio pasillo que conducía a la escalera, que descendía en una elegante curva hasta la planta baja.

Lo primero que captaba la mirada al descender la escalera, era el perfecto jardín del otro lado de los ventanales (mi orgullo personal). Cada planta y cada porción del prolijo césped era cuidado por mí. La pileta estaba un poco más atrás, y hacia el fondo, una pequeña casa de huéspedes que jamás era usada. Toda la propiedad estaba surcada por altos tapiales, recubiertos por mullida maleza que disimulaba el encierro. El auto descansaba en el garaje del subsuelo.

El living y el comedor eran un solo ambiente, amplio y lujoso, decorado con cálidos naranjas y tierras. ¿La cocina?... otro de mis espacios favoritos. Me gustaba mucho más comer ahí que en el comedor principal, pero Lisandro era muy estricto con el correcto uso de los espacios. Lisandro era muy estricto con todo.

Con el transcurrir del tiempo, los sábados por la mañana terminaron por convertirse en mi momento preferido de la semana. Tenía un ritual personal que cumplía a rajatabla; seleccionaba un libro o una revista de la biblioteca, me preparaba un mate cocido, y me sentaba en la isla de la cocina en perfecto e imperturbable silencio. Solo uno que otro pájaro, que descendía raudamente en busca de bichitos sobre la superficie del agua de la pileta, perturbaba la calma reinante; ni siquiera se oían los molestos ruidos del tránsito vehicular en esta zona residencial de Belgrano.

Hojeaba distraída la última “Living” mientras esperaba por el silbido de la pava, soñando despierta con la posibilidad de vivir en una alejada playa, como las de los anuncios de exóticos destinos vacacionales. Pero ya había aprendido mi lección.

Es un poco como dicen, ¿no? Hay que tener cuidado con lo que se desea porque puede convertirse en realidad. Un año atrás, deseaba vivir en una casa como esta, ser una “cheta” de Belgrano… ahora todo se había transformado en una pesadilla.

Extrañaba los mates con mi Nona, extrañaba a las amigas que no había visto en meses, y hasta extrañaba el insoportable zumbido del ventilador de pie en la esquina de mi antigua habitación. Me faltaba el ronquido de la abuela, el bullicio de los pibitos jugando en la vereda, los gritos de Doña María cuando le manchaban la pared a pelotazos. Extrañaba todo.

Mi mundo era tan silencioso y tan vacío como mis sábados por la mañana.

El silbido de la pava me salvó de seguir enredada en mis pensamientos y, sin soltar la revista, dejé el saquito de mate cocido nadando en el agua caliente. Estaba fascinada con la imagen de una lámpara de escritorio que creía el perfecto regalo para Santiago en su cumpleaños. Me llevé la taza y la revista conmigo y me senté en una de las banquetas, con una lapicera en la mano para marcar el artículo.

—¿Encontraste algo que te guste?

—¡Ay!! —sorprendida por la voz de Lisandro, casi dejo caer la taza en un descuido.

—¿Te asusté? —preguntó con una sonrisa adormilada.

—Casi me muero.

Tenía el pelo hecho un desastre y la sábana tatuada en todo el lado izquierdo de su cuerpo, pero era hermoso incluso recién levantado. Odiaba que todavía provocara esa reacción en mí… a pesar de todo.

—¿Por qué te levantaste tan temprano? Trabajaste hasta tarde, podrías haber aprovechado para descansar un poco más —me levanté de la banqueta y comencé a buscar todo lo que necesitaba para hacerle el desayuno.

—Tengo que preparar una declaración jurada para un cliente importante, hay que presentarla antes del primero —dijo detrás de mí.

—Qué bajón. ¿Café solo o con leche? —pregunté mientras estiraba la mano para alcanzar las tazas de más arriba.

—Solo… —su mano acarició toda la extensión de mi brazo, erizando cada centímetro de mi piel a su paso.

Dejé la taza sobre la mesada de la cocina y afirmé las manos sobre ella cuando lo sentí presionar su cuerpo contra el mío. Su cálido aliento rozaba mi nuca y mi cuello ya esperaba con ansias el calor de sus labios.

—Buenos días —murmuró antes de morder suavemente el lóbulo de mi oreja, provocándome escalofríos.

—Buenos días… —tuve que apretar los labios para no dejar escapar el desvergonzado gemido que pujaba por salir cuando sentí su mano debajo de mi remera y su creciente erección contra mi cuerpo. La mano sobre mi pecho se trasladó bastante más al sur y, cuando sus dedos se colaron dentro de mi ropa interior, el gemido fue imposible de contener.

Lisandro sabía a la perfección que no necesitaba demasiados preámbulos conmigo, que una sola de sus caricias alcanzaba para dejarme caliente, húmeda y miserablemente humillada por mi propia debilidad. Y una vez más, lo odié por eso. Su mano presionó mi nuca y no tardé en sentir el frío mármol de la mesada en mi mejilla mientras bajaba mis jeans. Apreté los puños cuando me penetró, renegando de ese sensual vaivén que me llevaría inevitablemente al orgasmo que no quería tener… Odiaba que tuviera ese poder sobre mí.

Lo odiaba a él.

Cuando terminó, se subió los boxers como si nada hubiera pasado. Yo estaba desparramada sobre la mesada de la cocina con los pantalones a la altura de las rodillas; jadeante, acalorada y descaradamente satisfecha. Y humillada. Espantosamente humillada.

—Me voy a dar una ducha. Espero el café en el escritorio, ¿dale? —segundos después, escuché sus pasos subiendo las escaleras.

—Hijo de puta… —murmuré para mis adentros, para que ni los pájaros en el jardín pudieran oírme.



Me até un rodete con la lapicera y terminé de acomodar la taza de café y un par de tostadas con miel en la bandeja. Caminé lo más tranquila posible; lo último que quería era rodar por la escalera y romperme la cabeza.

—¿Se puede? —pregunté desde la puerta de la oficina.

—Pasá, linda.

Le di un leve empujón a la puerta y entré al espacio que me estaba prohibido por definición; era la “oficina de Lisandro”, y supongo que ya quedó claro cuán posesivo podía llegar a ser con lo suyo.

—Café solo… y dos tostadas de yapa.

—Perfecto, mi amor —se reclinó en la silla giratoria e hizo una seña para que me sentara en su regazo. Mi día de suerte: estaba de buen humor—. ¿Ya te dije que te amo?

—Hoy no.

—Una torpeza de mi parte. Te amo, linda.

—Yo también.

Verlo de tan buen ánimo era bastante inusual, y en las raras ocasiones que se daba el milagro, lo aprovechaba en mi beneficio.

—Estaba pensando… ¿tenés para mucho con esa declaración? —dije mientras acomodaba su cabello.

—Lamentablemente, sí. Es muy probable que pase el día encerrado acá. ¿Qué estabas pensando?

—¿Qué te parece si aprovecho para ir a ver a mi abuela un rato? Después del almuerzo, así trabajás tranquilo.

—Perfecto —contestó automáticamente, sorprendiéndome por completo.

—¿En serio?

—Es una excelente idea, linda.

—¡Ay, te amo! ¡Te amo! ¡Te amo!! —lo abracé con tanta fuerza que hasta podría haberle roto una costilla.

Ese sábado, a pesar de un comienzo amargo, estaba tornándose más y más dulce con cada hora que avanzaba. Lisandro estaba sumido en su trabajo y atrincherado en su oficina, lo que me permitió distribuir el tiempo a gusto, sin tener que dedicárselo a él por completo. Fue un día altamente productivo. Preparé el almuerzo y se lo subí a las doce en punto, planché todas las camisas para la próxima semana, trasplanté los tomates de la quinta y hasta tuve tiempo de preparar una limonada que estaba enfriándose en la heladera.

¡Moría de ganas de ver a mi abuela! Ya me la imaginaba sentada en la vereda, con los pies metidos en una palangana para combatir el aplastante calor. Hablábamos por teléfono casi todos los días, pero disfrutar de su presencia sin una línea telefónica de por medio era un lujo que no siempre podía darme. Quería ver los hoyuelos de sus cachetes cuando se reía y esas patas de gallo al borde de sus ojos que la hacían lucir casi oriental.

Mientras esperaba a que la limonada se enfriara, aproveché para cortar algunas rosas y jazmines del jardín. A mi Nona le encantaba sacarle los cabitos a los jazmines y dejarlos flotando en un cuenco de vidrio, era la mejor forma de aromatizar cualquier ambiente. ¡Quería irme en ese mismo momento! Ya hasta podía sentir el sabor de sus mates amargos en el fondo de mi lengua.

Sonriente como nunca, saqué la limonada de la heladera, la serví en un vaso largo e incluso le puse una sombrillita que había sobrado de algún cumple familiar. Cuando alcé la vista, el reloj indicada las tres de la tarde. Lisandro había estado encerrado en su oficina por casi ocho horas.

Subí las escaleras prácticamente al trote, con el vaso en la mano, ya sin importarme si me rompía la cabeza. Quería darme una ducha y salir para Villa Soldati cuanto antes.

—¿Se puede? —pregunté después de darle tres golpecitos a la puerta.

—Sí.

Empujé la puerta y vi a Lisandro apoyarse sobre el respaldar de su silla, con los lentes puestos y la notebook encendida frente a él; sepultado en el desparramo de papeles sobre el escritorio. Lucía exhausto y un poco frustrado.

—¿Limonada? —ofrecí con el vaso en alto.

Cabeceó un sí y se sacó los lentes. Ya no parecía tan feliz como antes.

—¿Mucho trabajo?

—¿Y a vos qué te parece? —siempre que contestaba a mis preguntas con otra pregunta, era mala señal.

—No molesto más. Te dejo esto y me voy —apoyé el vaso sobre el escritorio.

—¿No trajiste un posavasos? ¿Sos boluda? Para tu información, este escritorio vale una fortuna —levantó el vaso y me fulminó con su mirada de tormenta.

—Perdón, no me di cuenta. Ahora traigo uno.

—No, dejá… llevatelo. No tengo ganas de tomar nada —me devolvió el vaso sin siquiera probarlo y me tragué el mal sabor de su desprecio, como siempre.

—Como quieras. Me doy una ducha y me voy, ¿sí?

—¿Dónde vas? —preguntó justo cuando me disponía a salir. ¿Me estaba jodiendo?

—A casa de mi abuela —contesté rápido, sosteniendo la puerta abierta frente a mí.

—No.

—¿Cómo?

—Que no… este informe es un desastre y voy a necesitar que Juan y Ramiro vengan a darme una mano. Te quedás en casa. Seguramente, van a cenar acá.

—¿Y no pueden pedir al delivery?

Lisandro me aniquiló con la mirada, y sin siquiera dignificar mi pregunta con una respuesta coherente, volvió a ponerse los lentes para seguir trabajando. No, esta vez no me va a joder los planes, pensé furiosa.

—Les preparo algo ahora y te lo dejo en la heladera. Después lo metés al microondas y listo —antes que pudiera decir que no, salí de la oficina en dirección a la escalera.

—¡Lucrecia, vení para acá! —escuché que gritaba desde la oficina. Por mí, se podía ir al mismísimo infierno. Me iba a ver a mi abuela, con su consentimiento o sin él—. ¡Lucrecia!!!

Bajé la escalera a todo trote, saltando escalones de dos en dos, mientras escuchaba los inconfundibles pasos de Lisandro saliendo de su cubil como el Lobo Feroz en plena caza. Me tapé los oídos para no escucharlo gritar y seguí caminando hacia la cocina. Abrí la heladera y saqué cuanta porquería encontré ahí adentro. ¿Quería comer? Bueno, ¡le iba a preparar algo y se lo iba a administrar como un enema!!

—¡Lucrecia, te estoy hablando!!

—¡No! —me giré furiosa, con un dedo acusador apuntando directamente a su cara. Saqué la mayonesa y casi reviento el paquete por la fuerza con que la apoyé sobre la mesada.

—¡Te dije que te quedás acá y listo! ¡¿Qué parte no entendés, nena?! ¡¿Sos corta?!

—¡BASTA!! —grité, furiosa— ¡Basta!! ¡Terminala!! ¡Dejá de tratarme como si fuera una porquería!! Tuve la delicadeza de preguntarte si podía ir de mi abuela y dijiste que sí… ¡¿Cómo podés ser tan… tan… “malo” conmigo?! ¡Sabés cuánto significa mi abuela para mí! —tenía la mano sobre mi pecho, tratando de sostener los enloquecidos latidos de mi corazón.

—¿Malo? ¡¿Malo, yo?! ¡Mirá a tu alrededor, pelotuda!! ¡Todo lo que hago, lo hago por vos!!! ¡¿Así es cómo me pagas?! ¡¿Diciendo que soy “malo” porque te estoy pidiendo ayuda con la cena?! ¡¿Me estás jodiendo?!!

—¡¿La cena?! ¡Vos me estás jodiendo a mí!! ¡Preparate la cena vos y dejame vivir!!

Azoté la puerta de la heladera y el pobre aparato se tambaleó peligrosamente.

—¡Pará, pará, pará! —antes que pudiera dar un paso más, la mano de Lisandro se enroscó en mi brazo como si fuera una boa, comprimiendo con fuerza.

—Auch, auch… ¡pará!

—¡Pará vos, nena!! —apretó un poco más y la primera lágrima resbaló por mi mejilla sin que pudiera detenerla— ¡A mí no me vas a dejar hablando solo, ¿te queda claro?! ¡En esta casa mando yo! Y si te digo que te quedás, vos decís: “sí, mi amor”. ¡¿Entendés?!

—Basta, Lisandro… Pará… —rogué, ya sin poder contenerme. A la mierda mi intento de ser valiente. Quería que me soltara y nada más.

—¡Repetí conmigo, linda! ¡“Sí, mi amor”!! ¡Dale!!

—¡Andá a la mierda!!

Todo pasó en una milésima de segundo, pero cuando vi su mano levantada, fue como ver una escena de película de terror. Una escena para nada original.

Cuando era más chica, me encantaba ver ese tipo de películas. En honor a la verdad, resultaban bastante predecibles. Aunque era sabido que cuando la protagonista mirara su imagen en el espejo algo más iba a asomar en el fondo, siempre saltaba del susto ante la aparición.

Cuando la mano de Lisandro conectó con toda la porción izquierda de mi cara, fue exactamente igual. Sabía que este era el camino que iba a tomar nuestra retorcida relación, pero esa pequeña anticipación no me sirvió para amortiguar el miedo y el dolor que sentí cuando el momento llegó.

Quería llorar, pero ni eso podía. Sentía la cara prendida fuego y el sabor metálico de la sangre en la comisura de mis labios. Instintivamente, me llevé una mano hasta ahí y palpé la viscosa mezcla de lágrimas, sangre y saliva.

La cara de Lisandro era casi un reflejo de la mía. Sus ojos eran la misma imagen del terror, como si estuviera viendo una aparición.

Me quité la sangre de la cara con el dorso de la mano, y sin darle una segunda mirada, caminé hasta la heladera. Abrí el freezer y saqué una cubetera con hielos.

—Mi amor…

Golpeé la cubetera sobre la mesada y envolví los hielos con un repasador, apoyando la improvisada compresa sobre mi cara.

—Amor, por favor.

Me di media vuelta, evadiendo su mirada, y comencé a caminar fuera de la cocina, hacia la escalera.

—Lucrecia, por favor. Perdoname, mi amor. No sé qué me pasó… Por favor, mirame.

Escuchaba sus pasos detrás de mí, la desesperación y el arrepentimiento en el tono de su voz, pero no podía mirarlo a la cara. No en ese momento. Necesitaba alejarme cuanto antes. Apenas puse un pie en el primer escalón, sentí su mano deteniendo la mía.

—No me toques —murmuré sin darme vuelta, recuperando mi mano en el mismo instante.

—Perdoname, Lucrecia… por favor.

Subí el resto de las escaleras y caminé por el pasillo, tratando de ignorar el constante ruego de Lisandro, siguiéndome todo el camino como si algo de lo que dijera pudiera cambiar lo que había hecho.

Para cuando entré a la habitación, Lisandro ya lloraba a moco tendido, como cada vez que “se iba de mambo”.

Por un año entero, había soportado sus constantes ataques de celos, sus innumerables reglas de convivencia, sus gritos y sus insultos, siempre excusándolo por su fragilidad y sus inseguridades. Pero esto se había desmadrado. Si no lo paraba ahora, iba a terminar mal… o peor.

Lisandro se sentó sobre la cama, con los puños aferrados a su cabello como si quisiera arrancárselo de raíz, balanceándose como una criatura. Era un panorama lamentable. No había nada que quisiera más que abrazarlo y decirle que todo estaba bien, que ya lo íbamos a solucionar, pero el doloroso palpitar en mi mejilla era recordatorio suficiente de que nada estaba bien.

—Lucrecia, ¡por favor! ¡Decime algo!

Tragué despacio y suspiré profundo antes de acceder a mirarlo.

—Me voy a casa de mi abuela.

—¡No! ¡No, no, no! —se tiró de la cama directamente hacia mis piernas, abrazándome con fuerza— ¡Por favor, mi amor!! No me hagas esto… me muero. ¡Me mato si te vas!

—Lisandro.

—¡SHH! Por favor, no digas nada más… Ya vas a ver, va a estar todo bien. Me fui a la mierda, pero te prometo que no vuelve a pasar, mi amor. De verdad, te lo juro… Pero, por favor… No te vayas, no me dejes así. Vos sabés que te amo. Perdoname, por favor.

El corazón se me destrozaba y el nudo en la garganta era imposible de soportar. Acaricié su mejilla con una mano extremadamente temblorosa y Lisandro se levantó, tomando mi mano y besándola desesperadamente.

—Te lo prometo, mi amor. No vuelve a pasar. ¡Me corto la mano antes de tocarte de nuevo!, te lo juro —dijo con sus labios sobre la palma de mi mano.

—Cuando me pediste que viviéramos juntos, y aunque pensé que era demasiado pronto, dije “sí, mi amor”. Y cuando sugeriste que los horarios de mi carrera se estaban interponiendo en nuestra relación y que era mejor dejarla para poder estar juntos, dije “sí, mi amor”. Pero no puedo decir “sí, mi amor” a esto, Lisandro.

—No, Lucrecia… Por favor, ¿qué estás diciendo?

—Estoy diciendo “no, mi amor”.

—No… no… —sus manos se aferraron a mis mejillas y apreté los dientes a causa de dolor—. No me podés decir eso, linda. Sabés que me muero si no te tengo. Por favor, dame una oportunidad. Yo te voy a demostrar que puedo cambiar, que todo se va a arreglar. No me dejes.

—Me voy.

—No.

—Sí.

Me di media vuelta, pero él no se rendía. Seguía aferrado a mi cintura, con el pecho sobre mi espalda, sin dejarme ir.

—Lisandro… basta —usé toda mi fuerza para librarme de la presa de sus brazos y fui directo hacia el vestidor.

—No seas así. ¿Qué vas a hacer? ¿A dónde vas a ir? ¿Quién te va a cuidar como te cuido yo? No seas boluda, no tires un año de relación así no más.

Seguir hablando no nos iba a llevar a nada, así que me limité a sacar dos mudas de ropa, algo de ropa interior, y meter todo dentro de una mochila.

El llanto desconsolado de Lisandro debía escucharse a una cuadra a la redonda, y cuando empezó a romper todo dentro de la habitación, me encerré en el baño con la mochila. Anegada por el llanto que dejé correr libremente en soledad, agarré el cepillo de dientes y otros artículos que no tenía en casa de mi abuela. Solo lo esencial…  Porque lo esencial era salir de ahí cuanto antes, antes que Lisandro ganara la batalla y doblegara mi decisión de dar por terminada la relación.

Cuando abrí la puerta, tuve que esquivar los pedazos de quién sabe qué cosa. Era como si un huracán hubiera arrasado con todo. El pecho de Lisandro subía y bajaba con violencia; parecía que iba a tener un ataque cardiaco. Me puse la mochila al hombro y salí disparada hacia el pasillo.

—¡Te vas a arrepentir! ¡Te vas a arrepentir, ¿me escuchaste?!  ¡Ya vas a volver rogando que te deje volver! ¡Sos una muerta de hambre!! ¡¿Qué vas a hacer sin mí?! ¡Me vas a rogar para volver!! ¡¿Escuchaste?!

Seguí caminando hasta la puerta, sin darme vuelta, por miedo a enfrentarme a su cara y cambiar de opinión.

—No, mi amor… Pará, ¡no te vayas! —seguía gritando.

Abrí la puerta de entrada y bajé los escalones del porche, descorazonada, sin poder creer que estaba dejando mi hogar, mi vida, mi amor… Tiré de la reja y en dos pasos más estuve en la calle, literalmente. No tenía un peso, ni siquiera para el colectivo. Pero lo único que quería era irme de ahí.

Recité mentalmente el Preámbulo de la Constitución Nacional unas tres o cuatro veces, en un inútil intento por bloquear los gritos de Lisandro desde la entrada de la casa. Una bipolar mezcla de sentidas disculpas y floridas puteadas. Parecía no importarle que los vecinos empezaran a asomarse para ver más de cerca el escándalo.

Cuando un taxi libre dio la vuelta a la esquina, estiré la mano y me paré a mitad de la calle. El taxista se apuró a abrir la puerta al comprender lo que sucedía.

—Subí, dale —dijo, sin sacarle la mirada de encima a Lisandro, prácticamente una advertencia de que se mantuviera alejado.

 Un poco mareada, tiré la mochila en el asiento trasero y me desplomé dentro del vehículo, cerrando con un estridente portazo.

—¿Estás bien? —preguntó el taxista, mirándome por el espejo retrovisor.

—No… ¿puede arrancar, por favor?



Cuando el taxi frenó en la cortadita que daba a la casa de mi Nona, mi celular tenía treinta y dos llamadas perdidas y quince mensajes de voz de Lisandro, nueve llamadas perdidas de Elena, una de Santiago, y un mensaje de texto de Luciano.

—¿Por acá te queda bien?

—Sí, perfecto. Muchas gracias. ¿Podría esperarme un minutito mientras voy a pedirle la plata a mi abuela? Deje corriendo el reloj, no hay problema.

—No, vos no te hagas problema. No hace falta.

—¡No! ¡En serio!

—Escuchá… —se giró sobre el asiento y me miró a los ojos con una mezcla de ternura y una “algo más” que me costaba identificar—. Tengo una hija de tu edad. Si algún hijo de puta le deja la cara como la tenés vos, lo mato. Lo mínimo que puedo hacer es traerte a un lugar seguro.

Preocupación paternal… eso era lo que no había podido identificar en su mirada.

—Gracias —dije con voz pequeña.

—No hay de qué. Cuidate, ¿dale?

—Sí. Muchísimas gracias, en serio.

Me bajé del taxi con la mochila al hombro, desesperada por acortar los pasos hasta la casita del fondo.

—¡Nona! —grité mientras golpeaba la puerta de chapa con la palma abierta. Sabía que a veces no escuchaba la puerta— ¡Nona! ¡Nona, abrí! ¡Soy yo!!

La puerta se abrió repentinamente y la cara de mi abuela lo dijo todo.

—Llamó Lisandro, mamita.

—¡Nona!! —dándole rienda suelta a toda mi angustia, me abracé a su cuello, llorando desconsoladamente.

—Ay, m’jita, m’jita… Entrá, mamita. Entrá —pasó su grueso brazo sobre mis hombros y me cobijó hasta la silla del living-cocina-comedor— ¡Ay, mamita!! ¡Cómo tenés esa cara!

—Se terminó, Nona —me abracé a su panza y lloré todavía más.

—Tranquila, Lulita. Ya estás bien, mami. Ya se va a arreglar todo, vas a ver —dijo mientras acariciaba mi espalda arriba y abajo con sus huesudas y retorcidas manos.

Estuvo acariciándome así por no sé por cuanto tiempo, sin decir una palabra, solamente esperando a que lo peor pasara. No había nada mejor que el olor a fritanga y transpiración que despedía su ropa, el sonido de la cumbia en la radio de la cocina, y la mitad de una bola de fraile abandonada sobre el mantel de hule de la mesa.

—¿Querés que te prepare un tecito? Bien dulce, así te levanta el espíritu.

—¿Podemos tomar unos mates, mejor? —propuse, secándome las lágrimas con el repasador.

—Dale… pongo la pava.

El culo de la Nona se bamboleó hasta el anafe y puso la pava. Mientras limpiaba el mate y reemplazaba la yerba, aproveché para sacarme las zapatillas y subir los pies a la silla; necesitaba sentirme un poco más como yo misma.

—¿Para qué es eso? —pregunté al verla con un frasco de aceite usado.

—Para tu cara, mamita. Es lo mejor para la hinchazón —dejó el frasco sobre la mesa y estudió mi rostro por un momento. Creí que vería algún tipo de emoción negativa en su cara, pero parecía tranquila, como si no estuviera sorprendida por lo que pasó—. Levantá un poquito y quedate quieta, esto no te va a doler nada.

Se untó los dedos con el aceite y comenzó a pasarlo lenta y cuidadosamente por el costado izquierdo de mi cara. Todavía no me había mirado al espejo, pero por la cantidad de aceite que estaba aplicando, adiviné que la extensión del daño era bastante importante.

—Se hierve el agua.

—¡Ah, cierto!! —se limpió la mano con la rejilla húmeda y maloliente de la cocina y volvió a la mesa con la pava y el mate— Tomá. Si está muy caliente, le echamos un chorrito de agua fría.

—Está perfecto.

—Qué bueno —usó la mano para darse apoyo y se sentó en su silla de siempre, recibiendo el mate con una sonrisa.

Mate iba y mate venía, pero ni una palabra salía de su boca. Yo la observaba, confundida y un poco enojada… o bastante enojada, para ser honesta.

—¿No me vas a preguntar qué pasó, Nona?

—Ya sé lo que pasó, mamita. Te dije que Lisandro llamó.

—Y que me importa que haya llamado Lisandro, ¿no querés que te cuente yo lo que pasó? —señalé, abiertamente molesta.

—El tonito, mamita, ¿eh?

—¿De qué lado estás vos?

—Del tuyo, Lulita. Como siempre. La que parece que no sabe de qué lado está, sos vos.

—¡¿Qué se supone que significa eso?!

—A ver… Contame.

—¿Qué te dijo él?

—Contame vos y después te digo —cebó otro mate y me lo dio con una tranquilidad que me perturbaba cada vez más.

—Discutimos… Le había dicho temprano que iba a venir a verte después del almuerzo. Él estaba trabajando arriba, y cuando llegó la hora de irme, se arrepintió. Así no más. Me dijo que no podía irme porque quería que le preparara la cena. ¿Podés creer? ¡La cena, Nona!! Le sugerí que llamara al delivery y se puso como loco. Me dijo cosas horribles, que en su casa se hacía lo que él decía y listo. ¡Me trató de “corta”, abuela! Y no sé cuántas cosas más, tenía tanta bronca que escuché la mitad de lo que dijo. Y después, encima de todo, me metió un cachetadón que casi me deja culo para arriba…

La Nona me hizo una seña para que apurara el mate y le di tres chupadas rápidas a la bombilla.

—Lo mismo que me dijo él… —comentó alzando los hombros.

—¿Y te parece poco?

—La verdad, sí. Es una pavada, mamita.

—¡¿Qué?!

—Ay, Lulita… Sos muy jovencita todavía, te queda mucho por aprender. Lisandro me dijo más o menos lo mismo que vos. Que había trabajado todo el día, estaba reventado, y que todavía le faltaba mucho para terminar; y que quería que te quedaras en la casa para darle una mano con los invitados. Y perdón que te lo diga, mamita, pero ese es tu deber como señora de la casa… Después, dijo que perdió la paciencia porque vos no lo escuchabas, lo ignorabas, y cuando lo mandaste a la mierda… porque fue así, ¿no?, perdió los estribos y se fue al carajo —se cebó otro mate y le dio una chupada a la bombilla, mientras yo sentía que me latía el ojo de nuevo—. No es la primera discusión que van a tener. Así es la vida. Pero no podés salir corriendo a la primera de cambio.

—¿A la primera de cambio? ¿Me estás jodiendo, Nona? Hace un año que estoy aguantando sus “pavadas” —gesticulé las comillas— ¿Vos estás viendo el golpe que tengo en la cara o yo estoy loca?

—Puff… ¡si vos supieras todos los "encontronazos" que tuve con tu abuelo en treinta y tres años!, es lo más común del mundo. Pero también era un buen hombre.

—Vos me estás jodiendo, en serio —no podía creer lo que estaba escuchando, ¡de mi propia abuela!

—Quiero lo mejor para vos, Lucrecia. Y Lisandro es lo mejor para vos, te tiene como una reina. ¡No sabés cómo lloraba en el teléfono! ¡Pobrecito! —no podía creer que la primera emoción en el rostro de mi Nona fuera por Lisandro.

—Sí, sí sé cómo lloraba, abuela. Sé perfectamente cómo lloraba, porque siempre llora igual cuando se manda una cagada. Pero ya fue.

—¿"Ya fue”? Ustedes los jóvenes lo solucionan todo así. “Ya fue” —dijo antes de darle otra chupada a la bombilla.

No podía creer lo que estaba pasando. Empecé a desconocer a la mujer frente a mí.

—Basta de mate para mí, Nona… estás babeando toda la bombilla, es un asco —furiosa, me levanté de la silla y huí a la pieza.






"¿Quién va a estar ahí cuando el último ángel haya volado y yo haya perdido el camino a casa?" (Pink - Nobody knows)



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