Follow by Email

jueves, 26 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 40




Capítulo 40: Un golpe al golpeador.


Lunes, 13 de octubre de 2014.

—Hoy nos vamos a dormir temprano, mi amor —Alejo levantó los brazos y le puse el pijama—. Mañana va a ser un día largo.

Eran las nueve de la noche cuando dejé a Alejo en su cama. Bajé a la cocina, entré a la despensa y saqué de atrás del lavarropas el celular que Camilo me había conseguido. Mentiría si dijera que estaba tranquila, pero el temor me motorizaba. La adrenalina de lo que se avecinaba me hacía sentir más viva que nunca. Marqué su número y aguardé. Tomó la llamada enseguida.

—¿Y? —pregunté, impaciente.

—Lo tiene comiendo de la palma de su mano. Para serte sincero, con el escote que se puso, hasta yo caería. Están tomando algo en el bar de restaurante. Va para largo el asunto…

—Buenísimo.

Victoria era la carnada perfecta. No había hombre que se resistiera a sus encantos, y Lisandro no era la excepción. Se había presentado el viernes pasado en el estudio, pidiendo asesoramiento para un negocio que jamás haría, y mi marido, tan gentil como siempre, la había invitado a cenar. Victoria aceptó y lo citó en un restaurante con cochera subterránea, en el horario y el día que previamente habíamos acordado. No sabíamos cuando planeaba Santiago llevarse el dinero, pero tampoco queríamos ser tan obvios y sacarlo de la caja el mismo día que lo habían dejado ahí. Por eso nos tomamos todo el fin de semana. Por eso, y para terminar de ajustar detalles.

Mientras Victoria y Lisandro compartían una cena romántica, Electra y Camilo usarían la llave de repuesto del auto que les había entregado días atrás y, aprovechando el resguardo de la cochera subterránea, se esconderían en el baúl. Era lo suficientemente amplio para los dos, aunque no tenían inconveniente alguno en compartir la intimidad de un espacio tan reducido. Sin saberlo, a su regreso, el mismo Lisandro los ingresaría en la casa.

El aporte de Victoria terminaría allí, cuando Lisandro la dejara sana y salva en su casa.

—¿Vos estás bien? —preguntó, Camilo.

—Alejo ya se durmió. Estaba por prepararme un té, para esperar a Lisandro.

—Bueno, andá tranquila. Nos vemos en un rato.

—Nos vemos.

Me tomé un té, pero no fue suficiente para que mi ansiedad se calmara. Así que, hice un poco de todo. Leí, miré tele, repasé la mesada de la cocina, todo espiando el reloj a intervalos cada vez más cortos. Más y más ansiosa a cada minuto.

Pasadas las diez de la noche, un horario que Lisandro consideraba “prudente” para regresar a casa sin que yo sospechara que había cenado con otra mujer, escuché la puerta de la cochera. Me senté en una banqueta y sostuve mi taza de té, la tercera que me tomaba.

—Linda, ¿cómo estás? —Lisandro pasó a mi lado y besó mi mejilla.

—Todo bien, ¿vos? ¿Pensé que venías a cenar? —pregunté antes de darle un sorbito a mi té. Estaba helado.

—Tuve una cena de trabajo. Tenía mala señal, por eso no te avisé.

—Ah. Yo te había guardado la cena. ¿No querés que la caliente?

—No, no tengo hambre —abrió la heladera y sacó una botella de vino blanco que había quedado del domingo—. Andá a acostarte. Yo me arreglo.

Tragué saliva, porque no podía ir a acostarme. Primero tenía que ir a abrir el baúl, para que Electra y Camilo no se asfixiaran.

—¿Por qué no te vas a sacar esa ropa? Yo te llevo la copa a la cama —sugerí, con una sonrisa.

—¿Ves por qué me casé con vos?

Dejó la botella sobre la isla de la cocina y subió las escaleras. Me quedé en mi sitio hasta que lo perdí de vista. Cuando escuché la puerta de nuestra habitación abriéndose, me levanté de la banqueta y apresuré el paso hasta la cochera. Con las luces apagadas, tanteé el llavero y di con la indicada. Estaba tan nerviosa que me costó un poco encajarla en la cerradura, pero finalmente lo logré.

Al abrir el baúl, me llevé tremenda sorpresa.

—¿Qué están haciendo? ¿Pueden dejar eso para otro momento? —les pregunté en voz bajísima. Camilo y Electra estaban enredados en un lío de piernas y brazos, de bocas y suspiros; se separaron apenas me vieron.

—Perdón, es la emoción del momento —Electra se sentó en el baúl, visiblemente dolorida por la posición.

—Creí que era porque te gustaba —le reclamó Camilo.

—Sí, eso también —Electra sonrió. Era humana, después de todo.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Excelente. ¡Andá a dormir!

No esperaría una segunda invitación. Me di media vuelta y cerré la puerta de la cochera. 

Copa en mano, subí las escaleras y fui apagando las luces de la casa. Alejo dormía como un tronco, y Lisandro no se esperaba lo que sucedería a continuación.  



Estaba despierta y alerta cuando escuché el roce de la puerta, pero me quedé en mi posición, sin moverme, fingiendo que dormía. La respiración de Lisandro era profunda y silenciosa, dormía como un muerto. De repente, y con las luces apagadas, escuché el forcejeo a mi lado y me incorporé asustada. Estaba asustada, de verdad.

—Quietitos los dos y no les va a pasar nada —en la oscuridad de la habitación, adiviné a Camilo presionando la cabeza de Lisandro contra la almohada. Vi la silueta del arma y su recorrido hasta la nuca de mi marido. Todo era tan real que sentí un miedo inexplicable—. ¿Sentís esto? —presionó y la cama se movió— Si te movés, si hablás, o si respirás sin que yo te lo diga… No tengo que explicar qué te va a pasar, ¿no?

—Lucrecia… —sentí la mano de Lisandro sobre mi rodilla.

—¡Te dije que no te muevas! —el grito de Camilo me hizo temblar todavía más.

—Está bien, está bien.

—Pasame —Camilo estiró la mano hacia Electra, que se mantenía más atrás, lejos del campo visual de Lisandro, y le pidió el cubre ojos que Victoria usaba para viajar—. Te voy a poner esto, y si te portás bien, en un ratito nos vamos.

—Está bien.

Estaba muerto de miedo, como yo había estado muchas veces, cuando eran sus puños el arma con que me apuntaba. Sólo que su arma siempre disparaba, daba en el blanco, y me lastimaba.

—A esta, llevatela al baño —le pidió a Electra—. Que se quede ahí con el pibito.

Me levanté de la cama sin que me lo pidieran y salimos de la habitación.

—Cómo me calienta ese pibe. Hoy no se salva —murmuró Electra cuando entramos a la pieza de Alejo— ¿Estás bien? —me preguntó.

Pero no pude contestarle, fui directo a comprobar que Alejo siguiera durmiendo. Le acaricié los rulos y besé su cabeza. Dormía como un tronco.

—Dale, vamos. Acordate que somos tres —me apuró, Electra.

A partir de ese momento, mi tarea era hacerme notar sin hablar. Que Lisandro pensara que eran tres delincuentes y que yo estaba encerrada con Alejo. No estábamos seguros de que nos diera la clave de la caja, aún siendo amenazado con un arma. Yo era la segunda opción; si no conseguíamos la clave de su boca, yo misma abriría la caja.

Las luces de la casa estaban apagadas, pero cuando entramos a la oficina, una de las lámparas estaba encendida.

Me quedé de pie en la puerta, sorprendida, apenada y eufórica en iguales proporciones. Lisandro estaba sentado en una silla frente a su escritorio, semidesnudo, con los ojos cubiertos y muerto de miedo. Camilo, de pie frente a él, mantenía la punta del arma apoyada en su cabeza.

—¿Lo atás vos? —me preguntó. Miré a Lisandro, temblando como una criatura, y negué con la cabeza.

Mientras Electra se encargaba de hacerlo por mí, me pregunté si eso era lo que Lisandro veía cada vez que iba a lastimarme. Si veía la misma expresión de terror que ahora le veía a él. ¿Cómo podía lastimarme luego de ver eso? Yo lo odiaba, con toda mi alma, por matar a mi bebé y por hacer de mi vida un infierno, y aun así me compadecía de su miedo. ¿Cómo era posible que él jamás se compadeciera de mí? ¿Cómo podía lastimarme cuando me veía tan indefensa? La única respuesta que encontraba era su monstruosidad. Sólo un monstruo podía actuar como él.

—La clave de la caja y nos vamos. No me hagas pedírtelo dos veces —dijo Camilo, empujando su frente con el arma.

—38, 55, 24, 13, 99, 00 —contestó, temblando como una hoja.

Camilo, Electra y yo intercambiamos miradas incrédulas. ¿Eso era todo? ¿Así de simple? Camilo estaba tentadísimo, yo apenas si podía contenerme.

—Gracias —dijo, alzándose de hombros.

¡No podía creer que había sido tan sencillo! ¿Este era el hombre que tanto me aterrorizaba? Ver su cobardía me llenó de bríos. Caminé hasta la caja, oculta tras una puerta, y usé una lapicera para pulsar los números. Si alguien buscaba huellas, nadie se sorprendería de encontrar las mías en una lapicera en la oficina de mi marido. Mis huellas estaban en toda la casa.

La luz roja pasó a verde y me giré a ver a los chicos.

—¿Abrió? —me preguntó Camilo, que no salía de su asombro.

Me incorporé y usé la lapicera para abrir la puerta. ¡Casi me caigo de culo!!! 

La caja rebosaba de fajos verdes. ¡Rebosaba! Electra se puso a saltar como una loca, riéndose sin emitir sonido. Camilo estaba mudo e inmóvil, con la boca ligeramente abierta.

Se descongeló de un segundo al otro.

—A dormir, gil —me puse nerviosa cuando pasó un brazo por el cuello de Lisandro y cerré los ojos para no ver. 

Sabía que iba a hacerlo, que iba a ponerlo a dormir un rato, pero no quería ver. Lisandro se resistía bastante.

—Basta… —Electra lo detuvo y abrí los ojos.

Las extremidades de Lisandro caían laxas a los lados y su boca estaba abierta. Me asusté. ¡Me asusté como nunca! ¡Temí que mi marido, al que odiaba con todas mis fuerzas, dejara de existir! No quería eso... Me negaba a la idea de que en mi casa sólo se pudiera morir. 

—¿Qué hiciste, Camilo? —me acerqué a Lisandro y puse las manos en sus mejillas, bañadas en llanto. 

Respiraba. Sentir que respiraba fue un alivio tal que el alma me volvió al cuerpo. Me sorprendí al descubrir que no quería lastimarlo, ni que lo lastimara nadie. No quería ser un monstruo. Ni que ninguno de nosotros se convirtiera en uno. Golpear al golpeador no era una solución que mi mente y mi corazón admitieran. Me negaba a convertirme en él.

—Vas a estar bien, Lisandro —murmuré sobre su frente, acomodando su cabello.

—Está bien. Está inconsciente, nada más. Está bien, muñeca. Está bien.

Lloraba, estaba llorando y ni siquiera me había dado cuenta. Electra me abrazó con fuerza, acariciándome la cabeza, consolándome. Lo habíamos hecho. Finalmente, lo habíamos hecho. ¡Tenía tantas emociones superpuestas! 

—Tranqui, Villa. Ya está.

Electra y yo salimos de la oficina; no podía permanecer un minuto más ahí adentro. No podía ver a Lisandro así. Camilo se quedó para guardar los fajos en el bolso que habíamos previsto para eso. 

Sentía que el tiempo no transcurría, que se habían detenido las agujas del reloj, tiempo y espacio estaban suspendidos. Fui a chequear que Alejo continuara durmiendo, rogándole a toda divinidad que me protegiera. Que nos protegiera a todos. Tarde caí en la cuenta de lo que habíamos hecho, de la camisa de once varas en que nos habíamos metido. Si nos descubrían, perdería a mi hijo... Lo perdería todo. Besé la frente de Alejo y le pedí perdón en silencio. 

Al salir al pasillo, me encontré con Electra y Camilo. La puerta de la oficina estaba cerrada. Lisandro todavía estaba ahí adentro, durmiendo como un muerto.

—Luli... —Camilo tenía un papel en la mano—. Esto estaba con la plata. No sé qué es, pero parece importante. 

Recibí el documento, confundida por el hallazgo, y lo leí en silencio. 

Y lo leí otra vez.

Y una vez más.

Me llevé una mano a la boca para no ponerme a gritar. Mis rezos eran escuchados, el universo complotaba para que todo saliera bien. Dios ponía en mi mano la llave de mi destino, la pieza clave para librarme de los Echagüe. 

—¿Qué es? —preguntó Camilo. 

No pude contestarle de inmediato. Sentía que la voz no me saldría. Inspiré y expiré un par de veces, buscando el apoyo de la pared para no caer. 

—Esto... Esto es lo que necesito para que no me molesten nunca más, Camilo —suspiré, releyendo los nombres una vez más, sólo para comprobar que no fuera producto de mi imaginación—. Es un contrato de alquiler por unas hectáreas de campo en provincia. 

—¿Qué? No entiendo nada. 

—Es un contrato entre mi suegra y un Fiscal de la Nación, con quien mi suegro tiene tratos hace un tiempo. Los escuché hablar muchas veces. ¿Y querés que te diga una cosa? Hasta dónde yo sé, la familia no está en el negocio agropecuario. El alquiler es una farsa. Esto, Camilo, es la prueba de que mi suegro está pagando su silencio con plata negra. Y eso no es todo, el nombre de mi suegra prueba que ella está en conocimiento de todo... —sonreí, eufórica—. Los tengo, Camilo. ¿Entendés? Tengo con qué presionarlos si me buscan. ¡Esto es más valioso que los tres millones que este contrato dice que hay en la caja fuerte!

—¿Tres...? —a Electra se le cortó la voz—. ¿Dijo tres? —preguntó, pasando un brazo por los hombros de Camilo. 

—Dije tres millones de dólares contantes y sonantes —sonreí. 

—Entonces, ahí radica el problema... —susurró, Camilo. 

—¿Qué problema? —pregunté, asustada. 

—El bolso que trajimos no nos alcanza para cargar toda esa plata. 

Mi mente se puso a trabajar rápido para pensar en una alternativa, y un rato después, estaba en el techo con una bolsa de residuos llena de fajos de dólares. Acomodé los fajos uno al lado del otro en las canaletas, usando las hojas secas para mantenerlos ocultos. Luego encontraría la forma de recuperarlos. 

Pero primero... 

—El guardia de la garita de seguridad se duerme siempre, no se preocupen por él. Salgan para la derecha así no los toma la cámara del frente —abracé a mis amigos con toda mi fuerza—. Y cuidensé, por favor. Mucho. 

—Ya está, Luli. Ya pasó —Camilo me dio una palmadita en la espalda.

Como si hubieran estado de visita en casa, Camilo y Electra salieron por la puerta del garaje. El bolso con el dinero colgaba del hombro de Camilo. 



Inspiré profundo, me limpié las lágrimas y subí las escaleras lentamente. Las múltiples emociones vividas me aflojaban las rodillas. Abrí la puerta de la oficina de Lisandro y encendí la luz. 

Ahí estaba, semidesnudo, con los ojos cubiertos y durmiendo como un muerto. Me agaché a su lado y aflojé las sogas que sujetaban su cuerpo a la silla. Lentamente, como si saliera de un sueño profundo, o de una pesadilla, Lisandro comenzó a moverse. 

—Shh... —susurré en su oído—. Tranquilo, mi amor. Soy yo —descubrí sus ojos y me golpeó el terror en su tormentosa mirada—. Ya se fueron, ya pasó todo.

Lisandro rompió en llanto, ese que yo conocía tan bien, y me encerró en un abrazo desgarrador. Lloramos, los dos lloramos. Él porque estaba asustado. Yo por todas las veces en las que había estado aterrorizada. Lloré porque lo quería vivo, pero también me quería viva.

Nos quería vivos. Vivos, pero lejos. 




"No soy una persona perfecta, hay muchas cosas que desearía no haber hecho" (Hoobastank - The Reason)



No hay comentarios:

Publicar un comentario