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jueves, 26 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 41

Capítulo 41: Scooby Doo




Martes, 14 de octubre de 2014.

El desfile de gente que iba y venía por toda la casa, entrando y saliendo, tocando y revolviendo, estaba poniéndome cada vez más nerviosa. En un auto del Ministerio, y ocultándonos de los agresivos lentes de las cámaras, nos llevaron a la fiscalía para tomarnos la primera declaración a Lisandro y a mí, para dejar que los peritos realizaran su trabajo en casa. Alejo siguió durmiendo bajo el cuidado de su abuelo.

En el asiento trasero del auto, Lisandro presionó mi mano con tal fuerza que tuve que tragarme un gruñido de dolor. Tenía el celular en la mano y me indicó con la mirada que leyera la pantalla. "Si abrís la boca, te reviento. Cuidado con lo que vas a decir", escribió en el cuerpo del mensaje. 

Lo miré a los ojos y asentí levemente. 

El Lisandro aterrorizado había quedado en la oficina, y en su lugar, el monstruo de mi marido regresó con renovadas fuerzas. El monstruo que protegería a su madre con uñas y dientes. Estaba segura de que no lo inquietaba en lo más mínimo la pérdida del dinero, lo que aterraba a Lisandro era que su querida mamita quedara expuesta como la harpía manipuladora y fría que era. Afortunadamente, la prueba estaba en el bolso con el dinero, oculto en el departamento de las chicas. 

Tal como preví que pasaría, nos separaron. No tenía idea de a qué lugar se habían llevado a Lisandro, pero a mí me dejaron en una oficina que olía a perfume importado y a lustrador de muebles. Estaba tan ordenada que daba miedo. 

Me crucé de piernas y de brazos, y si no hubiera sido tan patético, también me habría hecho una bolita en un rincón. ¡Estaba asustadísima! Había ensayado mi historia muchas veces, era simple y creíble, pero seguía asustada. ¿Cuánto tiempo más me harían esperar? ¿Era una especie de tortura?

Estaba al borde de saltar al precipicio y declararme insana, cuando la puerta al fin se abrió. 

Si antes estaba asustada, en ese momento creí estar en el mismísimo infierno. Y en presencia del mismísimo Satanás. Andrés Fusco se detuvo frente a mí, con una mano extendida. Miré la mano, lo miré a él y luego la estreché con poca fuerza. Tenía las manos heladas, aunque no tanto como el frío que revelaban sus ojos. Implacables y... ¡él lo sabía! Sabía lo que yo había hecho. Y él sabía que yo sabía que él sabía; así de atravesado. ¡Estaba perdida!

—¿Cómo estás, Lucrecia? Lamento que tengamos que encontrarnos en estas circunstancias —tomó su lugar y se reclinó en el asiento. Yo temblaba. 

—Me quiero ir a mi casa —contesté con total honestidad. 

—En un ratito —dijo, serio—. Primero quiero que me relates qué fue lo que pasó esta noche. En detalle. Tomate tu tiempo, por favor. 

Inspiré profundo y me preparé para vomitarle mi discurso ensayado. 

—Estaba durmiendo en mi habitación, con Lisandro, y nos despertaron tres personas. No se veía nada, pero estoy segura de que eran tres. Uno le apuntó a Lisandro y se lo llevó a la oficina. A mí me encerraron en el baño con Alejo. 

—Pobre Alejo... ¿se alteró mucho?

—Ni siquiera se despertó, duerme como un tronco. 

—Qué suerte —entrelazó los dedos y asintió—. Seguí, por favor. ¿Qué pasó después?

—Después... no sé. Se fueron —me sentía más y más nerviosa a cada segundo. 

—¿Se fueron? ¿Así no más? —alzó las cejas— Pero, no entiendo... ¿Cómo saliste del baño?

Ay.

La puerta estaba abierta. 

Entornó la mirada, confundido. 

—¿Cómo que estaba abierta? ¿No me dijiste que te encerraron en el baño?

—Sí, me encerraron en el baño. Pero la puerta no tenía llave. Me quedé ahí, con mi hijo, hasta que... hasta que dejé de escuchar ruidos. 

—Ah, escuchaste ruidos. ¿Qué ruidos serían esos?

Ay, ay. 

—Como voces, pero no estoy segura. Estaba asustada. 

—Voces, bien. ¿Masculinas o femeninas?

Ay, ay, ay.

—Masculinas —mentí, sin titubear. 

—¿Y qué había en la caja fuerte?

—Plata, supongo —contesté, automáticamente—. Es lo que la gente suele guardar en las cajas fuertes. Pero no podría decirle con exactitud, mi marido se encarga de la caja. Yo ni la toco. 

—Pero sabés la combinación, asumo. ¿Cierto? —me clavó la mirada. 

—Por si surge alguna emergencia —contesté con voz pequeña. 

—¿Me vas a decir que nunca sentiste curiosidad de abrirla y espiar el interior? ¿No escuchaste hablar de la caja de Pandora? La curiosidad es una característica inherente a tu género.  

¿"Tu género"? No me gustó la forma en que dijo eso; me sentí exactamente igual que cuando Lisandro me golpeaba: disminuida. Era lo que Fusco estaba tratando de hacer. Me golpeaba para que le dijera lo que él quería escuchar. Él y Lisandro estaban cortados por la misma tijera. 

—Nunca la abrí —mentí.

Bien. Si suponemos que nunca la abriste...

—No suponemos nada. No la abrí —aparentemente, todavía quedaba algo de adrenalina corriendo por mis venas—. Me quiero ir a mi casa. Con mi hijo. No voy a contestar a ninguna pregunta más. Ya le dije todo lo que sé, que no es mucho. Por favor, deje que vaya a casa con mi hijo. 

—Sí, en un ratito —dijo, serio—. Primero vamos a hablar un poco más. Vos vivís en esa casa y no voy a permitir que me tomes por idiota. Vos sabías que Santiago iba a llevar esa plata, que la iba a dejar en la caja fuerte de tu marido y, no tengo idea de cómo lo hiciste, pero sé que esa plata la tenés vos. Y, ¿sabés qué? No me interesa. Lo que quiero es el documento que encontraste. 

¡Re contra ay!

No me movía, no pestañeaba, creo que ni siquiera estaba respirando. 

—No sé de qué me está hablando. No sé nada, ya se lo dije. 

—Te voy a decir una cosita, querida. Los que entraron hoy a tu casa, tenían un dato muy preciso. Un dato que dio alguien de la familia, porque eran los únicos que sabían de esa plata. Santiago está tapado en mierda, Elena es la firmante del documento y Lisandro está hasta las pelotas. Alejo es muy chiquito, así que a él lo vamos a dejar afuera... por ahora. Todos tienen mucho que perder si ese documento sale a la luz. En cambio vos, calladita y con esa cara de boluda, te creés que no tenés nada que perder. Pero no te confundas. A la larga, todos podemos perder. Si me das ese documento, la dejamos acá. Si te seguís haciendo la desentendida, me las voy a arreglar para hundirte.

Tragué saliva e intenté que la silla me tragara. Me estaba amenazando. Un Fiscal de la Nación me estaba amenazando abiertamente.


—No sé nada —repetí. 

Fusco dejó escapar una expiración larga y sostenida, escalofriante.

—Como vos quieras... pero después, no digas que no te avisé.

Se levantó de su asiento y me extendió la mano. Miré su mano, lo miré a él y me quedé inmóvil. Si de mí dependía, ese hombre jamás volvería a acercarse. Sonrió una mueca oscura y luego salió sin agregar nada más. 

Otro Lobo, pensé en la soledad de la oficina.



Al llegar, le pedí a Santiago que llevara a Alejo a casa de Luciano y Camila. No quería que despertara en una casa tan caótica. Le preparé la mochila con una muda de ropa y besé su cabeza antes de dejarlo dormido en el asiento trasero del auto de mi suegro. Cuando lo vi alejarse, me sentí más tranquila. Lo quería lejos de toda esa locura. 

Lisandro estaba encerrado en la oficina, desorientado y errático como no lo había visto jamás. No tenía idea de qué había hablado con Fusco, o qué lo había alterado de esa forma, pero traté de mantenerme lo más alejada posible de él y sus explosivos arranques de ira. 

No había pegado un ojo en toda la noche, pero acostarme tampoco era una opción. Así que me puse a hacer aquello que amaba, lo único que me mantenía cuerda dentro de esa casa. Fui al jardín y me puse a trabajar un poco con la huerta. 

Las primeras luces de la madrugada dieron paso al nacimiento del sol cuando Lisandro me pidió, no tan amablemente, que subiera a su oficina. 

—Estamos en un quilombo grande, Lucrecia —me informó apenas verme atravesar la puerta—. No voy a entrar en detalles con vos porque no entendés nada, pero vamos a tener que cambiar algunas cosas en esta casa. Lo que pasó anoche es prueba de que no estamos seguros. ¡No tengo idea de cómo mierda se enteraron de lo que había en caja! —golpeó el escritorio y me sobresalté, pero permanecí en silencio. El silencio siempre era bueno para apaciguar a la bestia. 

Apoyó los codos sobre el escritorio, en un intento por serenarse. 

—La fiscalía sugiere que contratemos a un servicio de seguridad. Se ofrecieron ellos mismos, pero no los quiero acá adentro. 

—¿Servicio de seguridad? 

—Sí. Acabo de contratar un servicio privado que me recomendó alguien de la fiscalía. 

Mi mundo se vino abajo. Literalmente. ¿Servicio de seguridad? ¿Ojos y oídos que le cantarían cada movimiento a mi marido? Adiós a mi rutina matutina. Adiós a mis mañanas tranquilas en  mi refugio. Adiós a Electra, Victoria y Camilo. ¡Adiós a todo! A mi libertad, básicamente. 

Traté de moderar el tono de voz, porque a decir verdad, quería gritar.

—¿Creés que es conveniente que tengamos a alguien extraño en casa?

—No me encanta la idea, Lucrecia. Te voy a ser sincero. Pero no me queda alternativa. No quiero que piensen que tengo algo que ocultar. ¿Soy claro?

Sí, era clarísimo. Se bancaría al custodio para no verse expuesto en su porquería. ¡Hijo de puta! ¡Era yo la que se vería expuesta con el custodio en la casa!

—Como vos digas, Lisandro.

—Andá que tengo que hacer unas llamadas. ¡Y limpiate esa cara que estás llena de tierra! —lo oí gritar mientras bajaba las escaleras. 



Lisandro quería tostadas con miel para desayunar, así que escondí la miel en el fondo del tacho de basura.

—Me quedé sin miel, Lisandro —le informé, asomándome a la puerta de la oficina—. Voy hasta el kiosco de la es...

—¡Rajá, nena! ¿No ves que estoy ocupado? —dijo, con el teléfono pegado al oído. 

Me di media vuelta y bajé las escaleras al trote, llevándome la bolsa de basura para evitar un posible encuentro con el tarro de miel. Crucé la calle y puteé entre dientes hasta llegar al kiosco. Electra tenía unas ojeras casi tan marcadas como las mías y estaba poniendo gomitas en una bolsa diminuta; el pibito que compraba las quería todas verdes. No sé quién perdería la paciencia primero, si ella o yo. 

Cuando el pobre chico se fue, las dos lo fulminamos con la mirada.

—Un tarro de miel —le dije, suspirando de la bronca. 

—Yo necesitaría una taza de café, de las grandes —bostezó—. No tengo miel.

—Ay, qué mala suerte que estoy teniendo hoy —me apoyé en el mostrador—. Surgió una complicación. 

—¿Qué pasó?

—Lisandro contrató un custodio. 

—Ay, no te puedo creer —se tomó la cabeza. 

—Se acabó todo, Electra. Pensé que la espera hasta que las cosas se calmaran iba a ser con ustedes, pero con un tipo en casa, ¿cómo hago? Me queda el teléfono, pero... ¡lo odio! ¡Odio a Lisandro! 

—Villa, bajá un cambio —dijo, con las manos alzadas—. No es momento de perder la calma. Capaz que esto de tener un tipo en tu casa todo el tiempo no sea del todo contraproducente. 

—No entiendo cómo. No voy a poder hacer nada —me lamenté.

—Y Lisandro tampoco —puntualizó Electra. Alcé la cabeza de inmediato. 

Tenía razón. Si yo tenía que cuidarme, Lisandro también tendría que hacerlo. Quizás no fuera tan mala idea. 

—No lo había pensado así. 

—¿Viste? Hay que verle el lado positivo a todo. Un perro guardián siempre es buena compañía —asintió. 

—Es posible. Bueno... me tengo que ir. Lisandro me mata si tardo unos minutos más de lo que cree adecuado. 

—Sí. Yo diría que te vayas ya —cabeceó en dirección a mi casa y lo vi de pie frente a la entrada, mirando todo como si le estuviera sacando una radiografía—. Ahí llegó Scooby Doo... el que nos faltaba. 

Le revoleé los ojos por el mal chiste y me encaminé a casa. 

Me acerqué sin tener dimensión de lo que Mauro Acosta llegaría a significar para mí, de las miles de formas en las que me salvaría, pero desde el primer momento en lo que lo vi, supe que su presencia en casa me cambiaría la vida. Para bien o para mal. 





"A ver si puedes salvarme de pertenecer al grupo de raros que nunca más serán capaces de amar" (Aimee Mann - Save me)




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