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viernes, 27 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 42

Capítulo 42: Crónica de una muerte anunciada - Primera Parte.




Miércoles, 31 de diciembre de 2014.

Con Lisandro fuera de casa, preparé el desayuno para Alejo y nos sentamos en la cocina, como todos los días. Siempre me había esforzado por mantener su rutina lo más estable posible, pero a partir de ese día, nuestra rutina sufriría un giro irreversible. 

Sea cual fuera el resultado, la vida de mi hijo cambiaría para siempre.

Alejo no era ajeno al caos que giraba a nuestro alrededor, ya no. Estaba creciendo. Escuchaba, observaba y digería la violencia de nuestro día a día como si fuera parte de una rutina normal. Estaba creciendo, y me aterraba pensar en que todavía crecería más. De niño a adolescente, de adolescente a adulto. Era consciente de que algún día conocería a alguna chica, se enamoraría, desearía una vida con ella... Entonces, ¿qué tipo de hombre sería cuando ese momento llegara? ¿Uno que considerara a la violencia como parte de una rutina normal? ¿Cuánto tardaría en reproducir el modelo que su padre le ofrecía? ¿Se convertiría en otro Lisandro? ¿Encontraría a una Lucrecia a quien lastimar?

Lo veía reír de alguna pavada, con rulos rebotando para todos lados y hoyuelos decorándole las mejillas, y me llenaba de esperanzas. Era un niño aún. Crecería, pero todavía había esperanza para él. Si le daba una rutina diferente, lejos de nuestra pequeña burbuja, podría enseñarle que existe otra forma de vivir. Hacerle saber que era posible una vida menos dolorosa, menos violenta. Si nos daba una oportunidad, quizás pudiéramos aprender eso juntos.

—Hijo, ¿te acordás que mami te dijo que haría cualquier cosa por vos?

Ajá.

Tenía que anticiparle de alguna manera lo que sucedería. Porque Camilo no tardaría en llegar. Lisandro no tardaría en llegar. Y, sea cual fuera el resultado de lo que se venía, la vida de mi hijo cambiaría para siempre.

—Bueno... te voy a contar algo.

—¿Un secreto? —preguntó, entusiasmado.

—Sí —le seguí la corriente—. Es un secreto, no se lo podés contar a nadie. ¿Me lo prometés?

—Ajá.

—Bien —tomé un sorbo de té antes de continuar, tenía el estómago revuelto—. Nos vamos a ir de viaje, los dos. Vos y yo. Hoy.

Me miró a los ojos, seguramente en un intento por comprender el enigma que encerraban mis palabras, y luego hizo la pregunta que más temía escuchar.

—¿Y papá?

—Papá no —contesté en voz baja—. Solamente nosotros dos.

Meditó mis palabras en silencio, desmigajando una tostada y con los ojitos sobre la mesa. Lo estaba lastimando y eso me destrozaba, pero lo haría todo por él. Incluso alejarlo de su padre. La pregunta que hizo a continuación, me sorprendió por completo.

—¿Y Mauro? ¿Viene?

No lo había nombrado ni una sola vez desde su partida, ¿por qué elegía justo ese momento para recordarlo? Esta vez, fue mi turno de meditar en silencio. Si le contestaba que sí, estaría mintiendo, porque no estaba segura de qué sucedería en el futuro. Preferí hablarle con la verdad.

—Espero que sí. Me encantaría... —acomodé sus rulos—. Pero, por ahora esto es algo entre mamá y vos. Un secreto entre los dos, ¿entendés?

—Ajá.

—Bien... En un ratito, viene un amigo. Hace mucho que no lo ves, pero él te conoce. Se llama Camilo y es muy buena persona, te va a encantar —le anticipé—. Mientras tu papá y yo conversamos, quiero que te quedes en la pieza con él. Se van a divertir un montón, ya vas a ver...

No podía dejar a Alejo en casa de Alicia. No esta vez. Lo necesitaba en casa, listo para irnos cuando el momento llegara. Dejarlo con Camilo, en su habitación, era la única forma de protegerlo si las cosas salían mal.

Las cosas podrían salir mal. Muy mal. Era consciente de que Lisandro podría lastimarme. O peor, podría matarme. Pero no era momento de echarse atrás, no cuando el futuro de mi hijo dependía de un salto al vacío que sólo yo sólo podía dar. Alejo pelearía sus propias batallas, pero esta era la mía.

Si las cosas salían bien, tendríamos una nueva vida, lejos y juntos. Si las cosas salían mal, mi hijo tendría una nueva vida, lejos y junto a Mauro. Así lo había previsto. No confiaba en nadie más para que lo acompañara y le enseñara lo que es ser un hombre.

Después de la breve charla de sinceramiento, dejé a Alejo jugando en su habitación y bajé a esperar a Camilo. No había ropa ni bolso que preparar. Nuestra vida se quedaba en esa casa; nos esperaba un futuro completamente diferente.



A la hora acordada, el timbre anunció la llegada de Camilo. Salí a su encuentro y entramos a la casa. Traía una carretilla con herramientas, cubierta por un toldito verde, que dejamos en el patio. Usaba una camisa oscura, algo sucia, y una gorra bordó; un atuendo acorde a su personaje. Era el "podador", aunque no hubiera tocado una planta en su vida.

—¿Cómo estás? —preguntó, nervioso.

Dos meses atrás, habíamos cometido un crimen que podría enviarnos a la cárcel a todos. Aquella vez, aun con su propio pellejo en juego, no se veía tan preocupado como hoy.

—Puedo, Camilo —afirmé con falso convencimiento. No estaba segura de ganarle a Lisandro, pero estaba segura de que Alejo ganaría, y con eso me daba por satisfecha—. Vos solamente hacé lo que te pedí, por favor. Pase lo que pase, escuches lo que escuches, no quiero que dejes a mi hijo solo. Preservalo como sea.

—Luli, lo que me decís no me tranquiliza para nada... 

—Escuchame. Voy a ser clara con vos. Lisandro no se va a tomar para nada bien mi decisión... Estoy segura de que va a hacer el berrinche del siglo. Berrinche, en su caso, implica que vas a escuchar gritos y desparramo de cosas. Vamos a atenernos al plan. No quiero que salgas de esa habitación.

—Luli...

—No terminé —lo detuve, con la mano en alto—. Te necesito, Camilo. No me falles ahora. Lo único que me interesa es preservar a Alejo. Si las cosas salen mal, vas a ser el único que pueda sacarlo de la casa. Él es tu prioridad, porque es la mía. ¿Cuento con vos?

—¿Me estás pidiendo que deje que...?

—¿Cuento con vos, Camilo? ¿Sí o no? Lisandro no tarda en llegar.

Me miró a los ojos con una mezcla de temor y preocupación que por poco me derrumba. Pero estaba a centímetros del precipicio e iba a saltar, y nada ni nadie me detendría. Para bien o para mal, esta pesadilla tenía que acabar de una vez. No me estaba rindiendo, estaba dispuesta a pelear.

Escuchamos la puerta del garaje, el auto ingresando a la casa, y ya no había tiempo para pensar en nada más.

—Si las cosas salen mal, tengo la nueve cargada. Voy a sacar a Alejo de acá y a llevarlo con Mauro, como sea. Te lo prometo —me dio un beso en la frente y corrió escaleras arriba, al encuentro de mi hijo.

El momento había llegado. El hito que marcaría un antes y un después. Vida o muerte. El Lobo iba a mostrarme los dientes y yo lo enfrentaría sin importar las consecuencias. Tenía miedo. Tanto miedo que mi boca estaba seca y el ritmo de mi corazón parecía un latido sostenido.

Las piernas me temblaban mientras caminaba hacia la banqueta.

Traté de controlar mi respiración, concentrarme en algo simple y cotidiano. Respirar, nada más. Aire entrando y saliendo de mis pulmones. Necesitaba aire, oxígeno... fuerza. Dolería, sabía que dolería y eso me asustaba mucho. Pero me asustaba mucho más continuar en agonía, sin saber en qué momento mi vida acabaría.

Si iba a morir, que fuera hoy. Basta de agonía para mí.

Escuché la puerta lateral, el paso firme de mi marido ingresando a la cocina y cerré los ojos por un segundo. Con las manos juntas sobre la isla de la cocina y el corazón desnudo de falsedades, elevé una plegaria silenciosa. Mis miedos estaban a flor de piel, y les daría la bienvenida como los viejos amigos que eran, los invitaría a entrar en mí y permitiría que me inundaran por completo. Necesitaba todo de mí, incluso mis aspectos más oscuros.

Lisandro se acercó por detrás y su boca se plantó en mi mejilla.

—Mamá nos espera a cenar a las nueve... —dijo mientras se servía un vaso de agua de la heladera.
Me enderecé en la silla, aparentando una firmeza que no tenía.

—No voy a ir —dije en un susurro, temblando como nunca. Mantenía las manos juntas, apretadas.

Lisandro entornó la mirada y el recorrido del vaso a su boca se detuvo en el mismo instante.

—No voy a ir. Y a ninguna otra cena, llegado el caso —agregué, por si necesitaba alguna aclaración—. No aguanto más esta situación.

Me miró como si le estuviera hablando en un idioma que él no comprendía y dejó el vaso sobre la mesa, casi sin hacer ruido.

—¿Qué querés decir?

—Estoy diciendo "no, mi amor" —contesté con voz temblorosa—. No hay nada que puedas hacer para convencerme de lo contrario. Ya lo pensé mucho.

Me miró un par de segundos más y luego dejó ver su sonrisa más oscura, lo que más se parecía al rugido del monstruo. Yo no moví un músculo de la cara, me limité a preservar las fuerzas, aguardando lo inevitable.

Apoyó los codos sobre la isla y se acercó peligrosamente a mi rostro. Tragué saliva, pero no me moví.

—¿Y dónde pensás ir? —sonrió— Si se puede saber...

—No. No se puede saber.

La sonrisa se le borró de la cara en el mismo instante.

—Estás loca si creés que me vas a dejar, y todavía más loca si creés que te vas a llevar a mi hijo. Alejo no se mueve de mi casa. Somos una familia —dijo con una frialdad escalofriante.

—No metas a Alejo en esto. Nunca te importó en lo más mínimo nuestro hijo. Ni Alejo ni el bebé que mataste. Ya no lo vas a usar para retenerme. Me llevo a mi hijo porque es mío, y porque no quiero que pase un minuto más al lado de un monstruo como vos, Lisandro... Te quiero fuera de su vida y de la...

Antes que pudiera terminar de hablar, el dorso de su mano me cerró la boca y un estallido de colores me nubló la visión. Sorprendida, me llevé la mano a la nariz y un repentino chorro de sangre goteó sobre la isla.

Me golpeó en el rostro. Lisandro nunca me golpeaba en el rostro.

—Andá a lavarte la cara y dejá de hablar boludeces —dijo, limpiándose el dorso de la mano con el repasador de la cocina.

Sin dejar de mirarlo, usé mi remera y me quité la sangre de la nariz.  Estaba casi segura de que estaba rota, porque me costaba respirar.

—Me voy —dije con inesperada firmeza. Mis miedos estaban conmigo, dándome fuerza. El instinto de supervivencia era más fuerte que cualquier cosa.

Me levanté de la banqueta y traté de huir, aun sabiendo que no lo lograría. Porque sabía que dolería, pero estaba dispuesta a pelear. Me agarró del pelo y me regresó hacia él, hasta que mi espalda chocó con su pecho. Cerré los ojos e intenté zafarme de su garra pero tiraba demasiado fuerte. Era demasiado fuerte.

—¡Vos no te vas a ningún lado, ¿me escuchaste?! —su aliento de fuego me quemó el oído— ¡¿Cuándo te va a entrar en la cabeza que sos mía, eh?! ¡¿Eh?!

Tiraba más y más. Me costaba más y más respirar.

—¡Mejor muerta que tuya! ¡Mejor muerta!!

El puño que tomaba mi pelo se amarró a mi cuello con una fuerza abrumadora, aplastante, y cuando me hizo girar para mirarlo a la cara, mi cuerpo se resistió.

—Entonces, muerta... —murmuró con la mirada encendida de odio.

Mis manos empujaban a las suyas, tratando de liberar mi cuello, y mis pies apenas me sostenían. Sentía que no tocaba el piso. Me estaba ahorcando. El aire no entraba ni salía, y la sensación era lo más espantoso que me había tocado vivir. Y me habían tocado vivir muchas cosas espantosas. Pero nunca eso... nunca ese instante en que se sabe con certeza que no será posible sobrevivir.

Perdí el equilibrio y de repente estaba en el piso, con Lisandro sobre mí, apretando mi cuello más y más cada vez. Supe que eso era todo. Iba a morir. Lisandro me estaba matando. Mi vista se nublaba y las fuerzas dejaban de acompañarme. El tiempo estaba suspendido. El espacio también. Y descubrí que aquello de que la vida te pasa en un segundo frente a los ojos, era cierto.



Alguna mañana en la casa de huéspedes.

Alejo no tardaría en volver del jardín, pero me resistía a levantarme de su cama. Me quedaría a vivir en su cama, en su cuerpo; haría de su corazón mi hogar y no saldría jamás. Pero como todo eso era imposible, me conformaba con robarle unos segundos más de compañía.

—¿Viste flashes de momentos claves de tu vida? ¿Una experiencia extrasensorial o algo así? —pregunté, acariciando con un dedo las cicatrices que esas dos balas habían dejado en su pecho largo tiempo atrás. Estaban tan cerca del latido de su corazón que sentí miedo. Miedo de que Mauro no existiera. 

—No, no vi nada de eso. Estaba muerto de miedo —sonrió, tan honesto como siempre—. Me hacía el canchero, ¿podés creer? Le hacía creer a todo el mundo que no le tenía miedo a nada; creo que hasta yo me lo creía. Pero cuando te llega ese momento en que pensás que sí... que es posible que no cuentes el cuento, es horrible —tomó mi mano y besó la punta de mis dedos—. Pero te aseguro que no me hago más el canchero. Uso el miedo, lo respeto. El instinto de supervivencia es poderoso.

Agradecí en silencio que se cuidara, que tuviera miedo, porque si algo le sucediera, el mundo perdería a un ser maravilloso. Yo lo perdería.

—Quisiera tenerlo... —la confesión se me escapó sin intención—. El instinto de supervivencia.

—Lo tenés —aseguró, con una convicción inquebrantable. 

Pensé en todas las veces en que Lisandro me había lastimado, en todas esas veces que había recibido el golpe sin hacer nada para defenderme. El único instinto que conservaba intacto era el de huída. 

—¿Qué estás pensando?

 —En lo mucho que me gustaría regresar el golpe —contesté, mirándolo a los ojos. 

Me observó de una manera imposible de describir, como si el comentario lo hubiera ofendido personalmente. Estaba aprendiendo a leer sus expresiones, esa era una de "estás diciendo una boludez grande como una casa".

—Mostrame.

—¿Qué te muestre qué?

—Cómo devolverías un golpe...

Me reí, por supuesto. Porque era gracioso. Pero, para mi sorpresa, Mauro no se reía conmigo. De hecho, estaba bastante serio. La sonrisa murió en mi boca tan pronto como apareció.

—Ni loca —dije, descolocada.

Se arrodilló en la cama y tiró de mi mano hasta dejarme frente a él. Estábamos desnudos, así que me sentí inmediatamente intimidada. No me sentía cómoda con mi desnudez, jamás lo había hecho. Pero no era sólo sentirme expuesta lo que me inquietó, fue la seriedad de su expresión. ¿Qué era lo que tramaba?

—A ver... —dijo, expectante— Mostrame.

—Mauro, vos estás loco si creés que yo te...

Entrelazó sus dedos con los míos e hizo fuerza. La sorpresa fue tal que, para no perder el equilibrio, empujé en el sentido contrario. 

—¿Qué estás haciendo? —pregunté, empujando más.

—¿Qué pasa? ¿Esa es toda la fuerza que tenés, Lucrecia? —me miró directo a los ojos, completamente serio— ¡Empujá!

Era una roca, no lo movería jamás, pero acepté el desafió. Y empujé más. Y más. Pero no lograba moverlo un centímetro. Sentía que mi cara estaba en llamas y comenzaba a sentirme algo agitada. ¡Y estaba frustradísima! ¡Empujaba con todas mis fuerzas y Mauro ni siquiera pestañeaba!

—¿Te estás cansando? 

Más me enojé, porque me estaba haciendo sentir como una idiota. Y más empujé.

—Te estás cansando, Lucrecia —cerró sus manos un poco más y cuando empujó, estuve a nada de caerme—. Te va a empezar a faltar el aire, se te van las fuerzas, y ni siquiera estoy intentando empujarte. Sos vos la que hace el gasto... al pedo —empujó más, hasta que su boca casi rozó la mía—. Peso mucho más que vos, tengo más fuerza y no tendrías oportunidad de devolverme un golpe. Tratar de devolver el golpe a un hombre es una locura, Lucrecia. Estás en desventaja física. 

Eso fue lo que le molestó de mi comentario. Estaba tratando de demostrarme que sólo empeoraría las cosas. 

—Entonces, ¿qué hago? —empujé, por pura bronca— Dejo que me golpee y nada más. 

—No —de repente, me soltó y mi cuerpo chocó con el suyo—. No gastes tus fuerzas. Rendite... Porque si movieras tu rodilla en este preciso momento, me dejarías fuera de combate, te lo aseguro. La pelea entre un hombre y una mujer es desigual... ganá con inteligencia.

La verdad, me gustaría poder decir que estaba atenta a la lección, pero estábamos desnudos... y bueno, mi cabeza no funcionaba tan bien cuando estábamos así de cerca. 

—Golpeás fuerte ahí... —puso su rodilla entre mis piernas— o apretás... —su mano y la demostración correspondiente me estaban enviando de paseo al paraíso—. La lucha es desigual, usá la cabeza. Rendite, dejá que se acerque y golpealo donde más le duele.



Cuando vi a Mauro por primera vez, de pie frente a la puerta de mi casa, jamás supe las miles de formas en las que me salvaría.

Me faltaba el aire y las fuerzas me estaban abandonando. Dejé de intentar sacarme a Lisandro de encima, dejé de luchar, aparté mis manos y me entregué a lo que fuera con una confianza absoluta. Mi repentina rendición descolocó de tal manera a mi contrincante que me soltó de inmediato, apoyando las manos a ambos lados de mi cuerpo. 

Rendite, dejá que se acerque y golpealo donde más le duele.

Un recuerdo clave de mi vida acudió en mi ayuda en el momento preciso. Abrí los ojos y usé mi rodilla para golpearlo con toda la fuerza que me quedaba. 

Efectivamente, el golpe lo dejó fuera de combate; pero yo no estaba en las mejores condiciones. Tosía compulsivamente, con una mano en la garganta, gateando como una criatura para alejarme de él. Lisandro seguía retorciéndose de dolor en el piso y supe que si no aprovechaba la oportunidad, no contaría el cuento. 

El instinto de supervivencia era poderoso. 

Usé el borde la isla para impulsarme y ponerme de pie y rápidamente busqué algo de lo que pudiera servirme para ponerlo a dormir. 

La lucha es desigual, usá la cabeza.

Lo vi arrastrándose en el piso, como el gusano que era, y la respuesta me llegó como una revelación. Estiré una mano hasta el cable de la tostadora y tiré. Ni siquiera tuve que usar demasiada fuerza. La tostadora aterrizó directamente sobre su cabeza y Lisandro profirió un grito de dolor antes de que el suelo se precipitara sobre su cara.

Estaba dormido, como un muerto. 








"Me pondré mi armadura y te mostraré cuan fuerte soy. Me pondré mi armadura y te mostraré que soy". (Sia - Unstoppable)





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