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viernes, 27 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 43

Capítulo 43: Crónica de una muerte anunciada - Segunda Parte.




Miércoles, 31 de diciembre de 2014.

Tomé el repasador de la cocina, lo puse sobre mi nariz para detener el sangrado, y usé mi pie para mover el cuerpo inerte de Lisandro. No se movió. 

¿Estaba...?

—¡Camilo! —grité... o intenté hacerlo. La voz me salía ronca y esforzada, y todavía me sentía ahogada. 
Estaba paralizada, sin poder apartar los ojos de Lisandro, tan absorta que ni siquiera lo escuché aproximarse. Lo descubrí a mi lado cuando me tocó el hombro y me sobresalté del susto. 

—Lo maté —susurré—. Maté a mi marido. 

Camilo retiró el repasador de mi rostro y su cara se descompuso. Estaba tan asustado como yo. Esto no era lo que teníamos planeado. Todo mi cuerpo temblaba. 

—¡Hacé algo! —pedí, tomándolo de la camisa— Fijate, por favor. Capaz que todavía podemos hacer algo... Llamemos al 911. O a una ambulancia. Tengo un teléfono pegado en la...

—Basta, Lucrecia. Lisandro está bien. Pero vos no —retiró un mechón de pelo que me caía sobre la cara y lo apartó con cuidado. Sus ojos se paseaban por toda mi cara, y no comprendía por qué tanto cuidado en sus movimientos.

—Estoy bien, Camilo.

—No... —me acarició una mejilla y me llevó de los hombros hasta el microondas, enfrentándome a mi reflejo—. No estás bien.

Una cascada de sangre descendía de mi nariz hasta perderse entre mis labios y mi ojo izquierdo estaba completamente rojo a causa de un importante derrame. Alcé la cabeza y vi las marcas de sus manos rodeando mi cuello, la perfecta huella de sus largos dedos.  

Lisandro había intentado matarme. 

Camilo envolvió mi cuerpo con sus brazos y apoyó su cabeza en mi hombro. Lloraba. Lloraba como si alguien hubiera muerto. Yo... ni siquiera podía llorar. 

—Tranquilo, Camilo. Se ve peor de lo que es —inspiré profundo y aparté la mirada de mi reflejo. Me di vuelta para abrazarlo, no sin antes comprobar que Lisandro siguiera inconsciente, y acaricié su espalda. Lo necesitaba entero—. No tenemos mucho tiempo —le recordé. 

—Sí —se limpió las lágrimas con el cuello de la camisa—. Alejo se durmió viendo dibujitos en tu habitación, así que no tenemos que preocuparnos por él por un rato. Ahora, dejame que compruebe que este... ¡hijo de puta! esté realmente inconsciente. 

Lo tomó de la camisa y lo sacudió con fuerza, pero Lisandro no se movió. 

—Está completamente fuera de combate, ¿cómo lo hiciste? —preguntó, sorprendido.

—La tostadora —contesté.

—Ingenioso...

Mientras Camilo desvestía a Lisandro, de una forma para nada cariñosa, fui hasta la heladera y saqué todo el contenido del freezer hasta llegar a las dos bolsas oscuras. Puse una olla con agua sobre la hornalla y saqué el termómetro digital para pastelería que Lisandro había comprado, porque según él, siempre quemaba el caramelo. 

—¡Forro! —empujé a mi marido con mi pie y Camilo se me quedó mirando, confundido— Nada, no me hagas caso... —tomé las dos bolsas. 

—¿Qué es eso? ¿Qué estás haciendo? 

—Estableciendo mi horario de muerte. 

—¿Qué? 

—Esta... —levanté ambas bolsas, controlando que la temperatura del agua no superara lo necesario— Esta es mi sangre, Camilo. Dos litros de mi sangre. La voy a calentar a treinta y ocho grados y la vamos a regar por todo la cocina. No se puede sobrevivir a semejante pérdida de sangre. 

—¿Te sacaste dos litros de sangre? ¿Cuándo?

—No todo de una... no estaría en pie. Fue de a poco —y de a poco, sumergí las dos bolsas en el agua. 

—Sos de temer, muñeca. Nunca entendí para qué me habías pedido todas esas cosas. 

—Tampoco era prudente que habláramos demasiado.

Camilo se sacó la ropa y la reemplazó por la de Lisandro. Mis gustos solían ser bastante definidos en mi época de adolescente, él y Lisandro se parecían bastante; otra ventaja que el universo nos regalaba. Camilo era un poco más alto, pero en el auto podrían ser confundidos con facilidad. En cuanto a mis gustos... por suerte, crecí. Ahora, me gustaban los hombres de verdad. Como Mauro.

Cuando las bolsas estuvieron listas, las ubiqué sobre la isla.

—¿Podés ponerte ahí? —le indiqué que apoyara las manos en el borde la isla.

—No me la vas a tirar encima, ¿no?

—No, pero va a salpicar. Tapate la cabeza con esto —le arrojé el repasador y lo atajó al vuelo—. Cerrá los ojos —advertí. 

Agarré la tostadora, acomodé las bolsas frente a mí y las golpeé con toda la fuerza que me quedaba. La sangre salió volando para todos lados, derramándose por los bordes. 

—¿Listo?

No podía responderle. La escena era de verdad escalofriante. Arrojé la tostadora al otro lado de isla; después de todo, se convertiría en evidencia. Probablemente, en el "objeto contundente" que me habría dado muerte. 

Pensé en Mauro, en su reacción al ver la escena, y mi corazón protestó con un errático palpitar. Si la situación fuera a la inversa, si a mí me tocara encontrar una escena tal, con él como víctima, moriría de tristeza. Sólo esperaba que recordara cada palabra, que supiera encontrar las señales. Rogaba que volviéramos a vernos. 

—¿Luli? ¿Estás bien?

Camilo se había descubierto la cara.

—Estoy... no sé. Esto es muy fuerte, Camilo —murmuré—. Una escena así.

—Desaparecer, Luli. Eso era lo necesario. Que te crean muerta... y de ser posible, que impliquen a Lisandro.

—Van a apuntar a Mauro también —suspiré, haciendo un bollo con el disfraz de podador. 

—Ya lo habíamos discutido. Es muy posible, pero va a estar bien. Es inocente. 

—Sí.

—Che... —volvió a chequear que Lisandro durmiera y se acercó—. Va a salir todo bien —me tomó de los hombros y sonrió—. Vas a estar bien. ¡Estamos a un paso de lograr lo imposible! ¿No estás feliz?

No. No estaba feliz. Estaría lejos de Lisandro... pero también de Mauro. El precio a pagar por desaparecer era demasiado alto. 

—Sí, tenés razón. Voy a estar bien. 

—Bueno, yo controlo al gil y vos andá a prepararte. 

Alejo y yo tendríamos que salir primero. Lisandro y Camilo un rato después. Camilo al volante y Lisandro en el baúl.

Subí las escaleras y pasé por la biblioteca, asegurándome de que "Crónica de una muerte anunciada" estuviera en su lugar y que la foto de graduación se encontrara a la vista. 

—Recordá cada detalle, Mauro —suspiré, rogando que llegara a mí en algún momento—. Espero que me perdones por hacerte esto. Sé que yo no te perdonaría, pero espero que vos sí. Sos mucho mejor que yo.

Entré a mi habitación y fui directamente al baño. Alejo dormía como un tronco, ni se enteró de mi presencia. No quería que me viera en esas condiciones. 

Me di una ducha y luego me ubiqué frente al espejo, tijeras en mano. Me buscarían, porque no habría cuerpo, y probablemente alguna foto mía circulara por algunos medios. Era necesario hacer algo drástico. Me até una gomita en el pelo, a la altura de mi nuca, y...

—Es pelo. Crece —me alenté a mí misma. 

Con cuidado, para que quedara lo más parejo posible, corté el cabello por encima de la gomita y lo guardé en una bolsa. El resultado no fue tan grave, pero no había cabello con el que cubrir las marcas en mi cuello. Saqué una base de mi neceser y las tapé. Casi no se notaban. El ojo... bueno, no había nada que pudiera hacer con eso. Algunos vasos se habían reventado luego de que mi marido hubiera tratado de asesinarme, ¿cómo ocultar algo así? Tendría que arreglármelas con unos lentes oscuros. 

Bolsa en mano, salí a la habitación y me senté en la cama. Acaricié los rulos de mi hijo y me agache a besar su frente.

—Hora de levantarse, mi amor. Se acabó la mini siesta —rocé mi nariz en su mejilla. 

Se desperezó sobre la cama y, al verme, se sorprendió. 

—Sí, me corté el pelo. ¿Te gusta? —pregunté.

—Tenés una nana en el ojo —señaló con su dedo. 

—Sí, se me metió una basurita y me rasqué. ¿Viste que siempre te digo que no te rasques? Bueno, es porque el ojo te queda así. 

—¿Te duele? —preguntó, claramente preocupado.

—No me duele nada, hijo. Vamos a jugar a escondernos, ¿querés?  

—¡Sí! —respondió con algarabía. 

—Mirá... —levanté la ropa del "podador"—. Yo me voy a disfrazar de podador y vos te vas a esconder en la carretilla. ¡Nadie se va a dar cuenta de que somos nosotros! 

—¡Si!!!! —se paró sobre la cama para saltar y tuve que detenerlo para que no se cayera. 

Me puse el pantalón (guardé la bolsa en uno de los bolsillos), la camisa, y escondí lo que quedaba de mi pelo debajo de la gorra. Esperaba que la visera ocultara mis ojos hasta que llegáramos al departamento de las chicas. 

—¡Estás igualita! —sonrió Alejo, chocho con el juego. 

—¿Viste? Vení que te hago "upa".

Saltó sobre mis brazos y bajamos las escaleras. Me ocupé de sostener su cabeza en la dirección correcta, para que no viera la escena de la cocina. Entré la carretilla a la casa, que obviamente no contenía herramienta alguna, y levanté el toldito verde antes de colocar a Alejo dentro. 

—Shh —le indiqué con un dedo. Feliz, se agazapó en su escondite y lo cubrí. 

—Sr, Podador, ¿cómo le va? —actuó Camilo— ¿No habrá visto usted a Alejo escondido por acá?

—No, no, no. Yo no vi nada. Vine a buscar mi carretilla y ya me voy. 

Oí la risa queda de mi hijo y suspiré aliviada de que se tomara todo como un juego. Para Camilo y para mí, no lo era.

—Nos vemos pronto, Sr. Podador. Los alcanzo en unas horas, cuando despache el paquete.

—Cuidate, Camilo —le pedí, conteniendo las lágrimas. 

—Vos también, muñeca. 

Arrastrando la carretilla, salí de la casa por la puerta principal, mirando de reojos al vigía de Mauro, y caminé con absoluta tranquilidad hasta la camioneta blanca. Abrí la puerta del acompañante y me aseguré de que nadie estuviera mirando antes de sacar a Alejo de su escondite. 

—Entrá, mi amor. Agachadito así no nos descubren. Todavía seguimos jugando...

Alejo se ubicó y cerré la puerta. Me costó una enormidad cargar la carretilla en la parte de atrás, porque las fuerzas ya me habían abandonado, pero luego de varios intentos lo conseguí. Me subí al asiento del conductor y encendí el motor. 

—Gracias, Mauro —sonreí, poniendo primera para salir. Tenía razón, aprender a manejar era una necesidad.



Las chicas nos esperaban sentadas en los escalones de la entrada del edificio. Dejé la camioneta estacionada al frente y cargué a Alejo en mis brazos.

—¡Villa! —Electra se olvidó de su habitual apatía y me encerró en un abrazo. Me dolía todo, pero le permití que me apretara a gusto— ¿Cómo va, Ale? Vos no te acordás de nosotras, pero te conocimos de bebé. ¡Estás re grande!

Bajé a mi hijo, que de inmediato se prendió a la mano de Electra, y miré a Victoria. Trataba de sonreír, pero la angustia en su mirada era imposible de ocultar. 

—Estoy bien, Vicky —le acaricié el brazo. 

—Estaba muy preocupada por vos —me abrazó y la sentí llorar. 

—Tranquila, Vicky. Alejo se va a asustar —le dije al oído. Nos apartamos y sequé sus lágrimas con mis pulgares—. Gracias por todo lo que hiciste por mí. Lo que hacés por mí. 

—¿Me estás jodiendo? —puchereó— Gracias a vos, que me ayudaste a aprobar literatura. 

Su ocurrencia me sacó una sonrisa y volví a abrazarla. La amaba tanto. Aún con su explosiva personalidad, tenía una inocencia que me conmovía. 

—Entremos... Esta camisa está muy sucia, no la aguanto más. 

Una vez dentro del departamento, le di un baño a Alejo y Victoria le recortó un poco los rulos. Era necesario, también lo buscarían a él.

—Victoria, ¿qué es esto? —pregunté, alzando el vestido frente a ella— Te pedí ropa, no retazos de tela. 

—¡Es re lindo! ¿No es re lindo, Alejo? 

—¡Sí! —festejó mi hijo. 

Camilo llegó poco tiempo después, con ropa limpia esta vez, la que convenientemente habíamos guardado en el baúl del auto de Lisandro. No había tenido inconveniente alguno. Dejó a Lisandro sentado en el asiento del conductor en un estacionamiento de Flores. Con suerte, despertaría a la madrugada, porque lo había ahogado un poquitín más. 

No podía quedarme mucho tiempo en Capital, así que luego de que Alejo comiera algo, me puse el vestido rosa (cortísimo) que Vicky había comprado y nos preparamos para salir.

—Tu equipaje —Camilo dejó el bolso frente a mí y lo abrí apenas. Lo fajos estaban ocultos bajo un poco de ropa, el documento también.

—Bueno, siento que tendría que dar un discurso o algo así —sonreí—. Pero no puedo... no tengo palabras.

Ellos tampoco las tenían. Compartimos besos, abrazos y "hasta luegos". No era un adiós, sabíamos que en algún momento, esperaba que más temprano que tarde, la vida volvería a cruzarnos.

—Tus documentos están acá arriba. Los de Alejo también. A él le conservamos el nombre, para que no se confunda.

—Camilo, sos el mejor amigo del planeta. Te adoro.

—Ya te lo dije una vez, Luli. Lo que más me gusta de vos es que sos una chica libre. Aprovechá tu libertad —besó mi mejilla—. Nos vemos pronto. 

—Electra... —la llamé.

—Decime.

—Tené a mano ese paquete de Philip Box. Y si lo ves... llamame. Quiero saber cómo está. 

—Tranqui, Villa. Vamos a darle tiempo, va a llegar y lo voy a estar esperando. 

Nos despedimos de todos una vez más, con manos alzadas y besos voladores, y emprendimos el camino a nuestra nueva vida. 



Alejo dormía. Era la primera vez que manejaba en ruta; iba insegura y el reflejo de las luces me estaba molestando. Me picaban los ojos. Pestañeé un par de veces, pero la incomodidad no cedía. 

Bajé la velocidad, puse las balizas y me detuve en la banquina. 

Me picaban los ojos. Me temblaban los labios. El cuerpo. La angustia me trepó desde el fondo del estómago y desbordó en un gemido de dolor. Apoyé la frente en el volante y lloré. Lloré.

Lloré por él, porque temí no verlo nunca más. Porque lo imaginé sufriendo y me sentí una mierda. Lloré porque lo extrañaba. ¡Tanto! ¡Dolía tanto! Más que cualquier golpe...

Sentí los brazos de Alejo rodeando mi cuello y lo abracé. Fuerte. 

Nos habíamos salvado. Mi hijo y yo estábamos a salvo. Vivos y juntos. 

—No llores, mami —sus manitos envolvieron mis mejillas. 

—No lloro más, mi amor. Te prometo que no lloro más.






"Trato de decir adiós pero me ahogo. Trato de alejarme y me tropiezo. Aunque trate de ocultarlo, está claro, mi mundo se desmorona cuando no estás..."


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