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sábado, 28 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 44

Capítulo 44: Lucila
 



Lunes, 2 de marzo de 2015.

—No me podés hacer esto... ¿te vas? ¿Justo ahora? ¡Me estás dejando en banda cuando más te necesito, Mauro! ¡Estamos avanzando! 

Lucho no estaba para nada contento con la noticia. No me sorprendió que se la tomara tan mal; yo me hubiera sentido igual, o peor. 

—Necesito unos días, nada más. Ya no me acuerdo la última vez que dormí una noche completa... Si no tomo un poco de distancia, no puedo pensar —me excusé. 

—¿Lucrecia y Alejo están desaparecidos y vos te tomás vacaciones? ¡¿Me estás jodiendo?!

—¡No son vacaciones, Lucho! Por favor, ¿en serio? ¡Necesito un par de días lejos, ¿es tan difícil de entender?! Estás hablando como si no me conocieras.

—¿Sabés qué? Tenés razón. La verdad, te desconozco. ¡De todos, sos el último que pensé que bajaría los brazos! —gritó, fuera de sí— Sos un traidor. ¡Y un mentiroso!, porque ellos no te importan. No sé para qué me tomé la molestia de venir, soy un pelotudo. ¡Que disfrutes tus vacaciones, Mauro!

Las paredes vibraron cuando cerró la puerta de mi departamento. Nada de lo que dijera lo haría cambiar de opinión. Me creía un traidor.

Traidor, una palabra fuerte. 

Era exactamente así como me sentía. Porque Lucho seguía sufriendo por Lucrecia y Alejo, y yo sabía que estaban con vida. Podría ahorrarle el sufrimiento y decirle la verdad, pero no lo haría. 

El mensaje era para mí, para nadie más.

Estuve a punto de subirme al auto e ir a su encuentro apenas recibí el mensaje de manos de Electra. De hecho, lo hice. Manejé un par de kilómetros, hasta darme cuenta de la locura que era hacer eso. 

Si desapareciera tan repentinamente, sin dar explicaciones, me buscarían. ¿Y si me encontraran? Darían con Lucrecia. No era sensato correr un riesgo de semejante magnitud, no cuando estábamos tan cerca de volver a vernos. 

Decidí que me tomaría las cosas con calma. Esa mañana me dediqué a comunicar a todos, uno por uno, que necesitaba irme por unos días. La explicación por mi repentina partida era sencilla y creíble: "Estoy cansado, necesito un par de días lejos". Los que me conocían, sabían que poner distancia era una estrategia que solía usar, sobre todo cuando llegaba al límite de mi paciencia. Los que no me conocían, comprendían. No era inusual que alguno "bajara los brazos" en una situación como la que atravesábamos. Diego, por su parte, festejó el tino de mi decisión: "Ya era hora, me estaba empezando a preocupar", dijo cuando se lo conté.

Prefería que me consideraran un traidor, un mentiroso, un cobarde, un demente... lo que sea. Lo único que me importaba era dejar las cosas claras e irme cuanto antes. Aunque fuera sólo por unos días.

Por unos días...

No podía desaparecer indefinidamente, eso levantaría sospechas. Aunque fueran un par de días, o un par de minutos, el tiempo no me importaba. Necesitaba verla, ¡con urgencia! Saberla viva no era suficiente. Tenía que verla, tocarla, olerla, hacerle el amor hasta el desmayo...

"Lucila", esa era la palabra escrita en el “cigarrillo de la suerte”. Más claro, imposible. 

Lo había premeditado todo, hasta el más mínimo detalle. Se aseguró de darme las respuestas que recuperaría siguiendo su consejo: "no te olvides de nada". 




Una mañana, en el parque.

Estaba orgulloso de mí mismo. Por primera vez, la había dejado atrás. Sí, estaba agitado como nunca. Y sí, también estaba a punto de sufrir un colapso general. ¡Pero la dejé atrás! Me derrumbé en el pasto, literalmente, con piernas y brazos extendidos, ojos cerrados, y ¡le había ganado, por fin! 

Escuché su respiración esforzada a mi lado y abrí los ojos. Su carita de muñeca lucía como si hubiéramos tenido una maratón de sexo matutino... que era justo lo que había sucedido, en realidad. ¡La mejor mañana de mi vida! Al menos, hasta que volviéramos a repetirlo a la mañana siguiente. No me cansaría de ella jamás.

—Hace como una hora que te estoy esperando... —exageré a propósito, sólo para que me mostrara su sonrisa irónica— ¿Qué pasa? ¿No tenés piernas?

—La verdad, me sorprende estar caminando —se sentó a mi lado—. Ya dejaste en claro tu punto, Mauro. Tu resistencia es admirable. Me rindo...

—¡No quiero que te rindas! ¡Me encanta que pruebes mi resistencia! 

—Bueno —se recostó a mi lado—. Podemos cambiar la rutina, primero corremos y... después vemos.

—¿Viste? No te podés resistir a mí.

Entrelacé mi mano con la suya, que era el único contacto que podíamos permitirnos en un lugar público (¡odiaba eso!) y nos quedamos en silencio por un largo rato. Me encantaban los silencios con Lucrecia, olían a vainilla y coco. Eran deliciosos. 

—Lucila —dijo, de repente. 

—¿Qué? 

—El otro día me preguntaste cuál era mi lugar en el mundo... Lo pensé mucho. Es Lucila del Mar.

—¿En serio? —me apoyé sobre el codo para verla mejor. 

Quería saber todo de ella, cada pequeño detalle, llegar a conocerla más que cualquier persona en el planeta. Por eso le preguntaba cualquier cosa, lo que se me viniera a la cabeza, en el momento que fuera. Me encantaba escucharla hablar. A veces me contestaba de inmediato, en ocasiones se tomaba su tiempo. Me encantaban esas ocasiones: "Lo voy a pensar y después te digo". Nunca dejaba mis preguntas sin contestar, por boludas que fueran.

—¿Por qué? —pregunté, curioso por su elección. 

—Cuando vamos de vacaciones, no importa a qué lugar, siempre pienso en cómo se sentirá vivir en esos destinos turísticos. Cómo es la vida cuando la temporada se termina... Lucila es un lugar hermoso, muy tranquilo, incluso en temporada alta. No tiene más de tres mil habitantes estables; es como un barrio. Me imagino que la vida ahí debe ser muy pacífica —sonrió y me miró con esos ojos redondos—. Un poco de paz no estaría nada mal... Y me gusta el mar. Así que, la respuesta es Lucila del Mar. Ese es mi lugar en el mundo. 

Aunque no tuviera permitido tocarla en un espacio público, sentí un inmenso deseo de besarla. Pero no lo hice. Me resistí, porque yo tenía una resistencia admirable; sus palabras, no las mías. Lo que no pude resistir, fue pedir un deseo en voz alta.

—¿Vamos?

Se apoyó sobre su codo y la distancia entre nosotros se acortó. 

—Vamos... —repetí. Tomé su mano y besé la punta de sus dedos—. Cuando vos quieras y como vos quieras. 

El silencio se prolongaba y mis esperanzas crecían. Porque no había contestado de inmediato, por lo tanto...

—Lo voy a pensar y después te digo.


Creí que su respuesta había quedado inconclusa, pero me sorprendía. Siempre lo hacía. Y nunca dejaba ni una de mis preguntas sin contestar, por boluda que fuera. La respuesta me llegó en una palabra escrita en mi cigarrillo de la suerte. "Lucila". Lucrecia y Alejo estaban en Lucila del Mar. Nos separaban apenas unos cuatrocientos kilómetros de distancia. ¡Nada! 

No me despedí de nadie, preparé el bolso para un par de días y partí de inmediato.



Llegué a la caída del sol. Lucila del Mar era un lugar pacífico, de verdad. Calles arenosas y autos desparramados por acá y por allá. Bosques frescos y aroma a hojas secas. Brisa salada y caricia de sol. Unos pocos se aventuraban a permanecer en la playa un rato más, a pesar del viento y el frío que traía la marea. 

Caminé sin destino, sabiendo que daría con ella de un momento a otro. Porque mi destino era ella. Si eso no funcionaba, mi plan auxiliar era golpear puerta a puerta hasta encontrarla. Así de alterado estaba. Hubiera sido considerado de su parte darme una dirección, o un teléfono, pero así era Lucrecia. Nunca me hacía las cosas fáciles, todo era un desafío con ella. Otro ítem para agregar a la larga lista de cosas que me encantaban. 

Miraba a todos a la cara, buscaba su cabello oscuro, o rulos rubios rebotando por ahí. Su carita de muñeca o la sonrisa chispeante del enano. La gente abandonaba la playa y mis posibilidades de encontrarlos se desvanecían. Y comenzaba a desesperarme.

Busqué las calles más concurridas, con la esperanza de hallarla haciendo compras. Era casi la hora de la cena, y jamás dejaba que la hora de la cena se le pasara a Alejo. Aunque, también era probable que ya estuviera adentro, en alguna casa de alquiler... o capaz que había comprado algo con sus "ahorritos". No dejaba de mirar caras, y la desesperación al no hallarla crecía. 

De repente... 

Me detuve en plena vereda. Estaba de espaldas, sentada en la mesa de un barcito, y el cabello le caía como una cascada hasta la cintura. Era ella. 

¡Era mi Diosa!

Floté hasta ella como en un sueño. Mi mano, que extrañaba la caricia de su pelo con desesperación, se movió por sí misma hasta tomar un mechón. 

—¿Qué hacés? —la mujer se giró y me quedé paralizado. 

—Perdón... —me disculpé, colorado como un tomate— te confundí con alguien más.

No era mi Diosa. Mi Diosa jamás usaría esa cantidad de maquillaje. 

—Perdón —repetí, desilusionado y confundido. 

Me di media vuelta para huir en el sentido contrario y comencé a caminar un poco más rápido. Quería irme, esconderme, buscar un lugar dónde dormir y recomenzar la búsqueda a la mañana siguiente. Ya no recordaba la última vez que había dormido una noche completa. Estaba actuando como un loco. Tenía que...

—¡Maurooooooooooo!

Me detuve una vez más, porque reconocería esa voz de duende dónde fuera que la escuchara. Me di vuelta y lo busqué desesperadamente entre la gente que paseaba, hasta que mis ojos lo descubrieron corriendo hacia mí; con menos rulos rebotando para todos lados. Con menos rulos, pero vivo. 

Vivo. 

Extendió los brazos en plena carrera y lo atajé en un "upa" que había esperado por tres larguísimos meses, un abrazo que pensé que no volvería a tener. Lo apreté con fuerza porque no quería perderlo nunca más. No lo soltaría jamás. Nada ni nadie volvería a separarme de él. Sus rulos me acariciaban la cara, sus brazos rodeaban mi cuello y no me salía una palabra.

Y sentí el calor de su pecho en mi espalda y sus brazos rodeándonos a los dos. Su mejilla en mi hombro y a su aroma a vainilla y coco cercándome por completo. Y estaba viva. Mi Diosa estaba viva. 

Dejé a Alejo en el suelo, pero lo mantuve cerca, porque nadie me lo quitaría jamás. Tomé su mano y la arrastré hacia mí. Saberla viva no me alcanzaba. Necesitaba verla, tocarla, olerla, hacerle el amor hasta el desmayo...

Sus ojos redondos como los de una muñeca me miraron con ese brillo que me derretía, y mi mano, que extrañaba la caricia de su pelo con desesperación, se aferró al mechón que caía apenas hasta el borde de su cara. Sus labios temblaron y mi pulgar los acarició. No quería que temblara. 

No quería que temblara nunca más. 

Sus manos exploraron mi cara, mi cuello, mi pecho, como si no creyera que de verdad estaba ahí. Yo tampoco lo creía. Quizás todavía estaba durmiendo en mi departamento, soñando, como tantas veces, que estaba en presencia de mi Diosa. Mi cuerpo se pegó al suyo y la envolvió en un abrazo posesivo. Hundí la cara en su cuello y aspiré la vainilla y el coco de su piel. Quería creer que era real. Que nada ni nadie volvería a separarme de ella. Nadie me la quitaría jamás. Ni siquiera ella me apartaría de su lado. Y la apreté un poco más. Y luego un poco más. 

—Tranquilo, Mauro... —la música de su voz me acarició el oído y cerré los ojos.

Un "te amo" se escapó de mi boca y un "yo también" me dio la bienvenida desde la suya. Estaba viva. Mi Diosa estaba viva. Viva y conmigo. Y nadie me la quitaría jamás. 

—Sabía que me ibas a encontrar —sus manos me calentaron las mejillas, la miré a los ojos y...

—¡¿Por qué me hiciste esto?! —grité desesperado, tomándola de los hombros.





"No sé quién soy, pero ahora sé lo que no soy" (Sleeping at last - Jupiter)


 

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