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domingo, 29 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 45

Capítulo 45: El centro de mi mundo.




Lunes, 2 de marzo de 2015.

¡¿Por qué me hiciste esto?! —gritó, con una expresión que no le había visto jamás. 

Sus ojos eran puro fuego. ¡Estaba en llamas! La mecha estaba encendida, y si no hacía algo para detenerlo, explotaría. Nos lastimaríamos; y sería irreversible. Sí, lo había extrañado con locura, había soñado muchas veces con ese encuentro. Y sí, quería besarlo hasta quedarme sin aire. Pero, primero...

—Te voy a decir dos cosas, Mauro —aunque tuviera el corazón desbocado, intenté mostrarme lo más entera posible; porque le prometí a mi hijo que no lloraría más—. Primero, esa pregunta es bastante amplia y no la puedo responder acá. Nos tranquilizamos y después vamos a hablar todo lo que vos quieras. Segundo... —me acerqué a su oído, para que Alejo no escuchara—. Si no me soltás en este mismo instante, te voy a pedir que te vayas y no vuelvas más. 

Su expresión de enojo mutó a una de sorpresa tan rápidamente como si lo hubiera abofeteado, parecía recién salido de algún tipo de sueño. Estaba confundido, cansado y, obviamente, todo eso era mucho para él. Era mucho para cualquiera. También para mí. Aún así, no era excusa para que se convirtiera en alguien que no era. Mauro no era un monstruo y, gracias a Dios, me soltó de inmediato. 

—Perdón... —estaba tan apenado que sentí unas ganas terribles de abrazarlo. 

Pero no lo hice. Mi resistencia había mejorado mucho en los últimos meses. Asentí, tragándome las ganas de llorar, y tomé a Alejo de la mano.

—Vamos a casa y después hablamos tranquilos. Ya es hora de cenar. 

Comencé a caminar con mi hijo de la mano y sólo volví a respirar cuando escuché los pasos de Mauro detrás de los míos. No quería nada más que fundirme con él y quedarme a vivir en sus brazos... pero teníamos mucho que hablar. Muchas verdades que poner sobre la mesa. Muchos puntos que necesitaban ser aclarados. Muchos errores que no volvería a cometer con ningún hombre, ni siquiera con él. El amor no era incondicional, no podía contra todo; si queríamos permanecer juntos y bien, íbamos a tener que aprender a no lastimarnos. Los dos.

Luego de hablar, sería Mauro quien decidiera si quería quedarse o no. Mi decisión ya estaba tomada, desde hace mucho tiempo atrás. 

Lo quería en mi vida.



Apoyé el oído sobre la puerta del baño y escuché la caída del agua de la ducha. Lo extrañaba tanto... Por irreal que pareciera, lo extrañaba todavía más ahora que sólo una puerta nos separaba. Lo tenía a una caricia de distancia y no me atrevía a dar el paso. El instinto me empujaba hacia Mauro, pero la razón me decía que tenía que tomar mis recaudos. Siempre optaría por la razón.

—Después... —me prometí a mí misma.

Luego de cenar, mi hijo aprovechaba para echarse en el piso de la sala a ver televisión. Ni una preocupación perturbaba su mente. Ya no había monstruos debajo de la cama y Alejo era más Alejo que nunca, su mejor versión. 

—Hijo, ya vuelvo —le acaricié los rulos a la pasada y salí de la casa. 

Alquilábamos una casa de dos habitaciones, un poco venida abajo, pero alejada de la zona más turística. Allí, Alejo y yo pasábamos desapercibidos. Los turistas preferían alquilar en lugares con mejores accesos a la playa, y por esta zona sólo teníamos dos vecinos estables. La ventaja de los lugares tan pequeños como Lucila, era que siempre podías contar con tus vecinos. La desventaja, era que si tus vecinos no estaban alertados de una nueva presencia, curioseaban. Sobre todo si tus vecinos eran Luis y Catalina, una pareja de ancianos tan adorables como metiches. 

Como cada noche, los encontré curioseando. Se sentaban en la galería frente a su casa, vecina a la nuestra, y se dedicaban a tomar litros de té helado mientras tejían historias fantásticas sobre los pocos turistas que pasaban por la calle. 

—¡Lucila, querida!! ¡Creí que te habías olvidado de nosotros! —Catalina celebraba cada visita que le hacía como si fuera una fiesta, por breve que fuera. 

Pasaba a darles un beso de buenas noches todos los días y no quería que comenzaran a tejer historias fantásticas sobre la llegada de Mauro, así que decidí adelantarme y darles mi versión de los hechos. 

—Imposible olvidarme de ustedes —besé la arrugada mejilla de Catalina y estreché la mano de Luis. Era un hombre muy callado, y muy correcto. Catalina hablaba por los dos. 

Me senté en los escalones de la galería y acepté un sorbo del té que Catalina me ofreció de su vaso. Estaba espantoso, como cada noche. 

—Entonces... —me guiñó un ojo—. ¿Te vinieron a visitar?

—Sí, se llama Mauro y es... un viejo amigo, por decirlo de alguna manera. Por favor, no lo espantes. Me gustaría que se quede.

—¿Un amigo con derecho a roce? —preguntó con picardía.

—Eso está por verse, Catalina. Gracias por el té... —dejé el vaso sobre su mesita y me levanté del escalón—. Bueno, que descansen.

—Sí, es mejor que te vayas. Tu "viejo amigo" te está esperando.

Mauro había salido a buscarme. Rogué que no se acercara, porque Catalina lo retendría por el resto de la noche. Afortunadamente, alzó una mano desde el umbral de la puerta y saludó a la distancia. 

—Un lindo muchacho —comentó Catalina. Luis hizo una especie de sonido gutural; el pobre hombre era una planta. 

—Sí, es lindo... —acordé con una sonrisa. 

Descendí los escalones y caminé hasta la casa, pero Catalina me detuvo. 

—¡Lucila! —gritó, esforzando su voz— ¡Gozá, querida! ¡Que la vida es una sola!

Sonreí por su desparpajo, colorada como un tomate, y me acerqué a la puerta. Mauro parecía más calmado, más él, más irresistible que en mis mejores sueños.

—¿Más tranquilo? —acaricié su mejilla a la pasada. 

—Sí —contestó, siguiéndome hasta adentro. 

Era doloroso no acercarme más, pero necesitaba espacio. A él también le dolía.

—¿Lucila? —preguntó, confundido. 

—Lucrecia desapareció, Mauro —le expliqué, alzando a Alejo del suelo para llevarlo a la cama. Dormía como un tronco—. Quería que por lo menos me quedara "Luli". 

Mi explicación no pareció satisfacerlo del todo, pero era la verdad. Desvestí a mi hijo y le puse el pijama antes de meterlo bajo las sábanas. Mauro no se movió de la puerta en ningún momento. Era como si hubierámos regresado a la época en que lo consideraba un panóptico humano, controlando todo lo que sucedía alrededor. Estaba poniéndome extremadamente nerviosa. 

Que sueñes con los angelitos, mi amor —besé la frente de Alejo.

Al salir de la habitación tuve que ponerme de lado para pasar entre Mauro y la puerta, estaba en mi camino. A propósito, por supuesto. Su mano en mi cintura me detuvo y el calor se propagó como un incendio.

—¿Por qué me hacés esto, Lucrecia? Me estás lastimando, no sabés cuánto... 

Desvié a la mirada porque no quería encontrarme con su rostro, o su boca, a la que deseaba tan fervorosamente que me sentía morir. 

—A mí también me lastima. Pero tenemos que hablar, Mauro. Por favor... —accedí a mirarlo de frente—. Sabés tan bien como yo lo que va a pasar si nos acercamos. Ahora el tiempo es nuestro, nadie nos corre. Hablemos, por favor.

Inspiró profundo y asintió.

Nos sentamos frente a frente en el comedor, la mesa era una segura distancia entre nosotros. Sus ojos un extenso mar de preguntas y mi mente un torbellino de respuestas que no sabía cómo dar. Ninguno de los dos comenzaba a hablar y me ponía más nerviosa a cada segundo, hablar con la verdad verdadera no era algo que se nos diera tan bien. Pero si quería darle una oportunidad a lo que sentía por Mauro, tendría muchas cosas que aprender. 

—Entiendo que estés enojado —dije, tratando de responder a su pregunta inicial—. No había otra forma, Mauro. 

—No estoy enojado... Casi me muero. Hay una diferencia enorme entre estar enojado y sentirse morir, te lo aseguro —encendió un cigarrillo y se reclinó en la silla—. Creí que estabas muerta, Lucrecia. ¡No tenés idea de cómo me sentí! ¿Toda esa sangre en la cocina? ¿Podés ponerte un minuto en mi lugar? ¿No dimensionás mis sentimientos por vos? Te amo, ¿entendés? ¿Podés entender lo que es pensar que la persona que amás ya no existe?

—No había otra forma, Mauro —repetí. 

—¡Sos el centro de mi mundo, Lucrecia! ¿Entendés o no? Hiciste que mi mundo se viniera abajo... Y no estoy enojado, ¡me duele!

Le hice una seña para que me pasara el cigarrillo. Mis dedos apenas rozaron los suyos. Estaba desesperada por sus caricias, pero el espacio era necesario. Conservar mi espacio era necesario. 

—¿Cómo llegaste acá, Mauro? —pregunté, probando la primera dosis de nicotina en meses.

Me miró por un segundo interminable, comprendiendo el alcance de mi pregunta. 

—Es cierto, llegué porque me indicaste el camino. Pero si hubieras confiado en mí, si me hubieras dicho lo que planeabas...

—¿Y convertirte en cómplice? No, Mauro. Jamás te hubiera hecho algo así. Sos vos el que no dimensiona mis sentimientos. Seguís subestimándome.

—Te equivocás.

—No —le devolví el cigarrillo—. Confío en vos más que en cualquiera, desde el primer momento. Desde que te presentaste en mi puerta. Si te daba todos los detalles, si te involucraba en lo que planeaba hacer... podríamos haber caído los dos. 

—Hubiera pasado cualquier cosa por vos. ¡Con vos! Y me dejaste afuera, Lucrecia.

—¡Te necesitaba afuera! —admití—. Si las cosas salían mal, si Lisandro ganaba... ¿con quién se iba a quedar Alejo? Camilo lo iba a llevar con vos. ¿Ahora sos capaz de entender lo que siento? Te hubiera confiado la vida de mi hijo.

Mi confesión lo descolocó. Se quedó mudo, sin saber qué decir a continuación. Pero yo sí sabía lo que quería decir.

—Lamento mucho lo que tuviste que pasar estos últimos meses, pero no podía correr riesgos. Sí, lamento tu tristeza... pero no me arrepiento de lo que hice. Volvería a hacerlo si fuese necesario. No voy a pedirte perdón por querer salvar mi vida y la de Alejo. Y... es mejor que te quede claro ahora, antes de dar cualquier paso adelante —inspiré profundo, porque sabía que iba a lastimarlo. Pero no le mentiría, no en un tema tan delicado—. Te amo, Mauro... muchísimo. Pero vos no sos el centro de mi mundo... yo soy el centro de mi mundo. Si querés compartirlo conmigo, vamos a encontrar la forma; pero si lo que intentás es atraparme en tu gravedad, esto se termina acá. Ya pasé por esta situación una vez, ya fui el centro del mundo de otra persona, y no voy a cometer el mismo error. 

—¿Me estás comparando con Lisandro? —preguntó, horrorizado. 

—Te estás comportando como él y eso me asusta. Vos no sos así —lo miré directo a los ojos, siendo completamente honesta. Su comportamiento me había asustado, de verdad—. No te quiero perder, pero tampoco me quiero perder a mí. Tardé mucho tiempo en recuperarme. Dejame ser.

—Lucrecia...

Lo había sorprendido. Lo hacía mirarse en un espejo y el reflejo no le gustaba. Todos teníamos nuestros propios monstruos y era nuestra responsabilidad mantenerlos a raya. Lo amaba tanto que lo dejaría ir sin un segundo de duda, sólo para que fuera el Mauro de siempre. 

—Perdoname —dijo en un susurro estrangulado—. No me di cuenta... tenés razón, estoy actuando como un loco. Te extrañé tanto, te sufrí tanto, que... no supe cómo reaccionar. 

—No me pidas perdón —estiré una mano sobre la mesa y entrelacé mis dedos con los suyos. Lo necesitaba un poco más cerca—. No cambies, Mauro. Nunca... ni por mí, ni por nadie. Dejarías de ser el hombre que amo. 

Su boca besó mi mano y acaricié su mejilla. Sus ojos eran los mismos que me habían enamorado y la distancia era ya insoportable. 

—No sé si tenías planes para hoy... —sonreí—. Pero si querés, tengo un colchón que necesita una prueba de resistencia. 

—Ay, gracias a Dios —suspiró—. Creí que no me lo ibas a pedir nunca.

Crucé por encima de la mesa, porque no tenía tiempo para dar toda la vuelta, y me senté sobre sus piernas. El calor de sus manos envolvió mis mejillas y saboreé su calor antes que su beso. Mi cuerpo descendió sobre el suyo necesitándolo más cerca todavía. Porque lo había extrañado con locura, y lo deseaba con tal intensidad que temía dejar de existir si no lo sentía dentro de mí. 

—Lucrecia... Alejo —murmuró entre beso y beso, mientras me llevaba su remera en dos puños apretados.

—Duerme como un tronco —le recordé—. No me hagas esperar, Mauro. Te lo suplico —llevé su mano a mi pecho, olvidando mi timidez, porque necesitaba su caricia para sentirme más viva. Más yo. 

—Cuando vos quieras y como vos quieras, mi amor... Siempre. 

El recorrido hasta la habitación no me molestó en lo más mínimo. Hicimos varias paradas técnicas... El tiempo era nuestro y de nadie más. Nadie nos corría. No temíamos ser sorprendidos. No era necesario acallar gemidos ni ocultarnos en la oscuridad. 

No había golpes que ocultar ni cicatrices que esconder. Mauro conocía cada una de las mías. Encendí todas las luces, hubiera traído al sol de ser posible, para verlo en toda su plenitud. Para amar cada centímetro de su cuerpo con mis ojos, con mi boca, y sobre todo, con mi corazón. Sólo cuando éramos uno, cuando su carne era la mía y su corazón latía dentro de mi pecho, sentía que nuestro amor podría contra todo. 

Nos quedaba mucho por aprender, pero el tiempo era nuestro. Estábamos vivos y juntos. Más vivos y más juntos que nunca.






"Dime qué desea tu dulce corazón... Dime como quieres que esto sea" (Aerosmith - Lay it down)



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