Follow by Email

lunes, 30 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 46

Capítulo 46: Un tropezón es caída.
 



Martes, 3 de marzo de 2015.

Todavía sin poder despertar del todo, estiré una mano sobre la cama y tanteé el desparramo de sábanas. No encontré nada más que un espacio vacío y frío. 

Asustado, abrí los ojos y me senté en la cama, temiendo que hubiera sido nada más que un sueño, temiendo despertar a una realidad sin ella. Desorientado, miré alrededor y respiré aliviado al reconocer que no estaba en mi departamento. Estaba en Lucila del Mar, en casa de Lucrecia, en su habitación y en su cama. Mi piel olía a vainilla y coco luego de haberla tenido en mis brazos toda la noche. No había sido un sueño... su colchón era el paraíso, y tenía una resistencia admirable. 

Alcé sábanas hasta dar con mi ropa y sonreí al notar el faltante. Si Lucrecia estaba usando mi remera, eso se iba directo al segundo puesto del ranking de cosas que me encantaban de ella, justo por debajo de "vos no sos el centro de mi mundo, yo soy el centro de mi mundo", que mantendría el primer puesto por toda la eternidad. ¿Hay algo más sensual que una mujer que hace respetar su lugar? Hasta ese momento, jamás lo hubiera imaginado. Pero sí. Lucrecia me puso en mi lugar con su carita de muñeca y su mirada dulce, con una entereza que me provocó admiración. Creí que no era posible, pero la amé mucho más después de eso. 

Me puso en mi lugar, y bien merecido lo tenía.

Me lastimó haber pensado en perderla y reaccioné mal, y estuve a un paso de perderla de todos modos. No quería a otro Lisandro en su vida, yo no quería ser otro Lisandro en su vida, y me lo hizo saber. Me encantó que lo hiciera. Pensé que me iba a mandar de paseo, lejos de ella, y sentí ganas de arrodillarme a sus pies y rogar misericordia. Haría lo que fuera, por patético que fuera. Ella era fuerte, pero yo no. Perderla me aterraba.

Necesitaba verla, aunque ya la hubiera tocado (repetidas veces y de muchas formas diferentes), aunque su aroma todavía estuviera en mi piel, y aunque la madrugada nos hubiera sorprendido haciendo el amor... Todavía se sentía irreal, necesitaba verla. 

Me puse los jeans y me levanté de la cama para salir a explorar; seguí el sonido de su voz y la chispeante sonrisa de Alejo. La puerta de la habitación del enano estaba entreabierta y alcancé a ver el espectáculo de sus piernas. Escuchaba su cuchicheo y la sonrisa de Alejo como respuesta, y me hubiera encantado abrir la puerta para disfrutar de esa escena, pero no lo hice. Era su momento con su hijo y no me sentí dueño de interrumpir.

Estaba poniendo la pava en la hornalla cuando la presentí aproximarse. Seguía siendo tan silenciosa como siempre, pero yo había aprendido a sentirla. Luego de meses sin tenerla cerca, su presencia era abrumadora, imposible de ignorar. Sus brazos rodearon mi cintura y su mejilla se pegó a mi espalda. 

—Me parece que vos tenés algo que me pertenece... —sonreí, girándome a verla. 

Sí, tenía algo que me pertenecía. ¡Gracias Dios por tan hermoso regalo! Guardaría esa imagen en mi memoria por siempre, ¡lo juro! El brillo en sus ojos, la sonrisa en sus labios y el pelo revuelto. Siempre había deseado saber cómo se veía recién levantada. Era un ángel. 

—¿Vos decís esto? —preguntó, tirando de la remera.

—No, te iba a decir que mi corazón, pero sí... mi remera también. Es tuya si la querés, te queda mejor a vos.

—No me digas esas cosas, que me pongo colorada —me abrazó y beso mi pecho—. Y sí, me la voy a quedar, porque me gusta mucho más que no la tengas puesta. 

Mi mandíbula por poco toca el suelo. ¿Quién lo hubiera dicho? ¡Mi Diosa tenía una veta de picardía que estaba sacando a relucir! Eso se iba derecho a mi ranking, por supuesto.

—No dejes que se te pase el agua —sonrió—. Me voy a cambiar y vuelvo. Nos espera un día difícil. 

—¿Por? —pregunté, disfrutando del espectáculo de sus piernas mientras caminaba por el pasillo. 

—¡Ya vas a ver! —dijo, antes de desaparecer tras la puerta de la habitación. 

¿Un día difícil? ¿Cuándo íbamos a tener un momento de paz? No imaginaba qué podría tornar difícil un día que se auguraba tan perfecto. Estábamos juntos, ¿qué podría salir mal? 

Escuché movimiento y vi a Alejo cruzando el pasillo. 

—¿Cómo va, enano? —pregunté, alzando un mano para saludarlo. 

Me miró como si mi sola presencia lo ofendiera y caminó derecho hacia la habitación de Lucrecia, cerrándola de un portazo.

—Ay...



Alejo estaba furioso; a la manera de un nene de su edad, claro. Me ignoraba. Si le hablaba, no me contestaba. Si trataba de acercarme a Lucrecia, encontraba la forma de interponerse, y luego me dedicaba una expresión con ojitos semicerrados y labios apretados. Ya me había sacado la lengua en dos oportunidades. 

Con su mamá, era todo sonrisas. No soltaba su mano, y si las manos de Lucrecia estaban ocupadas, se prendía de su pierna. La acaparaba. Ella parecía tomarlo con naturalidad, pero yo no sabía cómo actuar. No quería competir con Alejo por la atención de Lucrecia, porque era una batalla perdida de antemano. 

Me dolía que el enano estuviera tan enojado... lo comprendía, pero me dolía. No sabía qué hacer.

Al atardecer, con la playa libre de turistas, fuimos a caminar un rato. Me moría de ganas de tomar la mano de Lucrecia, una experiencia que nunca habíamos tenido permitida, pero Alejo la apartaba de mí ante el menor intento.

—Vamos a sentarnos un rato —Lucrecia entrelazó su brazo con el mío y Alejo se colgó de su pierna. 

—¡No, mami! ¡Vamos a juntar "pedritas"! —la detuvo, con mirada suplicante.

—No, andá vos. Yo te miro desde acá. 

—¡Nooooo!!! —lloriqueó.

—Vas solo o nos vamos a casa, Alejo. No quiero escándalos. Me voy a sentar con Mauro y te miramos desde acá —le dijo con firmeza. 

—¡Ufaa! —ofendidísimo, se dio media vuelta y sus pies levantaron arena de camino a la orilla. 

—¿Qué hago, Lucrecia? —pregunté, desorientado. 

—Primero, sentate —sonrió, tirando de mi mano para que la acompañara—. Después, hay que tener paciencia. Es muy chiquito y hay cosas que no entiende. Reacciona como puede. Ya hablé con él.

—¿Qué le dijiste? —pregunté, nervioso. 

—La verdad. Trato de decirle solamente lo que necesita saber. Contesto a sus preguntas —hablaba conmigo, pero su mirada jamás abandonaba a Alejo—. Esta mañana, me preguntó por qué habías dormido en mi habitación. 

—Ay —comencé a híper ventilar y un calor intenso me trepó a la cara— ¿Y?

—Le dije la verdad... que te quedaste en mi habitación porque yo te invité, porque te amo. Nada más. 

—Ay, Lucrecia. ¿Y qué te dijo? 

—Me preguntó por qué no lo invitaba a dormir a él y que si ya no lo quería más... Casi me rompe el corazón —suspiró, con una leve sonrisa—. Le contesté que lo amaba más que a nadie, porque también es la verdad, pero que vos me hacés feliz. Que él tiene su habitación y tu lugar en casa es en la mía —se quedó pensativa por unos segundos y supe que había algo más—. También me preguntó si su papá no me hacía feliz, si por eso había dejado de dormir conmigo. Tuve que contestarle con la verdad, que hacía mucho que ya no me hacía feliz.

Pasé un brazo sobre su hombro y besé su mejilla, porque no sabía qué otra cosa hacer, o qué decir. Su situación era delicada.

—No es la primera vez que pregunta por Lisandro... o por Lucho y Camila. Hasta por su abuela pregunta. Habla de Alicia y Mateo constantemente, me pregunta cuándo va a empezar el jardín —apoyó su cabeza en mi hombro, se oía tan cansada—. No sé cómo contestar a esas preguntas. Se me están acabando las excusas. Hace tres meses que "estamos de vacaciones". Es chiquito, pero muy inteligente. No sé cómo voy a seguir, Mauro. Estaba tan concentrada en buscar la salida, que ahora que ya estoy afuera, no sé para dónde ir. 

—Lucrecia, ¿querés mi opinión? —pregunté con cautela. 

—Por supuesto —contestó con seguridad. 

—Comprendo tus razones para irte, y me alegra que lo hayas hecho; no podían estar un minuto más en esa casa. Te fuiste para ser libre... pero, ¿te sentís libre? Ni siquiera podés usar tu nombre. ¿No te parece injusto? En mi opinión, tenés que volver. 

—¿Volver? —preguntó, obviamente desestimando el consejo—. Sí, genial. ¿Y qué les digo? No estoy muerta, era una bromita...

—Por supuesto que no, Lucrecia. Pero mientras más tiempo permanezcas escondida, más empeora tu situación. Decí la verdad, que te fuiste por miedo a Lisandro. Denuncialo, como corresponde. Tu causa la tiene un fiscal buenísimo, estoy seguro de que va a saber ayudarte. 

—Me van a querer sacar a Alejo —dijo, mirando a su hijo—. No puedo volver. 

—¿Y si te encuentran? ¿No sería peor? Volvé, decí que te asustaste... Es la única solución que se me ocurre. 

—Lisandro tiene mucho poder, los contactos adecuados. 

—Vos también —dije, con un dedo en su mejilla para capturar su mirada—. Vos también, Lucrecia. 

—¿Qué querés decir?

—¿Ese documento que tenés? ¿El que estaba en la caja fuerte de la oficina? 

Su mirada cambió ante la mención del robo y su carita de muñeca fue incapaz de mentirme. Era la primera vez que le preguntaba de frente su vinculación con ese hecho, y su silencio era la confirmación. 

—Hay mucha gente interesada en ese papelito. Fusco es uno de ellos, asumo que Lisandro también, y estoy casi seguro de que la muerte de Santiago se relaciona con eso. ¿Me equivoco?

Me miró por un segundo infinito, y luego negó lentamente con su cabeza. 

—No te equivocás —asumió en voz baja. 

—Bien... mejor así. Usá ese documento, Lucrecia. Si Lisandro se acerca, amenazalo. Vos tenés la ventaja en esto, no la dejes escapar. Esto no es recuperar tu vida. ¿Esconderte? ¿Esconder a Alejo? ¿Hasta cuándo? Tenés que volver. Vos sos la víctima, no te pongas del otro lado de la vereda. 

—Mauro, hice muchas cosas... que si llegaran a saberse...

—No me digas nada —la detuve—. Lo que sea que hayas hecho, lo hiciste bien. Fusco no tiene idea de cómo lo hiciste, o cómo probarlo, está nervioso por ese documento. 

—¿Y vos cómo sabés? —preguntó, completamente seria. 

—Ya sabés esa respuesta, Lucrecia. Fusco nos bajaba órdenes a Gómez y a mí, pero nunca encontramos nada. 

—¿Me espiabas? ¿A mis espaldas? ¿Vos pusiste el micrófono?

—¡¿Qué?! ¿Qué micrófono? —pregunté, confundido— ¡No! Yo no puse nada... ¿Qué micrófono?

—Olvidate, Mauro —quitó mi brazo de sus hombros. 

—No te estaba espiando, quería ayudarte. Fusco insistió en que quería ese documento para llegar a Santiago y a Lisandro. Creí que si lo ayudaba, te libraba de Lisandro. Me engañó, como a un boludo... Estaba tan desesperado por ayudarte, que hubiera hecho cualquier cosa. Pero Fusco también está desesperado, porque estoy seguro que es su nombre el que está en ese documento.

—Y el de Elena —confirmó, Lucrecia—. Eso es lo que asusta a Lisandro, que vinculen a Elena con los negocios de Santiago. 

—¡Esa harpía! —mastiqué entre dientes— Nos cruzamos en la oficina de Gómez, es una basura. 

—De tal palo, tal astilla...

—Tenés que volver, Lucrecia. Recuperá tu vida. No van a parar hasta encontrarte, creeme. 

Su mirada regresó a Alejo, que hacía un castillo de arena cerca de la orilla. Estaba asustada, estaba tan asustada como cuando vivía con Lisandro. Quizás más. 

—Si me lo quitan, me muero. No puedo permitir que Lisandro esté cerca de él. Lo va a usar para lastimarme a mí. Es su papá... si vuelvo, aunque estemos separados, va a querer verlo. Le van a dar un régimen de visitas, seguramente.

—Eso no lo decide él. Lo decide un juez. Denuncialo, Lucrecia. 

—¿Y después qué sigue? ¿Batalla legal por la custodia? ¿Botón de pánico cuando empiece a perseguirme? 

—No, lo que sigue a la denuncia es amenazar a Lisandro con exponer ese papel si no se hace a un lado. Eso es lo que sigue. Yo voy a estar con vos en cada paso que des... No te voy a dejar sola. Pero no podés seguir escondiéndote, esa no es la solución. 

—Me iba a matar, Mauro... —dijo, con lágrimas contenidas—. Ese día, si no lo frenaba, me iba a matar. 

La abracé, sintiendo tanto miedo ante la posibilidad de haberla perdido, tanto alivio de poder estrecharla en mis brazos, y tanta furia contra Lisandro. Lo mataría, con mis propias manos. 

—¿Qué pasó? —pregunté, llevándome sus lágrimas.

—Vos me salvaste, eso pasó —rozó mi boca con un beso—. Me estaba asfixiando y seguí tu consejo... No lo enfrenté. Esperé a que estuviera cerca y lo golpeé donde más le duele. Y le dolió, mucho. Vos me salvaste, Mauro. Un montón de veces.

—No estuve ahí, tendría que haber estado ahí...

—Estabas, siempre estás.

—Quiero estar siempre, mi amor. En las buenas y en las malas. Siempre —me acerqué para besarla, pero...

—¡Maaaaaamiiiiiiiii!!!! —el grito de Alejo nos interrumpió y Lucrecia sonrió sobre mis labios.

—Paciencia —me recordó, acariciando mi mejilla. Se levantó de mi lado y se sacudió la arena—. Gracias por el consejo, Mauro. Lo voy a pensar y después te digo.

Me quedé embobado, viéndola caminar hacia Alejo, y me sentí pleno por primera vez en mucho tiempo. Quizás había una esperanza para que Lucrecia de verdad recuperara su vida. Quería a Lucrecia, no a una Lucila construida desde el miedo. Ella no tenía por qué esconderse. Además... ¿cómo le pediría que se casara conmigo si no recuperaba su vida?

Lucrecia fue hasta el agua y, para mi sorpresa, Alejo corrió hacia mí. Me quedé inmóvil, a la espera de su siguiente movimiento. No parecía nada feliz, me miraba con ojitos entrecerrados y labios apretados. Sin dejar de mirarme, tomó un puñado de arena y me lo arrojó. O intentó hacerlo, el viento envolvió su improvisado proyectil y le dio directo en la cara. 

Y ya no lo aguanté más. No quería tener paciencia. 

—Vení, Alejo —tomé su mano y se resistió un poco, pero finalmente trastabilló hasta mí. Sacudí sus rulos, su remera, y le limpié la cara. Lo senté sobre mis piernas y lo abracé, porque lo adoraba y su enojo me lastimaba—. Tu mamá te quiere más que a nadie, ¿sabés? Es tuya... Pero yo también la quiero y te quiero a vos, un montón —dije, acomodando sus rulos. 

—Mi mamá es mía...

—Lo tengo clarísimo —sonreí—. Pero, ¿podemos compartirla un poquito? No quiero que estés enojado conmigo, enano. Sos mi amigo, ¿o no?

Alcé mi mano frente a él para hacer honor a nuestro pequeño ritual. Me miró por unos segundos, hasta que por fin cedió.

—Te la presto, pero un ratito —acordó, no del todo convencido—. Choque los cinco.



Las cosas se acomodaron un poco después de la charla con Alejo, pero todavía se mostraba un poco receloso. Pensé en dejarle espacios a solas con su mamá, tantos como pudiera compartiendo la misma casa. Después de la cena, salí afuera y encendí un cigarrillo, saludando con la mano a los vecinos metiches de Lucrecia. 

Era una noche preciosa, el cielo se veía completamente diferente sin tanta contaminación lumínica. Más oscuro, las estrellas más brillantes, la luna más majestuosa. Decidí dar una vuelta a la casa, sólo por curiosidad. Circulé la propiedad y cuando llegué a la parte de atrás, me quedé paralizado. 

Allí, estacionada a la vista de quien paseara por ahí, estaba la camioneta blanca del podador. Mi cabeza unió los puntitos de inmediato y la imagen se presentó completa. El podador se había hecho pasar por Lisandro, Lucrecia se había hecho pasar por el podador. Juan María buscaba al podador. 

Arrojé el cigarrillo en el suelo y entré corriendo a la casa. 

—¡Lucrecia! —la busqué por el pasillo y di con ella en la habitación—. Me mandé una cagada terrible... —dije, asustado como nunca. 

—¿Qué? ¿Qué pasó? —preguntó, alarmada. 

—Le di la patente de la camioneta al fiscal...

—¡¿Qué?!





"No hay duda de que estás en mi corazón ahora..." (Guns & Roses - Patience)




No hay comentarios:

Publicar un comentario