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martes, 31 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 47

Capítulo 47: No es un adiós.




Martes, 3 de marzo de 2015.

Escuché su desesperación antes que a sus pasos precipitándose por el pasillo. Medio segundo después, se materializó en la habitación y empujó la puerta con tal ímpetu que rebotó contra la pared. Lo había visto alerta muchas veces, pero su expresión era una que no anticipé... miedo. 

Su miedo me dio miedo.

—¡Lucrecia! —dijo casi sin aliento, pálido como un espectro—. Me mandé una cagada terrible...

—¿Qué? —me sobresalté— ¿Qué pasó?

—Le di la patente de la camioneta al fiscal...

—¡¿Qué?!

—La camioneta... la que está afuera. Lucho y yo la vimos en un video de seguridad. Le di la patente al fiscal... Perdoname, estaba desesperado... Es que no teníamos...

Mauro seguía hablando, pero ya no lo escuchaba. ¿Para qué? Ya me había dado la información que necesitaba. Además, no podía concentrarme en su voz. Una oleada de frío y calor me atravesaba el pecho; la misma sensación que me asaltaba cada vez que Lisandro apuntada sus armas en mi dirección, cuando veía su mirada oscurecerse, o sus puños aterrizando en mi cuerpo sin piedad. Miedo... así se sentía el miedo para mí. Mi miedo tenía rostro. Pero detrás de la temible cara del monstruo, otra fisonomía se cruzó en mi pensamiento. Un rostro muy parecido al de Lisandro.

Camilo. Estaba preocupada por Camilo. Él había conseguido la camioneta. 

Me levanté de la cama y evadí a Mauro, que seguía disculpándose como si hubiera cometido un pecado capital.

—¡Por favor, Mauro! ¡Basta! —le grité.

Se quedó inmóvil en medio de la habitación. Enseguida me arrepentí de haber gritado, ¡pero no se callaba! Y no tenía tiempo para consolarlo, me temblaban las manos y tenía que encontrar mi celular.

—No me dejás pensar... —dije, apresurándome hasta el cajón de mi ropa interior, revoleando prendas por toda la habitación, hasta dar al fin con el confiable Nokia1100.

Nerviosa, me senté sobre la cama y me sacudí las manos antes de prender el aparato. Mauro estaba arrodillado frente a mí, ni siquiera supe cómo llegó ahí. Se veía descorazonado.

—Perdón por gritarte... —acaricié su mejilla con una mano mientras con la otra marcaba el número que conocía de memoria.

Contestó de inmediato.

—¿Luli? ¿Qué pasó? —sabía que mi llamado indicaba problemas. No hablar a menos que se tratara de una emergencia, ese era el acuerdo.

—Camilo... —cerré los ojos y tragué saliva con dificultad, muerta de miedo, elevando una plegaria silenciosa—. Me voy a entregar. Voy a denunciar a Lisandro.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?!

—Porque si no me entrego primero, me van a venir a buscar y todo va a ser peor... Cometí un error, Camilo. Me tendría que haber desecho de la camioneta y no lo hice; de alguna manera dieron con el número de patente —no pensaba dejar que Mauro expuesto, el error había sido mío.

—Lucrecia... —escuché un suspiro de derrota del otro lado de la línea. Camilo sabía tan bien como yo que estaba perdida— ¿Qué querés que haga? ¿Cómo te ayudo?

—¿Hay alguna forma de que vinculen la camioneta con vos? —pregunté, preocupada.

—Ya te lo dije, tengo amigos que no me atrevería a presentarte. La camioneta es robada... Es un rompecabezas de autopartes, ya ni siquiera se parece a la original. Imposible de rastrear. Los papeles son truchísimos.

—Mejor así... —me temblaba todo el cuerpo, pero Mauro estaba peor que yo—. No puedo pensar con claridad, Camilo. Estoy asustada. Dame una coartada...

—Fácil, ya la venía pensando... Lisandro te atacó, te asustaste, el "podador" se compadeció de vos y le tiraste unos mangos para que te sacara de la casa y para que te diera la camioneta. No conocés la identidad del podador, porque no le preguntás el nombre a todo el mundo. Se presentó en tu casa, te ofreció sus servicios y lo contrataste. Si te preguntan por qué no contactaste a la agencia de siempre, les decís que era 31 de diciembre, creíste que no podían mandar a nadie. Si no llegan al podador (y no van a llegar) la coartada es sólida.

—Te voy a proteger, Camilo... como sea. Perdón por haberte metido en todo esto.

—No hay forma de que me agarren. Estoy dando un paseíto por Bolivia, primera parada de mi viaje. Las chicas están bien, no pueden vincularlas. Ni siquiera estaban ahí.

Cerré los ojos y respiré aliviada.

—Gracias a Dios.

—No te preocupes por nosotros. Concentrate en vos. ¿Qué pensás hacer? Después de entregarte, digo.

Miré a Mauro... ¡lo quería matar! Pero también lo amaba, infinitamente. Quería matarlo, y abrazarlo, y pedirle perdón... porque él y Lucho no habían estado perdiendo el tiempo. Me habían buscado, todo este tiempo, y habían dado con la camioneta. ¿Cómo podía culparlos?

Confiaba en él. A pesar de todo, confiaba en Mauro con mi vida.

—Mauro sale para Capital con mi equipaje, ya. Lo va a mantener seguro hasta que lo necesite.

Él abrió la boca, seguramente para protestar, pero puse mi dedo sobre sus labios. Después de la "cagada" que se había mandado, no podría decirme que no.

—Sos consciente de que Lisandro va a estar ahí...

—Sí, Camilo. Ni me lo digas.

—¿Y Alejo? —la sola pregunta me provocaba taquicardia.

—No me lo saca nadie —respondí con firmeza. Eso estaba fuera de discusión.

—Bueno... asumo que Mauro está con vos, ¿no?

—Llegó ayer —y ya se mandó una cagada, estuve tentada de agregar.

—¿Me ponés en altavoz?

—Este teléfono no tiene —me levanté de la cama y me alejé de Mauro.

—A ver... yo sé que ese teléfono tiene altavoz. Necesito hablar con él. ¿Dónde querés que ponga tu equipaje? ¿En su casa? Es el primer lugar al que van a ir a buscar.

—Le paso la dirección de tu departamento y....

—Poneme en altavoz, Lucrecia. Quiero hablar con él. Soy tu amigo, te prometo que lo voy a tratar bien...

Caminé un poco por la habitación, considerando. ¿Era prudente poner a conversar a tu "chape" de secundaria con el amor de tu vida?

—Poneme en altavoz.

—¡Bueno! —revoleé los ojos, como si Camilo pudiera verme.

Apreté el dichoso botón y arrojé el teléfono sobre la cama, cerca de Mauro.

—Camilo, Mauro... Mauro, Camilo... —los presenté, cruzándome de brazos.

Mauro le clavó una mirada al teléfono, para nada feliz.

—¿Mauro?

—Sí... —contestó sin mucho entusiasmo.

—Antes que nada... por tu propio bien, espero que te estés portando bien con Lucrecia. Tiene pésimo gusto con los hombres. Creeme, yo lo sé.

—¡Camilo! —lo reprendí. Mauro apenas sonrió.

—¿Qué? Es la verdad... Bueno, dicho esto... Mauro, te voy a mandar la dirección de mi departamento a tu celular. Ya tengo tu número, lo guardaba por si acaso. Después borrás el mensaje. Mi vecina te va a dar la llave, se llama Ana Laura. Dejás el equipaje de Lucrecia donde quieras, ahí va a estar seguro.

—No me voy a mover de acá —informó Mauro, sin una pizca de duda—. No va a ir a ningún lado sola. Lisandro va a ser el primero que...

—Esa es mi decisión, no la tuya. Vos te vas ahora —insistí—. Alejo y yo nos vamos mañana.

—Tampoco es tu decisión, Lucrecia. Yo no me muevo de acá. Te prometí que íbamos a hacer esto juntos.

—Quiero que te vayas.

—No me voy a ir a ningún lado.

—¡Bueno, bueno! ¡Tiempo fuera! —interrumpió, Camilo. Mauro y yo sosteníamos un duelo de miradas y ninguno tenía intenciones de perder— Luli tiene razón, Mauro. Dejá que vaya sola. Te necesitamos afuera, ¿entendés?

—Nos vamos los tres juntos, dejamos las cosas en el departamento de tu "amigo" —gesticuló las comas, ¡lo hizo! Quise sonreír, era la primera vez que lo veía celoso. Pero la situación distaba mucho de ser graciosa—, y después yo te llevo a la fiscalía.

—Excepto que en el peaje nos detengan por la camioneta, ¡a los tres! ¿Cómo les explico que estás conmigo? —pregunté, sentándome en la cama.

—Vamos en mi auto —sugirió.

—¡Todavía mejor! —la voz de Camilo se alzó entre nosotros— Así Lisandro te acusa de secuestrar a su hijo y a su esposa... Sos el amante obsesionado, ¿no te acordás? Ya tuviste tu minuto de fama, Mauro. Si los ven a los tres juntos, comprometés más a Luli. Dejá que vaya sola.

Mauro se quedó callado, porque no había manera de arremeter contra el argumento de Camilo. ¿Yo? Satisfecha, había ganado la contienda.

—¿Siguen ahí?

—Sí —contestamos los dos al mismo tiempo.

—Es bueno escucharlos tan coordinaditos —casi pude escuchar la media sonrisa burlona en la boca de Camilo—. Bueno, muñeca... ¿algo más? ¿Se nos está pasando algo?

—Nada más. Cuidate, Camilo —le pedí—. Por favor, no hagas ninguna locura. 

—¿Locura, yo? Sos vos la que se va a entregar. Cuidate, muñeca. ¿Mauro, seguís ahí?

—Sí —contestó entre dientes.

—Cuidala, por favor. Hacé lo que te dice... sabe lo que hace. Confía en ella, que ella confía en vos.

—La voy a cuidar, por supuesto.

—Y, ¿Mauro?

—¿Qué?

—¿Sabías que le di a Lucrecia su primer be...?

Corté la llamada, porque no quería que escuchara esa parte, aunque supuse que algo sabía. Su expresión lo decía todo.

—Fue hace mucho, mucho, muchísimo tiempo —me arrodillé sobre la cama y pasé los brazos por su cuello—. Es mi mejor amigo. Cuento con él —acaricié su boca con un beso.

—Ya sé —acomodó un mechón de mi pelo que ahora insistía en caer sobre mi mejilla de lo corto que estaba—. Y le voy a agradecer toda la vida por ayudarte. Fui yo el que lo arruinó todo... y no sé cómo pedirte perdón, Lucrecia.

—No arruinaste nada, Mauro. Me buscaste y me encontraste, no esperaba menos de vos. Yo quería que me encontraras, me iba a dormir todas las noches y soñaba con eso, con verte de nuevo... —me acerqué un poco más al calor que desprendía su cuerpo, porque quería quedarme a vivir en su corazón y no salir nunca más—. No me pidas perdón. Mejor, besame. Y acariciame. Tocame. Haceme el amor hasta que me olvide incluso de mi nombre. Y después, besame otra vez...

—No me digas esas cosas que me hacés poner colorado —sonrió sobre mi boca. Mi cabeza tocó la almohada y mis piernas se abrieron para darle la bienvenida, porque también querían que él viviera dentro de mí—. Y no me hables como si nos estuviéramos despidiendo, Lucrecia —sus ojos me traspasaron el alma—. Nunca te despidas de mí... Esto no es un "adiós", ¿me escuchás? Es un "para siempre".

—No me estoy rindiendo —me llevé su remera con dos puños apretados, quería más de su piel a mi disposición—. Estoy peleando por mí... por los tres.

—Te quiero en mi vida, Lucrecia. Siempre te quise... desde el primer momento —su calidez de su boca recorrió mi clavícula y auguró en incendio—. Y ahora te quiero más todavía.

Su mano encontró un espacio entre mis jeans y buscó la humedad entre mis piernas. Me derretía con una sola caricia y él lo sabía, me conocía como nadie. Le había mostrado todo de mí, desde los destellos hasta las oscuridades más profundas, y él me aceptaba como era. Mauro me conocía. Sus labios conocían los puntos más sensibles de mi piel, sus manos me arrancaban gemidos musicales, y sentirlo dentro de mí era como darse una vuelta por el paraíso. Podía ser suave y cariñoso, y al mismo poderoso y dominante, y amaba cada una de sus facetas. Con él, podía ceder el control, porque en sus brazos me sentía más libre que en cualquier otro sitio. 




Miércoles, 4 de marzo de 2015.

Me quedé con su remera, porque era un regalo que no pensaba devolver, y porque quería conservar algo de él. Apoyada en el umbral de la puerta, me tragué la angustia de verlo besar los rulos de Alejo en la oscuridad de la habitación. Por más que insistiera en que no era así, esto se parecía bastante a un "adiós".

—No salgas, Lucrecia —dijo, besando mi mejilla.

—Quiero estar con vos hasta el último segundo, no me lo impidas. Esta vez, no.

Asintió, con una sonrisa tan triste que quise ponerme a llorar. Pero tenía que ser fuerte. Por los tres. Esto apenas comenzaba. Tomé el bolso que había dejado sobre la mesa.

—Mi equipaje, Mauro —se lo entregué. Era un bolso mediano, lo que había quedado luego de repartir el "botín" en partes iguales.

—Tus "ahorritos".

—Sí... —sonreí—. Y el documento está en un doble fondo. Ese es mi "seguro".

—¿Estás segura de que el departamento de Camilo es el lugar indicado?

—No... pero no quiero que lo tengas vos. Quiero que te saques ese bolso de encima lo antes posible, Mauro. Es un equipaje muy pesado. No quiero que soportes cargas que no te corresponden. Jamás te arriesgaría.

—Ya te dije que haría cualquier cosa por vos.

—Ya sé. Por eso te pido que hagas esto, por mí... Deshacete de la carga lo antes posible.

Cuando salimos de la casa, el sol apenas asomaba en el horizonte, no había vecinos curiosos a la vista. Caminamos hasta el auto y acomodamos el "equipaje" en el baúl.

—Lucrecia, si Lisandro...

—Lisandro no se va a acercar —le aseguré—. Voy a ir directo a la oficina de Juan María. No me puede hacer nada ahí, no se atrevería.

—Si se acerca, Lucrecia... —su brazo se enroscó en mi cintura y me pegó a su cuerpo, el calor de su boca me anticipó un beso. Quizás, el último—. Si se acerca a vos, lo mato.

—Dijiste que harías cualquier cosa por mí —acaricié su mejilla—. No te conviertas en alquien que no sos. Y no me hables como si esto fuera una despedida. Va a estar todo bien. Lo voy a denunciar, Mauro. Y te voy a necesitar como mi testigo.

—Y voy a estar, siempre.

Sus labios encontraron a los míos en un beso que prometía un "para siempre". Una promesa que quería creer con todas mis fuerzas.





"No hay otro lugar en el que debamos estar esta noche" (Bon Jovi - You want to make a memory)



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