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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 5



Capítulo 5: Alternativas



Miércoles, 8 de diciembre de 2011.

Nunca creí que se pudiera extrañar a alguien que te había lastimado tanto. Habían pasado casi dos meses desde la ruptura, pero todavía no lograba desintoxicarme de lo que sentía. Sabía que era necesario aprender a vivir sin él, acostumbrarme a estar sola nuevamente; pero no podía digerir la ausencia… básicamente, porque no había tal ausencia.

¿Cómo era posible superar la situación cuando Lisandro insistía en permanecer en mi vida a como diera lugar?

No cesaba de llamar y escribir, a toda hora. Mi celular no dejaba de sonar o vibrar. Cuando por fin decidí apagarlo, era el teléfono fijo el que repicaba sin parar. La tortura duró hasta que mi abuela me rogó encarecidamente que lo atendiera, para que se dejara de joder. A las dos nos dolía la cabeza de tanto bochinche.

Escuchar el tormento de su voz del otro lado de la línea fue lo peor que me podía pasar. Le supliqué que me diera un tiempo para pensar las cosas con calma, que se lo diera él también. A pesar de prometerme que lo haría, no fue capaz de cumplir. A veces, hablábamos hasta la madrugada; él rogando por que volviera y yo implorando que dejara de insistir. En otras ocasiones, cuando sus argumentos y mi paciencia se agotaban, se limitaba a llorar. Esas llamadas eran las peores.

Cuando sugirió que el dolor era demasiado insoportable para él, que no podía vivir sin mí, me asusté de verdad. Estúpidamente, accedí a que nos viéramos para tomar un café.

La peor idea que se me había ocurrido.

Cuando lo vi por primera vez luego de semanas de separación, casi me muero. Su cabello era un desastre, había perdido unos cuantos kilos, y sus ojeras delataban que había dormido tan poco como yo. Era un desastre… igual que yo. Faltó poco para que cediera a sus súplicas, pero cuando empezó a gritar después de media hora de charla, supe que volver sería un error.

Acceder a verlo había sido un error.

Lisandro interpretó que alguna puerta se había entreabierto para que él persistiera en sus avances. Se aparecía, sin previo aviso, cada dos o tres días. Al principio, ponía cualquier tipo de excusa. “Te traje un poco más de ropa” o “¿cada cuánto tengo que regar los tomates?”. Cuando las excusas tontas se le agotaban, venía a casa solamente porque “necesito verte”; sus palabras, no las mías.

Mi Nona no ayudaba, o por lo menos no a mí. Se había convertido en la promotora oficial de la campaña “Lisandro es lo mejor para vos”. La promo incluía: “¿dónde vas a encontrar a otro como a él?”, “te trata como a una reina”, y “la plata no nos alcanza, era más fácil cuando estaba Lisandro”. Esa última frase fue la que terminó por rebalsar el vaso. Siempre tuve mis sospechas, pero eso confirmaba que mi abuela no me quería en la casa, que esperaba que volviera con Lisandro para sacarse un problema de encima. Por mucho que doliera la verdad, era mejor que empezara a hacerme a la idea de que estaba sola. Tenía que encontrar la forma de sostenerme a mí misma.

El coqueto título y la medalla de honor del colegio de Belgrano me sirvieron de muy poco cuando tuve que enfrentar al mundo real. En la Argentina de 2011, el trabajo escaseaba y las oportunidades que surgían no eran las que esperaba. Por suerte, a la dueña del almacén de la esquina se le había ido el muchacho que atendía la verdulería y pensó en mí para cubrir el puesto. No era un trabajo de ensueño, pero me permitía estar fuera de casa por algunas horas y ganar unos pesitos para darle una mano a la Nona.

Creí que el dolor de la separación y la falta de apoyo de mi abuela eran castigo suficiente para dos o tres vidas, pero como siempre, me equivocaba. Todavía me esperaba un dolor más grande, probablemente el más grande que tuviera que enfrentar jamás.



A pesar del feriado por el Día de la Inmaculada Concepción, Capital seguía siendo la misma locura de siempre. Después del incómodo y apretujado viaje en colectivo, me bajé un par de paradas antes de mi destino final. Hacía mucho tiempo que no caminaba por esas calles, y además, necesitaba un par de minutos más antes de llegar.

Nunca había estado más asustada y más sola en toda la vida. Jamás pensé siquiera en la posibilidad de estar pasando por algo como lo que se avecinaba. Hacía tan solo un año atrás, quizás a esa misma hora, estaba en el departamento de Lisandro luchando por desenredar las lucecitas del primer árbol de Navidad que armábamos juntos. ¡Tanto había cambiado desde entonces! Quería volver el tiempo atrás, pero eso era imposible. El tiempo solo avanzaba.

Cuando llegué a la dirección que tenía anotada en mi cuadernito, me sorprendí. El edificio era hermoso, moderno y elegante. No se condecía para nada con la idea que tenía de ese tipo de lugares. Supongo que esperaba un edificio descascarado y húmedo, decrépito, reflejo del tipo de actividades que se realizaban ahí. Me detuve frente al portero eléctrico y respiré hondo antes de poder tocar el timbre.

Después de un par de segundos, la mujer contestó.

—¿Sí?

—Soy Lucrecia Ayala. ¿Está la doctora? —murmuré con la voz entrecortada.

—Soy yo, Lucrecia. Pasá —acto seguido, la chicharra de la puerta me hizo dar un salto. Casi no abro… casi.

El viaje en ascensor hasta el piso doce me pareció larguísimo. Traté de evitar el espejo tanto como pude. No quería ver mi reflejo, no en ese momento. Solo me limité a presionar los estudios sobre mi pecho hasta que el dichoso aparato llegó a destino.

Cuando las puertas metálicas se abrieron, la Dra. Isabel Ojeda me esperaba en la puerta de su departamento. Su voz era firme y profesional al teléfono; en vivo y en directo, su sonrisa suave era tranquilizadora. Parecía una mujer en sus cuarenta y tantos, de preciosos ojos verdes y cabellera castaña que le llegaba hasta sus hombros. Llevaba ropa casual, como cualquiera en un feriado. Y, nuevamente, no era lo que esperaba. Pensaba que me recibiría una mujer con guardapolvo blanco, con cara de pocos amigos, desinteresada y fría.

—Buenos días, Lucrecia —saludó cortésmente.

—Hola… —logré articular—. Gracias por recibirme hoy, espero no importunarla.

—No te hubiera dicho que vinieras si fuera un problema. No te preocupes. Pasá —se hizo a un lado y me indicó que entrara.

Dentro del departamento, nada parecía fuera de lo común. Nos dirigimos hacia el comedor, donde el arbolito de Navidad ya brillaba en una esquina cerca de la ventana, y me invitó a tomar asiento mientras se preparaba un té. Era muy agradable, y hasta me sentí mal de haber pensado tan bajo acerca de ella.

—¡Qué calor que hace, ¿no?! —comentó mientras endulzaba su té.

—Un infierno —en más de un sentido, pensé—. ¿Usted dice que si lo hacemos hoy para mañana ya voy a poder trabajar?

—Tranquila, Lucrecia. Vamos a hablar un poco antes, ¿sí?

—¿No hablamos todo por teléfono? Traje todos los estudios, hice todo lo que me pidió…

—Hablemos un poco antes —insistió. Abrió un cuaderno que tenía sobre la mesa, donde pude pispiar que tenía anotados mi nombre y mi teléfono, y se dispuso a tomar notas—. Contame, ¿cuántos años tenés?

—Cumplí los diecinueve el 15 de septiembre.

—Bien —anotó y prosiguió—. Altura y peso, por favor.

—Un metro sesenta y ocho, y cincuenta y cuatro kilos. Me pesé ayer para estar segura.

—Perfecto. No sos alérgica a ningún medicamento, ¿no?

—Creo que no, nunca me pasó nada. Tuve varicela cuando era chiquita y una gripe fuerte como a los diez, pero nada más.

—¿Sos sexualmente activa desde cuándo? —mis dientes rechinaron automáticamente al escuchar esa pregunta. Era invasiva.

—Un año más o menos.

—¿Y cómo te cuidás?

—No me cuido, obviamente —contesté, abiertamente molesta—. Mi novio se cuidaba. Mi “ex” novio.

—Ajá —volvió a anotar antes de darle un sorbito a su taza—. ¿Y qué piensa él sobre esto?

Sabía que me iba a preguntar eso, y aun así, la pregunta me revolvió el estómago.

—No lo sabe —contesté con la mirada fija sobre la estrellita dorada del arbolito de Navidad.

—Ya veo… ¿Puedo preguntar por qué?

—¿Es necesario?

—Mirá, Lucrecia. Voy a ser totalmente sincera con vos —cerró el cuaderno y me miró directo a los ojos—. La mayoría de las chicas que vienen acá, lo hacen porque piensan que no tienen alternativa, porque creen que no es el momento, o porque no quieren hijos y nada más. A todas les digo lo mismo… siempre hay alternativas. La interrupción del embarazo es solamente una de ellas. Pero antes que tomes la decisión, quiero estar segura de que exploraste todas las otras alternativas, ¿entendés? No es una decisión para tomar a la ligera.

Ahora sí que estaba confundida, ¿esta mujer se creía con el derecho de cuestionar mi decisión? ¿La doctora que practicaba abortos clandestinos creía tener más consciencia que yo?

—No vamos a tener un debate moralista, ¿no? Porque si fuera así, tendría que preguntarle por qué hace lo que hace, ¿no le parece? —disparé sin poder contenerme.

—Si preguntaras eso, yo te contestaría que lo hago porque nuestro sistema de salud no contempla la interrupción del embarazo como una alternativa viable. Muchas chicas mueren todos los años por consecuencias de intervenciones que se practican de forma irresponsable, y creo que contribuyo a mi manera para contrarrestar lo que considero un error del sistema. De todas maneras, quiero que seas consciente de lo que estás a punto de hacer… porque sos vos quien va a vivir con esto por el resto de tu vida, y no quiero que sientas que no tuviste alternativa. El padre tiene tanta responsabilidad en este embarazo como vos.

—El padre no es una alternativa —interrumpí ante la mención de Lisandro—. Ya no estamos juntos.

—Eso no lo hace menos padre.

—No va a haber bebé, así que no hay padre. ¿Para qué lo voy a cargar con algo como esto? Ni siquiera pudimos tener una relación normal, ¿cómo nos encargaríamos de un bebé sin matarnos en el proceso? —contuve las lágrimas lo mejor que pude antes de continuar. No me estaba gustando para nada esta conversación— Sigamos, por favor, ¿sí?

La Dra. Ojeda continuaba mirándome a los ojos, como esperando, o tal vez adivinando que estaba a punto de pararme y salir corriendo ahí.

Lo supe cuando mi período se retrasó. Mi reloj biológico estaba cronometrado al detalle, cualquier desviación de la norma era indicio claro de que algo pasaba. Me compré un Evatest y esperé a que la Nona se fuera a buscar sus bolitas de fraile. No me sorprendí cuando las dos rayitas aparecieron en el indicador, pero no podía dejar de llorar. Lisandro apareció en casa una hora después, quizás presintiendo que algo me pasaba. Ni siquiera pude abrirle la puerta, lo dejé gritando del otro lado; decidí en ese mismo momento que no iba a tener al bebé. Lisandro insistía  en permanecer en mi vida aunque yo resistiera sus constantes intentos. Un hijo era un lazo para siempre. Y “para siempre” era mucho tiempo.

—Ok —la doctora abrió el cuaderno otra vez—. Trajiste todos los estudios, ¿no?

Sin poder contestar en voz alta, deslicé los papeles sobre la mesa. La Dra. Ojeda sacó el contenido de los sobres y los estudió con detenimiento, tomando algunas notas en su cuaderno. Yo no podía despegar los ojos de la ecografía, observando el claroscuro de la imagen con una mezcla de odio y tristeza. Lo odiaba… A Lisandro por haberme hecho esto y al bebé por elegir un momento tan inoportuno. Pero a quien más odiaba era a mí misma, sin lugar a dudas.

—Bueno, está todo bien. Te voy a recetar unos antibióticos que vas a tomar durante diez días y voy a anotar bien todas las indicaciones para que no tengas problemas. Y cualquier cosa que pase, cualquier molestia que tengas, me vas a llamar… cualquier día y a cualquier hora, ¿sí?

—Sí —susurré con la garganta casi cerrada—. Junté novecientos pesos. Como le dije por teléfono… a medida que vaya juntando, le traigo.

—No te preocupes por eso. Prefiero que pagues todo junto después. Vas a necesitar esa plata para comprar los medicamentos.

—¿Segura?

—Por supuesto. No hay apuro.

—Gracias.

La doctora le dio el último sorbo a su taza y se puso de pie. Yo no podía moverme, me sentía clavada a esa silla.

—¿Pasamos? —me indicó hacia el pasillo.

Por supuesto que no pude contestar. Doblegando a mi cuerpo, me puse de pie y la seguí por un pasillo contiguo. La pared estaba cubierta de fotos personales de la Dra. Ojeda en diferentes escenas familiares, incluso con dos nenes que se parecían bastante a ella.

Me condujo hasta el final del pasillo, donde una puerta de madera con la leyenda “Consultorio” esperaba por nosotras.

Era un paraíso de pulcritud ahí adentro. Todo se veía muy profesional y seguro, una tranquilidad para mí. La camilla ginecológica, con las características patitas, estaba ubicada cerca de la pared, junto a una mesita con instrumental médico y un pie de suero. Su escritorio estaba cerca de la pared contraria, junto a una ventana que permitía el ingreso de luz solar. A pesar de eso, el consultorio parecía sombrío… o quizás era yo quien se sentía sombría esa mañana.

La Dra. Ojeda, ajena al huracán de emociones que me invadía en ese momento, dejó los estudios sobre el escritorio y luego acomodó el biombo en una de las esquinas.

—Podés cambiarte ahí atrás. Necesito que te saques todo de la cintura para abajo; te dejé una bata colgada en el perchero. Yo voy a prepararme y en un minuto estoy con vos.

Desconfiando de mi voz, asentí con la cabeza. Cuando la doctora salió del consultorio, fui hasta el biombo. Dejé mi carterita colgada en el perchero, me saqué las zapatillas, los jeans y la bombacha. Pensé en quitarme las medias, pero por alguna razón, creí que me sentiría todavía más desnuda si lo hacía. Me puse la bata que la doctora había dejado para mí y esperé a que regresara.

—Bueno… Muy bien, voy a poner un cubrecamilla y después te podés sentar.

Cuando la vi entrar, todo fue más real. Usaba el característico ambo celeste de cirugía, tenía el cabello prolijamente acomodado debajo de una cofia y un barbijo colgaba de su cuello. Se sentó en una banqueta baja al final de la camilla y tiró de la mesita con rueditas hasta dejarla a su lado.

—Arriba —le dio una palmada a la camilla.

Temblaba como una hoja mientras trataba de ubicarme.

—Poné la cola bien al borde de la camilla, lo más que puedas —pidió mientras se ponía el barbijo—. Yo te ayudo con las piernas.

Agarró mi pie derecho y noté cuánto esfuerzo usó para encajarlo en la patita de la camilla; no ponía resistencia a consciencia, pero mis músculos estaban rígidos.

—Lucrecia, voy a empezar ahora,. Vos tratá de relajarte. Es un procedimiento sencillo, pero vas a sentir presión, ¿sabes?

—Ajá.

Clavé la mirada en el impoluto blanco del techo, tratando de mantener mi respiración a raya, pero cuando escuché el sonido del instrumental médico, el nudo en mi garganta se desató sin remedio. Por más que intentara, los sollozos brotaban de mi pecho sin control. Sin poder detener el torrente de lágrimas que bajaba por mis mejillas, me llevé las manos a la cabeza y mis rodillas temblaron tanto que hasta las patitas metálicas se quejaron.



Eran casi las cuatro de la tarde cuando llegué a Villa Soldati. Necesité más de cinco horas de caminata sin rumbo antes de decidirme a volver.

Apenas podía ver a través de la hinchazón de mis ojos. Mis extremidades se sentían flojas y cansadas. La puerta de chapa de la casilla estaba abierta de par en par y mi Nona sentada a la mesa, con el mate amargo frente a ella.

—¡Lulita! —exclamó al verme, claramente preocupada— ¿Dónde estabas? ¿Qué te pasó?

Creí que ya había llorado todo lo que necesitaba, pero al sentarme a la mesa, otra ronda de profusas lágrimas bajó por mis mejillas. Sentía que me faltaba el aire y los sollozos no me permitían articular palabra alguna. El estómago me dolía, la cabeza me dolía, y el corazón me dolía.

—Ay, mamita. Me estás asustando —mi Nona estiró las manos sobre la mesa y tomó las mías, dándome apoyo—. ¿Te peleaste con Lisandro? ¿Te hizo algo? —indagó ante mi angustiado silencio.

Negué con la cabeza y me cebé un mate para pasar el nudo de la garganta. La Nona no me sacaba los ojos de encima, sin entender lo que pasaba pero sabiendo que era algo grave. No podía ocultarle nada a ella, y menos esto.

—Decime, mamita.

Suspiré hondo y sollocé una vez más.

—Estoy embarazada, Nona.

—Ay, no… —soltó mis manos y se enderezó en su silla— Ay, m’hija. ¡¿Cómo se te ocurre?! ¡¿Cómo no se van a cuidar?! ¡¿No aprendiste nada?!

—Perdón —no sabía qué otra cosa decir.

—¡Vas a terminar igual que tu madre vos! ¡Pero la pucha, che! ¡Si no lo puedo creer!! —se secó la transpiración de la frente con el repasador y, solo entonces, noté cuán pálida estaba.

—Tranquilizate, Nona. Te va a hacer mal.

—¡Ojalá me muera, mirá! —golpeó la mesa con la palma de la mano. Jamás en la vida la había tan enojada— ¿Y Lisandro qué dice?

—No… Todavía no le dije nada. No sé si le quiero decir.

—¡¿Qué?! ¿Estás loca? —se llevó una mano al pecho.

—No sé cómo va a reaccionar, Nona. No puedo —lloré todavía más.

—Entonces, te lo sacás. ¿Me escuchaste? ¡Te lo sacás!!!

—No puedo… —tampoco podía decirle que había hecho el intento. Incluso haberlo pensado me resultaba una blasfemia, el bebé no tenía la culpa de nada. La culpable era yo.

—Vos no me vas a hacer lo mismo que la ingrata de mi hija… ¡Te crie para otra cosa! ¡Años de mi vida invertí en vos, ¿para qué? ¿Para que me pagues así?! ¡¿Qué mierda tenés en la cabeza?!

Todavía con las rodillas temblorosas, harta de tanto llorar, tuve que apoyarme en la mesa para poder levantarme.

—Perdón por desilusionarte así, Nona —me limpié las lágrimas con el dorso de la mano, desgarrada por dentro.

—¡Vení para acá que todavía no terminamos de hablar! —gritó mientras yo caminaba hacia la habitación. Necesitaba dormir un rato, y de ser posible, no despertar nunca más.



Escuché voces desde la cocina, Lisandro y mi abuela. Hablaban bajo pero los escuchaba con claridad. ¿Acaso todavía estaba soñando? Me senté sobre la cama con algo de dificultad. Ya no había luz solar colándose por la cortina. No tenía idea de cuánto había dormido, pero todavía sentía los músculos adoloridos, la garganta seca y los ojos hinchados.

Me estaba atando el pelo cuando todo regresó a mi mente en un microsegundo. Lisandro… la Nona… el bebé. La Nona le había dicho a Lisandro del bebé.

Al borde de las lágrimas, me puse de pie y vi que el placard estaba abierto de par en par.

—Nona, ¿qué hiciste? —me asomé a la cocina y encontré a Lisandro en un charco de lágrimas tan grande como el mío. Mi Nona, otro tanto.

Había un bolso sobre la mesa de la cocina. Un bolso que yo conocía muy bien, porque era mío. También era mía la ropa que asomaba del interior.

—¿Por qué no me dijiste? —la mirada de Lisandro era una mezcla de confusión, dolor y furia.

—Te lo iba a decir —fue todo lo que pude contestar sin titubear.

—¿Cuándo?

—Te iba a llamar, lo juro —dije temerosa. Agradecía que mi abuela estuviera ahí, quizás eso me salvara de una reacción violenta.

—¿Cuándo te enteraste? —amplió su pregunta. Esta vez, tardé un par de segundos más en contestar.

—Ayer —mentí en un balbuceo.

—Sos una mentirosa —se puso de pie y caminó hasta donde estaba. Automáticamente, cerré los ojos y di un paso hacia atrás, esperando lo peor.

Cuando los brazos de Lisandro me envolvieron con inusual ternura, acunándome en su pecho como en nuestros mejores momentos, mis latidos de corazón decidieron darme tregua a pesar de la confusión.

—¿Cómo no me vas a decir? ¿Qué pensabas que iba a pasar? —susurró con los labios en mi frente.

Ya sin ocultar las lágrimas, alcé la cabeza para encontrarme con sus ojos de tormenta. No parecía enojado. Parecía... No. No parecía. ¡Sabía! Lisandro sabía que había ganado. Y yo había perdido.

—No sé qué pensé. No quería traer problemas —suspiré, mientras él quitaba con su dedo el rastro de mis lágrimas—. Ya no estamos juntos, no estoy en posición de pedirte nada.

—Pero esto cambia todo, ¿no te parece? —acarició mi cuello con su pulgar, como tantas otras veces.

—No sé —contesté, rota por dentro.

—¿Vos creés que yo dejaría que mi hijo creciera lejos de mí? ¿Me creés tan insensible? —preguntó con vos firme. Un claro indicio de que aquellas eran solo preguntas retóricas.

—Nunca hablamos de esto. Nunca supe que quisieras hijos.

—Te quiero a vos —puso las manos sobre mis mejillas y me clavó la mirada, tan implacable como siempre—. Vamos a ser muy felices, te lo prometo. Los tres vamos a ser muy felices. Estoy dispuesto a perdonarte todo, a olvidarme de todo lo que pasó… Quiero que vuelvas a casa.

—Pero…

—¡SHH!! Nada de “peros” —puso su dedo sobre mi boca—. Tu abuela está de acuerdo conmigo en que ya es hora de que vuelvas. Conmigo, donde pertenecés.

De reojos, le di una mirada a mi abuela, que rápidamente me evadió. Me sentía como mercancía de intercambio. Como una nena desamparada que pasaba de casa en casa sin un verdadero lugar al que llamar hogar. Ya no importaba si yo me negaba, Lisandro estaba dispuesto a “perdonarme por todo”. En su cabeza, yo era la culpable de todo lo que nos había pasado. Esos casi dos meses y medio separados no lo habían hecho reflexionar sobre sus acciones. Seguía siendo el mismo Lisandro de siempre.

—Escuchalo, mamita —sentenció mi Nona—. No te queda otra alternativa.







"Ella quiere ir a casa, pero no hay nadie ahí" (Nobody's home - Avril Lavigne)







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