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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 6



 Capítulo 6: La excepción a la norma.




Martes, 14 de octubre de 2014.

—Hey —escuché su voz cerca de mi oído y me sobresalté, sentándome sobre la cama, completamente alerta.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—El teléfono... —contestó, cubriéndose con la sábana.

Tanteé sobre la mesa de luz hasta encontrar el aparato que, efectivamente, anunciaba una llamada entrante. No eran ni siquiera las seis de la mañana y Gómez ya estaba despierto (y despertando al resto del mundo, por supuesto). Solté un suspiro y volví a desplomarme sobre la almohada, con el teléfono pegado al oído.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—¿Estás viendo las noticias? —cuando escuché el tono de voz de mi jefe con más atención, supe que era una de "esas" llamadas.

—Estaba durmiendo —lo devolví a la realidad entre bostezos—. Son las seis de la mañana.

—Mauro, prendé el televisor ya.

Me senté sobre el borde de la cama y encendí la luz de la lámpara, levantando cada prenda tirada en el piso para dar con el control.

—¡Apurate, Mauro! —insistió Gómez del otro lado de la línea, impaciente.

—¡Estoy buscando!, un segundo. Acá está.

“… licía Federal ya se encuentran en el lugar. En principio, no habría testigos del hecho, aunque algunos vecinos refieren haber observado a un vehículo extraño circulando por las inmediaciones. Reiteramos que no hay heridos. La familia fue mantenida como rehén durante tres horas. Los malvivientes se llevaron una suma cercana a los doscientos mil pesos en efectivo de una caja fuerte, pero es un trascendido, no hay información oficial. Los peritos ya se encuentran realizando las pruebas pertinentes. No se descarta ninguna hipótesis…”.

Mientras la periodista relataba los hechos, repetían imágenes de la casa. Había dotaciones policiales en plena tarea y periodistas que se agolpaban para tener un primer plano de la familia abandonando el lugar. Apenas podía verse cómo los trasladaban hasta el interior de un auto, no se veían las caras. Agudicé la visión y noté la oblea pegada en una esquina del parabrisas.

—Auto oficial. ¿Quién es? —pregunté escaneando cada detalle de la escena, tratando de captar cualquier cosa que pudiera resultar anormal.

—Echagüe —contestó Gómez.

—¿El asesor del Ministro?

—No. El hijo mayor… Lisandro Echagüe. Está a cargo del estudio del viejo Echagüe desde hace algunos años.

—¿Alguna pista? —indagué mientras rastreaba mis boxers entre el quilombo de sábanas.

—Muchas. No puedo entrar en detalles por teléfono.

—En quince estoy en la oficina.

—Que sea en diez. Te espero.

No podía ocultar mi fastidio por la abrupta interrupción de muy merecido franco después de meses de haber estado tapado de laburo, pero la situación lo ameritaba.

Siete minutos después, estaba terminando de ajustar la nueve en mi cinturón mientras admiraba el paisaje sobre mi cama. Tenía una pierna por fuera de la sábana y una cascada de pelo colorado desparramado sobre la almohada. Odié a Gómez en ese momento. Terminé de acomodarme el saco y me acerqué.

—Romi… —me arrodillé junto a la cama y le di un beso en la frente.

—Mmm —fue su intento de contestación.

—Me vas a querer matar.

—¿Qué? —como si le hubiera tirado un vaso de agua fría a la cara, volvió a la vida en un segundo.

—Me acaban de llamar, surgió un asunto y me tengo que ir.

—¿Me estás jodiendo? —se sentó sobre la cama y se cubrió con la sábana.

—Lamentablemente, no —acomodé su pelo a un lado y noté su reticencia a que la tocara. Esta vez no me iba a perdonar. Mierda—. Quedate todo el tiempo que quieras, no hay problema. Cuando te vayas, le dejás la llave al portero y listo.

—¡Dijiste que teníamos todo el día!

—Tenía todo el día… pero surgió algo. Es mi trabajo.

—Hacé como quieras —volvió a meterse a la cama y se tapó la cabeza con la sábana. No había nada que quisiera más que meterme ahí con ella, pero Gómez me estaba esperando y ya iba con tres minutos de retraso.



Dejé el auto estacionado frente al edificio y crucé la calle sin mirar. A esa hora de la mañana, el tráfico era prácticamente nulo.

—¿Tan temprano por acá? —preguntó Germán, el portero.

—Gajes del oficio.

—Es por lo del robo en lo de Echagüe, ¿no?

Trabajaba con nosotros desde hacía cinco años y no hubo un día en que no hubiese intentado sacarme información. Y no hubo una sola ocasión en que se la diera. Ese día no sería la excepción. Le guiñé un ojo antes de que se cerraran las puertas del ascensor y presioné el botón del último piso.

Cuando las puertas se abrieron, los empleados de Seguridad del Plata iban y venían por todo el piso como si estuviéramos en horario pico. Saludé a todos solo al pasar y caminé hasta la oficina del fondo, donde Gómez esperaba por mí con el teléfono pegado al oído. 

—Llegás tarde. Te dije diez minutos —después de colgar, señaló su reloj con cara de pocos amigos. La expresión en su cara lo decía todo, no había pegado un ojo y estaba irritado… o más irritado de lo normal—. Sentate.

Sin decir una palabra de más, me desprendí el saco y me senté frente a su escritorio.

Justamente por su carácter, la mayoría de mis compañeros aborrecía a Pablo Gómez. Era un hombre duro e implacable, tan exigente con su personal como con él mismo, y nunca tenía temor de decirte a la cara lo que le parecía. Lo respetaba enormemente, no solamente por lo buen tipo que era sino porque me había permitido forjar una carrera cuando nadie tenía fe en mí.

—¿Tenés un pucho, pibe? —preguntó, reclinándose en su asiento. Se veía agotado. Saqué el paquete del bolsillo de mi saco y le alcancé uno— Gracias.

Sabía que Gómez iba a hablar cuando estuviera listo, probablemente se estaba tomando unos minutos para ordenar los pensamientos. Si la cosa era tan grave como pintaba, los necesitaba. Se rascó la cabeza y acomodó su bigote, un poco amarillento por los años de nicotina.

—¿Cómo te ves para laburar con Echagüe?

—¿Qué pasó? —pregunté sabiendo que, de todas maneras, iba a tomarlo. Jamás le diría que no.

—Básicamente, el panorama es el siguiente. Anoche, a las dos de la mañana, tres tipos armados entraron a la casa del Echagüe junior. Él y la esposa dormían en su habitación y su hijo en el cuarto contiguo. Agarraron a Echagüe y se lo llevaron a la oficina, encerraron a la esposa y al hijo en el baño principal de arriba. Lo tuvieron como tres horas en la oficina, intentando que abriera la caja, después lo encañonaron y se cagó todo. La prensa dice que se llevaron doscientos mil, pero fue como medio millón de pesos, según dice el Echagüe este. Alguien los vendió, no cabe duda.

—¿Seguridad? —indagué, reservándome algunas dudas para después.

—Todo lo que se te ocurra… Garita en la esquina, alarma, cámaras, hasta vidrios blindados. Los tipos se tenían todo bien estudiado. Era justo la hora del cambio de guardia en la garita, y no me preguntes cómo, pero vulneraron el sistema de alarma. No había ni una puerta forzada.

—¿Las cámaras muestran algo?

—No graban, son en tiempo real. La central no reportó nada extraño. Pero ya sabés cómo son esas cosas; son unos improvisados.

Me rasqué la nuca y encendí un cigarrillo, perdido en mis propios pensamientos, tratando de crearme una imagen mental del relato de Gómez.

—¿Qué? —parecía que mi jefe me leía el pensamiento.

—No me cuadra —contesté automáticamente.

—A mí tampoco —se adelantó en su silla y apoyó los codos sobre el escritorio, clavándome la mirada, como si quisiera ver dentro de mi cabeza—. Tardaron tres horas completas en salir de la casa y Echagüe no tiene un puto rasguño. Dice que les entregó la guita… entonces, ¿qué mierda hicieron los tipos ahí adentro durante todo ese tiempo? ¿Jugar al truco?

—Además, ¿tanto quilombo por medio millón de mierda? Me parece muy raro. Se tomaron muchas molestias.

—Muy. Muy raro —secundó.

—¿La esposa? —pregunté mientras me acercaba el cenicero.

—No quiso ni siquiera que la revisara el médico. Según Pacheco, de la Federal, estaba cagada en las patas. Andrés Fusco es el fiscal a cargo. Tuvo que cortar el interrogatorio a la mitad porque era imposible sacarle una palabra. El nene tiene tres años, así que ni se dio cuenta de lo que pasaba. ¿Sabés qué es lo que me hace más ruido de todo?

—A ver —no imaginaba que podía ser, porque para mí todo era una gigantesca señal de alarma.

—Echagüe me llamó para contratar nuestros servicios apenas terminó de declarar. Le ofrecí el paquete completo, imaginate… y se lo voy a cobrar bien cobrado. El tema es que no quiere a nadie con él, bajo ningún concepto, quiere la seguridad para su esposa y el nene. 

—Como si no quisiera que sepamos sus movimientos —deduje sin demasiado esfuerzo.

—¡Exacto! Esto es raro, pibe. No tengo que decirte de las sospechas sobre las vinculaciones del Ministerio con el asunto del desvío de fondos públicos, ¿no? Y tampoco es novedad si te digo que muchos de los negocios pasan por el estudio privado del viejo Echagüe, el mismo estudio que dirige el Lisandro este.

—Me pregunto qué había realmente en esa caja fuerte.

—Nos preguntamos lo mismo, pibe… nos preguntamos lo mismo —volvió a reclinarse en su asiento y apoyó las manos sobre la panza—. Pero las preguntas no son nuestro problema, de eso se encarga la Federal. Nuestro laburo es bastante más tranquilo, dadas las circunstancias… La mujer y el hijo, veinticuatro por seis. Te concedo el domingo solamente porque no quiero que este año perdamos el campeonato de fútbol. Tengo un asado para veinte en juego —sonrió.

—Qué amable. ¿Detalles? —ya estaba puteando internamente por tener que oficiar de niñero hasta mi próxima asignación.

—Lucrecia Echagüe, veintitrés años, ama de casa. Alejo Echagüe, tres años, probablemente lo tengas que llevar a la guardería —a Gómez casi se le escapa la sonrisa y yo me quería morir. No me gustaban los enanos, para nada.

—¿Soy el único disponible?

—¿Por qué? ¿Tenés alguna objeción para el trabajo? —me conocía como nadie.

—Ninguna, señor.

—Bueno… —se puso de pie, indicándome que la charla había concluido—. Espero un reporte cada veinticuatro horas, como siempre. Si el chiquito aprende alguna palabra nueva, la quiero en el reporte, ¿eh?

—Señor… —me detuve cerca de la puerta— supongo que no está usted cagándose de risa de mi situación, ¿no?

—¡¿Yo?!! —preguntó con una mano en el pecho y una delatora sonrisa en la cara— Rajá de acá, pibe.



Di tres vueltas a la manzana antes que el guardia de la garita se decidiera a frenarme para averiguar qué quería. Mala señal. Era vox populi que los tipos que ocupaban esos puestos no sabían una mierda de seguridad, pero francamente, esto parecía un chiste. Le informé que era el nuevo guardaespaldas de la familia Echagüe y le pedí que me diera los datos de cada uno de los guardias y sus cronogramas de trabajo, para saber con exactitud en qué momentos estábamos más vulnerables.

La casa, por otro lado, no era tan segura como pensaba Gómez. Me bajé del auto y estudié el panorama desde la calle. Tenía una reja negra, bastante alta, pero la primera cámara de seguridad estaba a la vista, dejando varios puntos ciegos en los laterales. Se veía una casa auxiliar al fondo de la estancia, con un techo lo suficientemente alto como para que alguien entrara por ahí valiéndose de los techos contiguos. ¿Quién carajo pondría una cámara justo en la entrada, a la vista, y dejaría el fondo descubierto?

—¿Busca algo?

—¡La puta madre!! —pegué un salto en mi lugar y me di vuelta, casi infartado.

Detrás de mí, me topé con los ojos castaños más enormes y más expresivos que hubiera visto jamás. Me distrajo de su mirada el rastro de tierra negra en su mejilla izquierda, justo al lado de una boca de lo más tentadora. Su pelo caía en su trenza desprolija a un lado de su cuerpo, como una cascada de chocolate amargo, una cascada que acariciaba al pasar el preciso lugar donde adivinaba su pezón.

—¿Busca algo? —repitió.

Tu nombre y tu número de teléfono, ¡pero ya!,  pensé.

Se detuvo a mi lado, frente a la casa, a la espera de mi reacción. No parecía que fuera a seguir su camino. ¿Una vecina curiosa? ¿Una posible testigo? ¿Estaría soltera? Podríamos hacer algo el domingo...

—¿Vivís por acá? —pregunté, confundido por su actitud.

Mi miró a los ojos por un segundo que pareció eterno, sorprendida al principio, pero inmediatamente endureció su gesto.

—Váyase de mi casa o llamo a la policía —se apresuró a tirar de la puerta enrejada y entró a la casa prácticamente al trote.

Ay, no...

—¿Sra. Echagüe? —la pregunta sonó a suspiro. Rogaba que no fuera ella, que no se diera vuelta. Cuando detuvo el ritmo de su huida, mis esperanzas se vinieron abajo.

—¿Qué quiere?

—No se asuste —me acerqué hasta la reja mientras ella seguía observándome con curiosidad—. Soy Mauro Acosta, de Seguridad del Plata.

Suspiró, supongo que de alivio, y se acercó un par de pasos hacia la reja. Pensé que iba a abrir, pero extrañamente, algo la detuvo.

—Espere un minuto. Mi marido ya lo recibe —se dio media vuelta y empezó a caminar hacia la entrada nuevamente.

—¿Sra. Echagüe? —la llamé.

—¿Sí?

—La reja… ¿la va a dejar abierta? Ni siquiera le mostré mi identificación.

—Confío en usted —contestó sin una pizca de duda.

No le mires el culo… no le mires el culo… no le mires el culo… me repetía mentalmente, pero para cuando cerró la puerta de la casa, ya me conocía en detalle cada delicada curva de su cuerpo. ¡Lo único que me faltaba para que esta asignación fuera todavía más desastrosa! Un enano de tres años y una diosa capaz de causar infartos.

La puerta se abrió una vez más y el corazón me saltó en el pecho. Lamentablemente, no fue la Sra. Echagüe quien apareció en la entrada.

—Ustedes no pierden el tiempo —comentó Lisandro Echagüe con una sonrisa distendida. Esta vez, no tuve que adivinar quién era él. Lo había visto en muchas oportunidades acompañando a su padre—. No te esperaba tan temprano.

Él era todo lo que esperaba. Engreído y altanero… un pelotudo. Tenía una camisa tan blanca que parecía un reflector ambulante.

—Buenos días, Sr. Echagüe —le ofrecí mi mano y la estrechó con firmeza.

—Mauro, ¿no? ¿Te molesta si te llamo por tu nombre de pila? —preguntó, como si tuviera un juguete nuevo y estuviera tratando de descifrar las instrucciones.

—No me molesta.

—Bárbaro… pasá —me palmeó la espalda y me condujo hacia la casa. Estudié todo con un vistazo rápido; me hubiera gustado decir que para comprobar la seguridad, pero en realidad la buscaba a ella—. Lucrecia, ¿nos subís dos cafés? —ella no contestó y él no se detuvo a comprobar que lo hubiera escuchado.

El tipo era claramente un controlador, ni siquiera me había preguntado si quería café. Le gustaban las cosas a su modo o a ninguno, no era difícil detectar a los giles como él.

Mientras lo seguía por las escaleras, observé alrededor. Grandes ventanales en los laterales, fácil acceso a la visión. La primera puerta al subir la escalera, era la oficina de Echagüe. Y ¡oh, sorpresa, sorpresa! la caja de seguridad no estaba a la vista. Quien quiera que hubiera entrado, debía tener un dato preciso. Gómez estaba en lo cierto, fue una entrega.

—Sentate, Mauro —me indicó la silla frente a su escritorio. La oficina parecía un santuario… uno dedicado a su esposa. Había fotos de Lucrecia hacia donde quiera que se mirara—. Es lo más importante que tengo, ¿se nota? —comentó con una sonrisa.

—Así parece —era un poco aterrador, de hecho.

—Me dijeron que te iban a mandar, pero no pensé que tan rápido. Hablé con Pablo Gómez hoy a la madrugada, apenas me dejaron ir los de la Federal. El trámite fue agotador… ¿Ya te dijo Pablo lo que quiero?

—Prefiero escuchar los detalles directamente de usted.

—Perfecto —Echagüe se reclinó en su silla y se escucharon tres tenues golpecitos desde la puerta.

—¿Se puede?

—Pasá, linda —la sonrisa de Lisandro volvió a instalarse en su cara al ver a Lucrecia entrar a la oficina. Era como si se iluminara cuando su esposa aparecía. Ella apoyó la bandeja sobre el escritorio, sin mirar a ninguno de los dos. La bandeja estaba tan bien preparada que hasta sentí ganas de darle una propina—. Andá, ya nos arreglamos.

Salió tan silenciosa como entró, dejando una estela de vainilla y coco a su paso.

—Solo, ¿está bien? —cuando regresé la mirada al escritorio, Echagüe tenía la vista clavada en mí.

—Sí —recibí la taza de café, incómodo por su escrutinio.

—Tenemos los mismos gustos, ya me caés bien —señaló antes de sorber su taza—. Entonces, lo que quiero de vos es bastante sencillo… espero. Supongo que ya estarás al tanto del robo que sufrimos anoche y no quiero que Lucrecia y Alejo se queden solos durante tantas horas al día. Los horarios en mi estudio son bastante absorbentes, incluso impredecibles, y necesito que alguien cuide de ellos en casa. Te quiero con ellos todo el tiempo, sin excepción. ¿Está claro?

—Muy claro —le di un último sorbo a la taza y la dejé sobre el escritorio—. Pero tengo mis propias exigencias.

—¿Exigencias? —preguntó, entre sorprendido y molesto.

—Exigencias —repetí, solo por si tenía un toscano en la oreja y no me había escuchado—. Si quiere el trabajo bien hecho, que es la única forma en que yo lo hago, necesito vía libre para hacer algunas modificaciones en las medidas de seguridad de la casa.

—¿Más seguridad? ¡Pago una fortuna!

—No más seguridad, mejor seguridad… la seguridad que usted y su familia necesita. Coincido en que paga una fortuna, y es una fortuna malgastada. Con las modificaciones necesarias, incluso se ahorraría dinero.

—¿En serio? —preguntó sorprendido.

—Voy a prepararle un informe con los detalles, y si usted lo aprueba, podemos seguir con el trabajo. Mientras tanto, considere que me quedo acá solo en calidad de observador. Primero, diagnosticamos la situación, después planificamos el curso a seguir. ¿Está de acuerdo?

—Completamente —contestó complacido.



Cerca de las nueve de la mañana, Echagüe partió para la oficina y me dio vía libre para comenzar con mi evaluación. Lo primero que tenía que hacer, por supuesto, era hablar con Lucrecia. No es que muriera de ganas de verla de nuevo, era parte de mi trabajo. Está claro, ¿no?

Después de comprobar las habitaciones de la planta alta, en dónde solo la puerta de la habitación del enano permanecía cerrada, bajé las escaleras esperando encontrarla allí. Después de un escaneo detallado, y de buscar su aroma a vainilla y coco como si fuera un acosador, supe que no estaba por ahí. Ni en la cocina… Y tampoco tomando sol al lado de la pileta (eso hubiera estado bueno). Empujé la puerta corrediza que daba al patio y no vi señal de Lucrecia en las inmediaciones.

—¿Necesita algo?

—¡Ay, mierda!! —me llevé una mano al pecho y me giré. ¡Estaba parada en el living! ¿Cómo había llegado hasta ahí?— Perdón —me disculpé de inmediato.

—Perdóneme, usted. ¿Lo asusté?

—Es muy silenciosa, Sra. Echagüe.

Asintió con la cabeza, confirmando mi obvia observación. No pude evitar perderme en la perfección de sus facciones, largas y delicadas. Juro que quería tocar su nariz, por más retorcido que sonara eso.

—¿Tiene un minuto?

—¿Necesita algo? —preguntó automáticamente.

—Hablar con usted, si no le molesta.

—No me molesta. ¿En la cocina está bien?

—Perfecto.

Lucrecia caminaba frente a mí y yo la seguía completamente embobado. Echagüe estaba en lo cierto; teníamos los mismos gustos. Si fuera posible, le sacaría una foto y la guardaría en el espacio vacío de mi billetera, para llevarla siempre conmigo. Era una muñeca.

—¿Quiere tomar algo? —ofreció mientras ponía la pava al fuego.

—Sí, muchas gracias. Lo que tome usted está bien.

Se puso de puntitas de pie para alcanzar las tazas del estante de arriba y su remera se levantó un poco, solo un poco, pero lo suficiente para que el matiz acaramelado de su piel se grabara en mi retina. Era suave y delicada en cada uno de sus movimientos, desde la forma en la que dejaba caer los saquitos en las tazas hasta su dedo sosteniendo la tapa de la pava para que no cayera.

—¿Azúcar o edulcorante?

—¿Qué? —reaccioné al escuchar el hipnótico sonido de su voz.

—Le pregunté qué prefería… ¿azúcar o edulcorante?

—Solo, está bien.

Asintió y caminó hasta su banqueta, dejando la taza frente a mí. Observé el brebaje con un poco de desconfianza. Era oscuro, algo rojizo y bastante aromático.

—Té de rosas —dijo antes de soplar su taza.

—Ah… —brillante contestación. Me acerqué la taza a la boca y le di un trago.

—¿Le gusta?

Quería contestarle, juro que quería, pero todavía no podía pasar el trago. Era como tragar perfume, demasiado aromático para mi gusto.

—Es… diferente.

—Puedo prepararle otra cosa —ofreció de inmediato, casi apenada.

—Está bien, en serio. Me gusta.

—Como prefiera. Dijo que necesitaba hablar conmigo, Sr. Acosta. Lo escucho.

—Mauro.

—¿Qué? —preguntó. Hasta yo me sorprendí de la necesidad de escuchar mi nombre en sus labios.

—Me llamo Mauro.

Pestañeó un par de veces, haciendo un nuevo despliegue de su dulzura.

—Quería hacerle… —me aclaré la garganta— “hacerte” algunas preguntas, Lucrecia.

Probé mi suerte al usar su nombre, y tal como pensé, no me corrigió. Decir su nombre en voz alta se sentía muy bien.

—Adelante —tomó un sorbo del té.

—¿Podrías contarme qué pasó anoche?

—No —contestó de inmediato. Eso me sorprendió—. A menos que sea estrictamente necesario, prefiero no hacerlo. Hoy no.

—Bueno… podemos dejarlo para otro día. No hay problema.

De hecho, su versión del episodio de la noche anterior era más que necesario. Obviamente, los aspectos relacionados a la entrada de los tipos; la investigación estaba en manos de la Federal. Pero comprendía el estrés por el que había pasado y prefería no someterla nuevamente a eso.

—Ok. Entonces, ¿qué cantidad de personal tienen en la casa? —por un segundo, me observó como si tuviera un cuerno en el medio de la frente.

—Bueno… no tenemos personal en la casa. Prefiero ocuparme yo, en realidad.

—¿Me estás jodiendo? —solté sin pensar— ¡Perdón! Digo… ¿en serio? ¿No hay una sola persona trabajando en toda la casa?

—Somos tres, nada más. Nunca lo consideramos necesario —pensó por un momento—. Pero viene un podador cada tres meses, para mantener las enredaderas del patio.

¡Ah!!! ¡Menos mal!!! Lo único que faltaba era que una princesa como ella se trepara a una escalera para oficiar de paisajista.

—O sea que, además del Sr. Echagüe, Alejo y vos, no hay nadie más que frecuente la casa habitualmente.

—No.
 
—Bien. Eso facilita las cosas.

—A veces, viene la familia de Lisandro también. Los fines de semana sobre todo. Elena, Santiago, Luciano y su novia Camila.

—Bien —asentí nuevamente.

—Antes venía mi abuela también, a ver a Alejo. Pero murió el año pasado.

Casi podía ver el nudo formándose en su garganta. No había necesidad de que acotara eso, pero por alguna razón, necesitó decirlo.

—Lo siento mucho.

—Yo también —señaló con la mirada un poco perdida.

—¡Mamiiiii!!!!

La voz del enano se escuchó desde lo alto de la escalera y, aunque no habíamos sido presentados antes, supuse que era igual de dulce que su madre.

—Permiso… —Lucrecia se puso de pie, como si esperara que le concediera autorización para irse.

—Movete con libertad, Lucrecia. Es tu casa —le sonreí.

—Es la casa de Lisandro.

Su acotación me sorprendió. Estuve a punto de pedirle que se explayara cuando el enano volvió a interrumpir con sus alaridos.

—Se pone nervioso si no me ve…



Ya estaba oscuro cuando giré la llave en la casa auxiliar, o la “casa de huéspedes”.

—A la mierda… —murmuré sorprendido. Era mejor que cualquier hotel en el que hubiera estado.

En realidad, estaba habituado a que mis empleadores me dieran la habitación más húmeda, más sombría y menos habitable de las casas en las que trabajaba; como si mi presencia fuera un secreto que debieran guardar a los ojos de todos. En esta casa, me sentía como si me estuvieran esperando.

Tenía una cocina y un comedor propio. Abrí la heladera y no pude evitar sonreír, estaba completamente repleta de comida. Hacia el fondo, la habitación y el baño integrado.

—Perfecto —dejé mi bolso tirado en medio del pasillo y me arrojé sobre la cama. Los resortes eran fuertes y el colchón una delicia.

Tanteé los bolsillos de mi saco hasta dar con mi celular y llamé a Gómez, para darle un panorama inicial.

—Pibe, ¿cómo va? —se lo escuchaba bastante más distendido que horas atrás.

—Echagüe es un pelotudo.

—Te pedí un reporte de novedades, no de obviedades. —señaló, arrancándome una sonrisa— ¿Se está riendo, Acosta?

—Para nada. Debe haber escuchado mal, señor.

—Debe ser. Contame, pibe —recompuso la seriedad.

Hablé con Gómez por casi media hora, pasándole un detallado reporte oral de todo lo que había visto, oído e inferido de mis cortas horas en la casa. Pero decidí reservarme lo más relevante de todo, dejaría por fuera del reporte mis impresiones más privadas.

Lucrecia.

Lucrecia y su carita de muñeca.

Había dos cosas estrictamente prohibidas en mi trabajo. Primero: enredarse con un cliente; segundo: enredarse con un cliente. Mezclar negocios y placer era la combinación más tentadora y más desastrosa en casi todos los ámbitos. La seguridad privada no era la excepción. Pero yo era muy respetuoso de las normas impuestas en mi ámbito de trabajo.

Nunca había tenido problemas para atenerme a mis propias normas, pero esta asignación prometía ser la excepción. Sin dudas, Lucrecia y su carita de muñeca amenazaban con convertirse en la excepción a cualquier norma.








"Mantenemos este amor en una fotografía, creamos estas memorias para nosotros mismos. Donde nuestros ojos nunca se cierran, nuestros corazones jamás se rompen, y el tiempo para siempre se congela..." (Ed Sheeran - Photograph)










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