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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 7



Capítulo 7: Un panóptico.



Miércoles, 15 de octubre de 2014.

Estaba de mal humor. De muy mal humor. Cuatro años de relación con Lisandro me habían enseñado mucho sobre esconder los estados de ánimo. Por eso, nada en la expresión de mi rostro indicaba que tenía tanto, pero tantísimo, ¡tanto mal humor!

Mi marido había logrado penetrar las últimas fronteras de mi libertad. Una cosa era fingir buena cara frente a los parientes y los “amigos” en ocasiones bien puntuales; otra radicalmente distinta, era tener que fingir veinticuatro horas al día. El único modo en que había logrado sobrevivir en los últimos años, era la tranquilidad de saber que Lisandro se iba a trabajar y Alejo y yo disfrutábamos sin su mirada de halcón sobre nosotros. Ahora, tenía un metiche que le cantaría cada movimiento que hiciéramos en su ausencia.

Después de ponerme una remerita (¡con mangas cortas!!), me subí los jeans a los tirones, maldiciendo mi suerte en silencio. Por supuesto que Lisandro tomaría medidas para cubrirse del robo de la otra noche, pero jamás imaginé que su solución fuera meter a un desconocido veinticuatro horas en casa.

El día anterior, cuando salí a tirar la basura y descubrí a Mauro Acosta parado frente a mi casa, debo confesar que se me heló la sangre. Durante las últimas veinticuatro horas había visto caras extrañas entrando y saliendo de casa, pero algo en él no me gustaba.

Estaba de espaldas a mí, tenía un simple traje negro y una camisa blanca, y el saco no alcanzaba a ocultar el arma en su cinturón. Quizás fue eso lo que me asustó. Me quedé parada un rato al lado del contenedor, observando sus movimientos. Él permanecía inmóvil, escaneando cada rincón de la casa solo con la mirada. Apenas movió su cabeza en dirección a la garita de la esquina y pude ver un flashazo de su rostro. Era un pendejo, no debía pasar de los veinticinco, pero jamás lo adivinaría por su enorme complexión física. Era alto y, obviamente, hacía ejercicio. Cabello oscuro, rapado al ras de su cabeza, y piel morena. Adivinaba un leve rastro de barba en su cara, como si no se hubiera afeitado ese día; era probable que lo hubieran sacado de la cama en plena madrugada. Creo que ninguno de nosotros había dormido lo suficiente esa noche.

—¿Busca algo? —fue lo primero que salió de mi boca.

Supongo que estaba demasiado concentrado, porque se sobresaltó al escucharme. Pensé que era un alcahuete del fiscal, pero luego de intercambiar unas breves palabras, supe que  era el guardaespaldas del que Lisandro me había hablado. Pensé en dejarlo pasar y me arrepentí un segundo después; conociendo lo imprevisible que podía ser mi marido respecto a mis interacciones con otros hombres, preferí avisarle primero.

—¿Se puede? —lo encontré en su oficina, haciendo una llamada.

—¿Qué querés? —apenas movió el teléfono.

—Hay un hombre en la puerta, dice que es de Seguridad del Plata. Mauro Acosta.

—Ah, sí. Te llamo en quince —susurró a quien estuviera del otro lado de la línea.

Me retiré rápidamente a la cocina y me quedé cerca de la pared, donde tenía una perfecta visión de la sala sin que ellos pudieran verme a mí. Tal como esperé, apenas el tipo puso un pie en mi casa comenzó a observar todo como si estuviera sacándole una radiografía, buscando quién sabe qué cosa. Lisandro me gritó que subiera dos cafés, tan “dulce” como siempre, y eso me dio algo que hacer para distraerme.

Cuando llevé el café a la oficina, sentí la mirada de Acosta sobre mí durante todo el trayecto. Me concentré en dejar todo y salir de ahí cuanto antes. Si el tipo me miraba un segundo más de lo que Lisandro consideraba adecuado, la piña me la iba a comer yo.

Afortunadamente, o no tanto, Lisandro se fue a la oficina a las nueve. Medio segundo después, el tipo estaba husmeando de nuevo.

Confieso que me dio un poco de ternura que fingiera que mi té de rosas le gustaba; su cara se puso verde cuando le dio el primer sorbo y arrugó la nariz mientras se esforzaba por tragar. Quiso interrogarme sobre el episodio de la noche anterior, pero apelando a mi obvia fragilidad emocional en ese momento, me libré de tener que mentirle. Por alguna razón, no me creía capaz de hacerlo. Tenía una forma de mirar que resultaba intimidante, unos ojos tan oscuros como café cargado, cálidos. No sé por qué lo hice, pero en pleno ping pong de preguntas y respuestas, le dije que mi Nona había muerto el año anterior. Tenía que cuidarme de él; hacía tanto tiempo que no mantenía una conversación con alguien externo a la familia que la innecesaria acotación se me resbaló de la boca sin querer.

Después de cambiarme y dejar mi cabello suelto para que terminara de secarse, busqué la ropa de Lisandro y la dejé preparada sobre una silla en la habitación. Su alarma no tardaría en dispararse y ya debería estar preparando el desayuno.

—Lucrecia… —escuché su voz desde la cama.

—Estabas despierto.

—Sí… Vení un ratito conmigo —le dio una palmada a la cama. Sin un momento de duda, me deslicé entre las sábanas y me saqué las chatitas antes de acurrucarme a su lado. Su cuerpo estaba caliente, como siempre que despertaba luego de largas horas de sueño. Acercó la nariz hasta mi pelo y aspiró, acariciando mi frente con un beso.

—Llegaste tarde anoche, no te escuché —murmuré sobre su hombro.

—Sí —su mano subía y bajaba por mi espalda, y supe que no obtendría más respuesta que esa sobre sus actividades nocturnas—. ¿Qué tal Acosta?

Qué raro. ¿Le interesaba mi opinión sobre alguien que él había entrevistado personalmente?

—Normal, creo —una respuesta neutra siempre era una respuesta segura.

—Bien. Te preguntó algunas cosas, supongo.

—Si teníamos personal en la casa y quiénes la frecuentaban habitualmente. Nada más. Después se pasó todo el día sacando fotos de la casa y anotando en un IPad —me sentía como una buchona.

—Me lo dijo. Quiere hacer modificaciones en el sistema de seguridad. ¿Y Alejo?

Ahora sí que estaba sorprendida. ¿También le interesaba la reacción de Alejo?

—Lo mandé al jardín, no me pareció prudente alterar su rutina. Les pedí a Luciano y a Camila que se lo llevaran por el resto del día. Preferí que no conociera a Acosta ayer, me parecía mucho para él.

—Perfecto, linda —me dio una palmada en la cola y así me hizo saber que el interrogatorio había concluido.

Me levanté de la cama, me calcé y bajé para seguir con mi rutina como si nada pasara. “Movete con libertad”, había sugerido Mauro. Si él supiera… la libertad era un concepto que se había esfumado de mi vida desde el momento en que él puso el primer pie en mi casa.



Mentiría si dijera que la curiosidad no me estaba matando, miraba hacia la puerta del patio a intervalos cada vez más cortos. ¿Acaso Mauro tenía algún tipo de horario estipulado o simplemente entraría a la casa cuando le diera la gana?

Lisandro ya había desayunado y estaba camino al estudio. Con la casa tranquila y silenciosa, se venía una de las partes favoritas de mi día.

Me asomé a la puerta de su habitación y lo encontré desparramado sobre la cama. Boca abajo y con un brazo colgando por el borde, igual que su papá. Sus bucles rubios, iguales a los de Luciano, estaban revueltos sobre la almohada. Definitivamente, Alejo era más Echagüe que Ayala, aunque sabía que cuando abriera sus ojitos, el rastro de mi ADN haría acto de presencia. Supongo que toda madre piensa lo mismo, pero mi hijo era el más lindo sobre la faz del planeta.

—¡Buenos días, Su Señoría! ¡Mantantero, liru, lá!! —canturreé, con horrible entonación, mientras abría las cortinas para dejar entrar la luz del sol.

—Buenos días… —podía tener apenas tres años, pero era tan educado como si tuviera veinte. Sus ojitos pestañearon un par de veces, asimilando la claridad, mientras se estiraba entre las sábanas.

—¿Cómo dormiste, mi amor? —me senté al borde la cama y empecé a sacarle el pijama. Entraba al jardín por la mañana y salía cerca del mediodía. No era necesario que fuera, puesto que su mamá estaba en casa todo el día, pero siempre quise que tuviera la oportunidad de compartir con otros chicos. Y él lo disfrutaba mucho.

—“Durmí” bien, ¿y tú? —preguntó con su vocecita de ángel.

—"Vos” —lo corregí automáticamente. YouTube y sus videos le estaban arruinando el lenguaje.

—Bien, ¿y tú? —repitió, malinterpretando mi corrección.

—No… —sonreí, con soltura esta vez. Alejo siempre me hacía reír—. No tenés que decir “tú”. Se pregunta: “¿y vos?”.

—¡Ahhhhh!!!! —acompañó mis risas.

Luego de tener que arrancarlo de la bañera, literalmente, lo dejé sentado sobre la banqueta de la cocina.

—¿Tostada? —le ofrecí.

—¿Con dulce de leche? —preguntó con los ojos entrecerrados. Era buen negociador.

—Un poquito de dulce de leche y otro poquito de queso untable. Todo dulce de leche, no…

—¡Bueno!! —aceptó a regañadientes.

—Alejo… —dejé las tostadas frente a él y me senté en la banqueta—. Te quiero contar algo.

—¿Un secreto? —preguntó con los primeros rastros de dulce alrededor de su cara.

—No, no es un secreto. Pero tomá la leche también o no te cuento nada —le señalé la taza con la mirada antes de seguir. Yo también tenía mis métodos de negociación. Inmediatamente, dejó la tostada sobre la mesada y se prendió a la taza—. Hay un señor acá en la casa. Trabaja con tu papá, pero se va a quedar con nosotros. Se llama Mauro.

—Mi amigo se llama “Mauro”. Mi amigo del jardín.

—Mauro… sí, como tu compañerito.

Esa era toda la información que Alejo necesitaba. No había complicaciones para él, la que estaba complicada con la presencia de Mauro en la casa era yo. Dicho sea de paso, eran casi las nueve menos cuarto y no había dado señales de vida.

—Mi amor… hoy llevás yogurt con cereal al jardín, ¿qué día es hoy? —pregunté mientras terminaba de preparar su mochila.

—Mmm… ¡Domingo!

—No, los domingos comemos con tus abuelos. Y no vas al jardín los domingos —estaba tratando de enseñarle los días de la semana valiéndome de las viandas del jardín—. A ver, pensá. Ayer llevaste una banana y era martes. Hoy llevás yogurt con cereal…

—¡Miércoles!! —aplaudió con algarabía.

—¡Muy…!!! —me giré con una enorme sonrisa y descubrí a Mauro en la entrada de la cocina. Afeitado esta mañana (parecía más pendejo todavía)—. Muy bien.

—Buenos días —saludó con su voz de fumador empedernido.

—Buenos días —dejé la mochila sobre la mesada, atenta a la reacción de Alejo—. Alejo, él es Mauro. Mauro, él es Alejo.

—Hola, Mauro —dijo con simpleza—. Mi compañerito se llama igual que vos.

—Buenos días, Alejo —le sonrió, con una mano extendida.

Alejo miró su mano, pensativo. Yo ya estaba divirtiéndome por adelantado, conocía las manías de mi hijo. Tomó la mano de Mauro con el desparpajo que lo caracterizaba y la reposicionó antes de darle una palmada.

—Choque los cinco —sonrió.



Subí las escaleras, caminé por el pasillo y entré a la habitación de Alejo, ignorando a Mauro al pasar. Él estaba al fondo del pasillo, cerca del baño, observando por los ventanales. No entendía muy bien en qué consistía su trabajo pero agradecía que no estuviera conmigo todo el tiempo. Creo que mantenía su distancia adrede, como si adivinara cuánto me molestaba su presencia.

No es que me molestara él en sí mismo; de hecho, parecía un buen tipo. Lo que me molestaba era saber que me observaba, que me vigilaba, como si fuera una especie de panóptico humano que todo lo veía.

Me asustaba lo que pudiera ver en mí.

Hacía tanto tiempo que fingía frente a todos y a todo, que ya no sabía ni siquiera quién era. En algún momento de mi vida fui la “negrita” de Villa Soldati, poco después, la “aspirante a cheta” en el colegio de Belgrano, pero cuando me convertí en la esposa de Lisandro, dejé de ser yo misma para convertirme en lo que él quería. Aprendí a adelantarme a sus estados de ánimo para evitar sus estallidos, a mantenerme callada cada vez que fuera necesario, solamente para sobrevivir un día más. Y así, gradualmente, me olvidaba de Luli y me convertía cada vez más en Lucrecia Echagüe.

Con Mauro en la casa, me sentía obligada a disfrazarme de Lucrecia sin un minuto de respiro. Finalmente, Lisandro había encontrado el instrumento perfecto para enterrar a Luli para siempre.

—Lucrecia —escuché el sonido de su voz desde el marco de la puerta y dejé el bollo de ropa sucia sobre la cama.

—Sí.

—Son casi las doce y cuarto —comentó después de chequear su reloj—. ¿Querés que vaya a buscar a Alejo?

El día anterior había ofrecido lo mismo, y decliné porque Luciano se ofreció a llevarse a su sobrino para consentirlo toda la tarde. La familia estaba preocupada por su reacción luego del robo, pero Alejo no se había dado por enterado de lo sucedido. Me había encargado personalmente de que así fuera.

—Lo trae Alicia, es la mamá de un compañerito.

—Bien.

Levanté de nuevo la ropa y me agaché a juntar unas zapatillas. Cuando alcé la mirada, Mauro seguía ahí.

—¿Querés que te lleve eso? —ofreció, señalando la ropa en mis manos.

—No pesa nada.

—No importa —caminó hacia mí y tomó la ropa—. Vos guiás.

Un poco confundida por su actitud, comencé a caminar escaleras abajo en dirección a la cocina para tomar luego la puerta lateral que llevaba hacia la despensa y el lavadero.

—Tiene tus ojos —comentó mientras me devolvía la ropa—. Alejo… —aclaró ante mi silencio— tiene tus ojos.

—Eso dicen.

Programé el lavarropas y caminé nuevamente hacia la cocina, con Mauro tres pasos detrás de mí. Solamente estaba parado ahí, observando cada uno de mis movimientos. Sentía que su mirada me traspasaba, y la sensación no era para nada agradable.

En completo silencio, saqué algunas cosas de la heladera para empezar a preparar el almuerzo.

—¿Necesitás ayuda?

Incluso el sonido de su voz estaba comenzando a irritarme. Apreté el cuchillo en mi mano con fuerza y me giré a verlo.

—¿Es necesario? —pregunté, ya sin poder contenerme.

—¿Qué?

—Esto… —usé el cuchillo para señalar el espacio vacío entre nosotros. Un espacio demasiado estrecho, en mi opinión—. ¿Es realmente necesario que estés acá todo el tiempo?

Se quedó mudo apenas deslicé la pregunta, claramente incómodo. Y peor todavía, hasta parecía herido por mi cuestionamiento. Sus ojos oscuros estaban fijos sobre los míos, como si tratara de ver dentro de mi cabeza.

—No —contestó, después de unos segundos que me parecieron demasiados—. No dudes en avisarme si necesitás algo. Voy a estar afuera.







"Es hora de empezar, ¿no es cierto? Me engrandezco un poco, pero entonces, lo admitiré. Simplemente soy el mismo que era. Ahora, ¿no entiendes que nunca cambiaré quien soy?" (Imagine Dragons - It's time)







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