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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 8



Capítulo 8: Distancia operativa.



Sábado, 25 de octubre de 2014.

Era necesario modificar mi afirmación anterior: no me gustaban los enanos, seguía siendo así, pero Alejo era la excepción. Alejo era la excepción de mi excepción. No solamente era un nene increíble, sino que Lucrecia era increíble cuando estaba con él… y solo con él. Reitero, Alejo era la excepción de mi excepción. Si Lucrecia se estaba convirtiendo en la excepción a mis normas, su hijo era la excepción a las suyas.

Se mostraba fría y distante, marcando tanta distancia como pudiera, pero a mí no me engañaba. Estaba montando una fachada. La verdadera Lucrecia era la que cantaba (con una pésima entonación) cuanta canción infantil le viniera a la cabeza. Era la que le hablaba a los zapallos de la huerta para que nacieran más dulces. La misma que le sugirió a Alejo que me invitara a almorzar para que no comiera solo. Estaba aprendiendo a ver detrás de su fachada, y me gustaba lo que veía. 

Tenía que admitir que cuando insinuó que mi presencia le rompía las pelotas, hirió un poco mi autoestima. Bastante, en realidad. Pero lo leí como lo que era: su primer destello de sinceridad. Le rompía las pelotas mi presencia, ¿y qué? Tenía derecho, ¿no? No estaba acostumbrada a tener a una persona pendiente de ella durante las veinticuatro horas. Estaba seguro de que yo me sentiría igual de molesto. Así que, ¿qué hacía? Mantenía mi distancia tanto como podía. Avanzaba solo en la medida que ella me dejaba.

El asunto era… ¿por qué quería avanzar? ¿Hacia dónde?

Además de mi sorpresiva simpatía por Alejo, había otras cosas que había descubierto en mi primera semana en casa de los Echagüe. Lucrecia era el objeto de obsesión de Lisandro, eso no era novedad; lo extraño era el modo en que ella se comportaba con él, como si fuera una especie de geisha. De verdad.

Cuando Lisandro llegaba después de la oficina (si llegaba), Alejo ya estaba bañado, jugando en su pieza o durmiendo. Y, sin su hijo de por medio, toda la atención de Lucrecia estaba sobre su marido. La interacción era coreografiada hasta el punto de la perfección. Cualquiera diría que Lisandro la tenía hipnotizada, pero a decir verdad, parecía que él no era capaz de dar un paso sin ella. Como si perdiera las coordenadas si ella no estaba. Era una relación de mutua dependencia en la que no había espacio para nadie más, ni siquiera para su hijo. De hecho, pensándolo detenidamente, no había visto a Lisandro con Alejo desde mi llegada a la casa.

Conocerlos mejor me ayudaba a saber cómo actuar, y acorde a mi propósito de respetar la distancia que Lucrecia me imponía, los llevé a la plaza y preferí quedarme en el auto. Aunque nada me impedía mirar, ¿no?

Me bajé del auto y me apoyé en la puerta antes de encender un cigarrillo. Del otro lado de la calle, Lucrecia retaba a Alejo por asustar a las palomas. Cada cosa que hacía, me fascinaba. Mi vieja me hubiera dado un coscorrón y listo, pero ella picó unos migas de las galletitas que había llevado para la merienda y se arrodilló en plena vereda, invitando a Alejo a acompañarla. Con la dulzura que la caracterizaba, esparció las migas a su alrededor esperando a que las palomas hicieran su parte. La sonrisa más hermosa del planeta se desplegó en la cara de Alejo cuando Lucrecia le puso las miguitas en la mano y una de las palomas se acercó a comer.

—¡Maurooooooo!!!!! —gritó, tan efusivo como siempre. Las palomas se asustaron pero él no cesaba de hacer señas para que me acercara.

Aplasté el pucho en el suelo y crucé hasta donde estaban, buscando la mirada de Lucrecia para saber si se sentía cómoda con eso. Al ver su sonrisa, solté un suspiro de alivio.

—Vení, vení —Alejo tiró de mi dedo y me obligó a sentarme a su lado. Menos mal que mi franco empezaba en unas horas, porque el pantalón iba a tener que pasar por la tintorería—. Mami, Mauro le da de comer a las “palometas”.

—Palomitas —lo corregí.

—Sí —agarró mi mano como si fuera suya, cosa que habitualmente hacía, y tiró de mi brazo para que me acercara a Lucrecia. Sus movimientos eran tan impredecibles, y yo me ponía tan boludo cuando estaba cerca de ella, que terminé por golpear su pierna con mi mano.

—Cuidado, mi amor.

—Perdón —dije automáticamente.

—Se lo decía a Alejo —aclaró, innecesariamente. ¿Por qué aclararía algo como eso? ¿Y me pareció a mí o estaba colorada?

—Me imaginé —no pude contener la sonrisa. Todavía peor, probablemente también estaba colorado. Y yo nunca me ponía colorado, ¡jamás!

—¡Mami!! ¡Las “meguitas”!



Estacioné el auto en el garaje, lamentando que el paseo hubiera llegado a su fin. Lucrecia desabrochaba el cinturón de la sillita de Alejo y yo me deleitaba con las líneas de su cuello, y con esa pequeña gota de sudor que tenía el placer de resbalar por su escote.

—¡Lucrecia!!

Los tres nos dimos vuelta al escuchar el alarido (porque no podía describirse de otra forma) que provino desde el interior.

—Quédense acá —depositó a Alejo en mis brazos y salió disparada hacia adentro.

—¡¿Dónde mierda te habías metido?!! —lo escuché gritar. Me debatía entre quedarme con Alejo o dejarlo en el suelo y correr a ver qué pasaba.

—Mauro… —dijo Alejo, con las manos en mis mejillas.

—Pará un ratito, enano —no podía concentrarme en otra cosa que en escuchar lo que pasaba adentro.

Los segundos pasaban vacíos y la incertidumbre me carcomía por dentro. ¿Qué estaba pasando?

—Perdón —después de unos interminables minutos, Lucrecia reapareció en el garaje. Rápidamente escaneé cada detalle en busca de algo fuera de lugar, pero todo parecía estar bien—. Vení conmigo, mi amor —agarró a Alejo y yo seguía parado ahí como un boludo, a la espera de una explicación que no llegaría.

—¿Está todo bien? —pregunté.

—Sí —sonrió—. Volvió temprano de la oficina y se asustó por que no estábamos. Es un exagerado. Me dijo que hoy es tu día de franco, que empieza a las siete. Te podés ir cuando quieras.

—Ok.

—Gracias por cuidarlo —dijo señalando a su hijo.

—Nada que agradecer.

—Nos vemos el lunes…

—El domingo —la corregí—. Vuelvo el domingo a las veintidós.

—El domingo, entonces.

—¿Te vas? —preguntó Alejo, confundido.

—Vuelvo mañana.

—Ufa… —el puchero de Alejo era adorable, pero no lograba distraerme de la mirada de su mamá. Todavía no me había ido y ya la extrañaba. ¡¡¡¿¿¿???!!!



El traje ya estaba en la tintorería, todo parecía en orden en mi departamento después de una semana de ausencia, y podría decirse que no había más que hacer que disfrutar de mi muy merecido descanso.

Pero no.

La cerveza basculaba en mi mano y mis pensamientos estaban en algún lugar lejano… como por Belgrano más o menos. Ni siquiera la charla de mis amigos lograba distraerme.

—Che, ¿qué pasa? ¿Estás esperando que se te caliente la cerveza? —Diego pateó la pata de mi silla, para que bajara de la estratósfera.

Era mi mejor amigo y me conocía desde mi nacimiento, porque además era mi hermano mayor. Mi único hermano. Todos los sábados teníamos la misma rutina. Nos juntábamos a comer asado en casa de Ramiro, otro amigo de toda la vida, y de ahí… lo que saliera. Pero esa noche, las cosas eran diferentes para mí. Sorprendentemente, quería estar en otro lugar y con otra persona. La cosa iba de mal en peor.

—¿Semana dura? —Diego se desplomó en una reposera y subió los pies a un banquito.

—Algo así —contesté antes de darle un trago a la cerveza. 

—Ya te repetí un millón de veces que mi jefe tiene un puesto libre para vos cuando te decidas.

—Me muero si tengo que pasar todo el día manejando un taxi, Diego. La rutina no es lo mío —descarté la cerveza a medio terminar sobre la mesa y me prendí un pucho—. Me gusta mi laburo.

—¿Entonces? ¿Cuál es el problema?

—Ese… Que me gusta mi laburo, esta vez más que ninguna otra —no tenía que hacer más que mirarlo a los ojos para que mi hermano me entendiera.

—¡No!! ¡¿Me estás jodiendo?!!

Claro que ante la sutil proclamación de Diego, Ramiro y Sergio dejaron de pelearse por los requechos del asado y me clavaron la mirada. Quería que me tragara la tierra.

—¿Qué pasó? —preguntó Ramiro.

—Nada —me apresuré a contestar.

—Mauro se calentó con una clienta —exclamó mi hermano, un poco pálido de la impresión— ¿O es “un” cliente?

—¡No!!!!!! ¿En serio? —Sergio se agarró la cabeza.

—¡Gracias por ser tan reservado, Diego! —le pateé el banquito y se tambaleó en la reposera.

—Che, asumiendo que es “una” clienta… ¿está buena? Decime cómo se llama, que la busco en Facebook —Ramiro agarró el teléfono sin perder un segundo.

Me quería morir. ¿En qué momento se me había ocurrido la espantosa idea de sugerirle a mi hermano borracho que me pasaba algo con una clienta? ¡Pero qué gil!

—Dejá ese teléfono, haceme el favor —traté de usar la mirada más intimidatoria que tenía, aun sabiendo que con mis amigos no funcionaba.

—Etchart… Echarpe…

—¡Etchart es una bodega, boludo!! —Sergio estalló en carcajadas.

—¡Echagüe!! —saltó mi hermano.

—Basta, se terminó. ¡En serio!! —¿Por qué no podía negarles todo y listo?

—¡Acá está!!!!!! —Ramiro dio un salto en su silla y, medio segundo después, los tres nos amuchamos sobre él para ver las fotos de Google.

—Che, está un poco madurita, ¿no? ¿Cuántos años tiene? —dijo mi hermano.

—Ella no es —le golpeé el hombro con un puño. El tarado de Ramiro había googleado las fotos del viejo Echagüe, y las imágenes eran las de su esposa, Elena.

—Ay, pará, pará, pará…

Me quería morir, ahora sí. Sergio había localizado una foto de Lisandro y Lucrecia en una cena de gala. Y sí, estaba buenísima. La puta madre.

—¡Mirá la pendeja!! —exclamó Diego.

—Bueno, ya está —le saqué el celular a Ramiro y lo apagué, ante la atónita mirada de los chicos. Si hubiera sido cualquier otra, hasta la hubiera presumido frente a ellos. Pero Lucrecia era diferente, era una clienta. No era una “minita”.

Dejé el celular sobre la mesa, me prendí otro pucho y me senté de nuevo en mi lugar.

—¿Qué? —les pregunté a los tres, que me miraban como si fuera un extraterrestre.

—Esto lo vi… En una película. Esa con la negrita que te pone la carne de gallina cuando canta —dijo Sergio, pensativo.

—Whitney Houston, querido. Un poco más de respeto. ¡Y nada que ver! Mirala otra vez porque no entendiste nada —le dije antes de darle otro trago a la cerveza, que para entonces ya estaba intomable.

—No te puedo creer —Diego me miró con sincera preocupación—. Dejá ese laburo, Mauro. Te vas a cagar la carrera —podía estar medio en pedo, pero todavía pensaba con claridad.

—Es una calentura, ya se me va a pasar —mentí.

—¿Te la cogiste? —preguntó Ramiro.

—¡Cerrá la boca! ¿Cómo se te ocurre? Tengo reglas —lo fulminé con la mirada.

—¡Ni siquiera vos te creés la paparruchada esa de “las reglas”! Mirate la cara, Mauro… Te encanta —señaló Diego, puntualizando lo obvio.

Estaba en problemas. ¡Un problema gigante! Porque sí… Me encantaba.

Los chicos decidieron salir a dar una vuelta por Palermo. Yo, en cambio, me arrastré casi en cuatro patas a mi departamento. Estaba en pedo, de verdad. Visión doble, lengua arrastrada, garganta dolorida luego de cantar a los gritos canciones de Whitney Houston en el karaoke (en casa de Ramiro, afortunadamente) y ganas de llorar como una criatura; el combo completo.

Después de diez minutos de tratar de encajar la llave en la cerradura, me tambaleé hasta el sofá y me desplomé como una bolsa de papas.

Era un boludo… podía tomarme un barril entero de cerveza para sacarme a Lucrecia de la cabeza, pero el problema no estaba en mi cerebro. El problema estaba en otro órgano, un poquitín más vital… uno que no me atrevía ni siquiera a nombrar.

La situación general estaba tan pero tan mal que no sabía qué objeción pesaba más que la otra. Para empezar, Lucrecia era casada. Las mujeres casadas eran atractivas para muchos, pero no para mí. Me pasó una sola vez en la vida y prometí no caer de nuevo, eso de andar escondiéndome como un criminal no era lo mío. Además, se corría el riesgo de engancharse y la mujer casada siempre (¡siempre!) se quedaba con el marido.

Objeción dos, hijos. Capaz que la mujer casada decidía dejar al marido y elegirlo a uno. Siempre, siempre, pero siempre, el “ex” iba a ser el padre de sus hijos. Habría que bancarse la cara del gil por el resto de la vida; cumpleaños, actos escolares, vacaciones, las fiestas de fin de año y cuánta cosa surgiera. Un bajón.

Objeción tres, una clienta en el prontuario dejaba un antecedente difícil de borrar. Gómez no daba segundas oportunidades. La cagabas una vez y eras un incompetente para siempre.

Por donde se lo viera, Lucrecia Echagüe era un problema. Entonces, ¿por qué carajo no podía sacármela de la cabeza? Estaba mareado, aturdido, ¿y el bolsillo me vibraba? Traté de leer el nombre titilando en la pantalla de mi celular, pero estaba muy borroso o yo muy borracho.

—Sí —me puse el antebrazo sobre los ojos para cubrirme de la luz.

—¿Cómo es eso de que estás de franco y no me avisaste? —a pesar del bochinche de fondo, reconocí su voz— Estoy un poco ofendida.

—¿Qué hacés, Romi?

—Acá, aburrida. Me crucé con Diego y me contó que estabas libre.

¿Libre? Libre era un concepto no tan claro para mí en ese momento.

—Creí que estabas enojada.

—¿Con vos?, nunca. Ya sabés como soy… Me tomaste por sorpresa la otra vez, me desilusioné porque pensé que teníamos más tiempo para estar juntos. Pero, ¿sabes qué?

—Qué…

—Si tenés ganas, me tomo un taxi y me lo compensás. ¿Qué te parece?

¿Qué me parecía? Me parecía que Romi era una señal. Una chica linda, divertida, y sobre todo, sin compromisos.

—Dale, te espero.







"Voy a pensar en ti en cada paso del camino" (Whitney Houston - I will always love you)





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