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martes, 24 de enero de 2017

#UnaLucrecia - Capítulo 9



Capítulo 9: Francesca en la despensa.



Domingo, 26 de octubre de 2014.

La luz del sol, que se colaba entre las cortinas de la habitación, indicaba el comienzo de un nuevo día; tenía los ojos cerrados pero ya estaba despierta desde hacía un rato. Él todavía estaba dormido, aunque lo sentí moverse a mi lado, reposicionándose para alcanzar mi cara con sus dedos. Pasó por mis labios, mis ojos, casi me mete un dedo en la nariz, hasta que por fin encontró su tesoro… el lóbulo de mi oreja. Comenzaba siempre despacio, pero después de unos segundos, mi oreja estaba roja y caliente de tanta fricción.

—Alejo, la orejita de mamá —le rogué con una sonrisa.

—¡Mami! —abrió los ojos, sorprendido de encontrarme en su cama— ¿“Durmiste” acá?

—No, mi amor —mentí—. Vine a acostarme un ratito con vos.

Giró todo su cuerpito para quedar frente al mí y en su infinita e inocente sabiduría, acarició mi mejilla… como si supiera que necesitaba su consuelo. Le puse mi mejor sonrisa, a pesar de la hinchazón en mis ojos, y besé la palma de su mano.

Era una pésima madre. Sabía que era injusto recurrir a la habitación de Alejo, pero él era lo único que tenía. Desde que lo sentí moverse en mi panza por primera vez, supe que jamás estaría sola de nuevo.

—¿Qué querés desayunar? —pregunté mientras trataba de acomodar sus indomables rulos.

—Besitos —sonrió.

—¿Besitos? ¡Qué rico! ¡Vení para acá!!! —pasé la sábana por encima de nuestras cabezas y me di a la tarea comerme sus cachetes a besos.

—¡No! ¡Mami, no!!! —se retorcía entre mis brazos.

Estábamos en plena sesión de cariño madre-hijo cuando escuchamos la puerta abriéndose. Inmediatamente, las risas cesaron. Las mías y las de Alejo. Ver la mirada de terror en los ojos de mi hijo cada vez que Lisandro aparecía, era uno de los dolores más difíciles de soportar.

—¿Se puede? —preguntó desde la puerta.

Debajo de las sábanas, Alejo negó con su cabeza y yo me apresuré a poner un dedo sobre mis labios para indicarle silencio. Siempre silencio. Mi vida estaba rodeada de silencio. Retiré las sábanas para descubrirnos y me senté contra el respaldar de la cama, acunando a Alejo entre mis brazos.

—Perdón, ¿los desperté? —susurró apenado.

Sus ojos estaban casi tan hinchados como los míos, seguramente a causa de horas y horas de llanto sin interrupción. Aunque intentara disimularlo, su voz se oía ronca y esforzada después de haberme gritado durante toda la noche que era una “puta de mierda” por manejarme como si él no existiera, por no haberle dicho que iba a pasar la tarde fuera de casa, ¡en la plaza! Claro que el hecho de que mi mensaje nunca hubiera entrado a su celular, porque él estaba fuera del área de cobertura, no era excusa suficiente. Le mostré el mensaje y todo, pero lo único que conseguí fue que me tirara el celular desde el otro lado de la habitación y me diera justo en el omóplato, donde seguramente ya tendría un hematoma del tamaño de un plato de postre.

—Ya estábamos despiertos —contesté con frialdad.

—Quería… —su mirada apenas se desvió hacia nuestro hijo, pero inmediatamente regresó a mí— quería invitarlos a desayunar. Podemos ir a caminar un rato, si tienen ganas.

—¿A McDonald? —preguntó Alejo sin un segundo de duda.

—Donde quiera tu mamá.

—¡Sí, mami!!! ¡Sí, sí, sí!! —empezó a saltar en la cama como un conejo y supe que no iba a poder decirle que no.

Si yo era injusta al recurrir al cuarto de mi hijo después de cada pelea, Lisandro era todavía más cruel al usarlo para acercarse a mí. Habitualmente, lo ignoraba, pero recordaba que tenía un hijo cada vez que lo necesitaba. Quedó muy claro desde el día en que se enteró de mi embarazo, Alejo sería siempre nuestro vínculo más fuerte, siempre seríamos sus padres; y Lisandro usaba eso a su favor. Sabía muy bien que haría cualquier cosa por ver sonreír a mi hijo, incluso salir a desayunar con él como si nada hubiera sucedido.

—Pero nada de cajita feliz… es hora de desayunar, ¿está claro? —le advertí a Alejo.

—¡Sí!!!!!! —gritó entusiasmado.



Capital estaba prácticamente vacía, el habitual bullicio del microcentro también se tomaba el domingo como día de descanso. Excepto por otra pareja sentada unas mesas más atrás, Lisandro y yo éramos los únicos en ese sector de la cafetería. Alejo estaba nadando entre las bolitas del pelotero, ajeno a la tensión de nuestra mesa.

Lisandro deslizó su mano entre las sobras del desayuno y tomó la mía, dibujando círculos con su pulgar.

—Podríamos decirles a mis papás que nos encontremos para almorzar en algún restaurante… Así no tenés que cocinar.

—Si ellos quieren, por mí está bien —alejé mi mano de la suya y tomé un sorbo de mi café, ya frío, solo por hacer algo. Me recliné en la incómoda silla de caño y mi espalda rezongó por el roce. El dolor era el triste recordatorio de la noche anterior.

—Perdoname, mi amor —repitió por décima vez, buscando mi esquiva mirada.

—Todo bien.

—No, no “todo bien”. No me gusta que estés enojada conmigo.

—No estoy enojada, Lisandro —esta vez, admití mirarlo a la cara—. No pegué un ojo en toda la noche, estoy cansada.

—No seas así —insistió en tomar mi mano y no me quedó más opción que acceder—. Ya sé que exageré, pero ponete un poquito en mi lugar. Siempre me hacés sentir como si fuera el único culpable de todo. Vos tampoco ayudás, linda.

—¿No ayudo? ¿Yo no ayudo? —pregunté, atónita— ¿Qué más podría hacer? ¿Cómo iba a saber que el mensaje no te había llegado?

—No te lo contesté.

—Nunca me contestás, Lisandro.

—¡Mami!!! ¡Mirá qué hago!!!! —gritó Alejo desde el pelotero.

—¡Callate! ¡Estoy hablando con tu mamá! —la dura respuesta de Lisandro, lo dejó al borde del llanto.

—Tenés razón, Lisandro. Yo no ayudo. Pero, ¿cuándo te vas a mirar un poquito vos? —me puse de pie, furiosa, y fui directo hacia mi hijo— A ver, mi amor. Mostrame.



Después de un incómodo almuerzo con la familia, llevé a Alejo hasta su cama para durmiera una siesta. Me quedé con él hasta que por fin cerró los ojos. Cada vez estaba más grande y cada vez era más consciente de lo que pasaba en nuestra familia. Como cualquier criatura de tres años, sentía que el mundo giraba a su alrededor. Si me veía triste, pensaba que era por su culpa. Pero se equivocaba, la única culpable de todo era yo.

Lisandro tenía razón, yo no ayudaba. Había sido estúpida y descuidada al no cerciorarme de la llegada de mi mensaje, pero tenía la cabeza en cualquier lado. Estaba pasando un momento tan lindo en la plaza que bajé la guardia sin darme cuenta. No podía permitir que pasara de nuevo. Una cosa era soportar un hematoma que en un par de días desaparecía, pero el dolor de mi hijo no era tolerable bajo ninguna circunstancia.

Aprovechando que Lisandro miraba un documental en el living, cargué todos los productos de limpieza dentro del balde y me fui hasta la casa de huéspedes. Quería dejar todo en orden antes de la llegada de Mauro y todavía quedaban unas cuantas horas. Como unas siete horas y veinte minutos (no es que estuviera contando).

Crucé todo el patio hasta la casa del fondo y me quedé un segundo frente a la puerta cerrada. Me sentía un poco rara. No era la primera vez que limpiaba ahí, pero ya no era lo mismo. Estaba habitada, como nunca había estado antes. Se sentía como irrumpir en propiedad privada.

Saqué las llaves del bolsillo de mis jeans y abrí.

Con cautela, dejé el balde en el piso y curioseé un poco alrededor. Todo estaba en perfecto orden, hasta el control del tele parecía estar apoyado sobre la mesita ratona con precisión milimétrica. No había ni un vaso fuera de lugar en la cocina, ni una miga olvidada en el piso. No había basura en el basurero, ni colillas de cigarrillo en el cenicero. Cualquiera diría que nadie había estado en la casa. Excepto por un pequeño, casi imperceptible, minúsculo detalle. Cada rincón de la casa olía como Mauro. Esa extraña mezcla de tabaco, chicle de menta y sándalo. Prácticamente podía trazar un mapa de su recorrido por la casa.

Para mantenerme entretenida, prendí la tele y puse Los Simpsons. Repasé los muebles entre carcajadas, barrí las inexistentes migas y reemplacé la fragancia personal de Mauro por el invasivo aroma de la brisa primaveral o una mierda de esas. Cuando el living y la cocina estuvieron inmaculados, le tocaba el turno al baño.

Como el resto de los espacios, estaba igual que siempre. Excepto por…

—Ni se va a enterar —me alenté a mí misma, abriendo la puertita del gabinete detrás del espejo. No había nada fuera de lo normal. Desodorante, maquinitas de afeitar, los repuestos de jabón que había dejado la semana anterior…

El jabón.

Corrí la mampara de la ducha y mis ojos se clavaron en el jabón. El jabón que Mauro había usado toda la semana para bañarse.

—No, no, no —cerré la mampara lo más rápido que pude, como si eso borrara las imágenes mentales de Mauro en la ducha… desnudo y mojado. ¡Lo único que me faltaba! Tener fantasías con el empleado de mi marido, con su panóptico personal. Limpié el baño a una velocidad imposible y salí hacia la pieza.

Arranqué las sábanas de la cama, literalmente, casi sin respirar. Me negaba a respirar… a respirarlo. Hice un bollo con las sábanas y las arrojé por el pasillo, concentrándome solo en hacer mi trabajo y salir de la pieza.

Cuando terminé, y producto de mi sorprendente velocidad, apenas habían pasado cuarenta minutos. El documental que estaba viendo Lisandro iba recién por la mitad, todavía me quedaba casi una hora de libertad. Dejé el bollo de sábanas cerca de la puerta, junto a los productos de limpieza dentro del balde, y puse la pava.

Amaba esa casa, era tranquila y silenciosa. Me solté la trenza mientras esperaba el agua y me peiné con los dedos, igual de tranquila y silenciosa que la casa. Cuando la pava empezó a silbar, puse un poco de yerba en el mate y le eché un chorrito de agua para comprobar la temperatura. Si algo había aprendido de mi Nona, era como preparar unos buenos mates amargos.

Llevé el termo y el mate y me fui derechito al sofá. Me saqué las zapatillas, crucé las piernas en canastita y me puse lo más cómoda posible antes de agarrar el control. Era agradable tener el control, para variar. Hice zapping por un rato, renegando por lo poco que había para ver en la tele, hasta que encontré un clásico: “Los puentes de Madison”. No importaba que me supiera las líneas casi de memoria, me era imposible resistir la compulsión a verla cada vez que la encontraba.

Mientras Robert nos enamoraba a Francesca y a mí con las anécdotas de sus viajes, el agua del termo se terminaba y la yerba se lavaba. Dejé todo sobre la mesita ratona cuando ella se compró el vestido. Para cuando terminaron enredados a un lado de la chimenea, yo ya estaba recostada sobre el sofá con un almohadón entre las rodillas.

No importaba cuántas veces hubiera visto la película, secretamente, esperaba que Francesca se decidiera y se bajara de la camioneta. Que dejara su vida de comodidad y apatía, junto a un esposo con el que solo permanecía por gratitud, para escapar con Robert y compartir sus aventuras. La imaginaba corriendo bajo la lluvia, subiéndose a la camioneta de su amante y sonriendo ante la posibilidad de una nueva vida. Pero como en la vida real, ella nunca se bajaba… nunca dejaba su vida de mierda. Aunque tenía sus razones, válidas por supuesto, odiaba su cobardía.

Odiaba mi cobardía.

Me estaba limpiando la nariz con una servilleta de papel, anegada en llanto tras la muerte de Robert, cuando escuché el característico sonido de la llave girando en la puerta.

—Ay, Dios —me senté rápido en el sillón y reacomodé los almohadones, pensando que Lisandro estaba buscándome.

Me equivocaba. No era Lisandro. Mauro dejó su bolso en el piso, luciendo tan confundido como yo. Nunca lo había visto sin su traje, parecía otra persona con jeans y remera. Más pendejo todavía.

—Perdón —me levanté del sofá y me tambaleé mientras trataba de calzarme las zapatillas—. Ya me voy.

—¿Qué pasó? —preguntó, un poco pálido para mi gusto.

—Nada… perdoname, en serio. Acomodo esto y me voy.

—Eso no importa, Lucrecia. Dejá. ¿Qué pasó? ¿Por qué llorás?

¡Ah! Eso...

—Ay, que tonta —murmuré entre dientes—. Los puentes de Madison.

—¿Qué?

—Estaba viendo una película —apunté al televisor, un poco avergonzada.

—¿Llorabas por una película? —soltó todo el aire de su pecho, como si hubiera estado conteniendo la respiración.

—Siempre me pasa. Soy una tonta —me enrosqué el pelo en un rodete antes de levantar el mate y el termo.

—No hace falta que te vayas, Lucrecia. Terminá de verla.

—No, está bien. Ya terminé con lo que tenía que hacer —llevé todo a la cocina y mis ojos se toparon con el reloj—. Son las cinco y media. ¿No venías a las diez? —pregunté, confundida.

Mauro se rascó la nuca, visiblemente incómodo. No es que quisiera entrometerme en sus asuntos, pero su repentino regreso me daba un poco de curiosidad. Para ahorrarle el tener que contestar, vacié el mate en el cesto de basura sin decir nada más. Era obvio que mi presencia le incomodaba. ¿Y cómo no entenderlo? Si a mí me pasaba lo mismo cuando me sentía invadida.

—No hace falta que limpies acá, yo me arreglo —me sacó el mate de la mano, y al pasar, sus dedos me rozaron.

—No me molesta.

Nos quedamos los dos en silencio por un segundo. Un silencio que encerraba mucho más que palabras. No era ni siquiera incómodo, era… simplemente lo que era. Le sonreí sin motivo alguno y me dispuse a salir.

—Lucrecia… —me detuvo justo antes de que saliera con las sábanas debajo del brazo y el balde colgando de la mano.

—¿Sí?

—¿Amargos o dulces? —preguntó con el mate en la mano.

—Amargos —respondí.

—¿Pongo la pava?

La pregunta sonaba más comprometida de lo que era. Si decía que sí, iba a cruzar la delicada línea que había tardado una semana en trazar; si decía que no, era como Francesca llorando en la despensa, preguntándose cómo hubiera sido. La respuesta era sencilla.

—No puedo.

Definitivamente, odiaba mi cobardía.







"Dime qué es lo que quieres escuchar, algo que iluminará esos oídos. Harto de tanta insinceridad, te voy a regalar todos mis secretos" (One Republic - Secrets)






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